El destino de Anjara (Los Ecos y las Cenizas 1) CAPÍTULO 19 LAS VÍAS SILVANAS #4
58%

CAPÍTULO 19 LAS VÍAS SILVANAS #4

—¿Qué le ha ocurrido?

—La Legión —respondió Anjara.

Lyren volvió hacia ella.

—No te he preguntado a ti.

—Pero sé la respuesta.

Kaelen giró ligeramente la cabeza.

Una advertencia.

Anjara la vio.

Y decidió que aquella vez no la seguiría.

Faela intervino:

—Soldados de Lirionis lo perseguían. Lo encontramos en el Bosque Umbrío.

Lyren señaló al Cadre.

—¿Y ellos?

Faela miró a Anjara.

Después a los demás.

—Lo salvaron.

La palabra tuvo más peso del que Anjara esperaba.

Lyren no bajó el arco.

—También lleváis un fragmento contaminado.

Geal habló:

—Aislado en cuero tratado, cerámica sellada y una capa mineral que...

Diez flechas apuntaron a su pecho.

Geal calló.

Roric suspiró.

—Ibas bien.

Lyren observó la bolsa.

—Vuestra llegada coincide con la peor expansión del Silencio Negro desde que comenzaron nuestros informes.

Anjara notó cómo la irritación crecía.

La reconoció.

No la alimentó.

—También coincide con la nuestra.

Lyren la miró.

—No sois de aquí.

—No.

—No conocéis Syltherion.

—Por eso Faela nos guía.

Los ojos del capitán volvieron hacia ella.

—Faela abandonó Syltherion.

Faela acusó el golpe.

No con un gesto.

Con una quietud demasiado completa.

—He regresado.

—Con extranjeros.

—Con ayuda.

—Eso lo decidiremos nosotros.

Lael gimió.

Geal se arrodilló.

Las flechas siguieron el movimiento.

—Su respiración está empeorando.

Lyren levantó una mano.

Nadie disparó.

Geal examinó al joven.

—Necesita tratamiento ahora.

—Los Cantores decidirán si puede entrar.

El Drakthar levantó lentamente la cabeza.

—Si tardáis mucho, solo decidirán qué hacer con un cadáver.

Un murmullo recorrió las pasarelas.

Lyren permaneció inmóvil.

—La seguridad de Arboris está por encima de una sola vida.

La rabia llegó.

Anjara la dejó aparecer.

Después la observó.

No Ichor.

No magia.

Solo rabia.

Y una posibilidad.

—Entonces déjalo morir.

El silencio fue total.

Faela se volvió hacia ella.

—¿Qué?

Roric dejó de respirar.

Geal la miró.

Incluso Lyren pareció desconcertado.

Anjara señaló a Lael.

—Déjalo aquí.

—Anjara —dijo Faela.

Ella mantuvo los ojos en Lyren.

—Si la seguridad de Arboris vale más que él, no hay nada que discutir.

La mandíbula del capitán se endureció.

—No pongas palabras en mi boca.

—Son las tuyas.

Anjara avanzó un paso.

Despacio.

Con las manos visibles.

Las flechas la siguieron.

—Nos marcharemos.

Faela abrió los ojos.

—No.

Anjara continuó:

—Nos llevaremos a Lael.

Lyren la observó.

—Morirá antes de una hora fuera de esta ciudad.

—Probablemente.

El capitán frunció el ceño.

Geal empezó a entender.

Anjara siguió:

—Después saldrá otro explorador.

Miró a Lael.

—Quizá encuentre otra astilla.

Otro animal transformado.

Otra zona muerta.

—¿Qué estás haciendo? —preguntó Lyren.

—Explicándote lo que ocurrirá si cada vez que alguien regrese con información cerráis las puertas porque puede ser peligroso.

Otro paso.

—Malorin ya está dentro de vuestro bosque.

Las flechas no se movieron.

—La Legión también.

Algo cambió entre los guerreros.

Muy poco.

Suficiente.

—No necesitas decidir si nosotros somos un riesgo —continuó Anjara—. Lo somos.

Roric levantó ligeramente una ceja.

Anjara no lo miró.

—Llevamos información que puede ser peligrosa. Una astilla del Vacío. Y demasiadas preguntas.

Respiró.

—Pero ahí fuera ya hay algo peor.

Lyren la estudió.

—¿Nos amenazas?

—No.

Anjara negó.

—Te estoy contando los síntomas.

Aquello lo hizo reaccionar.

—¿Qué?

Anjara señaló el bosque.

—Primero desaparecen los sonidos. Luego los animales. Después las raíces.

Vio a Faela mirarla.

—Eso nos enseñó ella.

Después señaló a Lael.

—Encontramos un Ciervo de la Niebla muriéndose. Después un oso con un cristal implantado en la carne.

Los murmullos aumentaron.

—Tenemos el cristal.

Miró a Geal.

—Lael sabe quién lo colocó.

Lyren no dijo nada.

Anjara pronunció el nombre.

—Malorin.

Esta vez sí.

Una pequeña tensión cruzó el rostro del capitán.

Anjara la vio.

—Lo conoces.

Lyren tardó.

—Todos conocemos ese nombre.

—Entonces sabes que nosotros no hemos traído el Silencio Negro.

—Podríais estar siguiéndolo.

Anjara asintió.

—Podríamos.

La respuesta lo desconcertó.

—No voy a fingir que entendemos todo lo que está ocurriendo. Apenas hemos empezado.

Señaló la bolsa de Geal.

—Pero sabemos que alguien está introduciendo corrupción deliberadamente en organismos vivos.

Después las Vías tras ellos.

—Y una parte del camino que acabamos de recorrer intentó despedazarnos porque esa misma corrupción había llegado hasta las raíces.

Los arqueros murmuraron.

Lyren miró a Faela.

—¿Es cierto?

—Sí.

—¿Hasta dónde?

Faela miró hacia la entrada de las Vías.

—Más de lo que debería.

Silencio.

Después añadió:

—Y Anjara la calmó.

Lyren volvió la cabeza.

—¿Cómo?

Anjara pensó en la luz bajo sus manos.

En el dolor.

En la raíz dejando de luchar contra sí misma.

—Súlion.

Un cambio recorrió a los Sylvaris.

No miedo.

Reconocimiento.

Varias miradas se dirigieron hacia ella.

Lyren bajó el arco unos centímetros.

—¿Quién te enseñó esa palabra?

—La aprendí en la Academia.

No era toda la respuesta.

Eldrin le había enseñado el término.

Faela le había enseñado a escucharlo.

La raíz le había enseñado lo demás.

Lael volvió a gemir.

Geal alzó la voz.

—Podéis interrogarla durante horas. Él no las tiene.

Lyren cerró los ojos.

Solo un instante.

Después levantó una mano.

Los arcos descendieron.

No del todo.

Pero lo suficiente.

—Cantores.

Dos Sylvaris corrieron hacia Lael.

Faela soltó el aire.

Anjara tampoco había advertido hasta entonces cuánto llevaba conteniéndolo.

Lyren señaló a Geal.

—El fragmento permanecerá sellado.

Geal abrió la boca.

Se detuvo.

—De acuerdo.

Roric lo miró.

—Estoy orgulloso.

—No iba a discutir.

—Y yo casi te creo.

Lyren miró a Anjara.

—Entraréis sin armas desenvainadas.

—Bien.

—Seréis vigilados.

—Lo suponía.

—Y si descubrimos que la corrupción ha llegado con vosotros...

Anjara sostuvo sus ojos.

—Entonces nos ayudaréis a averiguar por qué.

Lyren no sonrió.

—No era eso lo que iba a decir.

—Ya.

Kaelen murmuró:

—Tu carrera diplomática avanza.

Anjara la miró.

—He conseguido que bajen los arcos.

—Algunos.

Roric contó.

—Cuarenta y siete, aproximadamente.

Anjara levantó una ceja.

—¿Los has contado?

—Estaba buscando una actividad relajante.

Por primera vez, la boca de Faela amagó una sonrisa.

Los Cantores levantaron la camilla.

Lael seguía vivo.

Eso bastaba.

Anjara cruzó el primer puente hacia Arboris.

Miró abajo.

No había suelo.

Solo ramas gigantes y una caída que desaparecía entre capas de hojas.

Roric llegó detrás.

Se detuvo.

—No.

Kaelen puso una mano entre sus omóplatos.

—Camina.

—He cruzado un mar montado en una criatura cuyo nombre significaba algo parecido a «grito del cielo». Considero cubierta mi cuota de alturas.

Faela pasó a su lado.

—Arboris tiene siete niveles principales.

Roric la miró con traición absoluta.

—Podrías haber esperado hasta que estuviera en tierra firme.

—No hay tierra firme.

—Lo sé. Ese es exactamente el problema.

Siguió andando.

Anjara fue detrás.

A cada lado empezaron a aparecer rostros en las ventanas.

Niños.

Ancianos.

Guerreros.

Artesanos.

Una mujer con harina en las manos.

Un hombre que sostenía una cesta de hojas.

Dos niñas observaban desde detrás de una cortina vegetal hasta que alguien las hizo entrar.

Personas.

No símbolos de un pueblo.

Gente viviendo.

Anjara redujo el paso.

Una pequeña plaza elevada aparecía más adelante. Había puestos cerrados, pero uno continuaba abierto.

Una anciana vendía pequeños panes planos envueltos en hojas.

Roric los miró.

La mujer vio el tobillo vendado.

Cogió uno.

Se lo lanzó.

Roric lo atrapó.

Parpadeó.

La anciana dijo algo en Thal'nael.

Faela tradujo:

—Dice que tienes cara de necesitar comer antes de caerte.

Roric mordió el pan.

Masticó.

—Dile que es la persona más sabia que he conocido aquí.

Faela habló con la anciana.

La mujer respondió.

—Dice que eso explica por qué tienes tan mala cara.

Kaelen rio.

Roric miró el pan.

—Aun así la quiero.

Siguieron.

Aquel pequeño intercambio hizo algo que ninguna descripción grandiosa podía conseguir.

Arboris se volvió real.

Olía a pan.

A resina.

A agua.

A humo de cocina.

Había ropa secándose entre ventanas.

Niños corriendo por pasarelas estrechas pese a los gritos de sus mayores.

Marcas de reparaciones en los puentes.

Pequeños santuarios en huecos de la corteza.

Campanas hechas con semillas endurecidas.

Y miedo.

También miedo.

Mucho.

Los rostros que los observaban no mostraban curiosidad.

Anjara reconoció aquella mirada.

La había visto en Lumenvalle después de curar a Torvin.

La pregunta silenciosa.

¿Eres la solución?

¿O el problema?

Entonces no había sabido responder.

Ahora sí comprendía algo.

Desde fuera, ambas cosas podían parecerse demasiado.

Al fondo de Arboris, varios niveles por encima, una construcción circular rodeaba el tronco central.

No destacaba por su altura.

Destacaba porque todas las pasarelas principales parecían conducir hacia ella.

Faela la miró.

La breve ligereza provocada por la anciana del pan desapareció.

—El Círculo nos llamará.

Anjara siguió su mirada.

—¿Quiénes son?

—Los que deciden cuando los clanes no están de acuerdo.

—Gobernantes.

Faela negó.

—No exactamente.

Geal habló:

—¿Consejo representativo?

Faela lo miró.

—Tampoco exactamente.

Roric mordió otro trozo de pan.

—Empiezo a sospechar que aquí nada es exactamente nada.

Faela no respondió.

Seguía mirando la estructura.

—Decidirán si hemos regresado a casa...

Anjara notó el cambio en el pronombre.

Hemos.

No he.

Faela volvió los ojos hacia ella.

—...o si hemos traído la guerra hasta su puerta.

Anjara miró a los guerreros en los puentes.

Las ventanas cerradas.

Los jardines abandonados.

La camilla desapareciendo hacia el interior de Arboris.

Después pensó en las astillas.

En Malorin.

En la Legión.

En los árboles enfermos.

No tuvo ninguna duda.

—No la hemos traído nosotros.

Faela guardó silencio.

Anjara miró hacia el bosque que rodeaba la ciudad.

—La guerra ya estaba aquí.