CAPÍTULO 19 LAS VÍAS SILVANAS
Anjara apenas había dormido cuando Faela la despertó.
No hizo falta tocarla.
—Tenemos que irnos.
Abrió los ojos.
La claridad plateada de Tel'Quessir continuaba extendida bajo los siete árboles, ajena al amanecer que apenas empezaba a filtrarse entre las copas. Durante unos segundos, Anjara no recordó dónde estaba.
Después vio a Lael.
Y todo regresó.
Los Cantores que habían acudido durante la noche seguían junto a él. La mujer mayor había cambiado los emplastos dos veces y mantenía una mano apoyada sobre su pecho mientras el joven respiraba.
Demasiado deprisa.
La fiebre había empeorado.
Geal estaba arrodillado junto a la camilla con dos dedos en el cuello del Sylvaris.
Kaelen distribuía el peso del equipaje.
Roric, sentado sobre una raíz, volvía a vendarse el tobillo.
Y Horic permanecía atado al otro extremo del santuario.
Despierto.
Observándolos.
Anjara se incorporó.
El hombro respondió con un latido sordo.
No era el dolor agudo de los primeros días.
Pero seguía allí.
—¿Cuánto tiempo tenemos? —preguntó.
Geal no apartó los ojos de Lael.
—No puedo saberlo.
Anjara se acuclilló a su lado.
—¿Horas?
—Quizá.
—Geal.
Él levantó la mirada.
No había ironía.
Eso bastó.
—Su pulso está empeorando. Los Cantores han frenado parte de la reacción, pero aquí solo pueden mantenerlo estable durante un tiempo.
La anciana Sylvaris dijo algo en Thal'nael.
Faela tradujo:
—Necesita Arboris.
Anjara miró a Lael.
—¿Puede viajar?
—No —respondió Geal.
Esperó un instante.
—Pero tendrá que hacerlo.
La anciana asintió.
Uno de los otros Cantores preparó una pasta espesa de color ámbar y la extendió alrededor del vendaje.
Anjara observó con atención.
—¿Qué lleva?
Faela preguntó.
La respuesta llegó en Thal'nael.
—Resina de altar, corteza de alaria y savia de luna.
Anjara memorizó los nombres.
—¿Y eso mantiene la corrupción fuera?
La anciana negó.
Faela tradujo con menos rapidez.
—No la mantiene fuera. Ayuda al cuerpo a recordar qué parte de sí mismo sigue sana.
Anjara se quedó mirando la herida.
Aquella idea se parecía demasiado a lo ocurrido con el lobo.
Y a lo que había hecho Faela con el bosque.
No combatir directamente la corrupción.
Dar a la vida algo a lo que regresar.
Geal también había oído la traducción.
Sus ojos ámbar se estrecharon.
—Necesitaría una muestra de...
La anciana lo miró.
Geal cerró la boca.
Roric sonrió desde la raíz.
—Has aprendido.
—Estoy siendo diplomático.
—No sabía que pudieras.
Kaelen terminó de asegurar una correa.
—No puede. Está practicando.
Geal decidió ignorarlos.
Anjara miró a Faela.
—Dijiste que las Vías nos ahorrarían más de un día.
—Si siguen abiertas.
Roric dejó de sonreír.
—Agradezco mucho la última parte.
Faela comprobó su arco.
—No lo he dicho para tranquilizarte.
—Ya me había dado cuenta.
Anjara dirigió la mirada hacia Horic.
Seguía allí.
No podían llevarlo.
Lael ya requeriría dos personas para transportar la camilla.
Roric estaba lesionado. Faela necesitaba moverse libremente para guiarlos.
Anjara podía ayudar en tramos cortos, pero cargar peso durante horas con el hombro todavía dañado era una estupidez que Elina habría detectado incluso desde las Montañas del Lamento.
—¿Y él?
Horic levantó la cabeza.
—Podéis soltarme.
—No estaba pidiendo sugerencias.
—Sigo considerando que es la mejor.
Kaelen se acercó.
—Yo tengo otra.
Horic miró las dos cimitarras.
—Retiro mi participación en la conversación.
Faela observó las raíces plateadas.
—Tel'Quessir lo protegerá durante un tiempo.
—¿De la corrupción? —preguntó Anjara.
—Mientras los siete árboles sigan sanos.
Aquello no sonó eterno.
Nada en Syltherion empezaba a hacerlo.
Anjara se acercó al prisionero.
Se agachó frente a él.
—Te dejaremos agua y comida.
—Generoso.
—Las manos atadas delante.
—Más generoso todavía.
—Si consigues soltarte, puedes regresar con los tuyos.
Horic la estudió.
—¿Y si os sigo?
Kaelen contestó desde detrás:
—Entonces averiguaremos si corres mejor de lo que luchas.
Horic miró a Anjara.
—Tu gente es encantadora.
—No son...
Anjara se detuvo.
Roric levantó una ceja.
Ella lo miró.
—Ni se te ocurra.
—No he dicho nada.
—Lo estabas pensando muy fuerte.
Roric sonrió.
Anjara volvió hacia Horic.
El hombre también lo había notado.
Su expresión era distinta.
No burlona.
Atenta.
—Son tu gente —dijo.
Anjara no respondió.
Todavía no sabía por qué aquellas tres palabras le habían resultado más incómodas que una amenaza.
Le dejaron un odre.
Pan.
Y las manos atadas con suficiente holgura para que pudiera trabajar los nudos si tenía paciencia.
No tanta como para que pudiera salir corriendo en cinco minutos.
Cuando Geal y Kaelen levantaron la camilla, Horic habló.
—La chica.
Anjara se detuvo.
—¿Qué?
—La Llave.
Faela quedó rígida.
Anjara se volvió.
—¿Qué pasa con ella?
Horic sonrió.
—Solo quería comprobar si ibais a marcharos sin preguntar otra vez.
—Preguntamos anoche.
—Preguntaste qué era.
—Y tú no lo sabías.
—Sé otra cosa.
Faela caminó hacia él.
—Cállate.
Anjara miró a la Sylvaris.
—Faela.
—No tenemos tiempo.
—Una frase.
Faela apretó los labios.
Horic aprovechó.
—Malorin cree que la Llave está en Syltherion.
El silencio llegó con demasiada facilidad.
Anjara miró a Faela.
—¿Lo sabías?
Ella no contestó.
—Faela.
—Hay historias.
—¿Qué historias?
—No ahora.
Anjara notó que la paciencia se tensaba.
—Llevas diciendo «no ahora» desde que te conocimos.
—Porque Lael se está muriendo.
Aquello cortó la discusión.
Anjara miró al joven.
Después a Faela.
—Después.
La Sylvaris sostuvo sus ojos.
No lo prometió.
Pero tampoco se negó.
Era suficiente.
Por el momento.
Abandonaron Tel'Quessir poco después.
Los Cantores se quedaron junto a los siete árboles. La anciana entregó a Faela tres pequeños envoltorios de hojas enceradas para cambiar los emplastos de Lael durante el trayecto y le hizo repetir las instrucciones hasta quedar satisfecha.
Anjara entendió por qué no los acompañaban cuando vio a uno de los árboles plateados.
Una línea oscura había aparecido cerca de las raíces.
Muy fina.
Uno de los Cantores ya trabajaba sobre ella.
Tel'Quessir tampoco estaba fuera del alcance de la herida.
Solo resistía mejor.
Lael viajaba en la camilla.
Kaelen cargaba delante.
Geal detrás.
Roric avanzaba unos pasos por delante, apoyando el pie con más cuidado de lo que pretendía aparentar.
Anjara caminaba junto a Faela.
El santuario desapareció entre los árboles.
La diferencia fue inmediata.
El aire volvió a tener peso.
La vegetación perdió parte de su brillo.
Y la sensación de alivio que Anjara había notado bajo los árboles plateados quedó atrás como una puerta cerrándose.
—¿Los Cantores no pueden abrir las Vías desde allí? —preguntó.
—No.
—¿Por qué?
—Porque la entrada que necesitamos no pertenece a Tel'Quessir.
—¿Pertenece a alguien?
Faela negó.
—No todo aquí pertenece a alguien.
—Empiezo a comprenderlo.
—No.
Anjara la miró.
Faela siguió andando.
—Empiezas a aceptar que no lo comprendes.
Anjara sonrió.
—Eso también es progreso.
No tardaron mucho en llegar ante una pared vegetal.
Literalmente.
Troncos tan próximos que apenas se distinguía espacio entre ellos.
Raíces gruesas entrelazadas.
Lianas cubiertas de espinas oscuras.
Helechos creciendo en cada hueco.
Roric se detuvo.
—Por favor, dime que no tenemos que escalar eso.
—No.
El alivio apareció en su cara.
Faela apoyó una mano sobre el tronco central.
—Tenemos que entrar.
Roric cerró los ojos.
—Algún día aprenderé a esperar tres segundos antes de alegrarme.
Kaelen pasó junto a él.
—No apuesto por ello.
Faela les indicó que guardaran silencio.
Después habló.
Thal'nael.
Anjara había oído el idioma varias veces desde su llegada a Syltherion, pero nunca así.
Las palabras de Faela no parecían una fórmula.
Tampoco una orden.
El Esferian de Eldrin tenía estructura.
Precisión.
Algo ceremonial incluso cuando se pronunciaba en voz baja.
El Thal'nael de Faela parecía respirar.
Las sílabas se enlazaban unas con otras, suaves, con pausas que no parecían vacías.
Anjara no entendió ninguna.
Por primera vez, no lo necesitó.
La respuesta llegó desde el bosque.
Un crujido.
Después otro.
Una de las lianas se retrajo.
Las espinas desaparecieron entre las hojas.
Una raíz enorme descendió lentamente hacia el suelo mientras otra se curvaba hacia arriba.
La pared se abrió.
No mucho.
Lo suficiente.
Detrás había oscuridad.
Humedad.
Y un corredor que descendía bajo tierra.
Roric observó el hueco.
—Me retracto.
—¿De qué? —preguntó Anjara.
—De querer aprender a esperar.
Geal contemplaba la abertura.
—Existen.
Faela lo miró.
—Eso llevo dos días diciendo.
—Una afirmación no constituye una demostración.
Faela señaló el túnel.
Geal lo observó.
—Acepto la demostración.
—Qué alivio.
—Aunque sería extraordinariamente útil examinar...
—No.
Geal suspiró.
—Ya ni siquiera había terminado.
—Empiezo a conocerte.
Roric señaló a Faela.
—Cuidado. En una semana sabrá dónde escondes los frascos.
Geal dejó de sonreír.
—No bromees con eso.
Entraron.
Anjara esperaba piedra.
Tierra.
Raíces atravesando un túnel antiguo.
No aquello.
Las Vías Silvanas no habían sido excavadas.
Habían crecido.
Enormes raíces formaban paredes y techo, entrelazándose sin dejar apenas huecos. Algunas eran tan gruesas como el cuerpo de Anjara. Otras parecían venas recorriendo la superficie de las mayores.
Entre ellas crecía un musgo verde que emitía una claridad tenue.
El suelo cedía ligeramente bajo las botas.
No era barro.
Era una capa espesa de fibras vegetales.
El aire olía a tierra mojada, savia y hojas antiguas.
Roric miró alrededor.
—No sé si me parece precioso o profundamente inquietante.
Geal observaba el techo.
—No son conceptos incompatibles.
Roric esperó.
—Eso sí te lo concedo.
Faela avanzaba delante.
Pasó los dedos sobre una raíz.
—Estas Vías son anteriores a Arboris.
Geal levantó la cabeza.
—¿Quién las construyó?
—Nadie.
—Alguien tuvo que...
Faela se detuvo.
Apoyó la palma sobre la pared.
—No se construyeron.
—Entonces ¿cómo...?
—Se pidieron.
Geal frunció el ceño.
—Eso no significa nada.
Faela lo miró.
—Para ti.
Roric sonrió.