CAPÍTULO 16 ALAS SOBRE EL MAR
Faela no pidió permiso para acercarse al mapa.
Simplemente lo hizo.
El Silencio Negro seguía extendido sobre Syltherion como una quemadura bajo la piel.
Eldrin había hecho desaparecer las imágenes del Vacío, pero había mantenido el territorio suspendido sobre el mecanismo de la Aguja del Observador: una inmensidad verde atravesada por ríos, elevaciones y zonas de bosque tan densas que apenas podían distinguirse unas de otras.
Anjara todavía estaba asimilando lo que acababa de descubrir sobre Elara.
El Sello.
Lumenvalle.
Los años que su madre había entregado para mantener aquella herida cerrada.
Faela contempló la mancha oscura.
Su rostro cambió.
No mucho.
Lo suficiente.
Anjara había cometido el error de considerarla frágil al verla por primera vez. La Sylvaris era delgada, de movimientos suaves y precisos, muy distintos de la rigidez de Kaelen o la energía nerviosa de Roric. Pero aquella suavidad ocultaba tensión.
La de un arco antes de soltar la flecha.
Llevaba el cabello cobrizo parcialmente recogido. Entre algunos mechones había pequeñas cuentas de madera, semillas perforadas y fibras trenzadas.
Anjara señaló una.
—¿Adorno?
Faela tocó la cuenta.
—Este era un fresno de mi aldea.
Anjara retiró la mirada.
No volvió a preguntar.
Geal se acercó al mapa.
—¿Eso es el Silencio Negro?
Faela asintió.
—Así lo llamamos.
—¿Porque no hay sonido? —preguntó Roric.
—Porque primero desaparecen los sonidos.
Nadie dijo nada.
Faela señaló el límite de la mancha.
—Las aves abandonan los árboles. Después los insectos. Los animales pequeños dejan de criar. Las hojas permanecen inmóviles incluso cuando sopla viento.
Su dedo avanzó hacia el interior.
—Después mueren las raíces.
Geal se inclinó.
—¿Y entonces aparece la corrupción visible?
—A veces.
—¿A veces?
—El bosque puede estar muriendo mucho antes de mostrarlo.
Anjara pensó inmediatamente en Lumenvalle.
La tierra seca pese a las lluvias.
Las hojas amarillas demasiado pronto.
El estanque enfermo.
Los animales intactos por fuera y vacíos por dentro.
Había visto los síntomas.
Solo desconocía la enfermedad.
—¿Malorin vive allí? —preguntó.
Faela retiró la mano.
—No sé dónde vive.
—Pero sabes quién es.
La mandíbula de la Sylvaris se tensó.
—Sé quién era.
Anjara esperó.
Nada más.
Roric cruzó los brazos.
—Esto empieza a ser una tradición de la Academia.
Faela lo miró.
—¿Qué?
—Todo el mundo conoce la mitad de una historia y decide contar una cuarta parte.
Geal asintió.
—No es una descripción inexacta.
—Malorin será explicado cuando podamos separar los hechos de las historias —dijo Eldrin.
Roric señaló al anciano.
—Exactamente eso.
Kaelen le bajó la mano.
—Cállate.
Faela miró a Anjara.
—Eldrin dice que iréis a Syltherion.
—Eso parece.
—¿A matar a Malorin?
La pregunta llegó demasiado limpia.
Anjara entendió que estaba siendo medida.
—A descubrir qué está haciendo.
Faela sostuvo sus ojos unos segundos.
—Mejor.
—¿Esperabas otra respuesta?
La Sylvaris señaló su hombro vendado.
—Hace poco pensaste que enfrentarte a un lobo corrompido era una buena idea.
—No recuerdo haber tenido mucho tiempo para votar.
—Y aun así terminaste debajo.
Roric disimuló una risa con una tos.
Anjara lo fulminó con la mirada.
—Vas a llevarte muy bien con Vitor.
Faela frunció el ceño.
—No sé quién es.
—Conserva esa felicidad mientras puedas.
Eldrin apoyó las manos sobre la mesa.
—Faela conoce rutas de Syltherion que ningún mapa de la Academia puede reproducir.
Geal volvió al territorio suspendido.
—¿Porque cambian?
—Porque están vivos —respondió Faela.
Roric la miró.
—¿Los caminos?
—El bosque.
—Eso era peor.
Faela ignoró el comentario.
—Los senderos que hoy atraviesan un valle pueden desaparecer bajo raíces mañana. Un río modifica su cauce. Un árbol cae y abre una ruta distinta. Hay lugares a los que no se llega siguiendo marcas.
Anjara pensó en Kael.
Una huella te dice dónde estuvo. Nunca dónde está ahora.
—Entonces nos guiarás.
Faela la estudió.
—Si escucháis.
—Lo haremos.
—No iré como alumna de vuestra Academia.
—No te lo pediría.
—Ni obedeceré una orden que nos mate solo porque venga de quien mande.
Kaelen la miró con un interés nuevo.
—Sensato.
Anjara pasó los ojos de una a otra.
—Empiezo a sentirme muy respaldada.
Roric sonrió.
—Yo confío en ti.
Geal seguía mirando el mapa.
—Habla por ti.
Anjara lo miró.
El Drakthar alzó la cabeza.
Una sonrisa mínima.
Meses atrás habría sentido la necesidad de defenderse.
Ahora no.
—Entonces estamos de acuerdo.
Faela inclinó la cabeza.
—Hasta Syltherion.
—Hasta que sepamos qué está ocurriendo allí.
Aquella diferencia importaba.
Faela la aceptó.
Eldrin apagó el mapa.
—Partiréis dentro de tres días.
Anjara se volvió.
—¿Tan pronto?
—La corrupción no esperará a que tu hombro deje de doler.
—Elina ha dicho...
—Elina ha dicho que dentro de tres días decidirá si puedes viajar.
—¿Y si dice que no?
Eldrin miró a Geal.
El Drakthar retrocedió.
—No.
Anjara levantó una ceja.
—Todavía no he dicho nada.
—No pienso ayudarte a discutir con Elina.
Roric alzó ambas manos.
—Yo tampoco.
Kaelen asintió.
—Ni yo.
Anjara los miró.
—Cobardes.
Roric se llevó una mano al pecho.
—Estamos trabajando en ello.
Los tres días siguientes tuvieron un sabor distinto.
Por primera vez desde que había llegado a la Academia, Anjara sabía cuándo terminaría aquella etapa de su vida.
Eso convertía cada rutina en algo provisional.
La campana antes del amanecer.
El olor del pan en el Gran Comedor.
Los insultos de Borin.
El ruido de las armas en el Crisol.
Geal ocupando demasiado espacio sobre la mesa con sus cuadernos.
Roric intentando robar comida ajena.
Kaelen fingiendo que no esperaba a los demás antes de sentarse.
Incluso las escaleras dejaron de parecer infinitas.
Casi.
Elina revisaba el hombro de Anjara dos veces al día.
La herida cerraba.
El residuo oscuro no aumentaba.
No hubo fiebre.
Ni entumecimiento.
Ni pérdida de sensibilidad.
La segunda mañana, Elina retiró el vendaje y presionó alrededor de la mordedura.
—Levanta el brazo.
Anjara lo hizo.
Dolor.
Soportable.
—Más.
—Eso es más.
—Eso es quejarte.
Anjara levantó un poco más.
Elina observó.
—Podrás viajar.
Anjara sonrió.
—Sabía que...
—No he terminado.
La sonrisa murió.
—Nada de cargar peso con ese hombro durante varios días. Si la herida se abre, paras. Si aparece fiebre, paras. Si notas frío dentro del brazo...
—Paro.
—Avisas.
—Eso también.
Elina empezó a preparar un pequeño paquete.
Vendas.
Alcohol.
Una pomada.
Aguja.
Hilo.
Anjara reconoció cada cosa.
—Puedo preparar eso.
—Lo sé.
—Entonces...
Elina dejó el paquete en sus manos.
—Precisamente por eso te lo doy a ti.
Anjara bajó la mirada.
—Gracias.
—No me lo agradezcas. Vuelve con el brazo.
Geal apareció por la puerta con sus instrumentos.
Elina ni siquiera se volvió.
—No.
—Necesito una última muestra.
—Ayer tomaste tres.
—Necesito compararlas.
—¿Con qué?
—Con las otras tres.
Anjara miró a Elina.
La sanadora permaneció inmóvil.
—Eso no tiene sentido.
Geal pareció profundamente decepcionado.
—Para mí sí.
Elina señaló la puerta.
—Fuera.
—Pero...
—Geal.
El Drakthar guardó los instrumentos.
—Volveré esta tarde.
—No.
—Entonces mañana.
Se marchó.
Anjara sonrió.
—Te cae bien.
Elina empezó a ordenar los frascos.
—Como una infección persistente.
Faela comenzó a entrenarlos antes de abandonar la Academia.
No con armas.
Ni con Ichor.
Con cosas que a Roric le parecían insultantemente pequeñas.
—Eso es un árbol —dijo él.
Faela miró el abeto negro.
Después a Roric.
—Sí.
—Entonces he acertado.
—Y si estuvieras herido y necesitaras resina para cerrar una herida superficial, morirías orgulloso de haber reconocido que era un árbol.
Geal soltó una risa.
Roric lo miró.
—Empiezo a echar de menos a Vitor.
Faela arrancó una pequeña escama de corteza y se la tendió a Anjara.
—¿Qué notas?
Anjara la olió.
Resina.
Humedad.
Un fondo dulce.
—Pino.
—No busques el nombre.
Faela la observó.
—Busca información.
Anjara volvió a acercarla.
Elara hacía lo mismo.
Nunca preguntaba primero qué era una planta.
Preguntaba qué hacía.
Cerró los ojos.
—La resina es espesa.
—Más.
—Amarga.
Faela asintió.
—Y pegajosa. En una emergencia puede mantener juntos los bordes de un corte superficial después de limpiarlo. No sustituye una sutura. No hace milagros.
Anjara pasó el pulgar por la corteza.
—Mi madre me enseñaba así.
Faela la miró.
—Tu madre sabía escuchar.
Anjara levantó la cabeza.
—¿La conociste?
—No.
Aquello le gustó.
Una respuesta sencilla.
Sin secretos detrás.
Geal se acercó.
—La viscosidad probablemente se debe a una concentración elevada de...
Faela le puso dos dedos sobre los labios.
Geal quedó petrificado.
Roric tuvo que apoyarse en un árbol.
—Este es el mejor día desde que llegué.
Faela retiró la mano.
—A veces comprender algo antes de ponerle nombre sirve más que conocer veinte nombres sin comprenderlo.
Geal la miró.
—No estoy completamente en desacuerdo.
Kaelen arqueó una ceja.
—Eso ha debido doler.
Faela tampoco les enseñó solo plantas.
Les enseñó a no tocar ciertos musgos.
A reconocer excrementos que indicaban territorio de depredadores.
A comprobar si un tronco caído estaba hueco antes de apoyarse en él.
A no dormir bajo ramas con determinadas lianas.
Y a escuchar.
Aquello fue lo más difícil.
La segunda noche, Anjara la encontró sentada en el pequeño jardín interior.
Tenía una mano sobre la tierra.
Los ojos cerrados.
Anjara se acercó.
—Haces demasiado ruido —dijo Faela.
Anjara miró sus botas.
—Mi padre decía lo contrario.
Los ojos de la Sylvaris se abrieron.
—¿Tu padre?
—Kael.
Faela esperó.
—Era explorador.
—Entonces te enseñó a desaparecer.
—Sí.
—No aquí.
Anjara miró los muros.
—Estamos dentro de una fortaleza.
—Precisamente.
Faela golpeó el suelo a su lado.
Anjara se sentó.
—En el bosque donde creciste aprendiste a no hacer ruido.
—Sí.
—En Syltherion tendrás que aprender otra cosa.
—¿Qué?
—A hacer el ruido correcto.
Anjara frunció el ceño.
—Eso parece algo que diría Zara.
—No sé quién es.
—Mejor para ti.
Faela apoyó la palma sobre la tierra.