El destino de Anjara (Los Ecos y las Cenizas 1) CAPÍTULO 15 LA DEUDA
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CAPÍTULO 15 LA DEUDA

La maestra Elina no tenía paciencia para los héroes.

Anjara lo descubrió cinco minutos después de entrar en la enfermería.

—Si vuelves a mover el brazo, te lo ato al cuerpo.

Anjara dejó de intentar mirar la mordedura.

—Solo quería comprobar...

—Yo quiero trabajar.

Elina apoyó una mano sobre su hombro sano y la obligó a recostarse.

—Túmbate.

Anjara obedeció.

No por respeto a la autoridad.

Las pinzas de acero que la mujer sostenía a pocos centímetros de la herida contribuyeron bastante.

La enfermería de la Academia ocupaba una sala alargada en uno de los niveles intermedios. Ocho camas se distribuían entre columnas de piedra. Había armarios llenos de frascos, vendas hervidas, agujas, morteros y recipientes donde instrumentos de acero esperaban sumergidos en agua casi hirviendo.

El olor mezclaba alcohol, sangre y plantas medicinales.

Anjara reconoció milenrama.

Consuelda.

Corteza de sauce.

Otras hierbas no las había visto en su vida.

Aquello debería haberla tranquilizado.

Era una enfermería.

Un lugar que entendía.

El problema era estar en el lado equivocado de la camilla.

Geal permanecía junto a ella.

Demasiado cerca.

—¿Ha penetrado mucho?

Elina no levantó la mirada.

—Sí.

—¿Músculo?

—Sí.

—¿Tendón?

La sanadora examinó una de las perforaciones.

—No.

Geal soltó el aire.

—Bien.

Elina levantó lentamente la cabeza.

—¿Quieres tratarla tú?

—No.

—Entonces déjame trabajar.

Roric soltó una risa desde el otro extremo de la habitación.

Kaelen le clavó un codo en las costillas.

Geal cerró la boca.

Elina humedeció un paño y empezó a limpiar la sangre.

El dolor subió desde el hombro hasta la mandíbula.

Anjara apretó los dientes.

—Puedes gritar.

—No.

—Quedarte callada no hará que cicatrice mejor.

Anjara miró a Geal.

—No pienso darle esa satisfacción.

Él ladeó la cabeza.

—Te he oído gritar tres veces desde la mordedura.

—Traidor.

Elina introdujo las pinzas en una de las perforaciones.

Anjara gritó.

Geal levantó cuatro dedos.

—Cuatro.

—Te odio.

—Eso confirma que sigues consciente.

—Lamentablemente.

Elina ni siquiera sonrió.

Cuando terminó de retirar suciedad y restos de tela, Geal le entregó el pequeño vial que había llenado en la caverna.

La sanadora lo sostuvo frente a una lámpara.

El residuo grisáceo se había acumulado en el fondo.

—¿Cuándo tomaste la muestra?

—Pocos minutos después de la mordedura.

—¿La criatura estaba corrompida?

—Sí.

Elina miró a Anjara.

—¿Hubo contacto?

Anjara levantó una ceja.

—Me mordió.

—No me refiero a los dientes.

La respuesta desapareció de sus labios.

Déjalo salir.

Anjara apartó la vista.

—Sí.

Geal dejó de moverse.

Kaelen también.

Roric se acercó un poco.

Elina dejó el vial sobre una bandeja.

—Descríbelo.

—Frío.

—¿Dolor?

—Primero.

—¿Después?

Anjara observó su mano derecha.

—Rabia.

Elina esperó.

—Pero no era solo mía.

—¿Qué significa eso?

Anjara buscó una forma de decirlo que no sonara absurda.

—Sabía dónde tocar.

La sanadora no mostró sorpresa.

Eso resultó peor.

—No fue como las ilusiones de Zara. No vi nada que no estuviera allí.

—¿Una voz?

—No exactamente.

—¿Un pensamiento que reconociste como ajeno?

Anjara asintió.

—Quería que utilizara el Ichor.

Geal se cruzó de brazos.

—¿Para qué?

—Para matarlos.

El silencio en la enfermería cambió.

Elina volvió a mirar la herida.

—¿Obedeciste?

—Utilicé magia.

—No es lo mismo que te he preguntado.

Anjara sostuvo sus ojos.

—No le di lo que quería.

Elina asintió.

—Bien.

Aplicó una pasta fría sobre la mordedura.

El alivio duró aproximadamente un latido.

Después empezó a arder.

—Por todos los...

—No te muevas.

—¿Qué demonios lleva eso?

—Algo que evita que pierdas el brazo.

—Podrías haber empezado por ahí.

—Habrías preguntado los ingredientes.

Anjara cerró la boca.

La mujer la había entendido demasiado deprisa.

Elina terminó el vendaje.

—Fiebre. Entumecimiento. Oscurecimiento de la piel. Cambios bruscos de conducta. Pérdida de sensibilidad. Sueños anómalos.

Anjara frunció el ceño.

—Lo último ya me pasaba.

—Entonces tendremos que prestar más atención a lo demás.

—¿El residuo puede extenderse?

—Puede.

Geal miró el vial.

—¿Y desaparecer?

—También.

—¿Cómo sabremos qué está ocurriendo?

Elina señaló a Anjara.

—Observándola. Que es exactamente lo que ella va a permitirnos hacer.

Anjara se incorporó un poco.

—Tengo entrenamiento.

—Ya no.

—Elina...

—Dos días sin Ichor. Sin combate. Sin correr. Sin cargar peso con ese brazo.

—No puedo...

Elina la miró.

Anjara se detuvo.

—Acabas de empezar una frase que nunca termina bien.

—Vitor espera que...

—Vitor puede bajar personalmente a explicarme por qué necesita una alumna con una mordedura contaminada.

Geal sonrió.

—Pagaría por verlo.

Elina giró hacia él.

—Tú tampoco tienes buen aspecto.

La sonrisa desapareció.

—Me encuentro perfectamente.

—Fuera.

—Sí.

Señaló a Kaelen y Roric.

—Todos.

Anjara abrió la boca.

Elina levantó un dedo.

—Tú, callada.

Anjara decidió que discutir con sanadores era una actividad mucho menos agradable cuando no era ella quien daba las órdenes.

Una hora más tarde abandonó la enfermería con el brazo izquierdo inmovilizado en un cabestrillo y una lista de prohibiciones que habría llenado una página entera del cuaderno de Geal.

Él la esperaba fuera.

Sentado.

Leyendo.

Anjara se detuvo.

—¿Has estado aquí todo este tiempo?

—No tenía nada mejor que hacer.

Ella miró el cuaderno abierto sobre sus rodillas.

—Mentiroso.

Geal lo cerró.

—Tenía varias cosas mejores que hacer.

—Eso pensaba.

Echaron a andar.

Kaelen y Roric no estaban.

Anjara no preguntó dónde habían ido.

La certeza de que volvería a encontrarlos resultó extrañamente agradable.

—Geal.

—¿Sí?

—El lobo.

Él la miró.

—¿Qué pasa?

Anjara recordó los ojos.

Marrones al final.

Asustados.

—Cuando utilicé Fáenor... volvió.

—Durante unos segundos.

—La corrupción salió.

—Una parte.

—Entonces puede eliminarse.

Geal tardó en contestar.

—Tal vez.

—Encontramos la Lágrima de Escarcha precisamente para algo parecido.

—No sabemos si es el mismo proceso.

—Siempre haces eso.

—¿Qué?

—Transformar una esperanza en una advertencia.

Geal dejó de caminar.

Anjara también.

El Drakthar bajó la mirada.

—Porque una vez confundí una posibilidad con una respuesta.

Lyra.

No necesitaba decir el nombre.

—Y murió.

La irritación de Anjara desapareció.

—Lo siento.

—No.

Geal levantó la vista.

—No necesito que lo sientas cada vez.

Anjara recordó su conversación anterior.

Asintió.

—De acuerdo.

Siguieron.

—Pero lo del lobo importa —añadió él.

—¿Cuánto?

—Lo suficiente para que quiera enseñárselo a Eldrin.

—¿Ahora?

Geal miró el cabestrillo.

—Después de que descanses.

Anjara lo observó.

—Elina te ha amenazado.

—Tenía instrumental quirúrgico en la mano. Me pareció sensato escuchar.

Anjara sonrió.

El gesto desapareció cuando vio a Roric.

Estaba sentado contra la pared al fondo del corredor.

Solo.

Rodillas recogidas.

Las manos entrelazadas delante.

No miraba a nadie.

Geal siguió la dirección de sus ojos.

—Tengo que ir al laboratorio.

Anjara lo miró.

—Qué oportuno.

—Extraordinariamente.

Se marchó.

Anjara se acercó a Roric.

Él no levantó la cabeza.

—¿Puedo sentarme?

—Es un pasillo.

—Eso no responde.

Roric se encogió de hombros.

Anjara se sentó a su lado.

Alumnos pasaron frente a ellos.

Algunos miraron el cabestrillo.

Otros no.

La Academia estaba acostumbrada a convivir con heridas.

Durante un rato ninguno habló.

Finalmente:

—Lo siento.

Anjara mantuvo la mirada al frente.

—Ya lo dijiste.

—No ha sido suficiente.

—¿Cuántas veces necesitas decirlo?

—No sé.

—Entonces no sirve de mucho.

Roric apretó las manos.

—Si no hubiera roto la formación...

—La rompiste.

Él levantó la cabeza.

—Geal quedó expuesto.

—Sí.

Sus ojos descendieron al hombro de Anjara.

—Y tú...

—Sí.

No suavizó nada.

Había aprendido que las mentiras amables podían pudrirse igual que las crueles.

—Podríamos haber muerto.

—Lo sé.

—Kaelen también.

—Lo sé.

—Y quizá la próxima vez no podamos corregirlo.

Roric cerró los ojos.

—Lo sé.

Anjara se apoyó contra la piedra.

—Entonces deja de pedirme perdón.

Él la miró.

Había rabia detrás de la culpa.

—¿Qué quieres que haga?

—Que aprendas.

Roric soltó una risa seca.

—Claro.

—¿Qué?

—Como si fuera tan fácil.

—No he dicho que lo sea.

—No puedo prometer que nunca vuelva a tener miedo.

—Bien.

Roric parpadeó.

—¿Bien?

—No quiero promesas que no puedas cumplir.

Anjara tocó inconscientemente el cabestrillo.

Después retiró la mano.

—Ya he tenido suficientes.

Liam apareció en su memoria.

La promesa de no abandonarlo.

El trato de los ciento quince años.

No se quedó.

El recuerdo llegó y pasó.

También aquello era nuevo.

Roric volvió a mirar sus manos.

—Tengo miedo casi todo el tiempo.

Anjara esperó.

—No solo en la caverna.

Sus dedos juguetearon con un cordón de la manga.

—Cuando una puerta se cierra. Cuando alguien grita detrás de mí. Cuando entro en una habitación y no sé dónde está la salida.

Respiró despacio.

—Cuando no puedo escapar.

Anjara recordó el Sanctum Speculum.

Las paredes cerrándose.

—¿Desde cuándo?

Roric tardó tanto que creyó que no contestaría.

—Desde mi ciudad.

—¿Qué ocurrió?

Una pausa.

—Espectros.

El frío recorrió la espalda de Anjara.

Roric siguió hablando.

—Llegaron una noche. Nadie sabía de dónde. Primero desaparecieron animales. Después personas.

Se frotó las manos.

—Yo estaba con mi hermana.

Anjara quedó muy quieta.

—Era más pequeña.

Roric cerró los ojos.

—La llevaba de la mano.

No continuó durante unos segundos.

Cuando lo hizo, la voz había cambiado.

—Y la solté.

Anjara no preguntó por qué.

Ya lo sabía.

—Corrí.

Roric tragó saliva.

—La solté porque sin ella podía correr más rápido.

La caverna adquirió otro sentido.

Sus salidas.

Sus bromas.

Su velocidad.

Todo.

—Me escondí en una alcantarilla.

Soltó una risa sin alegría.

—Muy heroico.

Anjara no dijo nada.

—Escuché cómo gritaba.

La voz se le quebró.

—Y no salí.

El corredor siguió lleno de pasos.

En algún lugar cercano alguien reía.

La Academia continuaba funcionando.

A Anjara le pareció extraño que el mundo fuera capaz de hacer eso mientras una persona pronunciaba una frase así.

—¿Cómo se llamaba?

Roric levantó la cabeza.

No esperaba aquella pregunta.

—Nera.