El destino de Anjara (Los Ecos y las Cenizas 1) CAPÍTULO 20 EL PRECIO DEL REFUGIO #4
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CAPÍTULO 20 EL PRECIO DEL REFUGIO #4

No abrió el diario.

No intentó comprender una profecía.

No trató de salvar nada.

Solo se sentó.

Aquello también requería práctica.

Y aquella quietud volvió a llevarla a la Academia.

Esta vez recordó por qué.

Había sido después de una sesión con Borin.

Vitor se había abierto la mano.

No mucho.

Un corte en la base del pulgar.

Había terminado el entrenamiento, dado dos instrucciones a otros alumnos y empezado a recoger sus cosas como si la sangre que le bajaba por la muñeca perteneciera a otra persona.

Anjara lo vio.

—Dame la mano.

Vitor la miró.

—Estoy bien.

—No te he preguntado cómo estás.

—No es grave.

—Eso tampoco te lo he preguntado.

Vitor observó la herida.

—Dejará de sangrar.

—La mayoría de las heridas lo hacen. Algunas porque el paciente muere.

Él levantó los ojos.

Anjara extendió la mano.

—Siéntate.

—Anjara...

—Si vas a obligarme a obedecer instrucciones durante horas, tendrás que aprender a reconocer una cuando la oigas.

Vitor la miró durante unos segundos.

Después se sentó.

Aquella pequeña victoria le había producido una satisfacción desproporcionada.

Anjara limpió la herida.

No utilizó Ichor.

Agua.

Alcohol.

Una tira limpia.

Vitor observaba sus manos.

—Podrías cerrarla con magia.

—Podría.

—¿Y?

—No la necesitas.

Apretó el vendaje.

Vitor no hizo ningún gesto.

—Tu cuerpo sabe cerrar esto solo. No voy a gastar Ichor para ahorrarte una cicatriz de medio dedo.

—Práctico.

—Soy sanadora.

La palabra había salido sin pensar.

Vitor levantó la mirada.

No aprendiz.

No Portadora.

No Anjanu.

No cualquier cosa que Eldrin creyera que podía ser.

Sanadora.

Vitor miró la venda.

—No deberías dejar que te quiten eso.

Anjara se detuvo.

—¿El qué?

—La costumbre de mirar primero qué puede salvarse.

Ella había sentido el impulso de burlarse.

No lo hizo.

—Hablas como si supieras algo.

—A veces ocurre.

Anjara terminó el nudo.

—No se lo contaré a nadie.

Vitor sonrió.

Muy poco.

Ella lo había visto.

Estaba segura.

Y entonces Roric había entrado en el Crisol gritando que Geal intentaba disolver una cuchara.

El momento desapareció.

Anjara no había vuelto a pensar en él.

Hasta ahora.

Miró sus propias manos.

Sucias.

Pequeños cortes.

Sangre seca que no sabía si era suya.

No deberías dejar que te quiten eso.

Anjara cerró los dedos.

Malorin había sido sanador.

O algo parecido.

Había comenzado queriendo aliviar el dolor.

Y había terminado decidiendo que la vida era el problema.

Por primera vez entendió por qué aquel recuerdo había regresado.

No era Vitor.

No del todo.

Era lo que había visto en ella antes de que Anjara supiera que necesitaba protegerlo.

La costumbre de mirar qué podía salvarse.

Se tumbó.

Cerró los ojos.

Y, durante un instante, se preguntó qué estaría haciendo Vitor en aquel momento.

La pregunta fue pequeña.

No dolió.

Eso la inquietó más de lo esperado.

En la Academia Arcana, Vitor llevaba doce minutos mirando una hoja que ya había leído tres veces.

La dejó sobre la mesa.

La volvió a coger.

Nada.

La información no cambiaba.

Patrulla occidental: sin contacto.

Puesto de Valdren: abandonado.

Dos caravanas retenidas al sur.

Movimientos de la Legión del Grifo en rutas no autorizadas.

Y una última anotación:

Sin noticias del Cadre Umbra desde su entrada en Syltherion.

Vitor apoyó ambas manos sobre la mesa.

—Vas a desgastar el papel.

Eldrin estaba junto a la ventana.

Vitor no lo había oído entrar.

Eso lo irritó.

—No.

—Ya.

Eldrin se acercó.

—Los grifos no pueden entrar bajo el dosel.

—Lo sé.

—Las comunicaciones con Syltherion siempre han sido lentas.

—También lo sé.

—Entonces el problema no es la información.

Vitor levantó la vista.

—No hay problema.

Eldrin sonrió.

Aquello lo irritó más.

—Por supuesto.

Vitor recogió los informes.

—¿Para qué has venido?

—A comprobar una teoría.

—¿Y?

Eldrin miró el papel.

—Confirmada.

Vitor no respondió.

El maestro cambió de expresión.

La ligereza desapareció.

—Malakor está moviendo tropas.

Vitor dejó los informes.

—¿Hacia aquí?

—Todavía no.

—Eso no es una respuesta.

—Es la única que tengo.

Eldrin desplegó un mapa sobre la mesa.

Tres puestos marcados.

Dos rutas.

Un símbolo de la Legión.

—No está cerrando el paso a Syltherion.

Vitor estudió las posiciones.

—Está cerrando las rutas de regreso.

Eldrin asintió.

El pensamiento llegó antes de que Vitor pudiera impedirlo.

Anjara.

Después Geal.

Kaelen.

Roric.

Faela.

El Cadre.

En ese orden.

Vitor lo notó.

Y aquello también lo irritó.

—¿Podemos avisarlos?

—No con suficiente rapidez.

—Entonces enviamos otro grupo.

—No.

Vitor levantó la cabeza.

—Eldrin.

—No voy a poner a diez personas en peligro para reducir el peligro de cinco.

—No sabes qué pretende Malakor.

—Precisamente.

Vitor apretó la mandíbula.

—Puedo ir yo.

—No.

—No te estoy pidiendo permiso.

—Entonces procura recordar quién dirige esta Academia antes de terminar la frase.

Silencio.

Vitor sostuvo su mirada.

Eldrin no cedió.

—Los entrenaste para esto.

—Los entrené para volver.

—No es lo mismo.

—Para mí sí.

Eldrin lo observó.

Demasiado.

Vitor se apartó del mapa.

—No empieces.

—No he dicho nada.

—Eso nunca te ha impedido resultar insoportable.

Una sombra de sonrisa apareció en el rostro del maestro.

Después desapareció.

—Hay otra cosa.

Sacó un segundo documento.

Más viejo.

Vitor lo reconoció.

Archivo de linajes.

Kaelthar.

La conversación con Anjara regresó sin permiso.

Mi padre tenía marcas.

¿Qué clase de marcas?

Como quemaduras.

Vitor cogió la hoja.

—¿Lo encontraste?

—Encontré algo.

Un nombre.

Kael.

Nada más durante varias líneas.

Después una anotación parcial.

Un juramento.

Una unidad desaparecida.

Una referencia a Lumenvalle.

Vitor leyó dos veces.

—Esto no demuestra que fuera él.

—No.

—Pero tampoco es coincidencia.

—No.

Vitor siguió leyendo.

—¿Por qué no se lo dijiste?

Eldrin lo miró.

—Porque no estaba seguro.

—Eso nunca te ha impedido ocultar información.

—Veo que Anjara también está teniendo una influencia terrible sobre todos vosotros.

Vitor levantó la vista.

Eldrin sonrió.

Solo entonces Vitor comprendió que había utilizado exactamente la misma estructura que ella empleaba cuando estaba molesta.

Dejó el documento.

—Quiero el resto del archivo.

—Cuando vuelva.

Vitor no preguntó quién.

No hacía falta.

Eldrin se dirigió hacia la puerta.

—Vitor.

—¿Qué?

—No confundas preocupación con responsabilidad.

Vitor miró el mapa.

—No lo hago.

—Bien.

Eldrin salió.

Vitor permaneció solo.

Miró los puestos.

Las rutas.

La Legión.

Después el archivo de Kael.

Y finalmente la anotación sobre el Cadre Umbra.

Sin noticias.

Recordó una mano vendándole la suya.

Una voz diciéndole que se sentara.

Una sonrisa después de esquivar por primera vez uno de sus golpes.

El modo en que Anjara había mirado hacia atrás antes de montar en Skyscream.

Vuelve.

Había pronunciado una sola palabra.

Ahora le pareció insuficiente.

Vitor dobló el mapa.

No podía ir tras ellos.

Todavía.

Eso no significaba que fuera a quedarse esperando.

Tomó los informes y salió en busca de Sera.

Si Malakor estaba cerrando las rutas de regreso, quería saber con cuántos hombres.

Y por qué.

Cuando Anjara despertó, alguien golpeaba el marco de su habitación.

Kaelen.

—Te buscan.

Anjara se incorporó.

Por un instante, el sueño y el recuerdo se mezclaron.

Una mesa.

Un mapa que nunca había visto.

La sensación absurda de que alguien, muy lejos, acababa de pensar en ella.

Desapareció antes de que pudiera atraparla.

—¿Lael?

Kaelen asintió.

La cámara de los Cantores de Savia ocupaba el interior de un árbol vivo.

Anjara esperaba algo parecido a la enfermería de la Academia.

No lo era.

Tampoco se parecía exactamente a la casa de Elara.

Pero había elementos familiares.

Estantes.

Vendajes.

Morteros.

Recipientes de agua.

Herramientas pequeñas.

El olor era distinto.

Corteza mojada.

Resina.

Flores amargas.

Hierbas recién trituradas.

Por primera vez desde que había abandonado Lumenvalle, Anjara sintió que comprendía una habitación antes de que nadie se la explicara.

Lael yacía sobre una plataforma cubierta de musgo blanco.

Ya no llevaba armadura.

La herida del costado estaba limpia.

Los bordes oscuros habían sido retirados.

Varias líneas plateadas recorrían su piel alrededor de la lesión como raíces diminutas.

Geal estaba allí.

Era inevitable.

Faela también.

Anjara se acercó.

Lael abrió un ojo.

—Sigues viva.

—Tú también.

—Decepcionante para algunos.

Faela le dio un pequeño golpe en el brazo sano.

—No bromees.

Lael sonrió.

—Eso también ha vuelto.

Anjara miró a Geal.

—¿Cómo está?

—Mejor.

Señaló las líneas plateadas.

—Están combinando compuestos de savia con una forma de estimulación vital para dirigir la regeneración...

Una Cantora que trabajaba cerca lo miró.

—Ayudamos a su cuerpo a recordar cómo sanar.

Geal señaló a la mujer.

—Eso he dicho.

Anjara sonrió.

—Te estás integrando perfectamente.

Geal no pareció apreciarlo.

Anjara se acercó a Lael.

—Necesito preguntarte algo.

Faela lo supo inmediatamente.

—No ahora.

Lael cerró los ojos.

—La Llave.

Faela exhaló.

Anjara asintió.

—¿Qué sabes?

—Menos de lo que quiere Malorin.

—Puede bastar.

Lael miró a Faela.

Ella no intervino.

—No es una reliquia —dijo él.

Anjara frunció el ceño.

—Horic dijo...

—Horic es soldado de la Legión. Llaman reliquia a cualquier cosa que creen que pueden transportar en una caja.

Geal se acercó.

—Entonces ¿qué es?

—No lo sé.

Anjara casi protestó.

Lael levantó débilmente una mano.

—Pero sé algunas cosas que no es.

—Adelante.

—No es un arma.

—¿Un objeto?

—No lo sé.

—¿Un lugar?

—Tampoco.

Anjara dudó.

—¿Una persona?

Lael tardó.

Demasiado.

Faela se tensó.

Anjara lo vio.

—Lael.

—Hay historias.

Anjara miró a Faela.

—Claro que las hay.

Lael sonrió.

—Somos un pueblo viejo.

—Y desesperante.

—Eso también.

Cogió aire con cuidado.

—Dicen que la Llave no se encuentra.

—Entonces ¿qué?

Los ojos de Lael permanecieron sobre ella.

—Despierta.

La Gema se calentó.

Un pulso.

Nada más.

Anjara se quedó inmóvil.

Geal lo notó.

—¿La Gema?

Faela miró su cuello.

Anjara colocó una mano sobre la ropa.

—Ha reaccionado.

Lael la observó.

—¿Qué llevas ahí?

—Otra pregunta.

—Empiezas a reunir bastantes.

—No tienes idea.

Lael cerró los ojos.