El destino de Anjara (Los Ecos y las Cenizas 1) CAPÍTULO 15 LA DEUDA #3
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CAPÍTULO 15 LA DEUDA #3

El anciano hizo girar uno de los anillos.

La esfera blanca quedó frente a la negra.

—Solo consecuencias distintas.

Anjara guardó silencio.

La esfera negra empezó a moverse.

La temperatura de la sala descendió.

La Gema ardió contra su piel.

Geal lo notó.

—¿Qué es?

Eldrin miró aquella oscuridad.

—Lo que lleváis semanas aprendiendo a reconocer sin haberlo visto nunca completo.

Roric se acercó un paso.

—¿El Ojancano?

—No.

Eldrin levantó una mano.

Los puntos de luz del techo se apagaron alrededor de la esfera negra.

—Algo más antiguo.

La oscuridad parecía absorber la claridad.

—El Vacío.

La palabra estaba en el diario.

En los cuentos de Elara.

En las advertencias.

Anjara la había leído muchas veces.

Nunca había parecido tan pesada.

—¿Qué es? —preguntó.

Eldrin tardó antes de responder.

—Una ausencia que aprendió a extenderse.

Geal frunció el ceño.

—Eso no es físicamente posible.

—Muchas de las peores cosas del mundo comienzan ofendiendo nuestra definición de lo posible.

Roric miró la esfera.

—¿Está vivo?

Eldrin lo observó.

—No intentéis comprenderlo como comprenderíais a una persona.

La esfera blanca giró.

—El Vacío no odia.

Parte de la luz desapareció.

—No busca venganza.

Otra franja de claridad se apagó.

—No siente rabia como nosotros.

Anjara recordó la caverna.

Destrúyelos.

—Entonces ¿por qué utilizó la mía?

Eldrin volvió los ojos hacia ella.

—Porque no necesita sentir una emoción para comprender su utilidad.

El hombro de Anjara dolió bajo el vendaje.

—¿Qué quiere?

Eldrin miró la esfera negra.

—Reducir.

—¿Reducir qué?

—Todo aquello que no sea él.

Geal dejó de escribir.

Aquella respuesta resultaba mucho peor que «nada».

Eldrin movió los anillos.

Imágenes aparecieron entre ellos.

Montañas.

Bosques.

Ciudades antiguas.

Después grietas negras en el cielo.

Formas atravesándolas.

Anjara reconoció algunas.

Espectros.

—Hace siglos —dijo Eldrin— hubo personas capaces de cerrar estas heridas utilizando cantidades de Ichor que hoy serían difíciles de reproducir.

—Anjanu —dijo Anjara.

—Entre otros nombres.

Las imágenes mostraron figuras humanas frente a las brechas.

Luz.

Sangre.

Personas cayendo.

No había gloria en ellas.

Solo coste.

—Nunca destruyeron el Vacío —continuó Eldrin—. Lo contuvieron.

Geal miró las imágenes.

—¿Y el Ojancano?

El mecanismo se detuvo.

Un hombre apareció frente a una brecha mucho mayor.

Anjara sintió un reconocimiento extraño.

No del rostro.

Del nombre escrito en el diario.

Elyon.

—Hubo uno —dijo Eldrin— que creyó que contenerlo no bastaba.

La figura abrió los brazos.

La oscuridad entró en ella.

Kaelen se tensó.

—¿Qué está haciendo?

—Convirtiéndose en prisión.

Anjara observó cómo la luz del hombre cambiaba.

Una parte permanecía clara.

La otra se ennegrecía bajo la piel.

No ocurrió de inmediato.

La visión aceleraba algo que debía de haber durado años.

Quizá décadas.

El rostro empezó a deformarse.

—Elyon creyó que un ser vivo podía soportar aquello que ninguna barrera sostenía para siempre.

Eldrin apagó la visión.

—Se equivocó.

La esfera negra vibró.

—O quizá tuvo razón durante demasiado tiempo.

Roric guardó silencio.

—Lo que quedó de él terminó recibiendo otro nombre.

Anjara ya lo sabía.

—El Ojancano.

—Sí.

No un monstruo nacido monstruo.

Una prisión.

Alguien que había intentado contener el Vacío y, lentamente, había sido transformado por aquello que retenía.

Anjara miró su brazo.

Residuo negro.

Una voz ajena.

Geal siguió su mirada.

—El contacto...

Eldrin negó.

—No te está ocurriendo eso.

Anjara levantó la cabeza.

—¿Está seguro?

—Sí.

La respuesta llegó sin vacilación.

Algo en su pecho se aflojó.

Poco.

Suficiente.

—Pero lo que sentiste demuestra por qué la corrupción nunca debe tratarse solo como una enfermedad del cuerpo.

Eldrin la miró.

—Busca entradas.

Zara.

Los espejos.

Roric.

Geal.

Ella.

Anjara comprendió por qué habían aprendido primero a mirar sus heridas.

Eldrin giró otro anillo.

Las imágenes cambiaron.

Un bosque apareció.

Anjara dejó de respirar.

No necesitó reconocer las casas.

Conocía aquellos árboles.

—Lumenvalle.

Una figura femenina surgió entre la luz.

No podía verle el rostro.

No hacía falta.

El cabello.

Las manos.

La postura.

—Mamá.

Elara estaba frente a una grieta.

Luz verde se extendía desde sus brazos.

Anjara dio un paso.

—¿Qué es esto?

Eldrin mantuvo los ojos en la visión.

—Hace aproximadamente veinte años comenzó a manifestarse una brecha cerca del Bosque del Crepúsculo.

Antes de que Anjara naciera.

—Elara la encontró.

—Sí.

—¿La cerró?

—No pudo.

La palabra cayó mal.

—La contuvo.

La visión mostró a Elara rodeada de luz.

No parecía una batalla.

Parecía algo peor.

Algo sostenido.

Prolongado.

La claridad se extendía por el valle mientras ella permanecía de rodillas.

Las primeras hebras blancas aparecieron en su cabello.

Anjara sintió que el estómago se tensaba.

—No.

La imagen avanzó.

Más canas.

Rostro consumido.

Manos temblorosas.

Anjara recordó cosas que de niña nunca había comprendido.

Elara diciendo que estaba cansada.

Días enteros en cama.

Fiebres sin enfermedad.

Su madre envejeciendo demasiado deprisa.

—El primer sellado le costó años de vida —dijo Eldrin.

Anjara lo miró.

—¿El primero?

—El Sello no fue un acto único.

Eso fue peor.

—Elara pasó años reforzándolo.

Las piezas cayeron.

Una tras otra.

—Por eso estaba enferma.

—Sí.

—No estaba enferma.

—Su cuerpo sí.

Anjara volvió a mirar la imagen.

—Sabía que podía matarla.

Eldrin tardó.

—Sí.

—Y siguió.

—Sí.

La rabia apareció.

No contra Elara.

Todavía no sabía contra quién.

—¿Por qué?

Eldrin no respondió de inmediato.

La figura de su madre seguía arrodillada frente a la oscuridad.

—Porque dentro de ese valle había dos niños.

Anjara dejó de respirar.

Liam.

Ella.

La visión desapareció.

Solo quedaron las estrellas de plata.