CAPÍTULO 15 LA DEUDA #4
Durante años Anjara había interpretado los secretos de Elara como una falta de confianza.
Un muro.
Una jaula.
Ahora veía el otro lado.
Una mujer intentando construir una infancia dentro de una guerra.
Una casa.
Un huerto.
Recetas.
Historias.
Una discusión por rodillas doloridas.
Un niño persiguiendo gallinas.
Una hija que no sabía que el mundo podía querer algo de ella.
La jaula de paz que he construido para ellos.
Las palabras del diario.
Anjara tragó.
—El Sello.
—Sí.
—Cuando curé a Torvin...
Eldrin permaneció inmóvil.
—Tu Ichor despertó.
Anjara recordó la luz verde.
El bosque.
Las hojas.
Los Espectros.
Liam.
—Lo rompí.
—No.
—Después de aquello empezó todo.
—No empezó entonces.
—Liam murió después.
—Sí.
La palabra llegó sin suavidad.
Anjara agradeció y odió al anciano por ello.
—Si no hubiera utilizado magia aquella tarde...
—No puedo decirte qué habría ocurrido.
—Pero quizá habría tenido más tiempo.
Eldrin no respondió.
—Dígamelo.
—No lo sé.
—Dígamelo.
—No.
La voz del anciano se endureció.
—No voy a darte una mentira porque sea más fácil vivir con ella.
Anjara quedó inmóvil.
—Tu despertar debilitó una estructura que ya estaba fallando.
Eldrin hizo reaparecer brevemente el bosque.
Árboles enfermos.
Oscuridad en la tierra.
—El Sello llevaba años deteriorándose.
Anjara miró la imagen.
—Eso no devuelve a Liam.
—No.
No añadió nada.
Aquello fue quizá lo único correcto que podía hacer.
Anjara tocó la bolsa de cenizas.
Seguía allí.
La había llevado durante semanas como si dejar de tocarla un solo día pudiera borrar a Liam del mundo.
No era castigo.
No solo.
Era lo que quedaba de alguien a quien había amado.
—¿El Sello continúa allí?
—Parte.
—¿Y la brecha?
—Contenida, pero inestable.
—¿Lumenvalle?
Eldrin la miró.
—Sigue existiendo.
Anjara cerró los ojos.
La casa.
El pozo.
El árbol con las marcas de altura.
Quizá dañados.
Quizá vacíos.
Pero reales.
—¿Puede repararse?
Eldrin observó la Gema.
—No con lo que sabes hacer hoy.
Anjara abrió los ojos.
—Entonces aprenderé.
El anciano asintió.
No parecía satisfecho.
Parecía preocupado.
Geal se acercó al mecanismo.
—Los lobos de la Caverna. ¿La corrupción procede de esa brecha?
—No necesariamente.
Geal frunció el ceño.
—¿Cómo que no?
Eldrin hizo girar los anillos.
Un mapa apareció.
Anjara reconoció Lirionis.
Las Montañas del Lamento.
El mar.
Más al oeste, un territorio inmenso cubierto de bosques.
Syltherion.
Parte de él estaba oscurecida.
No por una sombra del mecanismo.
Era una marca.
Una extensión negra internándose entre el verde.
—Lumenvalle no es la única herida.
Kaelen observó el mapa.
—¿Qué es eso?
—El Silencio Negro.
Anjara se acercó.
—¿Corrupción?
—Sí.
—¿Desde cuándo?
—Los primeros informes fiables llegaron hace meses. Los más recientes indican que avanza.
Geal miró la mancha.
—¿El Vacío?
—Sí.
Roric se tensó.
—Entonces los Espectros...
—Son una manifestación.
Eldrin lo miró.
—No la enfermedad.
Anjara recordó los ojos del lobo.
La corrupción estaba dentro.
Pero el lobo seguía allí.
—¿Alguien la está provocando?
Eldrin no respondió inmediatamente.
Aquello bastó para que todos prestaran más atención.
La imagen cambió.
Árboles enormes.
Raíces alzándose como muros.
Niebla entre copas imposibles de ver.
Negro creciendo en medio.
—Hay un nombre que aparece con demasiada frecuencia en los mensajes de Syltherion.
—¿Cuál? —preguntó Anjara.
—Malorin.
Geal frunció el ceño.
—No lo conozco.
Una voz respondió desde la penumbra.
—Tienes suerte.
Los cuatro se volvieron.
Anjara llevó instintivamente la mano hacia un arma que no tenía.
Una figura salió de las sombras de la Aguja.
Alta.
Esbelta.
Cabello largo con reflejos cobrizos.
Piel pálida, casi como corteza clara bajo la luna.
Vestía ropas demasiado ligeras para el frío de la montaña y pequeñas piezas de madera y fibra trenzada adornaban parte de su cabello.
Sus ojos no miraron primero al Cadre.
Miraron Syltherion.
Había dolor en ellos.
No miedo.
Dolor.
—Malorin debería haber muerto mucho antes de aprender a pudrir un bosque —dijo.
Geal observó a la recién llegada.
—¿Lo conoces?
Ella tardó.
—Conozco lo que deja detrás.
Después miró a Anjara.
La Gema se calentó.
No como en la Caverna.
De otra manera.
Reconocimiento.
La desconocida también pareció notar algo.
No preguntó.
—Si vais a entrar en mi hogar —dijo—, necesitaréis aprender una cosa antes de pisar el primer sendero.
Roric levantó una ceja.
—¿Cuál?
—Que en Syltherion un camino no siempre quiere que lo sigas.
Silencio.
La mujer señaló el bosque suspendido sobre ellos.
—Y cuando deja de quererlo, conviene escuchar.
Eldrin miró al Cadre Umbra.
—Esta es Faela.
La Sylvaris inclinó apenas la cabeza.
Anjara sostuvo su mirada.
Eldrin hizo girar el mapa.
Syltherion se acercó.
Bosques.
Ríos.
Montañas.
La mancha negra.
Hasta aquel momento la Academia había significado quedarse.
Aprender.
Repetir.
Convertir el miedo, la rabia y el dolor en algo que pudiera sostener sin que la gobernara.
Ahora el mundo volvía a abrirse delante.
Y Anjara comprendió que la siguiente lección no estaba escondida en un scriptorium ni bajo una montaña.
Estaba fuera.
Esperándolos.