CAPÍTULO 16 ALAS SOBRE EL MAR #2
—Un ciervo pisa de una manera. Un depredador, de otra. Una rama rota por el viento no suena como una rama rota por una bota.
—Eso ya lo sé.
—Sabes reconocerlo.
Faela señaló sus pies.
—No sabes participar.
Anjara empezó a comprender.
—Quieres que parezcamos parte del bosque.
—Quiero que dejéis de anunciar a todo ser vivo que cinco extranjeros armados están entrando en su casa.
Anjara contó mentalmente.
—Somos cinco.
Faela la miró.
—Lo has contado rápido.
—Roric habría tardado más.
—He oído eso —gritó una voz.
Anjara levantó la cabeza.
Roric asomaba por una ventana del piso superior.
Faela lo contempló.
—También tiene buen oído.
—Por desgracia.
Roric desapareció.
Faela volvió a cerrar los ojos.
Anjara permaneció a su lado.
Intentó escuchar.
Al principio oyó demasiadas cosas.
Agua dentro de una tubería.
Una puerta.
Pasos.
Una conversación distante.
El viento.
Después empezó a separarlas.
Una hoja arrastrándose sobre piedra.
Un insecto.
El roce de una rama contra el muro.
No había magia.
Quizá eso fue lo que más le gustó.
La última cena fue precisamente eso.
Una cena.
Anjara había esperado alguna clase de ceremonia.
No la hubo.
El guiso llevaba nabos.
Roric se quejó.
Geal corrigió a un estudiante de otra mesa sobre la composición de un mineral hasta que Kaelen le recordó que nadie le había preguntado.
Faela comió en silencio.
Anjara miró alrededor.
Había pasado semanas allí.
Suficientes para reconocer caras.
Mara, la muchacha del jardín, levantó una mano desde otra mesa.
Anjara respondió.
Un estudiante de runas discutía con dos compañeros.
La mujer del brazo en cabestrillo ya no lo llevaba.
Alguien empezó una canción sobre Aquilon y fue silenciado con trozos de pan antes de llegar al segundo verso.
Anjara sonrió.
La Academia ya no era el lugar al que había llegado.
No porque hubiera cambiado.
Porque ahora conocía lo que ocurría entre sus grandes acontecimientos.
Quién se sentaba dónde.
Qué cocinero escondía fruta para los alumnos que llegaban tarde.
Qué escalón crujía en el corredor occidental.
A qué hora aparecía Borin en el Crisol.
Dónde estudiaba Geal cuando quería que nadie lo encontrara.
Qué ventana abría Roric cuando necesitaba aire.
Cuánto tardaba Kaelen en admitir que algo le hacía gracia.
Y qué silencio pertenecía a Vitor.
La idea de marcharse dolió un poco.
Eso significaba que el lugar había empezado a importarle.
No huyó de la sensación.
Terminó el guiso.
Aquella noche no consiguió dormir.
No era miedo exactamente.
Tampoco impaciencia.
Había aprendido suficientes palabras en la Academia para saber que algunas cosas seguían sin necesitar nombre.
Se levantó.
Kaelen abrió un ojo.
—¿Otra vez?
—Vuelvo enseguida.
—Eso dicen todos antes de hacer algo estúpido.
Anjara se puso las botas.
—Dormir contigo es muy tranquilizador.
—Ese nunca fue el objetivo.
Anjara salió.
Subió.
No decidió adónde hasta que reconoció la escalera.
Las almenas superiores.
El viento la golpeó al salir.
Las Montañas del Lamento se extendían bajo las estrellas como dientes negros.
Más allá, Lirionis desaparecía bajo un mar de nubes.
Anjara se acercó al parapeto.
Buscó Lumenvalle.
Era absurdo.
No podía verlo.
Ni siquiera estaba segura de poder señalar la dirección exacta desde aquella altura.
Pero existía.
Eldrin se lo había dicho.
La casa.
El pozo.
El roble con las marcas de Liam.
Quizá seguían allí.
—Es bonito.
Anjara no se sobresaltó.
Empezaba a reconocer la manera en que Vitor ocupaba el silencio.
—Eso ha sonado demasiado normal viniendo de ti.
Él apareció a su lado.
No llevaba armadura.
Solo una túnica oscura, botas y una capa gruesa.
Sin acero sobre el cuerpo parecía más joven.
Veinte años.
No el instructor que podía derribarla antes de que terminara de enfadarse.
—¿No deberías dormir? —preguntó.
—¿No deberías tú?
—He preguntado primero.
—Entonces no.
Vitor se apoyó en el parapeto.
—Buena respuesta.
Anjara miró las montañas.
—Eldrin me ha contado que mi madre estuvo aquí.
Vitor guardó silencio.
—La conociste.
—Sí.
Anjara giró la cabeza.
—¿Mucho?
—Lo suficiente.
—Eso tampoco responde.
—Empiezas a sonar como Roric.
—Retíralo.
Una sonrisa mínima apareció en el rostro de Vitor.
—Elara pasó una temporada larga en la Academia.
—¿Cuánto tiempo?
—Entraba y salía.
—¿Tú cuántos años tenías?
Vitor la miró.
—Pocos.
Anjara frunció el ceño.
—Entonces ¿cómo puedes recordarla tan bien?
—Porque Elara era difícil de olvidar.
La respuesta la hizo callar.
Vitor continuó:
—Discutía con Eldrin.
Anjara sonrió.
—Eso sí me lo creo.
—Con Borin también.
—Eso parece menos saludable.
—Lo era.
—¿Ganaba?
Vitor pensó.
—Ella creía que sí.
Anjara rio.
Por un instante pudo imaginarla.
No como su madre.
Ni como la sanadora de Lumenvalle.
Elara joven.
Caminando por aquellos corredores.
Aprendiendo.
Equivocándose.
Discutiendo.
Quizá riéndose con alguien después de una clase.
Aquello la acercó más a ella que cualquier historia sobre Sellos.
—¿Era buena?
—Mucho.
La respuesta produjo una punzada inesperada.
—Entonces no me parezco tanto.
Vitor la observó.
—Elara también tardó.
Anjara levantó una ceja.
—¿Cuánto?
—No lo sé.
—Mientes fatal.
—No te conviene descubrir cuándo miento bien.
Anjara volvió la vista hacia el horizonte.
Había una pregunta más.
La llevaba desde que él reconoció el cuchillo.
—¿Le preguntaste a Eldrin por Kael?
Vitor tardó.
—Sí.
Anjara se volvió por completo.
—¿Y?
—No quiso responder.
—¿Por qué?
—Si lo supiera, habría conseguido que respondiera.
Anjara estudió su rostro.
—¿Te molesta?
—Sí.
—Bien.
—¿Por qué?
—Empezaba a pensar que yo era la única.
Vitor soltó aire por la nariz.
—No.
Anjara tocó la piedra del parapeto.
—¿Crees que mi padre era Kaelthar?
—Creo que hay demasiadas coincidencias para ignorarlas.
La respuesta era más de lo que había dado hasta entonces.
—¿Y eso qué significaría?
Vitor miró las montañas.
—Que habría tenido motivos para ocultarlo.
—Todo el mundo sigue diciendo eso de mis padres.
—Quizá porque es cierto.
—O porque resulta cómodo.
Vitor no respondió.
Anjara miró las runas de su brazal.
Angulares.
Distintas del Esferian.
—¿Qué significa ser Kaelthar para ti?
La pregunta lo sorprendió.
No mucho.
Suficiente.
—No es una respuesta corta.
—Tenemos una noche.
—Tú tienes que dormir.
—Cobarde.
Vitor sonrió apenas.
Después miró su propia mano.
—Significa que mi cuerpo aprendió antes que yo a tratar el Ichor como un arma.
Anjara guardó silencio.
—Significa disciplina. Herencia. Una cantidad absurda de expectativas de gente muerta.
—Eso último sí lo entiendo.
—Lo imaginaba.
Vitor levantó los ojos.
—Y significa que, si alguna vez permito que esa palabra decida por mí, habré desperdiciado todo lo que me costó aprender a llevarla.
Anjara pensó en Anjanu.
En Eldrin.
En la Gema.
—Entonces no te gusta.
—No he dicho eso.
—Tampoco parece que te guste.
—Hay cosas que pueden importarte sin gustarte todos los días.
Liam.
La respuesta apareció tan rápido que Anjara tuvo que apartar la mirada.
No las cenizas.
No la muerte.
Su hermano.
Querer a alguien también podía doler incluso cuando estaba vivo.
—Mañana salimos.
—Sí.
—¿Has estado en Syltherion?
—Una vez.
—¿Y?
Vitor tardó.
—Escucha a Faela.
Anjara sonrió.
—¿Eso es todo?
—No.
Se enderezó.
—La Academia te ha enseñado a identificar amenazas. Syltherion te castigará si decides que todo lo desconocido lo es.
Anjara lo miró.
—¿Vitor recomendando no golpear algo?
—No difundas el rumor.
—Arruinaría tu reputación.
—Exactamente.
El viento empujó la capa de Anjara contra sus piernas.
—Tengo miedo.
No supo por qué se lo dijo.
Vitor tampoco pareció sorprendido.
—Bien.
Anjara negó.
—Kaelen dijo lo mismo.
—Kaelen es inteligente.
—¿Tú tienes miedo?
La pausa fue demasiado larga.
—Sí.
—¿De Syltherion?
Vitor la miró.
—De que confundas sobrevivir con ser invencible.
Aquello pesó más de lo esperado.
—No creo ser invencible.
—Has sobrevivido a Espectros, a la travesía, a la Academia y a la Caverna. Has aprendido suficiente magia para ser peligrosa y suficiente combate para pensar que un error siempre puede corregirse con otro golpe.
Anjara apretó los labios.
—Eso era una crítica.
—Sí.
—Gracias.
—También has aprendido a detenerte.
Vitor miró su hombro.
—No olvides esa parte cuando nadie esté allí para decirte «otra vez».
Anjara pensó en Geal.
Kaelen.
Roric.
Faela.
—No estaré sola.
Vitor asintió.
—Exacto.
No añadió nada.
No necesitaba hacerlo.
Anjara señaló las escaleras.
—¿Esa era tu forma de desearme suerte?
—No creo demasiado en la suerte.
—Naturalmente.
Vitor empezó a marcharse.
—Vitor.
Se detuvo.
—Gracias.
Él inclinó ligeramente la cabeza.
—Vuelve.
Una sola palabra.
Sin promesas.
Sin heroísmo.
Anjara entendió mejor aquella despedida que cualquier discurso.
—Lo intentaré.
Vitor se marchó.
Ella permaneció un poco más bajo las estrellas.
Después bajó.
Partieron antes del amanecer.
No hubo campana.
Un acólito los despertó en silencio.
En el patio inferior esperaban las provisiones.
Botas reforzadas.
Capas impermeabilizadas.
Mochilas con raciones, yesca, vendas y odres.
Cuerdas.
Herramientas.
Acero.
Y una cantidad de repelente para insectos que Faela consideró insuficiente.
—¿Cuánto necesitamos? —preguntó Roric.
—Más.
—Eso no es una cantidad.
—Lo entenderás.
Roric cogió otro frasco.
Kaelen recuperó sus dos hojas curvas.
Las examinó con la atención de quien saluda a viejas conocidas.
Roric recibió dos dagas largas.
—Por fin.
Geal tomó su bastón y empezó a redistribuir inmediatamente el contenido de tres bolsas.
—Esto está mal equilibrado.
El encargado lo miró.
Roric intervino:
—No sabe decir gracias.
Geal levantó la cabeza.
—Gracias. Está mal equilibrado.
—Mejor.
Faela llevaba el arco, un carcaj y una bolsa estrecha a la espalda.
Anjara la señaló.
—¿Eso es todo?
—Sí.
—Vamos a cruzar medio mundo.
Faela miró hacia el oeste.
—No.
Ajustó una correa.
—Voy a volver a casa.
Anjara no preguntó más.
Su propio equipo esperaba al final.
La chaqueta de cuero oscuro.
Correas.
Hebillas.
Protección endurecida para el hombro sano.
Y un arma.
Anjara la tomó.
Una hoz de guerra corta.