CAPÍTULO 17 EL SILENCIO NEGRO
Durante la primera hora, Anjara creyó que empezaba a comprender Syltherion.
Durante la segunda, dejó de estar segura.
Faela avanzaba en cabeza sin abrir un sendero.
Eso era lo extraño.
No apartaba ramas a golpes ni cortaba vegetación. Parecía encontrar huecos donde los demás solo veían una pared verde: un espacio entre dos helechos, una raíz suficientemente ancha para apoyar el pie, un tronco inclinado que evitaba hundirse en una zona de barro.
Kaelen caminaba detrás de ella.
Geal ocupaba el centro.
Roric iba después.
Anjara cerraba la marcha.
Semanas atrás habría protestado.
Habría querido avanzar delante, ver primero aquello que pudiera atacarlos y sentir que tenía el control porque todos estaban a su espalda.
Ahora empezaba a entender que cubrir la retaguardia también significaba proteger al grupo.
Faela levantó una mano.
Todos se detuvieron.
Roric miró inmediatamente sus botas.
—¿Qué he hecho?
—Tres ramas.
—Dos.
Faela señaló detrás.
Roric giró la cabeza.
Había una rama partida a la altura de su tobillo.
—Esa ya estaba rota.
—La has terminado de romper.
—Eso no debería contar.
Kaelen pasó junto a él.
—Cuenta.
Roric murmuró algo.
Anjara decidió que probablemente no merecía una respuesta.
Faela se agachó.
Apartó unas hojas grandes como abanicos.
—Venid.
Había una huella en el barro.
Anjara se arrodilló.
Cuatro dedos.
Una almohadilla ancha.
El tamaño superaba su mano.
Durante un instante pensó en Liam.
En la facilidad con que habría colocado la suya encima para comparar.
El recuerdo llegó.
Y se marchó.
—Felino —dijo Anjara.
Faela asintió.
—¿Cuánto hace?
Anjara examinó los bordes.
Había llovido la noche anterior. Una parte de la impresión estaba suavizada y dos insectos diminutos habían empezado a recorrer el interior.
—Antes del amanecer.
—Bien.
Kaelen miró la espesura.
—¿Nos sigue?
Faela tocó una hoja cercana.
Después otra.
—No.
Roric soltó aire.
—Por fin.
Faela se incorporó.
—Está delante.
Roric volvió a tensarse.
—Naturalmente.
Siguieron.
El animal no apareció.
Eso no significó que Anjara olvidara que estaba allí.
Syltherion tampoco se parecía al Bosque del Crepúsculo.
En Lumenvalle conocía las distancias.
Sabía cuánto tardaría en llegar al arroyo desde el viejo roble. Dónde se encharcaba la tierra después de tres días de lluvia. En qué ladera crecían mejor determinadas hierbas. Qué sendero tomaría un ciervo y cuál evitaría un zorro.
Allí todo parecía existir en capas.
Una planta crecía encima de otra.
Raíces atravesaban raíces.
Hongos cubrían troncos muertos mientras nuevos brotes nacían de la misma madera.
Lianas descendían desde lugares que no podía ver.
En algunos puntos resultaba imposible distinguir dónde terminaba un árbol y empezaba el siguiente.
Había colores por todas partes.
Flores rojas del tamaño de platos.
Hongos translúcidos que brillaban bajo las raíces.
Frutos azules.
Una enredadera amarilla se contrajo cuando Roric pasó demasiado cerca.
Él retrocedió.
—Eso ha intentado agarrarme.
Faela continuó caminando.
—Sí.
—¿Y no pensabas avisarme?
—Lo has visto.
—Después de que intentara agarrarme.
—Ahora lo recordarás.
Roric miró a Anjara.
—Echo de menos a Vitor.
—No digas cosas de las que puedas arrepentirte.
Geal se detuvo ante un hongo naranja.
Faela sacó algo del bolsillo y se lo lanzó.
Una semilla le golpeó en la nuca.
El Drakthar se volvió.
—¿Qué ha sido eso?
—Sigue andando.
—Solo estaba observando.
—También estabas deteniendo a cinco personas.
Geal caminó.
Cinco minutos después encontró una hoja cubierta de pequeñas manchas plateadas.
Redujo el paso.
Otra semilla.
—Faela.
—Camina.
—Podría tratarse de una especie desconocida en Lirionis.
—Lo es.
Geal se quedó quieto.
—¿Sabes cuál?
—Sí.
—¿Y?
—Provoca ampollas en la boca, parálisis de la lengua y, en cantidad suficiente, la muerte.
Geal guardó lentamente el pequeño frasco que acababa de sacar.
Kaelen sonrió.
—Aprende rápido.
—Estoy priorizando la convivencia.
—Eso sí que es progreso —dijo Anjara.
Faela no pareció impresionada.
A media mañana encontraron el primer signo de vida humana.
No una casa.
Una cuerda.
Estaba atada entre dos árboles, a unos tres metros del suelo.
De ella colgaban pequeñas piezas de madera.
Algunas tenían plumas.
Otras semillas.
Una llevaba un diminuto hueso tallado.
Faela se detuvo.
Tocó dos dedos contra su frente y después contra el pecho.
—¿Qué es? —preguntó Anjara.
—Una frontera.
Roric miró alrededor.
—No veo ninguna frontera.
Faela señaló la cuerda.
—Acabas de verla.
—Eso es una cuerda.
—Sí.
Roric cerró la boca.
Anjara se acercó sin tocar.
—¿Entre aldeas?
Faela negó.
—Entre zonas de cuidado.
—¿Cuidado?
—Familias distintas mantienen partes del bosque. Retiran plantas enfermas, limpian cauces, controlan incendios, vigilan nidos y marcan cambios.
Geal la observó.
—¿Sin dividir la tierra?
—La tierra no nos pertenece.
Aquella respuesta llegó sin solemnidad.
Como si dijera que el agua mojaba.
—Entonces ¿a quién pertenece? —preguntó Roric.
Faela lo miró.
—A sí misma.
Kaelen asintió, como si aquello tuviera más sentido que muchas cosas de la Academia.
Faela retiró una de las piezas de madera de la cuerda.
La olió.
La giró.
—Hace tres semanas.
Anjara la miró.
—¿Qué?
—El último cambio.
—¿Cómo lo sabes?
Faela le mostró una serie de cortes.
Tres largos.
Uno corto.
Una pequeña muesca lateral.
—Fecha.
Geal se acercó.
—¿Sistema lunar?
—Estacional.
—¿Y esa marca?
—Familia.
—¿Y aquella?
—Dirección del agua.
Geal ya estaba sacando el cuaderno.
Faela lo miró.
—Puedes escribir.
Geal se detuvo.
—Gracias.
—Mientras caminas.
El Drakthar guardó el cuaderno.
Roric sonrió.
Anjara siguió observando las marcas.
Aquello era lo que necesitaba ver.
Syltherion no era solo árboles enormes y plantas peligrosas.
Había gente viviendo allí.
Gente que medía estaciones.
Cuidaba cauces.
Marcaba caminos.
Dejaba ofrendas.
Y si el Silencio Negro avanzaba...
No estaba destruyendo simplemente un bosque.
Estaba entrando en hogares.
Al mediodía oyeron agua.
No un arroyo.
Algo mucho mayor.
El sonido aumentó hasta que los árboles se abrieron.
Un río azul verdoso atravesaba la selva.
Era ancho.
Profundo.
Tan limpio que cerca de la orilla Anjara distinguía piedras del fondo.
Roric se adelantó.
—Por fin.
Faela extendió un brazo.
—No.
Él se detuvo.
—¿Qué?
—No te acerques.
—Es agua.
—Sí.
—Tenemos sed.
—Tenemos odres.
Roric señaló el río.
—Pero esa agua está ahí.
Anjara iba a responder cuando oyó algo.
Una nota.
Después otra.
No eran palabras.
La corriente producía una melodía.
No como un instrumento.
Más extraña.
El agua parecía cantar al pasar entre las piedras.
Anjara avanzó medio paso.
La música cambió.
Más suave.
Más cercana.
Algo en su cuerpo se relajó.
El peso de la mochila disminuyó.
El hombro dejó de molestar.
El calor se alejó.
Incluso las voces del grupo parecieron quedar detrás.
Solo agua.
Podría sentarse.
Descansar.
Quitarse las botas.
Meter los pies en el río.
Liam habría querido...
Una mano se cerró alrededor de su muñeca.
Kaelen.
—Anjara.
Parpadeó.
Estaba tres pasos más cerca.
No recordaba haberlos dado.
Retrocedió.
—¿Qué demonios...?
—Río Cantor —dijo Faela.
Roric ya se había apartado.
—Podrías haber empezado por «el río intenta meterte dentro».
—Te he detenido.
—No es lo mismo.
Geal se cubrió parcialmente los oídos.
—¿Influencia psíquica inducida por vibración?
Faela lo miró.
—Canción.
—Eso no es una explicación.
—Es suficiente para que no te ahogues.
Geal pareció considerar la discusión.
Decidió vivir.
—¿Cómo lo cruzamos? —preguntó Kaelen.
Faela señaló río arriba.
—Puente de Raíces.
—¿Lejos?
—Depende.
Roric cerró los ojos.
—No digas «de los árboles».
Faela empezó a caminar.
—De los árboles.
—Por supuesto.
Caminaron casi una hora junto al río.
La melodía nunca desapareció.
Anjara se obligó a no mirar demasiado el agua.
A veces le parecía oír algo dentro.
No una voz.
La sensación de que alguien la llamaba desde muy lejos.
Faela encontró finalmente dos árboles enormes creciendo en orillas opuestas.
Sus raíces atravesaban el río.
Se entrelazaban encima del agua hasta formar una pasarela irregular cubierta de musgo y pequeñas flores blancas.
Roric observó el puente.
—Preferiría una barca.
—No.
—Ya imaginaba.
Faela apoyó una mano sobre la raíz principal.
Cerró los ojos.
Esperó.
Anjara observó el agua.
Después a Faela.
No había luz.
Ni runas.
Ni una corriente de Ichor visible.
Solo una mano sobre madera viva.
Faela abrió los ojos.
—Podemos pasar.
Roric miró a Anjara.
—¿Los árboles nos han dado permiso?
—Parece que sí.
—¿Y si no?
Faela puso un pie sobre las raíces.
—Buscaríamos otro cruce.
Roric la siguió.
—Este lugar sería mucho más sencillo con carreteras.
Faela no se volvió.
—Eso también lo destruiría bastante más deprisa.
Roric no respondió.
Pasaron uno a uno.
Anjara fue la última.
A mitad del puente cometió el error de mirar abajo.
La corriente parecía más lenta desde allí.
La canción se volvió nítida.
Y vio algo.
Una silueta bajo el agua.
Humana.
Cabello flotando alrededor del rostro.
Una mano pequeña extendida hacia arriba.
Liam.
Anjara se detuvo.
Sabía que no era él.
Sabía dónde estaba Liam.
Llevaba sus cenizas contra el pecho.
Aun así su cuerpo se inclinó.
Un paso.
Solo uno.
—Anjara.
Geal.
Su voz llegó desde la otra orilla.
La imagen se rompió.
Piedras.
Agua.
Reflejos.
Nada más.
Anjara cruzó los últimos pasos rápidamente.
Geal la observó cuando llegó.
—¿Qué has visto?
Anjara miró el río.
—Algo que quería que viera.
Él no preguntó más.
Faela sí la estudió.
No con curiosidad.
Con preocupación.
—El río encuentra aquello que hace más fácil dejar de luchar.
Anjara volvió los ojos al agua.
—Ha elegido mal.
Faela no sonrió.
—Eso espero.
Al otro lado encontraron un pequeño refugio construido dentro del hueco de un árbol caído.
No estaba abandonado del todo.
Había ceniza vieja en una cavidad utilizada como hogar.
Dos cuencos de madera.
Una manta vegetal seca.
Y una serie de nudos atados a una rama.
Faela los examinó.
—Exploradores.
—¿De cuándo? —preguntó Kaelen.
—Ocho días.
Anjara miró alrededor.
—¿Sabemos si regresaron?
Faela tocó otro nudo.
—No.