CAPÍTULO 20 EL PRECIO DEL REFUGIO
Arboris no celebró su llegada.
La observó.
Desde ventanas abiertas en troncos inmensos. Desde pasarelas suspendidas sobre un vacío de ramas y niebla. Desde balcones cubiertos de plantas que, en otra época, debían de haber rebosado flores y que ahora mostraban demasiadas hojas amarillas.
Anjara caminó tras Lyren con la sensación de llevar cientos de ojos sobre la espalda.
Algunos Sylvaris se apartaban cuando pasaban.
Otros permanecían donde estaban.
Una anciana siguió separando raíces dentro de una cesta mientras los veía acercarse. Tenía las manos manchadas de tierra y una niña dormida contra el pecho.
La pequeña despertó.
Miró a Anjara.
A Kaelen.
A Roric.
A Geal.
Después escondió la cara contra el cuello de la mujer.
Anjara siguió caminando.
Conocía aquella reacción.
En Lumenvalle la había visto después de curar a Torvin.
Allí, al menos, la gente sabía su nombre.
En Arboris bastaba con lo que representaban.
Extranjeros.
Academia.
Magia desconocida.
Una muestra del Vacío.
Tal vez guerra.
Era suficiente.
Lael ya no estaba con ellos.
En cuanto habían entrado en la ciudad, cuatro Cantores de Savia lo trasladaron a una estructura situada varios niveles más abajo, cubierta de enredaderas blancas.
Faela intentó acompañarlo.
Lyren le cortó el paso.
—Primero el Círculo.
—Está muriendo.
—Los Cantores saben qué hacer.
—Yo también.
—Precisamente por eso sabes que ahora estorbarías.
Faela lo miró durante varios segundos.
Lyren no retrocedió.
Aquello no parecía una discusión nueva.
Finalmente, ella dejó marchar la camilla.
Desde entonces apenas había hablado.
Roric tampoco estaba especialmente conversador.
Cada vez que una pasarela oscilaba bajo sus botas, una mano se le acercaba a la barandilla.
A la tercera vez, Kaelen lo vio.
—Si miras abajo será peor.
—No estoy mirando.
—Acabas de hacerlo.
—Inspeccionaba la estructura.
Geal levantó la vista hacia las uniones de cuerda.
—Los nudos son excelentes.
Roric lo señaló.
—Gracias.
Geal añadió:
—Aunque las fibras de ese lado muestran bastante desgaste.
Roric palideció.
—Retiro el agradecimiento.
—Solo intento ser preciso.
—Intenta serlo dentro de tu cabeza.
Anjara sonrió.
Muy poco.
Y el gesto le trajo un recuerdo.
No uno importante.
Precisamente por eso la sorprendió.
Habían pasado quizá dos semanas desde su llegada a la Academia.
Vitor la había derribado cuatro veces.
La quinta, Anjara consiguió anticiparse.
No ganar.
Ni siquiera acercarse.
Solo anticiparse.
Vio cómo cambiaba el peso de una pierna a la otra antes de que él atacara y consiguió apartarse.
Vitor pasó junto a ella.
Anjara sonrió.
—Te he visto.
Él giró la espada.
—Enhorabuena.
—Podrías mostrar algo de entusiasmo.
—Lo estoy mostrando.
Anjara lo miró.
El rostro de Vitor permanecía exactamente igual.
—Debe de ser agotador conocerte.
—No pareces dispuesta a dejar de intentarlo.
Ella había abierto la boca.
Y no encontró respuesta.
Vitor aprovechó aquel instante para barrerle las piernas.
Anjara terminó de espaldas contra el suelo.
—Eso ha sido sucio.
—Eso ha sido eficaz.
—Estaba hablando.
—También estabas perdiendo.
Anjara le lanzó una mirada asesina.
Vitor le ofreció la mano.
Ella la aceptó.
Al levantarse, durante un instante quedaron demasiado cerca.
No ocurrió nada.
Eso era lo absurdo.
Nada.
Vitor soltó su mano.
Anjara recogió la espada.
Y el entrenamiento continuó.
—¿Anjara?
Parpadeó.
Kaelen la observaba.
—¿Qué?
—Te has quedado atrás.
Anjara aceleró el paso.
—Estaba pensando.
Roric miró por encima del hombro.
—Geal está teniendo una influencia terrible sobre todos nosotros.
—No era nada importante.
Kaelen no respondió.
Anjara agradeció que no preguntara.
Porque no sabía por qué había recordado aquello.
Ni por qué, de todas las cosas que habían ocurrido en la Academia, su cabeza había elegido precisamente una conversación estúpida en el Crisol.
Siguieron ascendiendo.
Arboris carecía de calles en el sentido que Anjara conocía.
Las propias ramas servían de caminos. Algunas habían sido guiadas hasta formar rampas suaves. Otras se bifurcaban en plataformas. Había tramos que atravesaban el interior de los árboles y salían después a puentes desde los que el bosque parecía no tener fondo.
Cada nivel escondía otro.
Cada ruta tenía atajos.
Escaleras de madera viva.
Poleas para subir cestas.
Canales de agua excavados en la corteza.
Pasarelas destinadas únicamente a animales de carga pequeños.
Una red entera de vida suspendida entre árboles.
Y, cuanto más ascendían, más evidente resultaba el problema.
Arboris estaba demasiado llena.
Las viviendas originales ocupaban las zonas interiores de los troncos.
Los recién llegados no.
Habían levantado refugios improvisados sobre plataformas de almacenamiento, en balcones, incluso sobre algunas ramas anchas que nunca habían sido pensadas para dormir.
Mantas tendidas entre cuerdas.
Fogones de barro.
Familias compartiendo espacio bajo techos de tela encerada.
Un hombre repartía pequeños trozos de pan oscuro a una fila de niños.
La cesta quedó vacía antes de que terminara la fila.
Anjara se detuvo.
—Refugiados.
Faela asintió.
—De los clanes del este.
—¿Cuántos?
—Más cada semana.
Una mujer joven pasó cerca con un bebé sujeto contra el pecho.
El niño estaba despierto.
No lloraba.
Miraba sin hacer ruido.
A Anjara aquello le resultó peor.
—¿Y quienes no consiguen llegar?
Faela siguió caminando.
—Hay preguntas que aquí aprendemos a no hacer hasta estar preparados para escuchar la respuesta.
Un árbol próximo tenía parte del follaje cubierto de manchas grises.
Tres Sylvaris trabajaban sobre él.
Uno cortaba las hojas afectadas antes de que la mancha alcanzara el tallo.
Los otros recogían los restos con guantes gruesos y los introducían en recipientes de piedra.
No los quemaban.
Los sellaban.
Geal ralentizó el paso.
—¿Qué hacéis después con eso?
Lyren contestó sin volverse.
—Lo enterramos lejos de las raíces principales.
—¿Habéis probado calor?
—Sí.
—¿Ácidos?
—Sí.
—Sales de cobre.
Lyren se detuvo.
Giró la cabeza.
—También.
Geal permaneció callado unos instantes.
—Bien.
Roric lo miró.
—¿Te sorprende que sepan lo que hacen?
—No.
—Ha sonado como si sí.
Geal miró las hojas enfermas.
—Me decepciona que ya hayan probado las soluciones obvias.
Faela habló por primera vez desde que Lael había desaparecido.
—Si alguna hubiera funcionado, no habría salido de Syltherion a buscar ayuda.
Geal bajó la mirada.
Aquello sí le alcanzó.
El Círculo ocupaba el corazón de Arboris.
Tres árboles colosales crecían tan próximos que, con los siglos, sus troncos habían terminado por abrazarse. Entre ellos formaban una plataforma natural abierta al cielo.
No había techo.
Ni paredes.
Ni estandartes.
Tampoco tronos.
Solo tres asientos nacidos de la madera viva.
Ninguno igual al otro.
Como si el propio árbol hubiera decidido la forma adecuada para cada persona que debía ocuparlo.
Tres Sylvaris esperaban.
La mujer de la izquierda era muy anciana.
Cabello completamente blanco.
Espalda encorvada.
Ojos de un azul lechoso que no siguieron la entrada del grupo.
Ciega.
Sostenía un bastón del que todavía brotaban pequeñas hojas verdes.
En el centro se encontraba un hombre de rostro severo y cabello gris hasta los hombros. Vestía una túnica sencilla. Sobre el pecho llevaba una pieza de madera oscura tallada con numerosas marcas.
La tercera era una mujer de cabello plateado recogido en muchas trenzas finas.
Serena.
Quizá demasiado.
Tenía la expresión de alguien acostumbrado a escuchar dos versiones de una misma historia hasta descubrir dónde empezaba a mentir cada una.
Lyren inclinó la cabeza.
—Lyraella. Faelan. Seraphina.
Anjara guardó los nombres.
—He traído a los extranjeros de las Vías.
Faelan levantó apenas una ceja.
—Eso resulta evidente.
Roric abrió la boca.
Kaelen le hundió un codo en el costado.
La volvió a cerrar.
Lyren continuó:
—Entraron desde Tel'Quessir. Portaban una muestra de corrupción. Utilizaron magia dentro de las Vías y viajaban junto a Faela.
La última parte sonó como una acusación independiente.
Faela lo miró.
—Me alegra saber que mi nombre todavía merece una categoría propia.
Lyren no respondió.
Seraphina sí.
—Siempre la mereció.
Faela bajó ligeramente la mirada.
No por sumisión.
Por reconocimiento.
Faelan preguntó:
—¿Lael?
—Con los Cantores.
—¿Estado?
—Grave.
El hombre asintió.
—Entonces intentaremos que esto sea breve.
Anjara avanzó medio paso.
—Me parece una buena idea.
Kaelen la miró de reojo.
Faelan también.
—No pareces alguien acostumbrada a esperar permiso.
—Últimamente he descubierto que esperar demasiado puede matar gente.
Seraphina arqueó una ceja.
Lyren apretó la mandíbula.
Faelan, en cambio, pareció considerar la respuesta.
Entonces habló la anciana.
—Acércate.
Anjara miró alrededor.
Lyraella señaló exactamente hacia ella.
—Tú.
Anjara avanzó.
Dos pasos.
La anciana ladeó la cabeza.
Como si la oyera.
—Más.
Anjara obedeció.
Lyraella levantó una mano.
—¿Puedo?
Anjara no comprendió al principio.
Después siguió la dirección de sus dedos.
La Gema.
Estaba escondida bajo la ropa.
Aun así, la anciana apuntaba directamente a ella.
Anjara pensó en Horic.
En la Llave.
En Malorin.
En Elara.
—No.
Lyren soltó un ruido de desaprobación.
Lyraella sonrió.
—Bien.
Anjara frunció el ceño.
—¿Bien?
—Tu madre habría dado la misma respuesta.
Todo lo demás dejó de importar.
—¿Conoció a mi madre?
Faela levantó la cabeza.
Geal también.
Lyraella apoyó las dos manos en el bastón.
—Sí.
Anjara dio otro paso sin darse cuenta.
—¿Cuándo?
—Hace muchos años.
—¿Aquí?
—Aquí.
—¿Por qué vino?
La anciana sonrió con tristeza.
—Muchas preguntas.
—Llevo meses acumulándolas.
—Entonces unas horas más no deberían destruirte.
Anjara apretó los dientes.
—Es curioso. Todos los que saben algo de mi madre dicen exactamente lo mismo.
Seraphina ocultó una sonrisa.
Faelan ni siquiera lo intentó.
Lyraella continuó:
—Elara llegó a Syltherion buscando respuestas sobre una herida que ninguno de nosotros comprendía todavía.
Anjara notó el pulso de la Gema.
O tal vez el suyo.
—¿La Grieta?
La anciana inclinó la cabeza.
—Ese era uno de los nombres que utilizaba.