CAPÍTULO 18 SANGRE BAJO LAS HOJAS #2
Kaelen alzó los ojos hacia el dosel.
La luz ya empezaba a cambiar.
—No tenemos media jornada de día.
—Entonces llegaremos de noche —respondió Faela.
Roric señaló su tobillo vendado.
—Quiero registrar oficialmente mi oposición.
Kaelen lo miró.
—Registrada.
—Gracias.
—Camina.
Roric suspiró.
Los dos legionarios que habían quedado conscientes se convirtieron en el siguiente problema.
Uno tenía la flecha atravesándole el hombro.
El otro estaba desarmado y sujeto con una cuerda.
El sargento seguía inconsciente.
No podían cargar con tres prisioneros.
Tampoco iban a ejecutarlos.
Anjara se acercó al herido.
El hombre la observó como si quisiera quemarla con los ojos.
Era más joven de lo que había parecido durante la pelea.
Quizá veinticinco.
Tenía pecas alrededor de la nariz.
Bajo el cuello del peto sobresalía una cuerda fina.
De ella colgaba una pequeña pieza de madera tallada.
Una casa.
Anjara la miró solo un instante.
El legionario lo notó y escondió el amuleto bajo la armadura.
—Traidora.
Anjara se agachó.
—¿Puedes caminar?
—Púdrete.
—Eso parece un sí.
Le quitó la espada.
Después el cuchillo.
Kaelen hizo lo mismo con el otro.
—¿Qué hacemos con ellos?
—Se quedan.
Roric miró la oscuridad creciente.
—¿Aquí?
Anjara señaló hacia el oeste.
—Los grifos nos dejaron cerca de la costa. Si vuelven siguiendo nuestro rastro llegarán a puestos de la Legión o al menos a una zona menos afectada.
El soldado herido escupió al suelo.
—Malakor te colgará.
Anjara sacó una venda.
Se la lanzó.
El hombre no la cogió.
—Presiona alrededor de la flecha.
—No necesito tu ayuda.
—Faela la ha dejado atravesada porque ahora mismo está haciendo parte del trabajo de mantenerte con vida. Si decides arrancarla por orgullo, probablemente sangres hasta morir.
El soldado la miró.
—¿Por qué me ayudas?
Anjara pensó en Elara.
En el lobo recuperando sus propios ojos durante unos segundos.
También en aquella talla de una casa escondida contra el pecho.
—Porque sigues siendo una persona aunque hayas elegido una armadura que detesto.
La respuesta desconcertó al hombre más que un insulto.
Anjara se levantó.
—Y porque quiero que llegues vivo para contarle a alguien lo que has visto aquí.
El legionario miró la venda.
Esta vez la recogió.
El otro soldado seguía callado.
Parecía mayor.
Tenía el labio partido.
—No sabemos volver —dijo.
Faela lo miró.
—Seguid el curso del río hacia el oeste hasta oír el Cantor. Después manteneos alejados de la orilla y caminad con el agua a vuestra izquierda.
El hombre frunció el ceño.
—¿Nos estás dando una ruta?
—Estoy impidiendo que muráis lo bastante cerca como para que vuestro olor atraiga algo hacia nosotros.
Roric miró a Anjara.
—Definitivamente me cae bien.
Faela añadió:
—No comáis frutos azules.
El legionario joven palideció.
—He comido uno.
Todos lo miraron.
Faela tardó.
—¿Cuándo?
—Esta mañana.
—¿Has tenido náuseas?
—No.
Faela observó su boca.
—Entonces era de los comestibles.
El hombre abrió mucho los ojos.
—¿Hay dos iguales?
—No.
—Parecían iguales.
—A ti.
Faela se marchó.
Roric señaló a los soldados.
—Buena suerte.
El joven miró hacia el bosque.
—La necesitaremos.
Por primera vez no sonó como un enemigo.
Solo como un hombre que quería volver a casa.
El sargento despertó mientras preparaban una camilla para Lael.
Dos ramas.
Capas.
Una manta resistente.
Geal y Kaelen levantaron al Sylvaris con cuidado.
El sargento gimió.
Roric tiró de la cuerda que unía sus muñecas.
—Buenas tardes.
El hombre intentó incorporarse.
Kaelen apoyó una cimitarra sobre su hombro.
—Despacio.
Sus ojos recorrieron el claro.
Vio que faltaban los dos soldados.
Después encontró a Anjara.
El reconocimiento volvió.
—Tú.
—Empiezo a pensar que ese es todo tu vocabulario.
—La chica de Lumenvalle.
Anjara dejó de moverse.
Roric también.
Geal alzó la cabeza.
Faela la miró.
—¿Cómo sabes eso?
El sargento sonrió pese a la sangre seca en la sien.
—Lord Malakor sabe quién eres.
Anjara se acercó.
El dolor de la mejilla había empezado a hincharse.
No importaba.
—¿Cómo?
—Pregúntaselo cuando te encuentre.
Kaelen tensó las cuerdas.
—Podemos preguntártelo a ti.
—No pienso deciros nada.
Anjara lo observó.
No parecía fanático.
Era peor.
Parecía profesional.
Un hombre acostumbrado a seguir órdenes y a sobrevivir cumpliéndolas.
—Ya veremos.
No elevó la voz.
La sonrisa del sargento desapareció.
Partieron cuando la luz bajo el dosel ya era escasa.
Faela guiaba.
Geal y Kaelen cargaban la camilla primero.
Roric avanzaba cerca de ellos pese a la cojera.
Anjara caminaba junto al prisionero.
No encendieron antorchas.
Faela utilizaba pequeños hongos azulados que crecían en determinadas raíces.
Nunca arrancaba más de uno.
Lo suficiente para identificar el siguiente tramo.
Lael entraba y salía de la consciencia.
A veces murmuraba en Thal’nael.
Faela respondía.
Otras veces solo respiraba.
Geal comprobaba la venda con demasiada frecuencia.
—Si sigues mirando, no cerrará más rápido —dijo Kaelen.
—Si dejo de mirar tampoco.
—Pesa demasiado.
Lael abrió un ojo.
—Te... escucho.
Kaelen lo miró.
—Entonces pesa menos.
Roric soltó una risa desde delante.
—Sabía que acabarías cayéndome bien.
—Tú también pesas demasiado.
—Retiro lo dicho.
Anjara sonrió.
El sargento la miró.
—¿Siempre sois así?
—No.
—Gracias a los dioses.
—A veces estamos cansados.
El hombre volvió la vista al frente.
Anjara había contestado antes de pensar.
No se arrepintió.
Continuaron.
La noche convirtió el Silencio Negro en otra cosa.
Anjara empezó a distinguir los límites sin necesidad de verlos.
En algunos tramos regresaban los insectos.
Ranas.
Aves nocturnas.
Pequeños animales bajo la hojarasca.
Después cruzaban otra zona.
Y todo desaparecía.
La ausencia entraba como una ola.
No de una vez.
Una especie primero.
Después otra.
El agua dejaba de sonar igual.
Incluso el roce de las hojas cambiaba.
Vida.
Hueco.
Vida.
Hueco.
La enfermedad no avanzaba como un ejército.
No necesitaba una frontera.
Se extendía por debajo.
A través.
Anjara pensó en una infección que viaja por sangre mientras la piel todavía parece sana.
Faela llevaba razón.
No estaban caminando por un bosque enfermo.
Estaban dentro de algo vivo que aún no sabía cuánto de sí mismo estaba muriendo.
Horas después Faela alzó una mano.
Todos se detuvieron.
—¿Qué ocurre? —susurró Anjara.
La Sylvaris cerró los ojos.
Escuchó.
Después sonrió.
Cansada.
Pero de verdad.
—Hemos llegado.
Anjara miró alrededor.
Solo vio árboles.
Entonces reparó en los siete.
Eran inmensos.
Más altos que cualquier otro de los que habían cruzado.
Troncos plateados se elevaban en círculo.
No blancos.
Plateados.
La luz de las lunas que conseguía atravesar el dosel parecía deslizarse sobre la corteza.
Sus ramas se unían muy arriba formando una cúpula natural.
Debajo había hierba.
Verde.
Sana.
Anjara se detuvo.
No había savia negra.
Ni hongos enfermos.
Ni olor a podredumbre.
Después de horas atravesando zonas dañadas, aquella salud resultaba casi violenta.
La Gema se calentó.
Un pulso.
Después otro.
Faela apoyó la mano sobre el primero de los árboles.
Habló en Thal’nael.
Las ramas se movieron.
No corría viento.
Roric miró arriba.
—¿Nos están dejando entrar?
Faela asintió.
—Tel’Quessir.
Lael abrió los ojos.
—Casa...
Faela se inclinó sobre él.
—Todavía no.
—Cerca.
La voz de Faela tembló.
Solo aquella vez.
—Sí. Muy cerca.
Entraron.
El cambio en el aire fue inmediato.
Más fresco.
Más limpio.
Anjara respiró.
Incluso el hombro pareció agradecerlo, aunque el dolor seguía allí.
Roric apoyó mejor el pie.
Geal miró alrededor.
—La concentración ambiental de Ichor debe de...
Faela levantó una semilla.
Geal cerró la boca.
—Me estaba callando.
—Bien.
Depositaban la camilla sobre la hierba cuando Anjara comprendió algo.
Aquello no era Tel’Quessir entero.
Era un lugar de paso.
Un santuario exterior.
Una puerta viva antes del asentamiento propiamente dicho.
Faela confirmó la impresión.
—Los sanadores vendrán cuando enviemos señal.
Sacó una pequeña pieza de madera hueca y sopló.
Anjara no oyó nada.
Unos segundos después, muy arriba, una luz verde apareció entre las ramas.
Después otra.
Faela guardó el objeto.
—Nos han oído.
Anjara miró alrededor.
—Yo no.
—No era para ti.
Roric se dejó caer sobre la hierba.
—Al fin algo en este bosque que no intenta enseñarnos una lección.
Faela lo miró.
—Acabas de aprender una.
Roric cerró los ojos.
Pasaron varios minutos antes de que aparecieran los primeros Sylvaris.
No llegaron por el suelo.
Anjara oyó un crujido arriba.
Alzó la cabeza.
Tres figuras descendían por cuerdas vegetales entre las ramas.
Una mujer mayor.
Un hombre joven.
Y otra figura con una capa larga llena de pequeños bolsillos.
La mujer mayor vio a Lael.
Su rostro cambió.
Faela habló rápidamente en Thal’nael.
La anciana se arrodilló junto a él.
Apartó a Geal con una autoridad que incluso él obedeció.
Anjara observó.
Manos sobre la herida.
Olor a corteza machacada.
Una pasta verde.
Un hilo vegetal.
No hubo luz al principio.
Solo medicina.
Aquello le gustó.
Después la mujer apoyó dos dedos a ambos lados del corte y murmuró.
Una tenue claridad plateada recorrió las venas alrededor de la herida.
Lael se arqueó.
Faela le sujetó la mano.
Anjara entendió suficiente.
No estaban cerrando la herida mágicamente.
Estaban intentando limpiar algo.
La anciana levantó la cabeza.
Dijo una frase.
Faela palideció.
—¿Qué?
—Corrupción.
Geal dio un paso.
—No la he detectado en la sangre.
La anciana lo miró.
Faela tradujo:
—No viaja por la sangre como en otras criaturas.
—¿Entonces?
Faela apoyó la mano sobre el pecho de Lael.
—Los Sylvaris estamos ligados a la vida de Syltherion. Cuando el bosque enferma, nosotros podemos enfermar con él.
Anjara miró al joven.
—Pero lo hirió acero.
—Acero que llevaba días entrando y saliendo del Silencio Negro.
Geal comprendió primero.
—Contaminación indirecta.
Faela miró a Lael.
—Aquí eso puede bastar.
La anciana dijo algo más.
—¿Vivirá? —preguntó Anjara.
Faela tardó en traducir.
—Si llega a Arboris.
—¿No pueden tratarlo aquí?
—Pueden mantenerlo estable.
—¿Qué hay en Arboris?
Faela miró a la anciana.