CAPÍTULO 19 LAS VÍAS SILVANAS #3
Súlion.
No era una orden para sanar.
Era alivio.
Descarga.
Permitir que algo recuperara su propio equilibrio.
Anjara no estaba segura de dominarla.
Eso la obligó a contenerse.
—Súlion.
Nada ocurrió.
Kaelen gritó detrás.
Una raíz cerró parcialmente la camilla.
Lael gimió.
Anjara sintió el impulso.
Abrirse.
Dejar salir todo.
Arrasar la oscuridad.
La misma respuesta que siempre había parecido más sencilla.
No.
Vitor.
También has aprendido a detenerte.
Menos.
Precisamente porque tenía miedo.
Menos.
Anjara respiró.
Pensó en Liam dormido junto al fuego.
En Elara moliendo plantas.
En Kael soltando un animal después de comprobar que podía sobrevivir solo.
En el lobo de la Caverna recuperando sus propios ojos antes de morir.
No poder.
Vida.
Algo mucho más sencillo.
Algo que solo intentaba continuar.
—Súlion.
La Gema se calentó.
Anjara no la tocó.
No tiró de ella.
Un hilo de luz apareció bajo sus palmas.
Verde.
Tan tenue que en otro lugar habría parecido insignificante.
Entró en el musgo.
Faela abrió los ojos.
—Eso.
Anjara mantuvo la respiración estable.
No aumentó la fuerza.
La luz avanzó por una raíz.
Después por otra.
No atacó la mancha.
La rodeó.
El túnel se estremeció.
Una presión horrible atravesó los dientes de Anjara.
Algo caliente salió de su nariz.
Sangre.
Geal lo vio.
—¡Anjara, basta!
—Todavía no.
—Estás gastando demasiado.
—Todavía no.
La oscuridad retrocedió.
Muy poco.
Después otro poco.
No desapareció.
Pero dejó de avanzar.
Una espina tembló.
Se retrajo.
Otra hizo lo mismo.
Roric bajó lentamente la daga.
Kaelen dejó de golpear.
La raíz que aprisionaba parte de la camilla aflojó.
El canto de Faela cambió.
No se hizo más fuerte.
Más firme.
Anjara mantuvo el hilo.
No podía sanar Syltherion.
Ni siquiera podía sanar aquella raíz por completo.
Pero podía darle tiempo.
Espacio.
Una oportunidad de hacer algo por sí misma.
—Súlion.
La última espina se hundió de nuevo en la madera.
El túnel quedó quieto.
La luz desapareció.
Anjara abrió los ojos.
El suelo se inclinó.
Faela la sujetó antes de que cayera de cara sobre el musgo.
—Despacio.
—Estoy...
Geal apareció.
—Ni se te ocurra.
Anjara cerró la boca.
—Gracias.
—Eso sí es nuevo.
Él le limpió la sangre de la nariz.
—¿Ves doble?
—No.
—¿Náuseas?
—Un poco.
—¿Dolor de cabeza?
—Bastante.
—Has utilizado demasiado Ichor.
Anjara miró la pared.
La mancha continuaba allí.
Más pequeña.
Detenida.
—Ha funcionado.
Geal siguió su mirada.
—Temporalmente.
Anjara asintió.
—Sí.
La palabra ya no sonaba a fracaso.
Meses atrás habría necesitado ganar por completo.
Curar.
Cerrar.
Salvar.
Ahora empezaba a comprender que temporalmente también podía ser una victoria.
Un minuto.
Una hora.
El tiempo suficiente para que alguien respirara.
Para que una herida dejara de empeorar.
Para llegar a un sanador.
Faela seguía arrodillada.
Tenía el rostro blanco.
Anjara le tocó la muñeca.
—¿Y tú?
La Sylvaris respiró.
—Puedo seguir.
Geal la miró.
—Mucho mejor que «estoy bien».
Faela ignoró el comentario.
Sus ojos permanecían en la raíz.
—He sentido cómo lo hacía.
Anjara frunció el ceño.
—¿Qué?
—Cómo dejaba de luchar contra sí misma.
Geal miró inmediatamente a Anjara.
—Eso es importante.
—Lo sé.
—Puede estar relacionado con lo del lobo.
—También lo sé.
—No es lo mismo.
—Geal.
El Drakthar calló.
—Luego.
Él asintió.
—Luego.
Kaelen habló desde la camilla.
—Tenemos otro problema.
Todos se volvieron.
Lael estaba convulsionando.
Geal corrió.
Faela intentó levantarse demasiado rápido y tuvo que apoyarse en la pared.
El Drakthar tocó el cuello del Sylvaris.
—La fiebre ha subido.
Faela miró hacia delante.
—¿Cuánto falta?
—Eso te lo pregunto yo.
Faela tocó la Vía.
Esperó.
—Horas.
Geal negó.
—No tiene horas.
Lael abrió los ojos.
—Arboris...
Faela se arrodilló junto a él.
—Sí.
—Llévame...
La voz murió.
Faela le cogió la mano.
—Lo haré.
Anjara intentó incorporarse.
Las piernas no respondieron bien.
Kaelen le ofreció un brazo.
Anjara lo miró.
Lo aceptó.
Sin decir que podía sola.
Otro pequeño aprendizaje.
—Nos movemos.
Geal la observó.
—Tú deberías descansar.
—Puedo caminar.
—No vuelves a usar magia.
—No pensaba hacerlo.
Geal levantó una ceja.
—De verdad.
Eso pareció preocuparlo más.
Roric volvió a colocarse delante.
—Si alguien quiere mi opinión...
—No —dijeron Kaelen y Anjara a la vez.
Roric sonrió.
—Eso ha sido bonito.
La Vía no volvió a atacarlos.
Pero ya no parecía la misma.
La luz verde desaparecía en algunos tramos.
Había raíces grisáceas.
Heridas negras en la madera.
Algunas pequeñas.
Otras profundas.
Anjara tuvo que obligarse a no tocarlas.
Aquello fue más difícil de lo que esperaba.
Una.
Después otra.
Otra más.
Podría detenerse.
Intentarlo.
Quizá aliviar una.
Quizá dos.
Y perder a Lael mientras lo hacía.
Elara le había enseñado aquel límite sin pronunciarlo nunca.
Había días en Lumenvalle en que varias personas llamaban a su puerta.
Un niño con fiebre.
Un hombre con una pierna rota.
Una anciana que no podía respirar.
La sanadora elegía.
No a quién merecía vivir.
A quién necesitaba primero sus manos.
Anjara había odiado aquellas decisiones cuando era pequeña.
Ahora caminaba junto a raíces enfermas sin tocarlas.
Y por primera vez comprendía cuánto debía haber pesado aquello sobre su madre.
Lael dejó de hablar.
Faela seguía diciéndole cosas en Thal'nael.
Pequeñas frases.
Nombres.
Recuerdos, quizá.
Él ya casi no respondía.
Roric dejó de bromear.
Kaelen y Geal intercambiaban la camilla sin necesidad de pedirlo.
Cuando Geal empezaba a perder fuerza, Kaelen modificaba el paso.
Cuando Kaelen se llevaba una mano al hombro, él cambiaba el agarre.
Anjara caminaba junto a Lael.
Por si dejaba de respirar.
Una vez creyó que había ocurrido.
—Geal.
Todos se detuvieron.
El Drakthar acercó dos dedos.
Lael inhaló.
Muy poco.
Geal soltó aire.
—Sigue.
No estaba hablando al herido.
Volvieron a caminar.
El túnel empezó a ascender.
Poco a poco.
Después apareció claridad.
Blanca.
No el verde del musgo.
Faela levantó la cabeza.
—Estamos cerca.
Roric miró al frente.
—¿Eso es cielo?
—Sí.
—No vuelvas a decirme nada malo durante al menos diez minutos.
Corrieron.
O lo más parecido a correr después de tantas horas.
Geal tropezó.
Kaelen compensó el peso.
Anjara adelantó unos pasos.
La abertura aumentó.
El aire cambió.
Frío.
Limpio.
Salieron.
Anjara dio tres pasos.
Y se detuvo.
—Oh.
Roric apareció detrás.
—Sí.
Arboris.
La ciudad no estaba construida sobre el suelo.
Estaba suspendida sobre el bosque.
Árboles gigantes se elevaban cientos de metros hacia el dosel, troncos tan anchos que una casa de Lumenvalle habría cabido dentro de uno sin tocar los bordes.
Las estructuras nacían alrededor de ellos.
Plataformas sostenidas entre ramas.
Casas de madera clara adaptadas a las curvas naturales de los troncos.
Torres que parecían crecer desde la corteza.
Puentes suspendidos.
Escaleras.
Jardines colgantes.
Canales por los que descendía el agua desde niveles superiores.
En una zona, una cascada caía desde una plataforma y desaparecía cientos de metros más abajo entre hojas.
No parecía construida.
Parecía cultivada.
Anjara olvidó durante unos segundos el dolor de cabeza.
La sangre seca bajo la nariz.
Malorin.
Malakor.
La corrupción.
Incluso el miedo por Lael.
Solo miró.
La Academia Arcana había sido una fortaleza arrancada a la montaña.
Arboris era otra idea del mundo.
Una ciudad que había decidido no obligar al bosque a apartarse para existir.
—Bienvenida a Arboris —dijo Faela.
La emoción en su voz era evidente.
Pero no había alegría completa.
Anjara tardó poco en comprender por qué.
Las pasarelas estaban casi vacías.
Muchos puestos permanecían cerrados.
Algunas plataformas estaban cubiertas con lonas.
Había jardines marchitos.
Ventanas protegidas desde dentro.
Y guerreros.
Muchos.
Sylvaris armados vigilaban cada nivel.
Anjara vio arcos largos.
Lanzas.
Armaduras hechas con madera endurecida, cuero y placas oscuras.
Después oyó el sonido.
Cuerdas tensándose.
Decenas.
Kaelen dejó lentamente la camilla en el suelo.
Roric apartó las manos de las dagas.
Geal permaneció inmóvil.
Anjara no tocó la hoz.
Las flechas apuntaban hacia ellos desde tres niveles diferentes.
Puntas negras.
Obsidiana.
Una docena bastaría.
Había muchas más.
—Faela —murmuró Roric—. Supongo que esto es una bienvenida tradicional.
—No.
—Bien.
—La tradicional tiene comida.
Roric la miró.
No supo si hablaba en serio.
Anjara tampoco.
Un grupo de guerreros descendió por una pasarela.
El hombre que los encabezaba llevaba el cabello plateado recogido con tiras de cuero.
Su armadura estaba formada por placas de madera oscura entrelazadas con fibras verdes.
Arco largo.
Cuchillo curvo.
Ojos fríos.
Se detuvo al otro extremo del puente.
Dijo algo en Thal'nael.
Faela respondió.
El intercambio fue rápido.
Demasiado rápido para que Anjara pudiera deducir gran cosa.
Pero no era amistoso.
El hombre cambió al Eldoriano.
—Dejad las armas en el suelo.
Anjara miró las flechas.
—Venimos de la Academia Arcana.
—He oído lo que ha dicho Faela.
—Entonces también habrás oído que tenemos un herido.
El hombre no miró a Anjara.
Sus ojos recorrieron al grupo.
Geal.
Kaelen.
Roric.
Después ella.
Durante una fracción de segundo parecieron detenerse donde la Gema permanecía oculta bajo la ropa.
Anjara resistió el impulso de tocarla.
—Habéis atravesado las Vías llevando corrupción.
Geal movió instintivamente la mano hacia la bolsa donde guardaba la astilla.
Varias flechas se orientaron hacia él.
Roric habló sin mover los labios.
—No hagas eso.
Geal apartó la mano.
Faela avanzó.
—Lyren.
El capitán la miró por fin.
—Ha pasado mucho tiempo.
—Sí.
—No suficiente.
Faela recibió la frase sin apartar la mirada.
Anjara entendió.
Más historia.
Lael.
Lyren.
Faela.
Malorin.
Syltherion parecía lleno de personas que habían crecido juntas y aprendido a marcharse en direcciones distintas.
—Lael está herido —dijo Faela.
Lyren miró la camilla.
Y por primera vez perdió parte de aquella frialdad.
—¿Lael?
El joven abrió los ojos.
—Lyren...
La voz apenas salió.
El capitán dio medio paso.
Se detuvo.
Había demasiada gente observándolo.