CAPÍTULO 17 EL SILENCIO NEGRO #3
Cada respiración producía un sonido húmedo.
No parecía consciente de ellos.
Anjara sintió el impulso antiguo.
El mismo que Elara le había enseñado a reconocer.
No siempre puedes curar.
Pero nunca debes prolongar dolor inútil.
Sacó la hoz.
Faela la miró.
No discutió.
Anjara avanzó.
El suelo vibró.
Una vez.
Después otra.
Kaelen desenvainó.
—Atrás.
Algo golpeó un árbol.
El tronco crujió.
Roric miró hacia la espesura.
—Eso no es el ciervo.
La vegetación explotó.
La criatura que apareció había sido un oso alguna vez.
Anjara tardó en reconocerlo.
Era enorme.
Demasiado.
Pelaje pegado al cuerpo por barro y aquella sustancia negra.
Carne expuesta entre heridas que no sangraban correctamente.
Y en el lomo...
Cristales violetas.
Crecían directamente desde la carne.
Geal palideció.
—No os acerquéis a esos cristales.
El oso rugió.
El sonido no contenía miedo.
Ni dolor.
Ni siquiera rabia.
Solo violencia.
Anjara levantó la hoz.
—Formación.
Nadie preguntó cuál.
Kaelen avanzó.
Roric tomó el flanco izquierdo.
Faela retrocedió con el arco.
Geal abrió la bolsa de reactivos.
Anjara cubrió el derecho.
El oso cargó.
—¡Kaelen, no lo recibas de frente!
La guerrera ya había bajado el cuerpo.
Al oírla cambió el apoyo.
No intentó detener al animal.
Esperó.
Giró en el último instante.
Utilizó el impulso del oso para desviarlo.
La masa pasó junto a ella.
Anjara vio el costado.
Entró.
La hoz mordió carne.
No suficiente.
Era como cortar madera mojada.
La bestia giró.
Anjara retrocedió.
Una garra pasó tan cerca de su rostro que notó el aire.
—¡No reacciona al dolor! —gritó Geal.
—¡Lo he visto!
Faela disparó.
La flecha se hundió cerca del hombro.
El oso apenas se inmutó.
Roric atacó desde atrás.
Dos golpes rápidos contra la pata posterior.
La bestia se volvió.
Roric quedó quieto.
Una fracción de segundo.
Pero Anjara la vio.
La caverna.
Los lobos.
Nera.
Todo en sus ojos.
—¡Roric!
No reaccionó.
El oso cargó.
—¡MÍRAME!
Roric giró la cabeza hacia ella.
—¡Una vida!
Algo volvió.
No valor.
Elección.
Roric se lanzó de lado.
La garra golpeó el suelo donde había estado.
Rodó.
Kaelen atacó el costado del animal con ambas hojas.
—¡Estoy bien!
—¡Entonces levántate! —gritó Anjara.
Roric lo hizo.
Geal sacó un recipiente de cerámica.
—¡Necesito uno de los cristales expuesto!
Kaelen lo miró como si hubiera propuesto abrazar al oso.
—¡Por supuesto! ¡Ahora mismo!
Anjara observó la criatura.
No la boca.
No las garras.
Los cristales.
Uno era mayor.
Cerca del hombro.
Cada vez que el oso se movía, una pulsación violeta recorría las venas negras alrededor de aquella formación.
—Ese.
Geal siguió su mirada.
—Sí.
Anjara señaló.
—Kaelen, hazlo girar.
—Con placer.
Kaelen golpeó las cimitarras una contra otra.
El sonido metálico atravesó el claro.
—¡EH!
El oso giró.
Kaelen retrocedió.
Un paso.
Otro.
Esperó la carga.
Y corrió hacia ella.
Roric abrió los ojos.
—¿Qué demonios hace?
En el último instante Kaelen cayó al suelo.
Pasó bajo una garra.
Rodó sobre un hombro.
Se levantó detrás.
—¡AHORA!
Anjara corrió.
No buscó Ichor.
Ni siquiera pensó en él.
Una raíz sobresalía del suelo.
La utilizó.
Impulso.
Saltó.
Clavó la parte interna de la hoz junto al cristal.
La hoja entró.
Anjara tiró con todo el cuerpo.
La carne cedió.
El cristal quedó parcialmente expuesto.
El oso rugió.
Se sacudió.
Anjara salió despedida.
Golpeó el suelo.
El aire abandonó sus pulmones.
El hombro herido protestó con una descarga brutal.
—¡Anjara!
Intentó responder.
No había aire.
El oso empezó a girarse hacia ella.
Geal lanzó el recipiente.
La cerámica golpeó el cristal.
Se rompió.
Un líquido transparente cubrió la formación violeta.
Nada.
Después humo.
El cristal empezó a sisear.
El rugido del oso cambió.
Por primera vez hubo dolor.
—¡FUNCIONA! —gritó Geal.
Faela ya había tensado.
Disparó.
La flecha entró en el tejido expuesto alrededor del cristal.
La bestia se tambaleó.
Kaelen apareció por el lateral.
Una cimitarra.
La segunda.
Dos golpes al cuello.
No bastaron para cortarlo.
Sí para obligar al oso a caer sobre una rodilla.
Roric apareció detrás.
Esta vez no dudó.
Clavó las dos dagas en la parte posterior de una pata.
Tiró.
El tendón cedió.
La bestia cayó.
Kaelen dio un paso.
Dos golpes.
El tercero terminó el trabajo.
La cabeza quedó separada del cuerpo.
El claro enmudeció.
Anjara permaneció tumbada.
Respiró.
Dolía.
Mucho.
Pero podía mover los dedos.
Roric apareció sobre ella.
—¿Sigues viva?
Anjara tomó aire.
—Probablemente.
—Bien.
Geal llegó inmediatamente.
—No te muevas.
—Eso sí empieza a convertirse en una frase común.
—Porque sigues cayendo desde sitios.
Anjara se incorporó despacio.
—No he usado magia.
Geal la miró.
Después sonrió.
No una burla.
Orgullo.
—Lo sé.
Aquello significó más de lo esperado.
Habían vencido.
Sin que Anjara tuviera que abrirse por dentro.
Sin sangrar por el Ichor.
Sin destruirlo todo.
Habían ganado porque Kaelen había desviado.
Faela había disparado.
Geal había comprendido los cristales.
Roric había vuelto.
Y Anjara había hecho su parte.
Solo su parte.
Kaelen limpió una cimitarra.
—No te emociones. Casi te arranca la cabeza.
Anjara la miró.
—Gracias por preservar mi humildad.
—Es un trabajo agotador.
Roric se dejó caer junto a una raíz.
—Yo podría ayudar.
Kaelen lo señaló con la espada ensangrentada.
—No.
Roric decidió descansar.
Faela estaba junto al Ciervo de la Niebla.
Seguía vivo.
Apenas.
Anjara cogió la hoz.
Se acercó.
—Puedo hacerlo.
Faela negó.
—Déjame.
Se arrodilló.
Apoyó una mano sobre la frente del ciervo.
Cerró los ojos.
No hubo una gran demostración de poder.
Una claridad plateada apareció alrededor de sus dedos.
Muy tenue.
Faela susurró unas palabras en Thal'nael.
Anjara no las comprendió.
El animal dejó de temblar.
Su respiración se hizo más lenta.
Una vez.
Otra.
Después cesó.
Faela mantuvo la mano sobre él.
—Shalae ven thariel —susurró.
Anjara no conocía las palabras.
No preguntó su traducción inmediatamente.
Solo cuando Faela se incorporó.
—¿Qué has dicho?
La Sylvaris miró al ciervo.
—Que vuelva a la raíz sin miedo.
Anjara bajó la mirada.
—No lo has curado.
—No.
—Podías haber intentado...
—Estaba demasiado lejos.
Faela la observó.
—No toda sanación consiste en impedir una muerte.
La frase entró despacio.
Anjara pensó en Liam.
No en el Espectro.
No en su propio fracaso.
En su hermano muriendo en sus brazos.
En haberlo sostenido.
En haber estado allí.
Durante tanto tiempo había convertido aquellas últimas horas en la prueba de que no había conseguido salvarlo.
Otra posibilidad apareció.
Pequeña.
Dolorosa.
Quizá acompañarlo también había sido una forma de cuidarlo.
No suficiente.
Nunca suficiente.
Pero real.
—Gracias —dijo.
Faela comprendió que Anjara no hablaba únicamente del ciervo.
No preguntó.
Geal llamó desde detrás.
—Necesito que veáis esto.
Estaba arrodillado junto al cadáver del oso.
Había abierto cuidadosamente parte de la carne alrededor del cristal destruido.
Kaelen se acercó.
—¿Qué has encontrado?
Geal utilizó unas pinzas.
Extrajo un fragmento violeta.
Era del tamaño de un dedo.
No parecía una formación natural.
Tenía bordes.
Ángulos.
Pequeñas marcas grabadas.
Y una base ennegrecida que había penetrado profundamente en la carne.
La expresión del Drakthar cambió.
—Geal.
Él giró el fragmento.
—Mirad.
Anjara se agachó.
La base era regular.
Cortada.
Fabricada.
—No ha crecido ahí —dijo Geal.
El calor del bosque desapareció de la piel de Anjara.
—¿Estás seguro?
—Sí.
Mostró la base.
—Fue introducido en el animal.
Roric palideció.
—¿Por quién?
Nadie respondió.
Faela miraba el oso.
La tristeza abandonó su rostro.
Lo sustituyó algo más duro.
—El Sembrador.
Anjara recordó el nombre.
—Malorin.
Faela no apartó los ojos del cadáver.
—Así lo llaman quienes todavía no saben qué fue.
Geal envolvió el fragmento en varias capas de cuero tratado.
Después lo introdujo en un recipiente rígido.
—No lo llevéis cerca de la piel.
Roric lo miró.
—¿Es peligroso?
Geal cerró la tapa.
—Acabamos de sacarlo de un oso al que había convertido en eso.
—Lo tomaré como un sí.
Anjara contempló el bosque enfermo.
La corrupción no se extendía solo porque una brecha existiera.
Alguien la estaba llevando.
Sembrando.
Probando.
Transformando criaturas.
—Entonces no estamos siguiendo una enfermedad —dijo Kaelen.
Geal guardó el recipiente.
—También una enfermedad.
Anjara miró hacia el este.
—Pero alguien la está alimentando.
Faela apretó el arco.
—Sí.
—Nos movemos —dijo Anjara.
Kaelen negó inmediatamente.
—No.
Anjara la miró.
La guerrera señaló a Roric.
Él apoyaba mal un pie.
Roric intentó enderezarse.
—Estoy bien.
Anjara lo miró.
—Tenemos una expresión para eso.
Roric suspiró.
—La odio.
—Siéntate.
Él obedeció.
El tobillo empezaba a hincharse.
Anjara se arrodilló.
Palpó.
Movió el pie con cuidado.
—Avísame si...
Roric siseó.
—Eso.
Anjara continuó examinando.
—No está roto.
—Excelente.
—Tienes un esguince.
La alegría desapareció.
—Eso suena menos heroico.
—Porque lo es.
Roric pareció ofendido.
Anjara lo vendó.
Kaelen observó la luz que descendía entre las copas.
—No deberíamos continuar mucho más.
Geal miró la sangre del oso.
—Tampoco podemos quedarnos aquí.
—Hay suficiente sangre para atraer animales —dijo Faela—. Si todavía quedan animales cerca.
Aquello no tranquilizó a nadie.
Anjara terminó el vendaje.
—Buscamos otro lugar.
Faela negó.
—En esta zona no hay ninguno que yo considere seguro.
—No he dicho seguro.
Anjara se puso en pie.
—He dicho que encontremos uno que podamos defender.
Kaelen la observó.
—¿Y si no existe?
Anjara miró el claro.
Después el terreno.
—Lo hacemos.
Los demás esperaron.
—No vamos a perseguir a Malorin con Roric cojeando, Geal llevando una cosa que no entendemos y todos agotados.
Roric levantó una mano.