El destino de Anjara (Los Ecos y las Cenizas 1) CAPÍTULO 20 EL PRECIO DEL REFUGIO #5
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CAPÍTULO 20 EL PRECIO DEL REFUGIO #5

—Entonces el lago te va a encantar.

Anjara frunció el ceño.

—¿Cómo sabes lo del lago?

Faela contestó:

—A estas alturas lo sabe media ciudad.

Lael sonrió sin abrir los ojos.

—Bienvenida a casa.

Faela lo miró.

Su rostro cambió.

Solo un poco.

—No es mi casa.

Lael abrió los ojos.

—Sigues diciendo eso.

—Porque es verdad.

—No.

La voz era débil.

La respuesta no.

—Te fuiste, Faela.

Ella no contestó.

—No es lo mismo que dejar de pertenecer.

Silencio.

Anjara miró a Geal.

Geal la miró.

No necesitaron hablar.

Salieron.

Los dos días pasaron demasiado deprisa.

Y, a la vez, fueron los primeros dos días en mucho tiempo en los que Anjara no tuvo que correr hacia algún lugar antes de que alguien muriera.

Arboris empezó a dejar de parecer imposible.

Aprendió qué pasarelas oscilaban más cuando soplaba viento desde el oeste.

Qué campana anunciaba el reparto de agua.

Qué otra llamaba a los Cantores.

Dónde se servían comidas a los refugiados.

Dónde se reparaban armas.

Qué nivel quedaba casi vacío al mediodía porque la mayoría de sus habitantes trabajaban en las copas superiores.

Vio a los Sylvaris vivir.

No como criaturas antiguas de un cuento.

Como personas.

Un panadero discutía con su hija porque ella había utilizado demasiada miel.

—Era para que supiera mejor.

—La miel tiene que durar hasta el próximo cargamento.

—Pero ha sabido mejor.

—Ese no es el problema.

La discusión continuó durante media pasarela.

Dos niños competían por cruzar una rama sin usar las manos.

Uno perdió una sandalia.

Lloró durante veinte minutos.

Una mujer remendaba redes para recolectar fruta mientras cantaba con tan poca habilidad que incluso Faela hizo una mueca al pasar.

Un anciano insultaba a una ardilla cada vez que el animal le robaba semillas de una bolsa.

—Lleva haciéndolo años —explicó Faela.

—¿Y sigue dejando la bolsa en el mismo sitio? —preguntó Anjara.

—Sí.

—Entonces quizá la ardilla no sea el problema.

El anciano las oyó.

—¡La ardilla es una ladrona!

Faela siguió caminando.

—No le respondas.

La ardilla apareció sobre una rama con otra semilla.

Anjara sonrió.

Aquello importaba.

Era difícil pensar en un pueblo como una idea cuando habías visto a uno de sus niños llorar por una sandalia.

O a una madre enfadarse porque faltaba miel.

O a un anciano mantener una guerra de varios años con una ardilla.

Malakor hablaba de madera.

Pero la madera tenía cocinas.

Camas.

Nombres.

El miedo seguía allí.

También el hambre.

Cada mañana llegaban más refugiados.

Y cada tarde había otra rama con hojas marcadas de gris.

Geal pasó casi todo el tiempo trabajando con la astilla.

Anjara lo visitó una vez.

Había tres Cantores, dos estudiosos Sylvaris y seis recipientes diferentes sobre una mesa de piedra.

—¿Habéis descubierto algo?

Geal ni siquiera levantó la mirada.

—Que detesto no comprender algo.

—Eso ya lo sabíamos.

—La astilla conserva actividad incluso aislada.

Anjara dejó de bromear.

—¿Crece?

—No.

Geal señaló una serie de marcas.

—Pero responde a tejido vivo cercano.

—¿Cómo?

—Todavía no lo sé.

Anjara lo observó.

—¿Quieres la Lágrima de Escarcha?

Geal alzó la cabeza inmediatamente.

—No todavía.

Aquello la sorprendió.

—Pensé que...

—Precisamente porque solo nos quedan unas pocas muestras no voy a mezclarlas con algo que no entiendo.

Anjara sonrió.

Geal frunció el ceño.

—¿Qué?

—Nada.

—Has sonreído.

—Te estás volviendo prudente.

—Siempre he sido prudente.

Anjara lo miró.

Geal volvió al trabajo.

—Márchate.

Roric recibió tratamiento para el tobillo.

Cuando pudo apoyarlo mejor, Kaelen lo obligó a practicar equilibrio sobre una plataforma baja.

—Pensaba que estos dos días eran para descansar.

—Tú descansas mal.

—Es una habilidad.

—No.

Anjara los observó desde una barandilla.

Roric caminó sobre una viga ancha.

Llegó al final.

Se giró.

—¿Ves?

Kaelen lanzó una pequeña bolsa hacia él.

Roric tuvo que atraparla.

Casi perdió el equilibrio.

—Eso no formaba parte del ejercicio.

—Ahora sí.

—Eres una persona horrible.

—Otra vez.

Roric volvió al principio.

No protestó tanto la segunda vez.

Anjara lo notó.

También Kaelen.

Ninguna dijo nada.

Faela desaparecía durante horas.

A veces estaba con Lael.

Otras con Lyraella.

En una ocasión Anjara la vio discutiendo con Lyren en una pasarela secundaria.

No oyó las palabras.

No necesitó hacerlo.

Lyren se marchó primero.

Faela se quedó apoyada sobre la barandilla durante mucho tiempo.

Anjara no se acercó.

Había empezado a comprender que respetar a alguien también podía significar dejar una puerta cerrada hasta que decidiera abrirla.

Ella misma pasaba parte de las tardes en los jardines inferiores.

Escuchando.

Sin Ichor.

Sin Gema.

Nada que conquistar.

Solo aprender.

El sonido de una hoja al doblarse con el viento.

La vibración que recorría una raíz cuando recibía agua.

El cambio del canto de los insectos antes de llover.

La diferencia entre quietud y silencio.

Faela la encontró allí la segunda tarde.

—Mejor.

Anjara abrió los ojos.

—¿Qué?

—Ya no intentas percibir todo.

—Porque duele.

Faela se sentó a su lado.

—También porque es imposible.

Anjara contempló el bosque.

—¿Eso le ocurrió a Malorin?

Faela tardó.

—En parte.

—Sentía demasiado.

—Sí.

Anjara la miró.

—¿Y tú?

Se arrepintió ligeramente en cuanto lo preguntó.

—No tienes que responder.

Faela arrancó una hoja seca de su manga.

—Sí.

La respuesta llegó sin dramatismo.

—No como él.

Giró la hoja entre los dedos.

—Pero lo suficiente para entender cómo alguien puede empezar deseando que todo deje de doler.

Anjara pensó en Liam.

No en su muerte primero.

En lo que vino después.

Las mañanas en las que abrir los ojos parecía una traición.

La comida sin sabor.

El impulso de no sentir absolutamente nada.

—Yo también lo he deseado.

Faela la observó.

—Lo sé.

Anjara volvió la vista hacia ella.

—¿Cómo?

—Porque no eres tan difícil de leer como crees.

—Eso es ofensivo.

—No.

Una pausa.

—Solo incómodo.

Anjara aceptó aquello.

—Entonces ¿qué convirtió a Malorin en esto?

Faela miró las ramas enfermas.

—Decidir que, porque él no soportaba el dolor, tenía derecho a acabar con la capacidad de sufrir de todos los demás.

—Matándolos.

—Él no lo llamaría así.

—¿Cómo lo llamaría?

Faela tardó.

—Liberarlos.

Anjara recordó las palabras de Horic.

Purificación.

—Siempre hay una palabra bonita.

—Ayuda.

—¿A qué?

—A que las personas dejen de mirar lo que están haciendo.

Anjara guardó aquella frase.

La necesitaría.

Al amanecer del tercer día llamaron al marco de su habitación.

Lyren.

Armadura ligera.

Arco.

Cuchillo curvo.

La misma expresión de quien probablemente encontraba agotador tener rostro.

—El Círculo ha hablado.

Anjara terminó de ajustar la correa de la hoz.

—¿Y?

—El juicio se mantiene.

Kaelen apareció detrás.

Roric también.

El tobillo estaba vendado, pero caminaba casi con normalidad.

Geal llegó después colocando frascos en el cinturón.

Faela fue la última.

Lyren los miró.

—Partimos al mediodía.

—¿Cuánto tardaremos? —preguntó Kaelen.

—Unas horas hasta el límite del Valle de los Ecos.

Roric levantó un dedo.

—Has dicho «límite».

Lyren lo miró.

—Sí.

—Eso implica que después hay más.

—Correcto.

Roric suspiró.

—Odio reconocer patrones.

—No pareces odiarlo —dijo Kaelen.

—Odio acertar con los malos.

Lyren continuó:

—Desde el valle seguiréis solos.

Anjara ajustó la mochila.

Dentro estaban las cuatro piedras.

La cuchara.

No necesitó comprobarlas.

Después tocó la bolsa de cenizas bajo la ropa.

El lago iba a mostrarle algo que no quería mirar.

Creía saber qué sería.

Liam.

Quizá Elara.

Quizá Kael.

Y ahora había otra posibilidad que se negaba a ordenar junto a ellos porque todavía no sabía qué significaba.

Un hombre de veinte años que hablaba demasiado poco.

Una espada.

Una mano vendada.

Una palabra antes de partir.

Vuelve.

Anjara dejó caer la mano.

No.

El lago podía enseñarle lo que quisiera.

Ella decidiría después qué significaba.

Salieron del pabellón.

Arboris despertaba.

Campanas.

Pasos sobre madera.

Agua recorriendo canales.

Niños.

Guardias.

Refugiados haciendo cola para desayunar.

Una mujer abriendo un puesto de fruta.

El anciano discutiendo otra vez con su ardilla.

Una ciudad haciendo algo tan sencillo y tan difícil como continuar.

Anjara cruzó el primer puente.

Faela caminaba a su lado.

—Todavía puedes negarte.

—No.

—No tienes que demostrarle nada a Faelan.

—No es por él.

Faela la miró.

Anjara contempló el este.

—Necesito saber si puedo mirar aquello que llevo dentro sin permitir que decida por mí.

Faela permaneció callada.

Después de varios pasos dijo:

—Esa es una razón mucho mejor.

Anjara sonrió apenas.

—Zara estaría orgullosa.

—No conozco a Zara lo suficiente.

—Diría algo insoportable y después fingiría que era una lección.

Faela sonrió.

—Entonces quizá sí me caería bien.

Lyren los esperaba al final de la pasarela.

Más allá empezaba el sendero hacia el este.

Hacia el Silencio Negro.

Hacia Malorin.

Hacia la Llave.

Y antes de todo aquello, hacia un lago que no necesitaba conocer sus secretos para encontrarlos.

Anjara dio el primer paso.

A cientos de kilómetros, Vitor estaba siguiendo sobre un mapa las rutas que Malakor empezaba a cerrar.

Ninguno sabía todavía qué encontraría el otro.

Pero por primera vez desde que Anjara había abandonado la Academia, ambos avanzaban hacia la misma guerra desde extremos distintos.