El destino de Anjara (Los Ecos y las Cenizas 1) CAPÍTULO 18 SANGRE BAJO LAS HOJAS
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CAPÍTULO 18 SANGRE BAJO LAS HOJAS

—Ahora.

Geal fue el primero en moverse.

El frasco salió de su mano y golpeó el suelo entre los legionarios.

No hubo fuego.

Ni una explosión.

Solo el sonido seco de la cerámica rompiéndose.

Después llegó el humo.

Blanco.

Espeso.

Se extendió a ras de tierra con una velocidad que Anjara no esperaba, envolvió las botas de los soldados y trepó por sus piernas hasta tragarse sus torsos.

—¡¿Qué demonios...?!

—¡Formación!

—¡Nos atacan!

Demasiado tarde.

Faela ya había tensado el arco.

La cuerda chasqueó.

Anjara no vio la flecha. Vio el resultado.

Uno de los legionarios soltó la espada y cayó sobre una rodilla con una flecha atravesándole el hueco entre el peto y el hombro.

No estaba muerto.

Anjara agradeció aquello antes de poder preguntarse por qué.

Kaelen entró en la nube.

Su silueta desapareció.

Un golpe de metal.

Otro.

Un hombre maldijo.

Después emergió de nuevo con una de sus hojas curvas apoyada bajo la garganta de un segundo legionario.

—Suéltala.

El soldado la miró.

Kaelen elevó apenas la cimitarra.

—No pienso repetirlo.

La espada cayó al suelo.

Anjara buscó al hombre que daba las órdenes.

Lo encontró cuando salió del humo por el extremo contrario.

Mayor que los otros.

Rostro curtido.

Barba corta salpicada de gris.

Una cicatriz bajándole desde la oreja hasta la mandíbula.

Espada larga.

El emblema del grifo sobre el pecho.

Sus ojos encontraron a Anjara.

Bajaron hasta la hoz.

Algo cambió en ellos.

Reconocimiento.

—Tú.

Anjara frenó.

—¿Nos conocemos?

El sargento atacó.

No respondió.

La espada bajó hacia el hombro izquierdo.

Precisamente el que seguía sanando.

Anjara no intentó bloquear.

Vitor habría podido hacerlo.

Kaelen, probablemente también.

Ella no.

Apartó el cuerpo.

La hoja rozó el cuero y arrancó una de las correas de la protección.

El tirón despertó dolor bajo el vendaje.

Anjara respondió con la hoz.

El hombre bloqueó.

El impacto le recorrió el brazo derecho hasta los dientes.

Fuerte.

Demasiado fuerte para disputar un intercambio frontal.

Vitor había empleado semanas en conseguir que aceptara una cosa tan sencilla.

No luches contra aquello que tu enemigo hace mejor.

El sargento volvió a atacar.

Anjara cedió terreno.

Él avanzó.

Otra estocada.

Ella retrocedió.

El hombre sonrió.

—¿Eso es todo?

Anjara no respondió.

Dejó que volviera a perseguirla.

Una raíz gruesa emergía detrás de él.

Kael había utilizado trampas mucho antes de que Anjara supiera que aquello también era combatir.

No persigas al animal.

Haz que crea que te persigue a ti.

La espada llegó otra vez.

Anjara giró.

El acero pasó junto a sus costillas.

Enganchó con la curva de la hoz la parte posterior de la rodilla del sargento.

Tiró.

El hombre perdió el equilibrio.

No cayó.

Anjara abrió los ojos un poco más.

Bueno.

Era mejor de lo que esperaba.

El codo llegó antes que la siguiente decisión.

Golpeó su mejilla.

La visión se inclinó.

Sabor a sangre.

El sargento recuperó la espada.

La levantó.

—¡Anjara!

Roric apareció por el lateral.

No intentó convertirse de repente en un héroe.

Ni atacó al hombre de frente.

Pateó una raíz suelta.

El sargento dio un paso sobre ella.

El pie resbaló.

Una fracción de segundo.

Bastó.

Anjara golpeó la muñeca con el mango de la hoz.

La espada cayó.

Giró el arma.

La madera impactó contra la sien.

El hombre se desplomó.

Anjara alzó la hoja.

Podía terminarlo.

Lo supo.

Y durante un instante comprendió lo fácil que sería.

Un golpe.

Un problema menos.

La imagen del ciervo regresó.

Después el lobo de la Caverna.

Y finalmente Elara inclinándose sobre hombres a los que quizá no soportaba, pero curando igualmente.

Anjara bajó la hoz.

—Átalo.

Roric la miró.

—¿Vivo?

—Necesitamos respuestas.

Una sonrisa breve apareció en él.

—Eso ha sonado peligrosamente parecido a alguien que sabe lo que hace.

—Roric.

—Ya voy.

Anjara respiró hondo.

El hombro latía.

No se había abierto.

Esperaba.

Miró alrededor.

El combate había terminado.

Kaelen mantenía al segundo soldado boca abajo con una rodilla entre los omóplatos.

El primero continuaba consciente, pálido, sujetándose el brazo atravesado.

Faela no los estaba mirando.

Había corrido hacia el Sylvaris herido.

Geal salió de la nube blanca tosiendo.

—He calculado mal el viento.

Roric empezó a atar al sargento.

—Extraordinaria noticia para descubrir después de respirarlo.

—No es tóxico.

—¿Seguro?

Geal tosió otra vez.

Roric levantó una ceja.

—Inspirador.

—Solo irritante.

—Tú también y te dejamos viajar.

Anjara habría sonreído si no hubiera visto la cantidad de sangre bajo Lael.

El joven estaba peor.

Mucho.

El movimiento al caer había vuelto a abrir la herida del costado.

Faela ya estaba de rodillas.

—Anjara.

Aquello bastó.

Guardó la hoz.

Se arrodilló.

Geal llegó al otro lado.

—Necesito espacio.

Faela no se movió.

—Puedo ayudarlo.

Geal la miró.

—Entonces ayúdame. No me impidas verlo.

Por primera vez desde que Anjara conocía a Faela, la Sylvaris obedeció sin una réplica.

El miedo podía hacer aquello.

Anjara reconoció la expresión.

Había visto familiares con la misma cara delante de la mesa de Elara.

—¿Qué necesitas?

Geal cortó el cuero y la tela alrededor de la herida.

El acero había penetrado bajo las costillas.

No parecía haber alcanzado el abdomen, pero había destrozado músculo y abierto un vaso importante.

—Presión aquí.

Anjara colocó las manos.

Lael gimió.

Ella cambió el ángulo.

—Lo siento.

Los ojos del joven se abrieron.

Verdes.

Muy claros.

Desenfocados.

La miraron.

Después encontraron a Faela.

Lael dijo algo en Thal’nael.

La voz de Faela cambió al responder.

Anjara ya la había oído pronunciar palabras de aquella lengua, pero aquello era distinto.

Más rápido.

Más suave.

No parecía estar traduciendo pensamientos.

Parecía respirar de otra manera.

Lael intentó sonreír.

No pudo.

—Eldoriano... —murmuró.

Faela frunció el ceño.

—No tienes que...

—Ellos deben saber.

El joven buscó a Anjara.

—Lael.

—Anjara.

Señaló vagamente con la mirada.

—¿Academia?

—Sí.

Sus ojos pasaron por Geal.

—Drakthar.

Geal no dejó de trabajar.

—Geal.

Lael miró a Kaelen.

A Roric.

Después volvió a Faela.

Y se quedó allí más tiempo.

—Te conozco.

Faela se inmovilizó.

—Descansa.

—Faela.

Ella bajó los ojos.

Anjara lo vio.

No preguntó.

Todavía.

Geal presionó una nueva venda.

Lael apretó los dientes.

—Estaba siguiendo... las zonas muertas.

—El Silencio Negro —dijo Anjara.

Asintió.

—No es natural.

Geal levantó brevemente la vista.

—Eso ya lo hemos descubierto.

—No.

Lael aspiró con dificultad.

—No entendéis.

Anjara pensó en el cristal extraído del oso.

—Alguien está introduciendo las astillas.

Los ojos de Lael se abrieron.

—¿Habéis encontrado una?

Geal tocó la bolsa protegida.

—Una muestra.

Lael palideció.

—Destrúyela.

—Todavía no.

—Destrúyela.

—Está aislada.

Lael agarró la muñeca de Geal.

Le quedaba más fuerza de la que parecía.

—No sabes qué llevas.

Geal sostuvo su mirada.

—Por eso necesito saberlo.

Lael soltó la mano.

—Alquimistas.

Geal arqueó una ceja.

—Ha sonado ofensivo.

Faela casi sonrió.

Casi.

Anjara continuó manteniendo la presión.

—¿Quién las coloca?

Lael cerró los ojos.

Por un momento pareció perderse.

Faela tocó su mejilla.

—Lael.

Nada.

—Mírame.

Los párpados se abrieron.

—Malorin.

El nombre ya no era nuevo.

Pero escucharlo de alguien que había visto su obra lo volvió distinto.

—¿El Sembrador? —preguntó Anjara.

Lael hizo un gesto de desprecio.

—Así se llama ahora.

—¿Qué era antes?

Faela respondió antes que él.

—Sylvaris.

Lael la miró.

—Exiliado.

Kaelen se acercó un poco.

—¿Por qué?

Lael necesitó varias respiraciones.

—Quería acabar con el sufrimiento.

Roric terminó de atar al sargento.

—Eso, por sí solo, no parece un crimen.

—Sus métodos sí.

Lael cerró los ojos.

—Estudió la muerte de la savia. Lugares donde una raíz deja de responder. Animales enfermos. Tejido que no podía regenerarse. Decía que si comprendía por qué la vida se aferraba a sí misma podría liberar a las criaturas del dolor.

Geal estaba completamente quieto.

—¿Y encontró el Vacío?

—Encontró algo.

Faela bajó la mirada hacia Lael.

—Y decidió que entenderlo no bastaba.

Él asintió débilmente.

—Decía que todo dolor nace de resistirse al final.

La expresión de Faela se endureció.

—Malorin siempre habló demasiado.

Lael volvió a mirarla.

—Y tú siempre te marchabas cuando no querías escuchar.

Faela retiró la mano de su frente.

—Está delirando.

Lael sonrió muy poco.

—También.

Anjara guardó la pregunta.

Había algo entre ellos.

No era el momento de abrirlo.

—¿Qué es el Corazón de la Carroña?

La sonrisa desapareció del rostro de Lael.

Aquello sí le daba miedo.

—Su jardín.

—¿Lo has visto?

—No.

—Entonces ¿cómo sabes que existe?

Lael miró los árboles enfermos.

—He visto lo que sale de allí.

Geal dejó de vendar durante una fracción de segundo.

Lael continuó:

—Planta astillas en animales. Árboles. Tierra. A veces espera días. Otras semanas.

Anjara recordó al oso.

El cristal incrustado en la carne.

Los lobos.

El ciervo muriendo entre savia negra.

—¿Para qué?

Lael la miró.

—Para que la corrupción aprenda.

Geal se quedó inmóvil.

—Eso no tiene sentido.

—Cada organismo responde de forma distinta.

—Entonces no está extendiéndola sin más...

El Drakthar miró la bolsa donde llevaba la muestra.

Su rostro cambió.

—Está experimentando.

Lael cerró los ojos.

—Cultivando.

Aquella palabra fue peor.

Anjara miró alrededor.

El bosque dejó de parecer solo víctima.

También era laboratorio.

Animales.

Árboles.

Raíces.

Personas, quizá.

Todo convertido en material para observar qué soportaba el Vacío antes de romperse.

Kaelen volvió la cabeza hacia los legionarios.

—Y ellos trabajan con él.

Lael asintió.

—Sí.

Anjara miró al sargento inconsciente.

Ahora tenía todavía más motivos para mantenerlo respirando.

—Entonces nos explicará por qué.

Geal terminó el vendaje.

Se quedó observándolo unos segundos.

—La hemorragia está controlada.

Faela lo miró.

—¿Vivirá?

Geal no contestó enseguida.

Anjara sabía lo que significaba aquella pausa.

—Necesita un sanador mejor equipado.

Faela miró al norte.

—Tel’Quessir.

Anjara reconoció el nombre.

Lo había visto en documentación de la Academia.

—¿Cuánto?

—Media jornada.