El destino de Anjara (Los Ecos y las Cenizas 1) CAPÍTULO 18 SANGRE BAJO LAS HOJAS #4
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CAPÍTULO 18 SANGRE BAJO LAS HOJAS #4

—¿Para qué quiere la Llave Malorin?

—Dice que acelerará el proceso.

—¿Qué proceso?

Horic apoyó la cabeza contra la corteza.

—La purificación.

Anjara sintió asco.

—¿Llamáis purificación a pudrir animales desde dentro?

—No puedes construir nada sobre un territorio que se niega a obedecer.

Kaelen se acercó.

—Entonces lo matáis.

—Lo hacemos útil.

Faela dio un paso.

—Mis hermanos viven aquí.

Horic la miró.

—Por ahora.

El cuchillo apareció en la mano de Faela.

Anjara sujetó su muñeca antes de que pudiera avanzar.

—No.

—Suéltame.

—No.

—Ha venido a destruir mi hogar.

—Y todavía sabe cosas.

—No necesito escucharlas.

—Yo sí.

Faela tiró del brazo.

Anjara no cedió.

Su hombro izquierdo protestó.

Aun así mantuvo la mano.

Por un momento creyó que Faela iba a golpearla.

Después la Sylvaris bajó lentamente el cuchillo.

—Cuando deje de ser útil...

Anjara soltó su muñeca.

—Cuando llegue ese momento decidiremos qué hacer con un prisionero.

Faela la miró.

—Nosotros no tenemos las mismas leyes.

—Lo sé.

Aquello pareció sorprenderla.

Anjara continuó:

—Y no voy a fingir que sí. Pero tampoco voy a ejecutar a un hombre atado mientras pueda decirnos dónde están nuestros enemigos.

Faela guardó el cuchillo.

—Después hablaremos.

—Sí.

Se marchó.

Horic sonrió.

—Bonita unidad.

Anjara giró la hoz hasta dejar la punta bajo su barbilla.

La sonrisa desapareció.

—No confundas que no quiera matarte con que hayas dejado de ser un problema.

Horic tragó.

Anjara retiró el arma.

—¿Dónde está la Llave?

—No lo sé.

—¿Malorin?

—Tampoco.

—¿Qué sabe del Nexo?

—Nada que me hayan contado.

Geal se acercó cuando Anjara se levantó.

—Tenemos tres problemas distintos.

—Creía que eran más.

—Tres principales.

Contó con los dedos.

—Malorin está introduciendo astillas del Vacío en organismos para estudiar la corrupción. Malakor prepara una ocupación y explotación de Syltherion. Y ambos buscan algo que llaman Llave.

Kaelen se unió.

—Eso no es una alianza.

Geal asintió.

—Exactamente. Es una coincidencia temporal de intereses.

—Uno quiere transformar el bosque —dijo Anjara—. El otro quiere utilizarlo.

Roric llegó cojeando.

—Y los dos creen que pueden controlar al otro.

Kaelen miró hacia Horic.

—Entonces al menos uno es idiota.

Geal observó la bolsa con la astilla.

—Mi apuesta no sería por Malorin.

Anjara miró a Faela.

Estaba junto a Lael.

No parecía dispuesta a hablar de la Llave.

Todavía.

—Dormimos por turnos.

Anjara apenas pudo hacerlo.

Cuando cerró los ojos, volvió a ver la casa tallada que el legionario joven llevaba colgada al cuello.

Después la aldea Sylvaris vacía.

Dos hogares.

Dos hombres que podrían matarse sin saber siquiera cómo era la cocina del otro.

No había una revelación profunda en aquello.

Solo algo desagradablemente humano.

Cambió de postura.

El hombro dolió.

Abrió los ojos.

Tel'Quessir respiraba.

Allí sí había insectos.

Pequeños animales.

Hojas moviéndose lentamente.

Vida.

Apoyó la palma sobre el tronco plateado.

Tibio.

Elara habría amado aquel lugar.

O lo habría llenado de preguntas hasta desesperar a Faela.

Liam habría intentado trepar al primer árbol.

El pensamiento llegó acompañado de una sonrisa breve.

No culpa.

No aquella vez.

La Gema se calentó bajo la camisa.

Anjara frunció el ceño.

No era como el pulso que había sentido al entrar.

Esto tiraba.

Hacia abajo.

Apoyó mejor la mano.

Cerró los ojos.

Raíces.

No podía verlas.

Pero percibía algo profundo bajo tierra.

Una estructura inmensa.

Ramificada.

Vacíos rodeados de madera.

Las Vías.

Y algo se desplazaba a través de ellas.

No una criatura.

Una alteración.

Una presión.

Como agua oscura entrando por una vena.

Anjara abrió los ojos.

Se puso en pie.

Faela estaba despierta al instante.

—¿Qué ocurre?

Anjara miró el suelo.

—Algo debajo.

La Sylvaris se acercó.

—¿Qué has sentido?

—No sé.

Anjara tocó la Gema.

—Pero creo que las Vías ya saben que vamos a entrar.

Faela palideció.

Aquello bastó para terminar con cualquier posibilidad de descanso.

A kilómetros de allí, donde las raíces antiguas ya no crecían buscando agua ni luz, una mano pálida sostenía una astilla violeta.

La hundió en la madera viva.

La raíz se contrajo.

No mucho.

Lo suficiente para parecer dolor.

Malorin mantuvo los dedos sobre ella.

Esperó.

Una vena negra avanzó lentamente por la fibra.

Un centímetro.

Después otro.

A su alrededor había recipientes alineados sobre tablas.

Semillas.

Corteza.

Huesos de animales.

Tejido conservado.

Cristales.

Cuadernos.

Y mapas de Syltherion cubiertos de marcas.

Tel'Quessir.

Arboris.

El Río Cantor.

Zonas donde ya no nacían insectos.

Zonas donde las aves habían desaparecido.

Otra marca no llevaba nombre.

Solo un símbolo.

Una forma incompleta que podía parecer una cerradura.

Malorin retiró la mano.

La raíz siguió oscureciéndose.

No sonrió porque estuviera muriendo.

Sonrió porque todavía intentaba impedirlo.

—Ahí estás —murmuró.

Tomó una pequeña herramienta y anotó algo.

Tiempo.

Extensión.

Respuesta.

Después eligió otra astilla.

Más fina.

—Veamos cuánto necesitas para olvidarte de que alguna vez quisiste vivir.

Y volvió a introducirla en la raíz.