El destino de Anjara (Los Ecos y las Cenizas 1) CAPÍTULO 14 LA CAVERNA DE LOS ECOS #2
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CAPÍTULO 14 LA CAVERNA DE LOS ECOS #2

Buscaron otro camino.

Lo encontraron detrás de una formación rocosa.

Una grieta estrecha.

Kaelen pasó primero.

Roric detrás.

Geal tuvo que ponerse de lado.

—Si esto se estrecha más, me niego a continuar.

La voz de Roric llegó desde delante.

—¿Qué harás?

—Volver.

Anjara miró hacia atrás.

La oscuridad había engullido el camino.

—No puedes.

Geal suspiró.

—Entonces retiro mi protesta.

Anjara entró la última.

La piedra rozó sus hombros.

El espacio se cerró.

Por un instante regresó el Sanctum Speculum.

Paredes acercándose.

El cuerpo queriendo apartarse de una amenaza que no podía evitar.

Pero aquello no era una ilusión.

Precisamente por eso respirar importaba más.

Apoyó una mano en la roca.

Un paso.

Luego otro.

Notó el peso de la bolsa con las cenizas de Liam bajo la ropa.

No necesitó tocarla.

Siguió.

La grieta se abrió.

Anjara salió.

La cámara del otro lado era enorme.

Fáenor no alcanzaba el techo.

Columnas naturales sostenían la oscuridad.

Había pequeños cursos de agua.

Y huesos.

Roric fue el primero en verlos.

—Eso no estaba en la descripción.

Kaelen se agachó.

—No son humanos.

Geal examinó uno.

—Cabra montés.

Anjara levantó la luz.

Había una mandíbula más allá.

Larga.

Con colmillos.

—Ese no.

Geal se acercó.

—Lobo.

Un gruñido respondió.

Todos quedaron quietos.

Otro gruñido llegó desde la izquierda.

Un tercero, detrás.

Kaelen levantó la espada.

—Formación.

Dos ojos aparecieron entre las rocas.

Azules.

No.

La luz que los ocupaba era demasiado pálida.

Demasiado enferma.

Otro par.

Después otro.

Cinco sombras salieron de la oscuridad.

Lobos.

O lo que quedaba de ellos.

Las costillas sobresalían bajo el pelaje.

Uno tenía media espalda sin pelo y la piel gris.

Otro arrastraba una pata trasera.

El tercero llevaba una herida abierta en el costado.

Ninguno parecía sentir dolor.

Geal palideció.

—Corrupción.

Anjara miró al último.

Permanecía detrás de los demás.

Era más grande.

Viejo.

Una cicatriz le cruzaba el hocico.

No atacaba.

Esperaba.

—Ese dirige.

Roric tragó saliva.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque puede permitirse esperar.

El animal mostró los dientes.

Kaelen giró.

—Espalda con espalda.

Se cerraron.

Cuatro cuerpos.

Cuatro direcciones.

Cinco lobos.

Anjara mantuvo Fáenor sobre la palma.

—No corráis.

Roric miró de reojo a los animales.

—Por una vez no pensaba hacerlo.

El primero saltó.

Kaelen lo recibió.

La espada de fresno golpeó las costillas con un sonido seco.

El animal salió despedido.

Cayó.

Se levantó inmediatamente.

Kaelen frunció el ceño.

—Debería tener varias costillas rotas.

—Probablemente las tenga —dijo Geal.

El lobo apoyó mal una pata.

Siguió avanzando.

Otro se lanzó hacia Geal.

Anjara golpeó el hocico con la madera.

Una tercera sombra apareció por su izquierda.

—¡Anjara!

Algo pasó junto a su cara.

La daga de Roric golpeó el suelo delante del animal.

El lobo cambió de dirección.

Geal gritó:

—¡Buena distracción!

—¡Apuntaba al lobo!

—Entonces no ha sido tan buena.

Roric no tuvo tiempo de responder.

Los animales volvieron a rodearlos.

El alfa seguía fuera.

Esperando.

Anjara comprendió.

—Geal.

—Lo veo.

—Busca un hueco.

Roric recuperó su daga.

—Entonces no se lo demos.

Funcionó.

Durante unos segundos.

Kaelen golpeaba cuando debía.

Geal observaba.

—Izquierda.

Kaelen giraba.

—Detrás.

Roric bloqueaba.

Anjara mantenía la luz y cubría su flanco.

No eran cuatro personas luchando cerca unas de otras.

Empezaban a comportarse como algo distinto.

Entonces Roric resbaló.

El musgo cedió bajo su bota.

Cayó de rodillas.

Uno de los lobos saltó.

Kaelen reaccionó.

Abandonó medio paso su posición y golpeó al animal en pleno salto.

El cuerpo chocó contra una columna.

—¡Levántate!

Roric se incorporó.

—Gracias.

—Después.

Aquello bastó.

El círculo había cambiado.

El alfa se movió.

Anjara apenas vio una sombra.

No iba hacia ella.

Iba hacia Geal.

Roric todavía recuperaba la posición.

Kaelen estaba girada.

Geal había quedado expuesto.

Vitor había dicho que no rompieran la formación.

Anjara supo que debía mantener su sitio.

También supo qué ocurriría si lo hacía.

Esta vez no vio el cadáver de Liam.

Vio el instante anterior.

El Espectro avanzando.

Ella demasiado lejos.

La imposibilidad de llegar.

—¡Geal!

Anjara se movió.

Pero gritó antes.

—¡Kaelen, izquierda! ¡Roric, cierra!

Empujó a Geal.

Kaelen reaccionó a la orden.

Roric ocupó el hueco.

El alfa chocó contra Anjara.

Su espalda golpeó la piedra.

Fáenor desapareció.

Oscuridad.

Peso.

Aliento podrido.

Las mandíbulas se cerraron sobre su hombro izquierdo.

Anjara gritó.

Los dientes atravesaron tela y piel.

La sangre descendió caliente por su brazo.

El lobo sacudió la cabeza.

El dolor le borró el aire.

Y entonces llegó el frío.

No desde la caverna.

Desde la mordedura.

Algo penetró en ella.

Subió por el hombro.

Buscó el cuello.

La Gema ardió.

Y una voz apareció donde no debía existir ninguna.

Déjalo salir.

Anjara quedó inmóvil.

No había escuchado palabras.

La idea estaba dentro.

Ajena.

Pegada a sus propios pensamientos.

Destrúyelos.

El Ichor respondió.

Demasiado deprisa.

Luz acumulándose detrás de las costillas.

La conocía.

La había liberado contra los Espectros.

Rabia.

Dolor.

Miedo.

El lobo apretó.

Dales de comer.

Por un instante Anjara quiso hacerlo.

Abrirlo todo.

Convertir aquella cámara en luz.

No importaba cuánto poder necesitara.

No importaba qué quedara después.

Entonces respiró.

Kaelen sentada frente a ella.

Respira.

Eldrin corrigiendo sus manos.

Intención.

Geal junto a una hoguera.

Control.

Vitor derribándola.

Piensa.

Anjara inspiró otra vez.

El lobo sacudió la cabeza.

El dolor casi rompió su concentración.

—No.

La presencia empujó.

Prometía facilidad.

No victoria.

Facilidad.

Eso la asustó más.

—No.

No necesitaba más poder.

Necesitaba menos.

Una dirección.

Un objetivo.

Hundió los dedos de la mano derecha en el pelaje.

Debajo encontró piel enferma.

Sangre.

Frío.

Algo que no pertenecía al animal.

—Fáenor.

La luz apareció.

Pequeña.

Concentrada.

No llenó la cámara.

Entró en el lobo.

La mandíbula se abrió.

El aullido sacudió la caverna.

Anjara cayó, pero mantuvo la mano sobre el animal.

La luz blanca recorrió su cuerpo.

Vetas verdes aparecieron bajo la piel, como raíces iluminadas.

Humo negro salió de la herida del costado.

Después de la boca.

Los ojos.

El lobo se retorció.

Algo intentó remontar la luz hacia Anjara.

Lo percibió.

Y cortó el flujo.

De inmediato.

La claridad desapareció.

El alfa cayó.

Los otros lobos retrocedieron.

Uno.

Dos pasos.

El más pequeño huyó por un túnel.

Los demás lo siguieron.

Kaelen no los persiguió.

Nadie lo hizo.

Geal llegó hasta Anjara.

—Déjame ver.

—Estoy bien.

El Drakthar miró la sangre que empapaba su manga.

—No insultes mi inteligencia mientras intento ayudarte.

Anjara intentó incorporarse.

El hombro respondió con una punzada feroz.

—Estoy sentada.

—Eso sí puedo confirmarlo.

Kaelen se arrodilló junto a ellos.

Tenía sangre en una mejilla que no era suya.

Apartó con cuidado la tela rota.

Cuatro perforaciones profundas.

Carne desgarrada.

La herida sangraba demasiado.

Roric se acercó.

Estaba pálido.

—He roto la formación.

Anjara lo miró.

No había humor en su voz.

—Luego.

—Ha sido culpa mía.

—Roric.

Él apretó los dientes.

—Tuve miedo.

—Todos lo teníamos.

—Yo me caí.

—Y Kaelen te cubrió.

Roric miró a la guerrera.

—Tú me cubriste.

Kaelen asintió una sola vez.

—La próxima vez, tú cubres a otro.

No hubo absolución.

Tampoco hacía falta.

Geal abrió la bolsa de reactivos.

Sacó vendas y un frasco.

Anjara lo vio retirar el tapón.

—¿Qué es eso?

—Algo que va a doler.

—No me gusta la cantidad de gente que me dice eso aquí.

—Es un síntoma de que haces demasiadas cosas dolorosas.

Vertió el líquido.

Anjara estuvo a punto de golpearlo.

—¡Por todos los Guardianes!

Geal ni pestañeó.

—La buena noticia es que no has perdido la sensibilidad.

—Voy a conseguir que la pierdas tú.

—Amenazar al sanador improvisado es una estrategia discutible.

—Soy sanadora.

—Ahora mismo eres la paciente.

Aquello la hizo callar.

No porque estuviera de acuerdo.

Porque sabía que él tenía razón.

Geal limpió la sangre.

Después acercó uno de sus viales.

Una gota cayó dentro.

El líquido se volvió gris.

Luego casi negro.

La expresión del Drakthar cambió.

Kaelen lo vio.

—¿Corrupción?

Geal tardó.

—Residuo.

—¿Qué diferencia hay? —preguntó Roric.

—Que un residuo puede desaparecer.

Anjara observó el vial.

—¿Y puede no hacerlo?

Geal levantó los ojos.

—Sí.

No la protegió con una mentira.

Anjara agradeció aquello.

—¿Voy a convertirme en uno de esos lobos?

—No lo sé.

—Entonces averígualo.

Geal guardó el frasco.

—Ya he empezado.

Anjara miró al alfa.

El animal seguía en el suelo.

Algo no encajaba.

—Espera.

Se levantó con ayuda de Kaelen.

—Anjara...

—Un momento.

Se acercó al lobo.

Cada paso enviaba dolor por el brazo.

Se arrodilló.

Los ojos del animal habían cambiado.

Ya no brillaban.

Eran marrones.

Normales.

Y estaban asustados.

Su pecho se movió.

Una respiración.

Otra.

Anjara acercó una mano al hocico sin tocarlo.

El lobo la olió débilmente.

—Sigue vivo.

Geal se agachó a su lado.

—Sí.

Anjara observó la herida abierta.

El pelaje.

Las costillas.

La pata mal apoyada.

No había monstruo.

Solo un animal destruido.

—La corrupción no era él.

—No.

—Estaba dentro.

Geal miró los últimos hilos negros disipándose sobre las piedras.

—Eso parece.

El lobo respiró una vez más.

Y murió.

Anjara permaneció junto a él.

No hubo victoria.

Aquello importaba.

Porque una parte de ella había entrado en la caverna esperando enemigos.

Había encontrado víctimas.

Se levantó.

—Tenemos que continuar.

Roric la miró.

—Te acaba de morder un lobo corrompido.

—Sí. Ha sido difícil no notarlo.

—Necesitas una enfermería.

—Está fuera.

Geal señaló la oscuridad.

—No sabemos cuánto queda.

Kaelen miró a Anjara.

—¿Puedes caminar?

Anjara movió los dedos.

Dolía.

Pero respondían.

—Sí.

Kaelen asintió.

—Entonces seguimos.

Recuperaron las armas.

Roric recogió su daga.

Volvieron a formar.

Esta vez él ocupó su posición sin esperar órdenes.

Miró a Anjara.

—No volveré a dejar el hueco.

Ella negó.

—Volverás a equivocarte.

Roric frunció el ceño.

—Eso no ayuda.

—Todos lo haremos.