El destino de Anjara (Los Ecos y las Cenizas 1) CAPÍTULO 15 LA DEUDA #2
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CAPÍTULO 15 LA DEUDA #2

Anjara asintió.

—Nera.

El nombre permaneció entre ellos.

Ya no «mi hermana».

Nera.

Una niña.

Una vida.

Roric miró al suelo.

—Pensé que venir aquí me enseñaría a no tener miedo.

—Eso es estúpido.

Él soltó una pequeña risa.

—Gracias.

—Kaelen tiene miedo.

Roric la miró.

—No parece.

—Lo tiene.

—¿Geal?

—Muchísimo. Solo que intenta analizarlo hasta convertirlo en un problema académico.

Aquello arrancó otra risa.

—¿Tú?

Anjara pensó en Liam.

El Vacío.

La Gema.

El nombre de Kael.

—Sí.

—Tampoco parece.

—Exacto.

Roric dejó descansar la cabeza contra la pared.

—Entonces ¿qué hago?

Anjara pensó en Vitor.

En Zara.

En Kaelen diciéndole que nadie golpeaba una tormenta hasta cansarse.

En la forma en que toda la Academia parecía responder las preguntas verdaderas evitando regalar respuestas fáciles.

Finalmente miró el hombro herido.

—Me debes una.

Roric frunció el ceño.

—¿Qué?

—Una vida.

La expresión de él cambió.

—Anjara...

—No quiero disculpas.

—Pero...

—Quiero que pagues la deuda.

Roric la observó.

—¿Cómo?

—La próxima vez que tengas miedo y todo tu cuerpo te diga que huyas...

Anjara sostuvo sus ojos.

—Te quedas.

Roric guardó silencio.

—No porque dejes de tener miedo.

—Eso no va a ocurrir.

—Lo sé.

—¿Y si fallo otra vez?

—Entonces vuelves a intentarlo.

Anjara respiró.

—Pero no utilices a Nera para convencerte de que sigues siendo el mismo chico que la soltó.

Roric quedó inmóvil.

—Eso ha sido cruel.

—Un poco.

—Vitor estaría orgulloso.

—No se lo digas.

Una sonrisa pequeña apareció.

Dolorosa.

Pero auténtica.

—Una vida —repitió.

—Una.

—¿Y después estamos en paz?

Anjara lo pensó.

—Ya veremos.

—Es un trato horrible.

—Puedes rechazarlo.

Roric extendió la mano.

—He aceptado peores.

Anjara la estrechó.

—Una vida.

—Una vida.

Aquella noche el Cadre Umbra cenó junto.

No hubo discursos.

Nadie habló de la caverna.

Geal declaró que el guiso llevaba demasiada sal.

Kaelen respondió que en el Gran Desierto aquello habría sido considerado una cantidad razonable.

—¿Le echáis sal a la sal? —preguntó Roric.

Kaelen cogió su pan antes de que él pudiera hacerlo.

—No toques.

—Ni siquiera iba a...

Ella alzó una ceja.

Roric retiró la mano.

—Tenía otra intención completamente distinta.

—Mentira —dijo Geal.

—¿Por qué nadie confía en mí?

Anjara observó a los tres.

Roric empezó a reír.

Seguía siendo el mismo muchacho que había estado encogido contra una pared unas horas antes.

Y no lo era.

Quizá ninguna deuda se pagara de una sola vez.

Borin apareció en el dormitorio a la mañana siguiente.

Miró a Anjara.

Después al cabestrillo.

—Tú no.

Ella ya estaba calzándose.

—Puedo entrenar.

—No.

—Elina exagera.

Borin levantó una mano.

Dos dedos estaban vendados.

—Elina ha prometido romperme los restantes si te dejo combatir.

Roric se incorporó en la cama.

—Me cae mejor cada día.

Borin señaló a los otros tres.

—Vosotros.

Geal terminó de abrocharse la túnica.

—¿Qué vamos a hacer?

—Aprender a no repetir ayer.

Anjara se puso en pie.

—Voy.

Borin la miró.

—Observarás.

—Eso cuenta.

—Solo si mantienes la boca cerrada.

Roric pasó junto a ella.

—Entonces estamos condenados.

Anjara le lanzó una bota.

Roric se agachó.

—¡Está herida y sigue siendo peligrosa!

Kaelen salió al pasillo.

—Eso también cuenta como entrenamiento.

Vitor esperaba en el Crisol.

En el centro del patio había un pedestal.

Sobre él flotaba una esfera blanca.

Sanguis Lux.

No era grande.

Pero pulsaba con suficiente inestabilidad para hacer vibrar el aire.

Anjara miró a Vitor.

—Elina ha dicho que no puedo utilizar Ichor.

—Lo sé.

—¿Cómo?

Vitor miró a Borin.

El maestro levantó la mano vendada.

Anjara tuvo que contener la sonrisa.

—Entiendo.

Tres instructores veteranos aparecieron desde una galería lateral.

Roric los vio.

Después miró la esfera.

—Esto no va a ser trasladar una luz tranquilamente, ¿verdad?

Vitor señaló un círculo blanco al otro extremo del Crisol.

—Tenéis que llevarla hasta allí.

—Claro.

Kaelen estudió el terreno.

—Reglas.

—La esfera no puede tocar el suelo.

Vitor señaló a Geal.

—La llevas tú.

El Drakthar frunció el ceño.

—¿Por qué?

—Porque eres el más lento.

—Gracias.

—Y porque en combate podrías ser un sanador herido, un mago canalizando o alguien que transporta algo que no puede perderse.

Geal miró la esfera.

La explicación le gustó bastante menos que la primera.

Vitor se volvió hacia Kaelen y Roric.

—Él es el núcleo. Si cae, falláis.

Después miró a Anjara.

—Tú observas.

Ella cruzó los brazos.

—Mi sueño hecho realidad.

—Aprenderás más de lo que crees.

El primer intento duró menos de un minuto.

Kaelen avanzó demasiado.

Roric vigiló al instructor equivocado.

Otro entró por detrás.

Golpeó a Geal en las piernas.

El Drakthar cayó.

La esfera tocó el suelo.

Se apagó.

Vitor no gritó.

—Otra vez.

En el segundo intento llegaron más lejos.

Kaelen al frente.

Roric cubriendo un flanco.

Geal protegido entre ambos.

Dos instructores atacaron desde lados diferentes.

Roric reaccionó tarde.

Geal volvió al suelo.

—Otra vez.

El tercero terminó cuando Roric abandonó su posición para perseguir a uno de los atacantes.

—Otra vez.

En el cuarto, Kaelen intentó compensarlo cubriendo demasiado terreno.

Fallaron.

Vitor no necesitó decir nada.

Regresaron al inicio.

Anjara empezó a verlo.

No eran tres errores separados.

Cada vez que uno intentaba arreglarlo todo por sí mismo creaba un problema nuevo.

Estaban intentando ser tres personas perfectas.

No una unidad capaz de soportar que ninguna de ellas lo fuera.

El quinto intento comenzó.

Geal ya respiraba con dificultad.

La esfera calentaba sus manos.

Kaelen tenía sudor en la frente.

Bajo el ojo de Roric crecía un moratón.

Los instructores entraron.

Kaelen bloqueó al primero.

Roric interceptó al segundo.

Geal avanzó.

Entonces Vitor se movió.

No hacia Kaelen.

Directamente hacia Geal.

Anjara lo vio.

También vio lo que ocurrió en Roric.

Una fracción de segundo.

Sus ojos buscaron una salida.

La antigua respuesta.

Correr.

Después miró a Geal.

Anjara habló casi sin darse cuenta.

—Una vida.

No supo si la oyó.

Roric abandonó su posición.

Vitor ya estaba encima de Geal.

Roric corrió.

Pero no hacia fuera.

Se lanzó contra las piernas de Vitor.

No intentó vencerlo.

Habría sido absurdo.

El impacto bastó.

Vitor perdió el equilibrio una fracción de segundo.

Su espada pasó junto al hombro de Geal.

Roric salió despedido por el contraataque.

Golpeó el suelo.

—¡Ahora! —gritó Kaelen.

Geal corrió.

O hizo una aproximación sorprendentemente convincente.

Kaelen cerró el frente.

Otro instructor intentó entrar.

Roric se levantó.

Dolorido.

Sin aire.

Se puso en medio.

Recibió el golpe.

Retrocedió.

No huyó.

Geal alcanzó el círculo.

Depositó la esfera.

La luz permaneció encendida.

Silencio.

Kaelen apoyó las manos en las rodillas.

Geal cayó sentado.

Roric aguantó dos segundos de pie.

Después se desplomó.

Anjara avanzó instintivamente.

El hombro le recordó que no debía correr.

—¿Sigues vivo?

Roric miraba el cielo.

—Creo que no.

—Entonces deja de hablar.

—No puedo.

Anjara sonrió.

Vitor se acercó.

Roric intentó incorporarse.

—No.

Vitor lo miró.

—¿No qué?

Roric respiró con dificultad.

—No he corrido.

Por un momento Vitor no respondió.

Después miró la esfera.

Intacta dentro del círculo.

—No.

Una palabra.

Roric cerró los ojos.

Parecía haber recibido mucho más.

Kaelen le tendió una mano.

Él la aceptó.

Anjara observó al grupo.

No habían dejado de tener miedo.

Habían empezado a decidir qué hacer con él.

A media mañana un acólito encontró al Cadre Umbra saliendo del Crisol.

—El Maestro Eldrin solicita vuestra presencia.

Geal miró hacia las torres.

—¿Ahora?

—Ahora.

Roric se tocó las costillas.

—¿Existe alguna norma contra descansar?

Kaelen echó a andar.

—Si no existe, probablemente van a crearla.

Subieron.

Mucho.

Anjara creía haber conocido ya casi toda la Academia.

Estaba equivocada.

El acólito los condujo por escaleras cada vez más estrechas.

Galerías antiguas.

Tramos sin antorchas.

A medida que ascendían, el aire cambió.

Frío.

Seco.

Cargado de una electricidad que levantaba el vello de los brazos.

—¿Dónde estamos? —preguntó Anjara.

—Aguja del Observador.

Geal levantó la cabeza.

—Creía que estaba cerrada.

El acólito siguió caminando.

Roric miró a Geal.

—¿Cómo sabes que existe?

—Leo.

—Algún día tendré que probarlo.

—Requiere paciencia.

Roric suspiró.

—Descartado.

La escalera terminó frente a una puerta circular de metal oscuro.

Constelaciones grabadas cubrían toda su superficie.

Anjara se detuvo.

Había visto aquellos dibujos.

En el diario de Elara.

—Mi madre dibujó esto.

Geal se acercó.

—¿Estas constelaciones?

—Sí.

La puerta se abrió.

La sala del otro lado parecía imposible.

Circular.

Mucho más grande de lo que permitía la torre vista desde fuera.

Mármol negro cubría el suelo.

Vetas de plata recorrían las paredes y el techo como estrellas atrapadas dentro de la piedra.

Pequeños puntos de luz flotaban en el aire.

En el centro giraba una estructura formada por anillos metálicos.

Dentro orbitaban cinco esferas.

Blanca.

Azul.

Roja.

Dorada.

Negra.

La Gema se calentó.

Eldrin esperaba junto al mecanismo.

Su mirada fue directamente al cabestrillo.

—La mordedura.

—Sigue ahí.

—Eso puedo verlo.

Anjara casi sonrió.

—Puedo mover los dedos.

—¿Duele?

—Sí.

—Entonces el brazo todavía tiene la amabilidad de avisarte de que existe.

Roric miró a Geal.

El Drakthar se encogió de hombros.

Parecía que aquella mañana todos los maestros hubieran decidido competir por la frase más incómoda.

Eldrin tocó uno de los anillos.

El mecanismo redujo su velocidad.

—Me han contado lo ocurrido en la Caverna.

Roric bajó ligeramente la mirada.

Eldrin no insistió.

—Una unidad no demuestra su valor cuando nadie comete errores.

Los anillos siguieron girando.

—Lo demuestra cuando alguien falla y los demás tienen que decidir qué hacer con ese fracaso.

Anjara pensó en Geal.

—Rompí la formación para salvarlo.

—Sí.

—Vitor dice que podía haber matado a los demás.

—También.

—Entonces ¿estuvo mal?

Eldrin la observó.

—No.

Anjara esperó.

—Pero tampoco puedo decirte que estuviera bien.

—Eso no tiene sentido.

—Muchas decisiones importantes no ofrecen una opción correcta.