CAPÍTULO 16 ALAS SOBRE EL MAR #5
Faela repitió el gesto.
—Y que la tierra no lo necesite.
Los grifos despegaron.
El viento de sus alas agitó todo el claro.
Anjara observó a Skyscream ganar altura.
Cinco monturas.
Cinco jinetes.
Una ruta de regreso.
Por ahora.
El sonido desapareció sobre las copas.
Entonces Syltherion cayó sobre ellos.
Insectos.
Miles.
Aves ocultas.
Gritos.
Chirridos.
Agua en alguna parte.
Ramas quebrándose lejos.
Algo grande moviéndose entre la vegetación.
Kaelen se quitó la capa.
—Por todos los dioses.
El aire era espeso.
Cada respiración parecía contener agua.
—En el desierto puedes ver lo que quiere matarte.
Roric se levantó.
—Eso ha sonado tranquilizador.
Kaelen miró el bosque.
—Aquí no.
Geal ya observaba una flor violeta.
Faela le agarró la muñeca antes de que la tocara.
—No.
—Solo iba a examinarla.
—Te habría escupido veneno en los ojos.
Geal retiró la mano.
—Interesante.
Faela lo miró.
—¿Esa palabra significa que volverás a intentarlo?
Geal pensó.
—Probablemente.
—Será un viaje largo.
Anjara se acercó a uno de los árboles.
El tronco era más ancho que la casa de Lumenvalle.
Levantó la cabeza.
No vio la copa.
Lianas gruesas descendían desde alturas imposibles.
Plantas crecían sobre otras plantas.
Hongos ocupaban troncos caídos.
Pequeños destellos azulados aparecían bajo algunas hojas.
Hormigas del tamaño de la uña de su pulgar recorrían una raíz formando una columna.
Una lagartija roja las observaba desde arriba.
Todo vivía sobre algo.
Todo utilizaba algo.
Todo parecía competir por cada fragmento de luz.
Anjara sonrió.
—Es precioso.
Faela la miró.
La respuesta tardó.
—Sí.
Solo eso.
Y Anjara comprendió que debía conocer Syltherion así.
Antes de la herida.
No como un lugar destinado a ser salvado.
Como el hogar de alguien.
Faela caminó hasta una pequeña depresión entre raíces.
Había piedras dispuestas en círculo.
Dentro, hojas secas.
Una talla de madera.
Un cuenco de barro con agua de lluvia.
Se arrodilló.
Sacó de su cabello una de las pequeñas semillas perforadas.
La dejó junto al cuenco.
Anjara no preguntó.
Faela murmuró algo.
No era Eldoriano.
Thal'nael.
Dos frases.
Después tocó la tierra con la frente.
Roric abrió la boca.
Kaelen le puso una mano en el brazo.
Él entendió.
Esperaron.
Cuando Faela se levantó, Anjara preguntó:
—¿Qué has dicho?
La Sylvaris miró la ofrenda.
—Que he vuelto.
—¿A quién?
Faela observó los árboles.
—A quien estuviera escuchando.
Anjara pensó en el pequeño santuario del camino.
En la piedra de Liam que había dejado allí.
Culturas distintas.
El mismo impulso.
Decirle al mundo que habías pasado por él.
Faela se volvió hacia el grupo.
—A partir de ahora no coméis nada que yo no haya identificado.
Geal asintió.
Roric suspiró.
—¿Ni siquiera si parece una manzana?
—Especialmente si parece una manzana.
—Eso es inquietantemente específico.
—Porque lo es.
Faela señaló sus botas.
—No piséis raíces rojas.
—¿Por qué? —preguntó Kaelen.
—Muerden.
Roric la miró.
—¿Las raíces?
—Sí.
—Claro.
—Las azules no.
—¿Por qué?
—Solo paralizan.
Roric cerró los ojos.
—Echo de menos los grifos.
Anjara rio.
Faela no.
—Y si el bosque se queda en silencio...
Todos dejaron de sonreír.
—...os detenéis.
Geal ajustó sus bolsas.
—¿Por completo?
—Por completo.
—¿Aunque veamos algo?
—Sobre todo entonces.
Anjara miró hacia el este.
La franja silenciosa no podía verse desde allí.
Pero ahora sabía que existía.
Faela tomó el arco.
—Una última cosa.
Esperaron.
—No desenvainéis porque algo sea grande.
Kaelen asintió.
—Ni porque tenga dientes.
Roric levantó una ceja.
—Eso reduce bastante las razones habituales para desenvainar.
—Aquí necesitarás otras.
Anjara pensó en las palabras de Vitor.
Syltherion te castigará si decides que todo lo desconocido es una amenaza.
Faela empezó a internarse entre las raíces.
No abrió un sendero.
Encontró uno.
Kaelen fue detrás.
Geal la siguió.
Roric miró una última vez el hueco de cielo por donde habían desaparecido los grifos.
Después se colocó junto a Anjara.
—Una vida.
Ella lo miró.
Roric señaló el bosque.
—Si algo intenta comerte, cuenta como una.
—Depende.
—Eso no estaba en el acuerdo.
—Tampoco Syltherion.
Roric negó con la cabeza.
—Debí negociar mejor.
Anjara sonrió.
Entraron.
La vegetación se cerró a su espalda.
El claro desapareció en menos de veinte pasos.
Anjara miró atrás.
Ya no sabía dónde había aterrizado Skyscream.
Faela se detuvo.
Levantó una mano.
Todos pararon.
Un ave cantó sobre ellos.
Otra respondió a lo lejos.
El agua siguió corriendo.
Faela bajó la mano.
—Bien.
Anjara frunció el ceño.
—¿Qué?
—Habéis escuchado.
Siguió andando.
Anjara observó dónde apoyaba los pies.
No intentó desaparecer.
Intentó pertenecer al ruido.
El roce correcto.
El peso correcto.
La pausa correcta.
Por primera vez comprendió la diferencia.
Faela volvió la cabeza.
—Bienvenidos a Syltherion.
Delante de ellos, el bosque parecía no terminar nunca.
En algún lugar del este, los pájaros habían dejado de cantar.
Y ahora Anjara sabía que el silencio también podía ser una huella.
—Ahora —dijo Faela—, aprended a seguirla.
El bosque los engulló.