El destino de Anjara (Los Ecos y las Cenizas 1) CAPÍTULO 19 LAS VÍAS SILVANAS #2
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CAPÍTULO 19 LAS VÍAS SILVANAS #2

—Ahora sabes cómo nos sentimos todos cuando empiezas a hablar de minerales.

Geal no pareció apreciar la comparación.

Faela continuó:

—Los antiguos Cantores de Savia guiaron el crecimiento de las raíces durante generaciones. No cavaron túneles. Enseñaron al bosque a crecer alrededor de los caminos.

Anjara observó la pared.

—¿Siguen vivas?

Faela la miró como si acabara de preguntar si el agua seguía mojando.

—Claro.

Anjara retiró la mano que estaba a punto de apoyarse.

—¿Le molesta que la toquemos?

Roric rio.

Faela no.

—No.

—Era una pregunta razonable.

—Lo era.

Anjara tocó la madera.

Tibia.

Y allí estaba.

Aquella vibración.

Mucho más clara que en la superficie.

Cerró los ojos.

No invocó Ichor.

No buscó la Gema.

Escuchó.

Sin insectos.

Sin pájaros.

Sin viento.

Solo raíces.

Y dentro de ellas algo se movía con una lentitud enorme.

Fluido.

Constante.

Savia.

Vida.

Faela se había detenido.

—Lo notas.

Anjara abrió los ojos.

—Algo.

—No intentes entrar más.

—No lo estaba haciendo.

—Todavía.

Anjara retiró la mano.

Aquella advertencia no le gustó.

Precisamente por eso la recordó.

Las Vías se dividían.

Dos corredores.

Después tres.

Algunos descendían.

Otros ascendían.

En un punto llegaron a una intersección donde seis túneles se abrían alrededor de ellos.

Kaelen miró a Faela.

—¿Cuál conduce a Arboris?

Faela tocó la pared.

Esperó.

—No lo sé.

Kaelen parpadeó.

—¿Qué?

Faela empezó a caminar hacia el tercer corredor.

—La Vía sí.

Roric miró a Anjara.

—Voy a dejar de preguntar.

—No.

—Déjame creerlo unos minutos.

Anjara siguió a Faela.

—¿Qué haces cuando tocas la raíz?

—Escucho dónde sigue sana.

—Eso no responde a cómo sabes que vamos hacia Arboris.

—Porque Arboris está vivo.

Geal habló desde la camilla:

—¿Algún tipo de señal química entre sistemas radiculares?

Faela no se volvió.

—Si necesitas llamarlo así para seguir andando, sí.

Geal pareció satisfecho.

Anjara sonrió.

Faela sabía adaptarse.

A veces.

Pasaron horas bajo tierra.

La noción del tiempo se volvió extraña.

No había cielo.

No había posición del sol.

Solo aquella luz verde que parecía idéntica en cada tramo.

Lael empeoró.

Primero tembló.

Después dejó de hacerlo.

Geal maldijo.

—Tenemos que parar.

Faela negó.

—No.

—Su cuerpo está agotado.

—Si nos detenemos puede no llegar.

—Si seguimos también puede morir.

Faela se volvió.

—Entonces evita que muera.

Geal quedó inmóvil.

No hubo una réplica seca.

Ni una defensa.

Solo cansancio.

Anjara intervino.

—Cinco minutos.

Faela la miró.

—Anjara...

—Cinco.

—No sabes cuánto...

—Y tú no sabes si llegará consciente al siguiente cruce.

Faela miró a Lael.

Cedió.

—Cinco.

Depositaron la camilla.

Geal retiró el vendaje.

La herida estaba peor.

La piel alrededor del corte se había inflamado.

Los bordes mostraban un tono gris oscuro.

Faela palideció.

—Eso no estaba así.

—Ya lo veo.

—Geal.

—Lo veo.

Anjara se arrodilló.

—¿Corrupción?

El Drakthar acercó una pequeña lámpara química.

—No como la del lobo.

—¿Y como la de mi hombro?

Geal la miró.

—Tampoco.

Aquello le gustó todavía menos.

Faela tocó con cuidado la piel de Lael.

Sus ojos se abrieron.

—Arboris...

—Llegaremos —dijo ella.

Lael sonrió débilmente.

—Mientes mal.

Faela apretó la mandíbula.

—Guarda fuerzas.

—Sigues... mintiendo mal.

Anjara miró entre ambos.

Lael parecía medio inconsciente.

Aun así, la familiaridad estaba allí.

—Os conocéis desde hace mucho.

Faela no respondió.

Lael sí.

—Desde niños.

La Sylvaris cerró los ojos.

—No hables.

—Ella me enseñó... a caer de los árboles.

Roric levantó la cabeza.

—Eso necesito oírlo.

—No —dijo Faela.

Lael continuó:

—Decía que aprender a subir era inútil si no sabías caer.

Roric miró a Faela con respeto renovado.

—Por fin una lección sensata de este continente.

—Se rompió un brazo.

Lael abrió un ojo.

—Uno.

—Dos veces.

—La segunda fue culpa tuya.

—Te dije que no saltaras.

—Me dijiste que probablemente sobreviviría.

—Y aquí estás.

Lael soltó una risa débil.

Después tosió.

El gesto de Faela cambió de inmediato.

La conversación había terminado.

Geal cerró el vendaje.

—Seguimos.

Kaelen lo miró.

—¿Seguro?

Él cogió el extremo trasero de la camilla.

—No.

Ajustó el agarre.

—Por eso seguimos.

Anjara se levantó.

Algo había cambiado.

No en Lael.

En el túnel.

La Gema estaba caliente.

—Faela.

La Sylvaris ya miraba la pared.

Una de las raíces había perdido el brillo.

Solo una.

Una línea oscura recorría la madera desde abajo.

Geal dejó la camilla con cuidado.

—Nadie la toque.

No hizo falta.

La mancha avanzaba delante de ellos.

Negro infiltrándose bajo la corteza.

Faela dio un paso atrás.

—No.

La línea se bifurcó.

Alcanzó otra raíz.

Después una tercera.

Roric desenvainó una daga.

—¿Nos ha seguido?

Geal se inclinó sin acercarse demasiado.

—No.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque está dentro.

Anjara recordó la sensación de Tel'Quessir.

Algo viajando bajo las raíces.

Y la imagen de Malorin insertando astillas que ella nunca había visto pero ya podía imaginar demasiado bien.

—Nos estaba esperando.

El suelo tembló.

Faela levantó la cabeza.

—¡Atrás!

La pared se abrió.

Espinas negras atravesaron la corteza.

Kaelen tiró de la camilla.

Una espina pasó por el lugar donde había estado la cabeza de Lael.

—¡MOVEDLO!

Geal agarró su extremo.

Roric cortó una raíz fina que se enroscaba alrededor de su tobillo.

Otra apareció detrás.

El túnel entero empezó a retorcerse.

El musgo se desprendió del techo.

Raíces golpearon unas contra otras.

La madera crujió alrededor de ellos.

Anjara recibió un impacto en el hombro.

El dolor le atravesó el brazo.

Cayó contra la pared.

Una espina brotó a pocos centímetros de su cara.

Se apartó.

Desenvainó la hoz.

Cortó la raíz.

Cayó.

Otra ocupó su lugar.

Anjara volvió a golpear.

Más aparecieron.

Kaelen lo entendió.

—¡No podemos abrirnos paso!

—¡Seguid avanzando!

—¡Se está cerrando!

Una raíz enorme salió del suelo.

Geal cayó.

La camilla se inclinó.

Lael estuvo a punto de rodar.

Kaelen cargó todo el peso.

—¡GEAL!

Roric llegó hasta él.

Cortó las fibras que se habían enroscado alrededor de su pierna.

—Arriba.

Geal se liberó.

Anjara golpeó otra espina.

No servía.

El túnel se estrechaba.

Pero entonces vio a Faela.

No estaba luchando.

Permanecía junto a la pared con una mano sobre la raíz.

—Faela.

Nada.

—¡Faela!

La Sylvaris se volvió.

Tenía lágrimas en los ojos.

—Está sufriendo.

Anjara miró las paredes.

—Ya lo sé.

—No.

Faela apoyó la otra mano.

Su cuerpo se estremeció.

—Lo siento.

Y Anjara comprendió.

No hablaba de una idea.

Faela estaba sintiendo aquello.

Cada raíz desgarrada.

Cada espina.

Cada corte que ellos daban para defenderse.

Todo.

Roric se disponía a golpear otra.

—¡Dejad de cortar!

Kaelen la miró.

—¿Qué?

—¡Dejad de atacarlo!

Una raíz salió disparada.

Kaelen la bloqueó con la cimitarra.

—¡Está intentando matarnos!

Anjara observó.

De verdad.

No solo la raíz que llegaba hacia ella.

El conjunto.

Las espinas nacían también donde no había nadie.

Una raíz golpeaba otra.

Las paredes se contraían sin dirección.

Había violencia.

Pero no intención.

No era un depredador.

Era una convulsión.

Como el ciervo.

Como un cuerpo con fiebre.

—No nos está atacando.

Roric esquivó una raíz.

—¡Resulta difícil apreciar la diferencia desde aquí!

—Está reaccionando.

Faela la miró.

Anjara señaló la mancha negra.

—La corrupción le está haciendo daño y está atacando todo lo que toca.

Geal entendió.

—Respuesta defensiva.

Kaelen seguía sujetando la camilla.

—Perfecto. ¿Cómo explicamos al bosque que somos los buenos antes de que nos aplaste?

Anjara miró a Faela.

—Dijiste que los Cantores enseñaron a las raíces.

—Durante generaciones.

—No quiero crear otra Vía.

Una sacudida lanzó a Anjara de rodillas.

—Solo quiero que deje de hacerse daño.

Faela negó.

—No puedo.

—Sí.

—Anjara, no sabes lo que estás pidiendo.

—Entonces enséñame.

—No hay tiempo.

Anjara miró la camilla.

Lael respiraba mal.

Kaelen empezaba a perder terreno.

Geal tenía una rodilla en el suelo.

Roric ya apenas podía apoyar el pie.

Volvió hacia Faela.

—Precisamente.

Algo cambió en la Sylvaris.

No confianza.

Necesidad.

Se arrodilló frente a ella.

—Guarda el arma.

Anjara soltó la hoz.

—Las dos manos en el suelo.

Obedeció.

El hombro dolió al inclinarse.

—No uses Ichor para empujar.

—No pensaba...

—Anjara.

Otra raíz pasó sobre sus cabezas.

Ella agachó la cabeza.

—De acuerdo.

—Ni siquiera si tienes miedo.

—Eso va a ser más difícil.

—Hazlo.

Faela colocó sus propias manos sobre el musgo.

—Escucha.

Anjara cerró los ojos.

Crujidos.

Gritos.

Kaelen.

Roric.

Lael.

Geal.

—No puedo.

—Sí.

—Hay demasiado.

—Deja de buscar sonidos.

Anjara respiró.

Una vez.

Más despacio.

Elara.

Pulso.

Temperatura.

Respiración.

No una herida aislada.

Un cuerpo.

Anjara dejó que el ruido se volviera fondo.

Tierra.

Madera.

Savia.

Y entonces llegó.

Dolor.

Brutal.

No suyo.

La raíz parecía intentar expulsar algo que ya estaba dentro.

Frío avanzando por sus fibras.

Una intrusión que no entendía.

Y debajo de aquello...

Vida.

Todavía.

Una cantidad inmensa.

Asustada.

Herida.

Pero presente.

Anjara abrió los ojos.

—Sigue ahí.

Faela asintió.

—Sí.

—¿Cómo saco la corrupción?

—No puedes.

Anjara la miró.

—Entonces ¿qué hago?

—No luches contra ella.

—Faela.

—Escúchame.

La Sylvaris acercó su rostro.

—Si empujas contra el veneno, obligarás a la raíz a resistir también tu fuerza.

Anjara recordó el lobo.

Su propia magia atravesándolo.

La corrupción intentando regresar a través de ella.

—Entonces...

—Dale al bosque algo que reconozca.

Faela cerró los ojos.

Empezó a cantar.

Thal'nael.

Anjara no entendía las palabras.

No necesitaba hacerlo.

Escuchó el ritmo.

La intención.

El modo en que cada frase parecía dejar espacio a la siguiente.

Eldrin había intentado explicarlo con Logos.

Forma.

Dirección.

La magia necesitaba saber qué se pretendía conseguir.

Anjara pensó en Fáenor.

Luz.

No.

La raíz no necesitaba más luz.

Pensó en Elara tratando una quemadura.

No obligaba a la piel a cerrarse.

Limpiaba la herida.

Enfriaba.

Protegía.

Y esperaba que el cuerpo hiciera aquello que llevaba toda su existencia sabiendo hacer.

Una palabra apareció en su memoria.

Una anotación de Eldrin.

Una clase que había creído secundaria.