CAPÍTULO 17 EL SILENCIO NEGRO #2
La respuesta dejó el refugio más frío.
Geal observó unas marcas negras cerca de la entrada.
—¿Esto es corrupción?
Faela se agachó.
Pasó los dedos por encima sin tocar.
—No.
Olió.
—Humo.
—¿Hubo fuego?
—Pequeño.
—¿Entonces?
Faela señaló el tronco.
Un símbolo había sido quemado en la madera.
Tres líneas curvas alrededor de un punto.
—Advertencia.
—¿Qué significa? —preguntó Roric.
Faela lo miró.
—No dormir.
Roric retrocedió.
—Maravilloso.
Anjara se acercó al símbolo.
—¿Por qué?
Faela examinó el suelo.
—No lo sé.
Kaelen levantó la vista hacia el dosel.
—Entonces seguimos.
Nadie protestó.
Acamparon antes del anochecer en un lugar que Faela consideró aceptable.
No seguro.
Anjara empezaba a sospechar que aquella palabra no formaba parte del vocabulario de Syltherion.
Tres grandes rocas cubiertas de musgo protegían parte del campamento.
La vegetación ocultaba el fuego desde casi cualquier dirección.
Kaelen detestó no tener una línea de visión amplia.
—No veo veinte pasos.
—Precisamente —dijo Faela.
—Tampoco veré lo que venga.
—Lo que venga tampoco verá el fuego.
Kaelen miró el terreno.
—No me gusta.
—No es necesario.
Faela utilizó madera seca del interior de un tronco muerto.
La llama fue pequeña.
Casi sin humo.
Cenaron carne seca, pan endurecido y unas raíces que Faela había extraído del suelo.
Roric mordió una.
Masticó.
Su cara cambió.
—Sabe a tierra.
Kaelen lo miró.
—Es una raíz.
—Esperaba que hiciera algún esfuerzo por ocultarlo.
Geal probó la suya.
—Tiene un dulzor leve.
Roric lo miró.
—No vuelvo a confiar en tu paladar.
—Nunca te he pedido que lo hagas.
Anjara sonrió.
Aquellos momentos empezaban a importarle de una forma que no esperaba.
No porque borraran el peligro.
Porque durante unos minutos el peligro no podía ocuparlo todo.
Geal describiendo una raíz como si fuera una revelación científica.
Roric quejándose de la cena.
Kaelen revisando el filo de una cimitarra.
Faela apartando pequeños restos de comida antes de cubrirlos con tierra.
—¿Por qué haces eso? —preguntó Anjara.
—Porque no vivimos aquí solos.
Faela enterró los últimos restos.
—Y porque si dejas carne seca al lado de donde duermes, terminarás descubriendo qué tiene mejor olfato que tú.
Roric dejó lentamente la porción que iba a guardar para después.
—Cada vez aprendo más.
Organizaron las guardias.
Anjara tomó la primera.
Se sentó contra una roca.
La hoz descansaba sobre sus piernas.
El bosque nocturno era más ruidoso que durante el día.
Luciérnagas grandes como uñas flotaban entre los helechos.
Algo chilló lejos.
Otra criatura respondió.
Las copas se movían constantemente.
Faela apareció a su lado.
—Sigues mirando demasiado.
—Los ojos me han servido bastante hasta ahora.
—En Lirionis.
Anjara suspiró.
—¿Otra clase?
Faela se sentó.
—Cierra los ojos.
—No.
—Entonces seguirás viendo árboles.
—Estamos de guardia.
—Precisamente.
Anjara la miró.
Faela cerró los ojos.
—Antes de reconocer que algo va mal necesitas saber cómo suena cuando todo está bien.
Eso hizo que Anjara dejara de discutir.
Cerró los ojos.
Al principio oyó sonidos separados.
Insectos.
Agua.
Hojas.
Un animal pequeño removiendo la tierra.
Algo saltando de una rama a otra.
La respiración de Kaelen.
Roric murmurando dormido.
Geal...
Anjara frunció el ceño.
—¿Geal está despierto?
—Sí.
Desde la oscuridad llegó la voz del Drakthar:
—No.
Anjara sonrió.
—Está despierto.
—Siempre lo está demasiado —respondió Faela.
Geal dejó de participar en la conversación.
Anjara siguió escuchando.
Poco a poco intentó dejar de separar.
No una hoja.
No un insecto.
No agua.
El conjunto.
Elara hacía algo parecido al examinar a un enfermo.
No perseguía cada síntoma por separado.
Temperatura.
Respiración.
Piel.
Ojos.
Pulso.
Todo formaba parte de la misma respuesta.
Kael también se lo había enseñado de otra manera.
No seguir una huella.
Entender qué hacía el animal.
Anjara apoyó una palma en la tierra.
No buscó magia.
No invocó el Ichor.
Solo escuchó.
La vibración llegó primero.
Muy leve.
—He notado algo.
Faela no abrió los ojos.
—¿Qué?
—No sé.
—Entonces sigue.
Anjara cerró los ojos otra vez.
Había miles de tensiones bajo la mano.
Raíces.
Agua.
Pequeñas criaturas.
Algo desplazándose muy abajo.
Vida.
Una cantidad abrumadora.
Y detrás...
Un hueco.
No una voz.
No una presencia.
Una ausencia.
Al este.
Era como apoyar dos dedos sobre una muñeca y notar que el pulso fallaba.
Anjara retiró la mano.
—Ahí.
Faela abrió los ojos.
—Sí.
Anjara tragó.
—Está enfermo.
La Sylvaris miró hacia el este.
—Ahora empiezas a comprenderlo.
—Muy poco.
—Es suficiente.
Faela se levantó.
Anjara observó el bosque.
Todo seguía lleno de sonido.
Pero ahora sabía que delante había un lugar donde algo faltaba.
Y, una vez escuchada la ausencia, resultaba difícil dejar de hacerlo.
A la mañana siguiente encontraron una aldea.
O lo que había sido una.
Anjara no la vio hasta que Faela se detuvo.
Las construcciones no estaban en el suelo.
Vivían alrededor de los árboles.
Plataformas sujetas sin clavos visibles.
Pequeñas viviendas construidas entre ramas enormes.
Puentes de madera.
Cuerdas.
Escaleras.
Un sistema de recipientes recogía agua de lluvia y la conducía por canales hasta depósitos de corteza endurecida.
Roric levantó la cabeza.
—No habría encontrado esto ni viviendo cien años.
—Ese es el propósito —dijo Faela.
No había nadie.
Aquello fue lo primero que arruinó la belleza.
Un cuenco permanecía sobre una mesa.
Había ropa tendida.
Una herramienta estaba apoyada contra una pared.
No parecía un lugar abandonado hacía meses.
Parecía un lugar del que alguien había salido deprisa.
Anjara miró a Faela.
—¿Conocías esta aldea?
—Sí.
La respuesta salió baja.
—¿Quién vivía aquí?
—Treinta y dos personas.
Faela subió una escalera.
Los demás la siguieron.
Una de las viviendas tenía la puerta abierta.
Dentro había dos camas.
Un cesto con frutos secos.
Pequeños juguetes tallados en madera.
Anjara se detuvo ante uno.
Un pájaro.
Torpe.
Una de las alas más grande que la otra.
Liam habría encontrado inmediatamente algo de lo que burlarse.
Faela cogió el juguete.
Lo sostuvo.
—Taevi.
Anjara la miró.
—¿Un niño?
—Seis años.
Dejó el pájaro exactamente donde estaba.
—¿Sabemos dónde están?
—No.
Geal encontró una marca junto al marco de la puerta.
Negra.
—Faela.
La Sylvaris se acercó.
Al verla, cerró los ojos.
—¿Qué significa? —preguntó Kaelen.
—Evacuación.
—Entonces salieron.
—Sí.
Faela miró las plataformas.
—Pero alguien debería haber vuelto a retirar alimentos, herramientas y registros.
Anjara entendió.
—Y no lo han hecho.
—No.
En otra vivienda encontraron una olla seca sobre el hogar.
En una tercera, una bolsa de semillas abierta.
Nada de sangre.
Ningún cuerpo.
Solo ausencia.
Aquello resultó más inquietante.
Roric estaba junto a un puente.
Miró hacia abajo.
—No me gusta.
Kaelen se aproximó.
—¿Qué?
—No hay pájaros.
Todos callaron.
Anjara escuchó.
Roric tenía razón.
Habían oído insectos al entrar.
Algún animal lejano.
Pero ninguna ave.
Faela bajó la mirada hacia el suelo.
—Nos vamos.
No hubo discusión.
Anjara vio a la Sylvaris tocar dos dedos contra su frente y el pecho antes de abandonar la aldea.
Nadie preguntó esta vez.
La frontera del Silencio Negro no existía.
Ese fue el primer horror.
No había una línea.
Ni humo.
Ni un muro de oscuridad.
Primero dejaron de oír una especie de ave que llevaba horas siguiendo su avance.
Después desaparecieron las luciérnagas.
Más tarde Anjara vio una nube de insectos volando en dirección contraria.
Faela se detuvo.
—Desde aquí no toquéis nada sin avisar.
Geal guardó inmediatamente el frasco que acababa de sacar.
—Ni siquiera...
—Nada.
—Entendido.
Continuaron.
El verde empezó a perder profundidad.
No desapareció.
Se apagó.
Algunas hojas parecían cubiertas por una película gris.
Otras se secaban desde los bordes.
Las flores eran más pequeñas.
Los arroyos seguían corriendo, pero el agua ya no resultaba transparente.
Había una turbidez rojiza cerca del fondo.
Anjara observó un árbol.
Manchas negras subían por el tronco desde las raíces.
Se acercó.
—Faela.
La Sylvaris llegó.
Una sustancia oscura salía de una grieta en la corteza.
Geal se arrodilló.
—Savia.
Faela negó.
—Ya no.
Geal sacó unas pinzas.
Miró primero a Faela.
Ella asintió.
Solo entonces recogió una gota y la introdujo en un pequeño tubo de cristal.
El líquido reaccionó.
Un humo gris apareció.
Geal frunció el ceño.
—Está transformándose.
Anjara observó el vial.
—¿Como una infección?
—No.
Geal giró el recipiente.
—Una infección destruye tejido para alimentarse o reproducirse.
—¿Y esto?
El Drakthar tardó.
—Parece obligarlo a convertirse en otra cosa.
Kaelen miró el árbol.
—¿En qué?
Geal levantó la vista.
—Eso es lo que no quiero descubrir.
Faela permanecía con la mano sobre el tronco.
Anjara observó su rostro.
Dolor.
No científico.
No distante.
Aquellos árboles tenían nombres para ella.
O historias.
O alguien había jugado debajo de ellos.
—Faela.
La Sylvaris retiró la mano.
—Continuamos.
Su voz había cambiado.
La corrupción empeoró conforme avanzaban.
Hongos negros donde antes crecían azules.
Raíces blandas.
Hojas con manchas oscuras que parecían extenderse por las nervaduras.
Encontraron un pequeño arroyo sin peces.
Más adelante, una madriguera abandonada.
Después ningún rastro reciente de animales.
El silencio se hizo físico.
Anjara nunca había imaginado que la ausencia de pájaros pudiera pesar.
Cada paso parecía demasiado fuerte.
Hasta Roric dejó de romper ramas.
Fue él quien vio el animal.
—Ahí.
Faela se giró.
Un ciervo yacía en un pequeño claro.
Al principio Anjara creyó que estaba muerto.
Era mucho mayor que los ciervos de Lumenvalle.
La cornamenta se extendía como ramas jóvenes y pequeñas hojas crecían entre las astas.
La mayoría estaban marchitas.
—Ciervo de la Niebla —susurró Geal.
Anjara solo los conocía por dibujos.
Una pata se movió.
—Está vivo.
Faela avanzó.
—Espera —ordenó Kaelen.
La Sylvaris se detuvo.
Anjara lo vio entonces.
El vientre estaba hinchado.
La piel se había abierto en varios puntos.
Una sustancia negra salía de los ojos.
También de la boca.