El destino de Anjara (Los Ecos y las Cenizas 1) CAPÍTULO 17 EL SILENCIO NEGRO #4
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CAPÍTULO 17 EL SILENCIO NEGRO #4

—Agradezco ser la primera preocupación.

—Cállate.

Anjara señaló.

—Kaelen, busca una posición con una sola entrada si puedes. Faela, necesito saber qué se mueve cerca. Geal, estudia ese fragmento sin abrirlo si no hace falta.

Miró a Roric.

—Tú conmigo.

Él levantó una ceja.

—¿Porque estoy herido?

—Porque ves salidas antes que nadie.

Roric tardó un instante.

—Eso ha sonado mejor.

—No te acostumbres.

Nadie discutió.

Eso fue lo que más llamó la atención de Anjara.

Semanas atrás habría necesitado justificar cada decisión.

Ahora simplemente empezaron a moverse.

Cadre Umbra.

No porque la Academia los hubiera bautizado así.

Porque empezaban a comportarse como uno.

Encontraron un lugar aceptable a menos de una hora.

Dos grandes raíces formaban una especie de pared natural.

Había un tronco caído detrás.

Una depresión rocosa en uno de los laterales.

No era una fortaleza.

Pero obligaría a cualquier cosa grande a entrar desde una dirección concreta.

Kaelen inspeccionó el perímetro.

—Esto sirve.

Faela no respondió.

—¿Faela?

La Sylvaris tocaba la corteza de un árbol.

—No me gusta.

—¿Qué?

—Nada de esto.

Anjara se acercó.

—Lo sé.

Faela retiró la mano.

—No. No lo sabes.

La frase fue más dura de lo esperado.

Anjara guardó silencio.

Faela miró los árboles.

—Cuando era niña podía caminar durante días y no encontrar un tronco enfermo.

Respiró.

—Ahora he contado diecisiete desde el río.

Anjara no sabía qué decir.

—Mi padre me enseñó a reconocer cuándo una raíz necesitaba aire. Mi madre sabía qué árboles podían talarse sin dejar el suelo desnudo. Mi hermano...

Se detuvo.

Anjara la miró.

Faela no continuó.

Otra persona ausente.

No hacía falta forzarla.

—Entonces enséñanos lo que podamos salvar.

Faela la miró.

Durante un instante la furia apareció.

Después cansancio.

—No prometas eso.

Anjara pensó en Roric.

En sí misma.

En todas las promesas imposibles.

—No lo he hecho.

Faela sostuvo sus ojos.

Finalmente asintió.

—Bien.

Prepararon el campamento.

Kaelen colocó cuerdas con pequeñas piezas metálicas alrededor del perímetro.

Roric se ocupó de indicar los puntos donde alguien podría entrar sin hacer ruido.

Geal permaneció junto al fragmento, sin sacarlo del recipiente más de lo imprescindible.

Anjara encendió un fuego pequeño.

Después se permitió sentarse.

Sacó el diario de Elara.

No buscó respuestas grandes.

Había aprendido a desconfiar de ellas.

Buscó Syltherion.

Nombres.

Símbolos.

Alguna referencia que pudiera ayudar.

Encontró una página escrita con más prisa que las demás.

Varias líneas estaban tachadas.

Otras se habían desvaído.

Pero distinguió palabras.

Syltherion.

Sello.

Thalnos.

Aeurion.

Y una frase.

La herida no entiende de fronteras.

Anjara pasó el pulgar por la tinta.

Elara había sabido que podía extenderse.

Quizá había visto algo semejante.

Quizá no.

No necesitaba resolverlo aquella noche.

Cerró el diario.

Al guardar el libro, sus dedos rozaron la bolsa de cenizas.

Después una de las cuatro piedras de Liam.

No la sacó.

Faela regresó cuando la luz empezaba a desaparecer.

Su arco ya estaba en la mano.

—Algo viene.

Todos se pusieron en pie.

Roric cogió una daga.

—¿Grande?

Faela negó.

No parecía aliviada.

—No es un animal.

Kaelen desenvainó las cimitarras.

—¿Sylvaris?

—Sí.

Anjara relajó apenas el agarre sobre la hoz.

Faela no.

—Está herido.

Un ruido llegó desde la vegetación.

Ramas rompiéndose.

Una respiración irregular.

Pasos torpes.

Una figura apareció.

Un joven.

Alto.

Delgado.

Cabello claro pegado al rostro por sudor y sangre.

Vestía armadura ligera.

Una sección del costado estaba destrozada.

Vio a Faela.

Intentó hablar.

Cayó.

Anjara corrió.

Faela llegó antes.

Se arrodilló junto a él.

—Respira.

Anjara dejó la hoz.

Examinó la herida.

Profunda.

Limpia en parte.

El corte atravesaba la armadura.

—Esto no es una mordedura.

Kaelen se agachó.

Observó los bordes.

—Hoja.

Anjara asintió.

—Acero.

Faela palideció.

—No.

El joven abrió los ojos.

Dijo algo.

Thal'nael.

Faela acercó el oído.

—¿Qué dice? —preguntó Anjara.

—Que...

Se detuvo.

Un sonido atravesó los árboles.

Metal.

Regular.

Después botas.

Muchas.

Anjara levantó la cabeza.

Una voz humana llegó desde la oscuridad.

—¡No puede haber llegado lejos!

Otra respondió:

—¡Lord Malakor lo quiere vivo!

Roric la miró.

Todo humor había desaparecido.

—Eso sí lo he entendido.

Faela se levantó lentamente.

Kaelen apretó ambas cimitarras.

Geal guardó el recipiente con el cristal dentro de su bolsa protegida.

Anjara miró al joven herido.

Después al bosque.

Las voces se acercaban.

No era corrupción.

No era un animal.

No era Syltherion defendiéndose.

Eran hombres.

Hombres armados.

La última vez que Anjara había visto su emblema, estaban arrastrando a una curandera fuera de su casa para marcarla con hierro.

Paso de la Viuda.

El grifo gris.

Legión.

Faela miró a Anjara.

—¿Quiénes son?

Anjara levantó la hoz.

—Problemas que ya conozco.

Entre los árboles apareció un destello de metal.

Después otro.

Y sobre una de las armaduras, iluminado durante un instante por la luz que moría entre las hojas, Anjara distinguió el emblema.

El grifo.