CAPÍTULO 16 ALAS SOBRE EL MAR #3
La hoja curva era de acero oscuro. El mango, de madera. No tenía nada de ceremonial.
Pesaba.
Obligaba a respetar cada movimiento.
Pequeñas marcas recorrían el metal.
Esferian.
No sabía leerlas.
—¿De quién era? —preguntó al armero.
El hombre se encogió de hombros.
—De la Academia.
Anjara esperó.
Nada más.
Sonrió.
Por una vez, un objeto podía ser simplemente un objeto.
—Perfecto.
Sujetó la hoz.
El cuchillo de Kael quedó guardado.
El diario de Elara, protegido en cuero.
La Gema, bajo la ropa.
Las cenizas de Liam, aseguradas cerca del pecho.
No revisó las piedras.
Ni la cuchara.
Ni el medallón de Kael.
Sabía dónde estaban.
Eso bastaba.
Cuando llegaron al patio principal, Eldrin, Zara, Borin y Vitor esperaban.
Borin miró el hombro.
—¿Aguanta?
—Sí.
—No he preguntado si duele.
Anjara sonrió.
—Entonces sí.
Borin asintió.
Zara entregó a Geal un pequeño estuche.
—Polvos de percepción.
Geal lo examinó.
—¿Composición?
—Si la conocieras, no necesitarías que te los diera.
Roric sonrió.
—Me cae bien.
—A mí no —dijo Geal.
Zara lo miró.
—Eso tampoco era necesario.
Geal guardó el estuche.
Eldrin observó a los cinco.
—Hasta hoy la Academia ha podido recoger vuestros errores.
El viento agitó su túnica.
—Fuera de estas montañas, no siempre habrá alguien que lo haga.
Anjara pensó en Liam.
Solo un instante.
Eldrin continuó:
—No salgáis a demostrar lo que habéis aprendido. Utilizadlo cuando sea necesario.
Sus ojos se detuvieron en Anjara.
—Y recordad que regresar con información puede ser una victoria mayor que morir llevando razón.
Roric inclinó la cabeza hacia ella.
—Eso iba por ti.
—Todavía puedo dejarte aquí.
—He comprendido la lección.
Vitor miró hacia las almenas.
—No tenéis semanas para alcanzar la costa por tierra.
Anjara siguió su mirada.
Al principio creyó que eran sombras.
Cinco figuras enormes aguardaban arriba.
Una desplegó las alas.
Roric retrocedió.
—No.
Kaelen levantó la cabeza.
—Grifos.
Geal entrecerró los ojos.
—Magníficos.
—No —repitió Roric.
Faela sonrió.
—¿Problemas con las alturas?
Roric la miró.
—Con caer desde ellas.
Los grifos descendieron.
El primero aterrizó con tal fuerza que las garras levantaron polvo entre las losas.
Eran más grandes de lo que Anjara había imaginado.
Patas traseras felinas.
Cuartos delanteros cubiertos de plumas.
Garras capaces de abrir cuero y carne.
Picos curvos.
Alas que, extendidas, convertían a una persona en algo ridículamente pequeño.
Los cinco llevaban silla doble.
Anjara lo entendió.
—¿No vamos a pilotarlos?
Una mujer de cabello gris muy corto y una cicatriz cruzándole un ojo desmontó del primero.
—No.
Roric cerró los ojos.
—Por fin una buena noticia.
La mujer señaló a los jinetes.
—Vosotros sois carga.
Roric volvió a abrirlos.
—Ha durado poco.
La jinete se acercó a Anjara.
—Thyra.
Anjara dijo su nombre.
Thyra señaló el grifo.
—Skyscream.
Anjara miró al animal.
Después a Thyra.
—¿Se llama así de verdad?
—Sí.
—¿Por qué?
Skyscream abrió el pico y lanzó un chillido que resonó contra toda la fortaleza.
Roric dio otro paso atrás.
Thyra no pestañeó.
—Por eso.
Anjara decidió que era una explicación excelente.
Se acercó al grifo.
El animal giró la cabeza.
Un ojo dorado la observó.
Anjara detuvo la mano antes de tocarlo.
No era un caballo.
Ni un perro.
No sabía qué significaba para él una caricia.
Thyra lo notó.
—Bien.
—¿Qué?
—La mayoría intenta tocarle el pico.
—¿Y qué ocurre?
—Aprenden.
Anjara miró las garras.
—Preferiría aprender de otra manera.
Thyra le enseñó dónde apoyar el pie y cómo colocar el peso para no cargar el hombro lesionado.
—Delante de mí. La correa corta es para sujetarte. La larga no la toques.
—¿Por qué?
—Porque controla el arnés.
Anjara retiró la mano de inmediato.
—Entendido.
—Si te digo que te agaches, te agachas. Si te digo que cambies el peso, lo haces. Si vomitas, a la izquierda.
Anjara la miró.
—¿Por qué a la izquierda?
—Yo voy detrás.
Anjara asintió.
Información útil.
Geal montó con otro jinete y aseguró sus bolsas dos veces.
Kaelen subió sin dificultad.
Faela saludó al suyo tocándose dos dedos contra la frente y después el pecho. El jinete repitió el gesto.
Anjara lo vio.
Otra costumbre que desconocía.
Roric seguía en el suelo.
Vitor se acercó.
—Sube.
—Podemos caminar.
—No.
—Me encanta caminar.
—Lo sé.
—Semanas enteras.
—Roric.
—Tengo derecho a elegir cómo muero.
Vitor lo miró.
—Hoy no.
Roric señaló al grifo.
—Eso no es una montura. Es una caída con plumas.
Kaelen, ya sentada, habló desde arriba:
—Sube.
—No.
—Me debes una vida.
Roric quedó inmóvil.
La frase cambió todo.
Miró a Kaelen.
Después a Anjara.
No necesitó que nadie explicara nada.
Respiró.
Una vez.
Otra.
Se acercó al grifo.
El animal movió un ala.
Roric se detuvo.
Volvió a avanzar.
—Lo odio —murmuró.
Vitor permaneció a su lado.
—Puedes odiarlo desde arriba.
Roric apoyó el pie.
Subió.
No fue elegante.
Pero subió por sí mismo.
Anjara observó a Vitor.
Él no dijo nada.
Tampoco hacía falta.
Thyra montó detrás.
—Prepárate.
Skyscream abrió las alas.
Anjara dejó de sonreír.
—¿Prepararme para qué?
El grifo empezó a correr.
Tres pasos.
Cuatro.
El borde del patio apareció.
—Thyra.
—Sujétate.
—THYRA.
Skyscream saltó.
Anjara gritó.
La Academia desapareció.
La montaña entera se precipitó hacia arriba.
El estómago de Anjara quedó varios metros por encima de ella.
El grifo cayó.
No volaba.
Caía.
—¡ESTO NO ES VOLAR!
Thyra rio detrás.
—¡TODAVÍA NO!
Skyscream desplegó las alas.
El aire golpeó.
El descenso se convirtió en avance.
Después en ascenso.
Anjara fue aplastada contra la silla.
Atravesaron las nubes.
Y el mundo apareció.
Anjara olvidó el miedo durante unos segundos.
Lirionis se extendía bajo ellos.
No como un mapa.
Como tierra.
Montañas.
Valles.
Ríos de plata.
Bosques enteros reducidos a manchas.
Carreteras que se bifurcaban y volvían a encontrarse.
Aldeas.
Campos.
Murallas.
Puentes.
Nunca había entendido realmente el tamaño del mundo.
Lumenvalle había sido una casa.
Un bosque.
Un camino.
La Academia había ampliado aquello.
Desde el cielo comprendió que ambas cosas ocupaban apenas un fragmento.
Las Montañas del Lamento fueron quedando atrás.
La Academia se redujo.
Más.
Hasta parecer una cicatriz oscura sobre la piedra.
Anjara la observó.
Había pasado semanas deseando llegar allí.
Después semanas intentando sobrevivir a sus lecciones.
Ahora le costaba marcharse.
La Gema permaneció tranquila.
Eso le gustó.
Los grifos volaban en una formación abierta.
No exactamente juntos.
Cada animal necesitaba espacio para maniobrar.
Thyra le explicó mediante gritos breves cómo leían las corrientes.
—¡MIRA LAS PUNTAS DE LAS ALAS!
Anjara lo hizo.
Pequeños movimientos.
Correcciones constantes.
—¡NO LUCHA CONTRA EL VIENTO!
Skyscream descendió ligeramente.
—¡LO UTILIZA!
Anjara sonrió.
Aquello le resultaba sospechosamente familiar.
No empujar.
Encontrar la corriente.
Incluso un grifo parecía comprender el Ichor mejor que ella.
Horas después descendieron sobre una torre de vigilancia construida en una elevación.
Anjara había supuesto que volarían directamente hasta Syltherion.
Se equivocaba.
Los grifos necesitaban descansar.
Comer.
Beber.
Los jinetes también.
La realidad resultaba menos elegante que las historias.
Y mucho más interesante.
Thyra desmontó primero.
—No bajes todavía.
—¿Por qué?
—Tus piernas creen que siguen volando.
—Mis piernas están perfectamente.
Anjara intentó desmontar.
Las rodillas cedieron.
Thyra la sujetó.
—Tus piernas discrepan.
Anjara se apoyó en Skyscream.
El grifo emitió un sonido bajo.
—No digas nada.
Skyscream parpadeó.
—Creo que se está riendo de mí.
—No eres tan importante.
Thyra revisó las alas del animal.
Anjara observó.
Una pluma grande estaba ligeramente torcida.
Thyra la corrigió con cuidado.
Después examinó las almohadillas de las patas.
—¿Siempre hacéis esto?
—Después de cada vuelo largo.
—¿Incluso si parece estar bien?
Thyra la miró.
—Especialmente entonces.
Anjara sonrió.
—Eso sí lo entiendo.
Mientras los grifos comían carne seca y bebían, el Cadre descansó.
Roric permaneció tumbado boca arriba.
—No vuelvo.
Kaelen bebió de su odre.
—Tenemos que volver.
Roric cerró los ojos.
—Entonces vivo aquí.
Geal estaba escribiendo.
Anjara le quitó el cuaderno.
—No.
Él la miró.
—¿Qué haces?
—Descansas.
—Estoy registrando altitud aproximada, velocidad y...
—Geal.
El Drakthar extendió una mano.
Anjara dejó el cuaderno fuera de su alcance.
—Traición.
Faela permanecía junto al borde de la torre mirando hacia el oeste.
Hacia su hogar.
Anjara se acercó.
—¿Cuánto falta?
—Si el viento sigue así, llegaremos antes del anochecer.
—Pareces preocupada.
—Lo estoy.
—¿Por lo que viste en el mapa?
Faela negó.
—Por lo que no vi.
Anjara esperó.
—Había asentamientos cerca del límite.
—¿Y?
—No aparecían señales.
—¿Humo?
—Entre otras.
Faela miró el horizonte.
—Espero equivocarme.
Anjara no dijo que ella también.
Las esperanzas pronunciadas no se volvían más fuertes.
Volvieron al aire.
Esta vez Anjara no gritó.
Mucho.
La tarde avanzó.
Bajo ellos aparecieron fortificaciones.
Tierras cultivadas.
Columnas de humo.
Grupos de soldados.
En una carretera distinguió un estandarte gris.
Un grifo.
Legión.
Thyra también lo vio.
Su cuerpo cambió sobre la silla.
Más atento.
Skyscream descendió ligeramente y se ocultó en una franja de nubes.
—¿Nos han visto? —preguntó Anjara.
—Probablemente.
—¿Es un problema?
—Depende de cuánto tarden en informar.
—¿A Malakor?
Thyra no respondió.
No necesitaba hacerlo.
Cuando salieron de las nubes, los soldados habían desaparecido detrás.
La Academia no era un reino separado del mundo.
Sus grifos podían cruzar el cielo.
Pero abajo había ojos.
Anjara guardó aquella idea.
Poco después la tierra terminó.
No de forma gradual.
Campos.
Acantilados.
Y después azul.
Anjara creyó al principio que eran nubes.
El reflejo cambió.
Agua.
Una cantidad absurda de agua.
—¡EL MAR INTERIOR! —gritó Thyra.
Anjara contempló el horizonte.
Nunca había visto el mar.
Liam tampoco.
El pensamiento llegó.
No la rompió.
Miró.
Por los dos.
El agua se extendía hasta confundirse con el cielo.