El destino de Anjara (Los Ecos y las Cenizas 1) CAPÍTULO 16 ALAS SOBRE EL MAR #4
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CAPÍTULO 16 ALAS SOBRE EL MAR #4

Las olas parecían pequeñas desde aquella altura, pero incluso así podía ver líneas blancas recorriendo la superficie.

—Le habría encantado —dijo.

Thyra no preguntó quién.

—Sí.

Anjara la miró.

La jinete mantenía los ojos al frente.

Quizá no sabía de quién hablaba.

Quizá no necesitaba saberlo.

El grupo cruzó sobre el mar.

Roric volaba a cierta distancia.

Su postura seguía rígida.

Pero ya no abrazaba al jinete.

Mantenía las manos donde le habían indicado.

Anjara sonrió.

Una vida.

Kaelen parecía disfrutar.

Geal volvió a sacar el cuaderno.

Anjara no podía creerlo.

Faela apenas miraba el agua.

Sus ojos permanecían clavados en el horizonte.

Horas después apareció una línea.

Después verde.

Luego una extensión de bosque tan enorme que durante un instante Anjara creyó estar viendo otra clase de mar.

Syltherion.

Faela se inclinó hacia delante.

Su mano tocó el cuello del grifo.

Y sonrió.

No aquella pequeña curva contenida que Anjara había visto en la Academia.

Una sonrisa completa.

El rostro de alguien que acaba de reconocer el camino a casa.

Duró poco.

La mancha oscura apareció después.

Desde el cielo se veía mejor.

Una franja del bosque había perdido profundidad.

No estaba quemada.

Eso habría sido más sencillo.

Era verde muerto.

Gris.

Negro en algunos puntos.

Como tejido alrededor de una herida.

Faela dejó de sonreír.

Los grifos comenzaron el descenso.

El aire cambió mucho antes de tocar tierra.

Calor.

Humedad.

Olores.

Tierra mojada.

Flores.

Agua.

Fruta madura.

Vegetación en descomposición.

Resina.

Vida.

Anjara inspiró.

Demasiado.

La humedad parecía tener peso.

Los árboles crecieron hacia ellos.

No había otra forma de pensarlo.

Copas inmensas ascendían hasta convertir el bosque en un techo irregular.

Algunas parecían sostener jardines enteros sobre sus ramas.

No veía carreteras.

Ni campos.

Ni ciudades.

Pero después Faela señaló.

Anjara tardó en encontrarlo.

Entre dos árboles enormes había una estructura.

No construida junto a ellos.

Dentro.

Pasarelas.

Puentes de cuerda y madera.

Pequeñas plataformas rodeando troncos.

Luces.

Una campana colgaba de una rama.

Dos figuras levantaron los brazos cuando los grifos pasaron.

Faela respondió tocándose la frente y el pecho.

Anjara comprendió que Syltherion no estaba vacío.

Simplemente no se organizaba de una manera que ella supiera mirar.

Skyscream descendió hacia un claro.

El aterrizaje golpeó sus huesos.

Anjara aguantó.

Casi.

Cuando todo quedó quieto, Roric desmontó.

Sus piernas cedieron.

Terminó con ambas manos sobre la tierra.

—Nunca más.

Kaelen bajó detrás.

—Ha sido agradable.

Roric levantó la cabeza.

—No vuelvas a hablarme.

Geal desmontó con las piernas temblando.

—Extraordinario.

—Tú tampoco.

Thyra soltó las correas.

Anjara permaneció unos segundos sobre Skyscream.

—¿Regresáis ya?

—Antes del anochecer.

—¿No seguís?

Thyra miró el dosel.

—Los grifos pueden volar sobre Syltherion. Bajo las copas es otra historia.

Faela bajó de su montura.

—Hacen bien.

Thyra señaló hacia el este.

—Hace dos días el último punto seguro estaba a dos jornadas.

Faela se quedó quieta.

—Ya no.

Thyra frunció el ceño.

—¿Cómo lo sabes?

Faela miró el bosque.

La sonrisa del regreso había desaparecido.

—Porque debería oírlo.

Anjara escuchó.

Había ruido por todas partes.

Insectos.

Aves.

Agua.

Ramas.

Algo chillando muy lejos.

—¿Oír qué? —preguntó Roric.

Faela no respondió.

Caminó hasta el borde del claro.

Thyra bajó la voz.

—¿Qué ocurre?

La Sylvaris señaló hacia el este.

—Allí.

Anjara concentró la atención.

Al principio no encontró nada.

Precisamente ese era el problema.

A su alrededor, Syltherion era ensordecedor.

En aquella dirección había una franja donde el sonido desaparecía.

No por completo.

Todavía.

Pero sí lo suficiente.

Faela se agachó.

Hundió los dedos en el musgo.

Cerró los ojos.

Anjara vio cómo su respiración cambiaba.

La mano se hundió un poco más.

Una hormiga pasó sobre sus dedos.

Faela abrió los ojos.

Había miedo.

—La herida ha avanzado.

Geal se acercó.

—¿Cuánto?

—No lo sé.

—¿Cómo puedes saberlo?

Faela señaló las copas.

—Debería haber tres colonias de aves de aguja en este tramo.

Anjara miró arriba.

—¿Han migrado?

—No en esta estación.

Faela señaló un arbusto.

—Eso debería tener flores.

Después un tronco.

—Esos escarabajos deberían estar apareándose.

Roric observó el árbol.

—Me alegra que al menos alguien controle la situación.

Faela no sonrió.

—El bosque está dejando de hacer cosas que siempre hace.

Anjara pensó en Lumenvalle.

No una muerte repentina.

Una suma de ausencias.

Thyra volvió a montar.

—Tenemos que informar.

—Sí.

Anjara se acercó a Skyscream.

El grifo bajó ligeramente la cabeza.

Esta vez ella no intentó tocar el pico.

Apoyó la palma sobre las plumas del cuello, donde había visto hacerlo a Thyra.

El animal permaneció quieto.

—Gracias.

Thyra la miró.

—Ahora sí puedes tocarlo.

—Podrías haberme dicho antes dónde.

—No preguntaste.

Anjara sonrió.

—Tú también encajarías con Vitor.

—No sé quién es.

—Qué suerte tenéis todos.

Thyra recogió las riendas.

—Volveré a por vosotros cuando recibamos señal.

—¿Cuándo será eso?

—Cuando la misión termine.

—Eso tampoco es una fecha.

—Bienvenida al trabajo de campo.

Skyscream abrió las alas.

Anjara retrocedió.

—Thyra.

La jinete la miró.

—Vuelve tú también.

Algo cambió en el rostro de la mujer.

Después tocó dos dedos contra la frente y el pecho.

—Que el cielo recuerde vuestro camino.