El destino de Anjara (Los Ecos y las Cenizas 1) CAPÍTULO 21 EL LAGO SIN REFLEJO
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CAPÍTULO 21 EL LAGO SIN REFLEJO

Abandonaron Arboris al mediodía.

Lyren iba delante.

No llevaba escolta.

Solo el arco, un carcaj y el cuchillo curvo sujeto a la cintura.

Anjara había esperado al menos una pequeña patrulla. Después de todo lo ocurrido con la Legión y el Silencio Negro, permitir que cinco personas abandonaran Arboris sin protección parecía una decisión extraña incluso para los estándares de Syltherion.

Cuando preguntó, Lyren se limitó a decir:

—Quienes entran en el Valle de los Ecos deben hacerlo por voluntad propia.

Roric miró alrededor.

—Eso explica por qué no hay guardias. No explica por qué tú vienes.

—Alguien debe asegurarse de que lleguéis hasta la entrada.

—Reconfortante.

—No pretendía serlo.

Roric suspiró.

—Empiezo a echar de menos a Vitor.

Kaelen lo miró.

—Eso es preocupante.

—Muchísimo.

Anjara no dijo nada.

Pero el nombre se quedó con ella.

Desde que habían abandonado la Academia, Vitor aparecía de formas molestas.

Una frase durante un combate.

Una corrección que solo comprendía días después.

El recuerdo de una mano vendada.

Una palabra antes de montar en Skyscream.

Vuelve.

Anjara apartó el pensamiento.

El lago ya tendría suficiente material con el que hacerle daño sin que ella empezara a preparárselo por adelantado.

El descenso desde Arboris fue lento.

Roric caminaba mucho mejor, aunque todavía descargaba parte del peso cuando el terreno se inclinaba. Los Cantores habían reducido la inflamación y fijado el tobillo con una venda vegetal que se endurecía ligeramente al secarse.

El hombro de Anjara también estaba mejor.

No curado.

Mejor.

Una diferencia que había aprendido a respetar.

Cada vez que levantaba demasiado el brazo izquierdo, la antigua mordedura del lobo tiraba bajo la ropa.

Su cuerpo seguía llevando la cuenta de las decisiones que ella preferiría olvidar.

Geal cargaba una mochila más pesada que cuando habían llegado a Arboris.

Faela tardó menos de diez minutos en descubrirlo.

—¿Qué llevas?

—Material.

—Eso no responde.

—Muestras.

Faela se detuvo.

—¿Cuántas?

Geal tardó demasiado.

Ella abrió la mochila.

—Geal.

—Están correctamente selladas.

—Hay siete frascos.

—Ocho.

Faela lo miró.

El Drakthar señaló un bolsillo lateral.

—El octavo está ahí.

Roric soltó una carcajada.

Faela cerró la mochila.

—Si te caes por un barranco, salvaré primero los frascos.

—Me parece razonable.

—No era un cumplido.

—Sigue pareciéndome razonable.

Anjara los escuchó discutir durante varios minutos.

Agradeció el sonido.

No quería pensar todavía en el lago.

El problema era que cada paso los acercaba a él.

El bosque cambió a medida que se alejaron de Arboris.

No se oscureció.

Al contrario.

La luz atravesaba el dosel en grandes columnas doradas. Algunos troncos parecían plateados donde el sol tocaba la corteza. Helechos enormes se desplegaban entre raíces cubiertas de musgo azul.

No había manchas grises.

Ni savia negra.

Ni ramas desnudas.

Ni animales vaciados desde dentro.

Syltherion estaba sano allí.

Anjara había pasado suficientes días observando su enfermedad para que aquello le pareciera casi extraño.

Faela también cambió.

Los hombros dejaron de permanecer tensos.

Ya no examinaba cada arbusto como si esperara encontrar una astilla violeta escondida detrás.

De vez en cuando tocaba un tronco.

No para buscar nada.

Solo porque podía.

Una criatura semejante a un ciervo apareció entre los árboles.

Pelaje gris pálido.

Astas muy finas, divididas tantas veces que parecían ramas cubiertas de escarcha.

Se detuvo.

Los observó.

Roric levantó las manos.

—Ese no pienso comérmelo.

Geal lo miró.

—¿Por qué considerabas necesario aclararlo?

—Porque desde que entramos en Syltherion todos actuáis como si fuera a intentar comer cualquier criatura que vea.

Kaelen señaló al animal.

—Ayer preguntaste si una baya que acababa de escupir ácido era comestible.

—Pregunté después de que escupiera.

—Eso lo empeora.

El ciervo se perdió entre la vegetación.

Anjara sonrió.

Durante unos minutos no fueron Portadores, Drakthar, guerreros, guías ni supervivientes.

Solo cinco personas atravesando un bosque.

Sin muertos.

Sin soldados.

Sin Vacío.

Pensó que Liam habría intentado seguir al ciervo.

La idea dolió.

Pero no la destruyó.

Eso también era nuevo.

Encontraron la primera piedra varias horas después.

Apenas llegaba a la cintura de Anjara.

El musgo cubría buena parte de la superficie, pero bajo él aparecían símbolos tallados.

Anjara se acercó.

No eran Esferian.

Las líneas no giraban sobre sí mismas.

Descendían.

Se bifurcaban.

Parecían raíces.

—Thal'nael.

Faela asintió.

—Sí.

—¿Qué dice?

Faela retiró parte del musgo.

—No dice nada.

Roric levantó una ceja.

—Habéis tallado una piedra para no decir nada.

—Marca un límite.

Lyren siguió caminando.

—Y deberíais empezar a prestarle atención.

Encontraron otra.

Después una tercera.

Con cada una, el bosque parecía alejarse.

No desaparecía.

Seguían oyendo pájaros.

Insectos.

El movimiento de las hojas.

Pero los sonidos llegaban amortiguados, como si el aire hubiera empezado a interponer capas entre ellos y el mundo.

Anjara notó la Gema.

Ni calor.

Ni frío.

Una presión contra el esternón.

Un segundo pulso.

No dijo nada.

Al atardecer llegaron al valle.

Dos grandes rocas flanqueaban la entrada.

No parecían trabajadas por manos.

Tal vez lo habían sido tanto tiempo atrás que ya no importaba.

Líquenes y raíces finas se habían apoderado de ellas.

Más allá comenzaba un sendero estrecho.

Los primeros metros carecían de árboles.

Solo hierba gris.

Después el terreno descendía.

Lyren se detuvo.

—Hasta aquí.

Roric miró detrás.

Después delante.

—¿No vienes?

—No.

—¿Porque ya hiciste esto?

Lyren tardó ligeramente.

—Sí.

Roric levantó las cejas.

—¿Y qué viste?

Faela lo miró.

—Roric.

—Sí. Ya me he dado cuenta.

Lyren no pareció ofendido.

—No recordarás haber preguntado cuando salgas de ahí.

La sonrisa desapareció del rostro de Roric.

Anjara observó al capitán.

—¿Tan malo es?

—No siempre.

—Esa respuesta no mejora nada.

Lyren miró hacia el valle.

—El lago no decide lo que sois.

—Faelan lo presentó como un juicio.

—Faelan utiliza las palabras que necesita un gobernante.

Apoyó una mano sobre una de las piedras.

—El lago no gobierna.

Anjara esperó.

—Solo muestra.

—¿La verdad?

Lyren la miró.

—Eso dicen.

—¿Y tú?

El capitán tardó antes de responder.

—Creo que una verdad incompleta puede ser más peligrosa que una mentira completa.

Anjara guardó la frase.

Después de todo lo aprendido sobre Elara, Kael y el Sello, sabía exactamente cuánto daño podía hacer una pieza de historia convertida demasiado pronto en historia entera.

—¿Algún consejo?

Lyren dio un paso para marcharse.

Se detuvo.

—Recordad dónde estáis cuando empiece.

Geal frunció el ceño.

—¿Eso es todo?

—No intentéis vencerlo.

—¿Entonces qué hacemos?

Lyren miró a Anjara.

—Volver.

La palabra encontró demasiado rápido otra voz en su memoria.

Vuelve.

Vitor en la muralla.

Una sola palabra antes de dejarla partir.

Anjara casi se enfadó consigo misma.

Hasta Kael había utilizado aquella palabra en sus recuerdos de niña.

No pertenecía a Vitor.

Y, sin embargo...

Lyren empezó a alejarse.

—Capitán.

Se volvió.

Anjara dudó.

—Mi madre estuvo aquí.

No era una pregunta.

Lyren tampoco fingió que lo fuera.

—Sí.

—¿La conociste?

—Yo era joven.

—Eso no responde.

Por primera vez desde que Anjara lo conocía, el capitán pareció realmente cansado.

—La recuerdo.

Anjara dio un paso.

—¿Cómo era?

Faela la observó.

Geal también.

Lyren miró hacia los árboles.

—Impaciente.

Anjara parpadeó.

—¿Impaciente?

Algo parecido a una sonrisa apareció en su rostro.

Duró poco.

—Discutió con Faelan casi una hora porque él se negó a responder una pregunta directamente.

Roric murmuró:

—Estoy empezando a comprender la herencia.

Anjara lo ignoró.

—¿Algo más?

Lyren pensó.

—Escuchaba.

—¿A quién?

—A todo.

Señaló el bosque.

—Cuando llegó, tu madre creía que fuerza significaba obligar a algo a obedecer.

Anjara recordó Súlion.

La raíz enferma.

La luz rodeando la corrupción en vez de destruirla.

—¿Y Syltherion?

—Le enseñó otra cosa.

—¿Cuál?

Lyren negó.

Anjara soltó aire.

—Claro.

Eldrin.

Faela.

Vitor.

Ahora Lyren.

Había una conspiración universal para responder a las preguntas de Anjara con preguntas mejores.

El capitán empezó a marcharse.

Antes de desaparecer entre los árboles, dijo:

—Volved todos.

No sonó a orden.

Por eso Anjara lo escuchó.

Faela entró primero.

Después Kaelen.

Geal.

Roric.

Anjara cerró el grupo.

Durante los primeros cien pasos no ocurrió nada.

Roric fue quien cometió el error de señalarlo.

—Esperaba algo peor.

Kaelen siguió andando.

—No provoques al lugar.

—Solo digo que...

El último pájaro dejó de cantar.

Roric cerró la boca.

Continuaron.

No había viento.

Las hojas permanecían inmóviles.

Pero no era el silencio del Vacío.

Allí la vida no estaba ausente.

Parecía contener la respiración.

El sendero descendía siguiendo el cauce de un arroyo seco.

Piedras blancas cubrían el fondo.

Geal se acuclilló.

—Ha habido agua recientemente.

Faela no redujo el paso.

—No te distraigas.

—Solo estaba...

—Geal.

Él se levantó.

—Bien.

Anjara empezó a oír algo.

Al principio creyó que era el roce de sus botas.

Después comprendió que no.

Un susurro.

Se volvió.

Nadie.

—¿Lo habéis oído?

Kaelen asintió.

Roric también.

Geal no respondió.

Faela siguió caminando.

El susurro regresó.

Más claro.

—Bruja.

Anjara se detuvo.

Una voz masculina.

Conocida.

Uno de los habitantes de Lumenvalle.

Otra.

—Monstruo.

Después:

—Tú lo trajiste.

Anjara respiró.

El Sanctum Speculum había hecho cosas parecidas.

Zara le había enseñado a reconocer una mentira construida con recuerdos.

No respondas a la forma. Busca la intención.

Entonces llegó otra voz.

Más pequeña.

—Tengo frío.

El aire salió de los pulmones de Anjara.

No.

—Anjara...

Liam.

Abrió los ojos.

Kaelen seguía delante.

Roric respiraba demasiado deprisa.

Geal llevaba los puños cerrados.

Todos estaban escuchando algo.

—No respondáis —dijo Anjara.

Roric tragó saliva.

—No pensaba hacerlo.

Mentía.

Anjara también habría mentido.

—Tengo frío.

Siguió andando.

—Me prometiste...

Apretó la mandíbula.

No eres él.

No lo dijo.

Esta vez no.

La voz volvió.