CAPÍTULO 20 EL PRECIO DEL REFUGIO #2
—¿Ya existía entonces?
—Sí.
—¿En Lumenvalle?
Lyraella tardó.
—No exactamente.
—¿Qué significa eso?
—Lyraella.
Faelan intervino.
La anciana giró el rostro hacia él.
—Tiene derecho a saber.
—Tiene derecho a no recibir veinte años de historia mientras uno de nuestros exploradores se debate entre la vida y la muerte.
Anjara miró al hombre.
Por primera vez desde que había llegado, le cayó un poco mejor.
Solo un poco.
Faelan señaló a Geal.
—El Drakthar.
Geal se irguió.
—Geal.
—Traes la muestra.
—Sí.
—Quiero verla.
Geal no se movió.
—Antes quiero saber cómo pensáis contenerla.
Faelan lo estudió.
—¿Temes que seamos incompetentes?
—Temo que cualquiera pueda ser incompetente frente a algo que todavía no entiende.
Seraphina asintió.
—Respuesta sensata.
Faelan hizo un gesto.
Dos Sylvaris aparecieron desde un lateral transportando una caja de piedra blanca.
No madera.
Piedra.
Las juntas estaban selladas con una pasta plateada.
Geal se acercó.
—¿Qué material?
—Piedra calcárea tratada y plata pulverizada —respondió Seraphina—. El interior no toca raíz viva.
Geal examinó el recipiente.
Después sacó la caja rígida donde había aislado el fragmento del oso.
Abrió únicamente lo necesario.
No tocó la astilla.
La dejó caer en el receptáculo de piedra.
Uno de los Sylvaris cerró la tapa.
El otro aseguró tres cierres.
Lyraella inclinó la cabeza.
—Frío.
Anjara la miró.
—¿Puede sentirlo?
—No de la forma que imaginas.
—¿Entonces?
La anciana acarició una hoja del bastón.
—Como cuando una conversación se interrumpe y nadie recuerda quién dejó de hablar primero.
Geal observó la caja.
—Una zona donde la respuesta vital disminuye.
Lyraella sonrió.
—Si necesitas decirlo así.
Faela miró al Drakthar.
—Estás perdiendo facultades. Hace dos días habrías utilizado quince palabras.
—Estoy cansado.
Faelan golpeó una vez el brazo de su asiento.
—Empecemos.
Miró a Anjara.
—¿Por qué habéis venido a Syltherion?
La pregunta era sencilla.
La respuesta no.
Anjara pensó en Eldrin.
En la Academia.
En Vitor diciéndole que aprendiera a detenerse.
En Lumenvalle.
En Liam.
En el oso abierto sobre el suelo, con una pieza del Vacío introducida deliberadamente en la carne.
—La Academia nos envió para averiguar qué está extendiendo el Silencio Negro.
Faelan esperó.
Anjara continuó.
—Ya sabemos una parte. Malorin está implantando astillas de corrupción en seres vivos para estudiar cómo reaccionan.
Seraphina cerró los ojos.
—Sembrando.
—Sí.
La mujer abrió los ojos.
—Siempre le gustaron las palabras hermosas para cosas horribles.
Anjara se fijó en ella.
—Lo conoció.
—Cualquiera que lleve suficientes años en Arboris conoció a Malorin.
Faela se quedó muy quieta.
Seraphina continuó:
—Antes de ser el Sembrador fue Cantor de Savia.
Anjara frunció el ceño.
—¿Sanador?
—En parte.
Seraphina pasó un dedo por una cicatriz muy fina de la palma.
—Era capaz de percibir el sufrimiento de otros organismos con una intensidad poco habitual. Plantas. Animales. Personas.
Geal inclinó la cabeza.
—Empatía vital.
—Podrías llamarlo así.
—¿Y eso lo condujo al Vacío?
Seraphina lo miró.
—Sentir el dolor de otra criatura puede ser una carga.
Su mirada se desplazó brevemente hacia Faela.
—Sentir demasiadas, durante demasiado tiempo, puede convertirse en una forma de tormento.
Faela bajó los ojos.
Anjara recordó la Vía.
Las lágrimas de Faela mientras las raíces convulsionaban.
—Malorin empezó queriendo eliminar el sufrimiento —continuó Seraphina—. Durante un tiempo fue una intención honorable.
—¿Qué cambió? —preguntó Anjara.
—La pregunta.
—¿Qué pregunta?
Seraphina juntó las manos.
—Dejó de preguntarse cómo aliviar el dolor.
Geal comprendió primero.
—Y empezó a preguntarse por qué la vida insistía en soportarlo.
Seraphina asintió.
—Después decidió que la raíz del sufrimiento no era el dolor.
Anjara terminó la idea.
—Era estar vivo.
Nadie habló.
Roric miró a los tres miembros del Círculo.
—Eso es llevar una conclusión bastante lejos.
Lyraella respondió:
—Las peores monstruosidades no siempre nacen del odio, muchacho. A veces nacen de una idea misericordiosa a la que alguien ha arrancado todos los límites.
Anjara pensó en el ciervo.
En Faela ayudándolo a morir sin miedo.
En Liam muriendo entre sus brazos.
Y, sin buscarlo, recordó otra voz.
No confundas no poder salvarlo con no haber hecho nada.
Vitor se lo había dicho después de la Caverna de los Ecos, hablando del lobo.
Entonces Anjara había pensado que hablaba únicamente de aquella criatura.
Ahora ya no estaba segura.
La idea le resultó irritante.
Vitor tenía la desagradable costumbre de decir cosas que adquirían sentido cuando ya no estaba cerca para discutirlas.
Anjara regresó a la conversación.
—Lael habló del Corazón de la Carroña.
La reacción fue inmediata.
Faelan se inclinó hacia delante.
La serenidad desapareció de Seraphina.
Los dedos de Lyraella se cerraron sobre el bastón.
—¿Quién te dio ese nombre? —preguntó Faelan.
—Lael.
—¿Lo encontró?
—No.
Geal intervino.
—Pero siguió sus efectos. Y la astilla que hemos traído no nació dentro del oso. Tenía una base trabajada. Había sido implantada.
Faelan miró la caja de piedra.
—¿Estás seguro?
—Lo suficiente como para poner mi reputación sobre la mesa.
Roric se aclaró la garganta.
—¿Tenemos confirmación de que existe esa reputación?
Geal no giró la cabeza.
—Ahora no.
—Era una comprobación científica.
Kaelen escondió una sonrisa.
Anjara continuó:
—Malorin tampoco trabaja solo.
Faelan la miró.
—Malakor.
No era una pregunta.
—Sus soldados están en Syltherion.
—Lo sabemos.
Aquello sí sorprendió a Anjara.
—¿Desde cuándo?
—Semanas.
—¿Y no habéis hecho nada?
Lyren avanzó.
—Hemos perdido patrullas intentando descubrir qué hacen.
Anjara volvió hacia Faelan.
—Uno de sus sargentos dijo que quieren madera y minerales.
El anciano no reaccionó.
Eso fue suficiente.
Geal negó lentamente.
—No es únicamente extracción.
Todos lo miraron.
—Malakor necesita que Syltherion deje de resistirse.
Faelan entornó los ojos.
Geal señaló hacia el bosque.
—Un territorio vivo puede ocultar caminos. Desviar grupos. Proteger asentamientos. Cortar suministros. Alimentar ciertas formas de magia. Incluso decidir quién atraviesa una raíz y quién no.
Kaelen completó:
—Un bosque muerto no puede hacerlo.
Geal asintió.
—Entonces deja de ser territorio.
Anjara miró la caja que contenía la astilla.
—Se convierte en recurso.
Kaelen apoyó una mano sobre la empuñadura de una cimitarra.
—Malorin destruye el bosque porque cree que así lo libera.
Miró a Faelan.
—Malakor permite que lo haga porque quiere quedarse con lo que quede.
Silencio.
Faelan estudió a Kaelen.
—Hablas como un soldado.
—Lo soy.
—No llevas insignia de ningún ejército que conozca.
—Eso ayuda.
Anjara casi sonrió.
Lyraella golpeó suavemente el suelo con su bastón.
—Y el Sembrador, ¿qué busca?
Anjara dejó de sonreír.
—La Llave de Syltherion.
El cambio fue inmediato.
Un murmullo recorrió a los guardias.
Lyren giró la cabeza hacia el Círculo.
Faela cerró los ojos.
Faelan no hizo nada.
Precisamente por eso fue el más evidente.
—Existe —dijo Anjara.
Nadie contestó.
—Faela.
Ella abrió los ojos.
—Te dije que había historias.
—Horic no hablaba de una historia.
Faelan intervino.
—Un soldado capturado puede decir cualquier cosa para conseguir una ventaja.
Geal negó.
—No en este caso.
Seraphina lo miró.
—¿Por qué?
—Porque sabía demasiado poco.
Roric levantó una ceja.
Geal continuó:
—Conocía el nombre. Sabía que Malorin la busca y que está vinculada a algo llamado Nexo. No sabía si era un objeto, un lugar o una persona. Una mentira preparada habría sido más coherente.
Seraphina lo observó con interés.
—Analizas incluso las mentiras.
—Especialmente las mentiras.
Faelan se levantó.
—No voy a discutir la Llave con extranjeros.
—Entonces quizá Malorin la encuentre antes de que decidáis hacerlo —respondió Anjara.
Lyren dio un paso.
—Cuida tu lengua.
Anjara se volvió hacia él.
—Créeme. La estoy cuidando mucho.
Roric murmuró:
—Eso es lo preocupante.
Kaelen volvió a empujarlo con el codo.
Faelan no parecía enfadado.
Parecía cansado.
—Crees que venir aquí con información te concede derecho sobre nuestra historia.
—No.
Anjara sostuvo su mirada.
—Creo que alguien está destruyendo vuestro hogar para encontrar algo que vosotros conocéis. Y que guardar el secreto deja de protegerlo en cuanto vuestro enemigo sabe que existe.
Faelan permaneció callado.
Seraphina habló.
—Tiene razón en una cosa.
Faelan la miró.
—Solo en una —añadió ella.
Después observó a Anjara.
—No te entusiasmes.
Anjara no lo hizo.
—Los secretos pueden proteger una puerta —continuó Seraphina—. No sirven de mucho cuando alguien ya está talando la pared.
Lyraella asintió.
—Elara dijo algo parecido.
Otra vez aquel nombre.
Anjara sintió el tirón inmediato.
—¿Qué os pidió mi madre?
Faelan cerró los ojos.
Lyraella respondió:
—Ayuda.
Anjara esperó.
Nadie añadió nada.
Entendió antes de preguntar.
—¿Se la disteis?
Silencio.
La anciana no intentó suavizarlo.
—No.
La rabia llegó despacio.
Más peligrosa por eso.
—¿Por qué?
—Tuvimos miedo.
—¿De ella?
—De lo que traía consigo.
Lyraella acarició las hojas del bastón.
—Habló de una herida. De límites que empezaban a debilitarse. De algo que no podía contenerse eternamente con fuerza.
Anjara recordó el diario.
El Sello.
Los Espectros.
Ojancano.
La enfermedad del bosque alrededor de Lumenvalle.
—¿Os habló del Sello?
—Sí.
—¿Y aun así os negasteis?
—Sí.
Lyraella no se defendió.
Aquello hizo más difícil odiarla.
Anjara habría preferido una excusa.
—Mi madre murió.
La anciana inclinó la cabeza.
—Lo sé.
—Mi hermano también.
Lyraella quedó inmóvil.
—Eso no lo sabía.
Los dedos de Anjara fueron hacia la pequeña bolsa de cenizas bajo la ropa.
No la abrió.
No necesitaba hacerlo.
Liam seguía siendo demasiado grande para todo lo poco que quedaba de él.
Cuatro piedras guardadas en una mochila.
Una cuchara.
Recuerdos que no pesaban nada hasta que intentabas respirar con ellos.
—Ahora sí.
Lyraella aceptó la frase.
Faelan habló:
—No conviertas a Arboris en responsable de una muerte ocurrida lejos de aquí.
Anjara giró hacia él.