El destino de Anjara (Los Ecos y las Cenizas 1) CAPÍTULO 14 LA CAVERNA DE LOS ECOS
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CAPÍTULO 14 LA CAVERNA DE LOS ECOS

Anjara no durmió bien.

La Gema permaneció caliente durante horas, pero no fue eso lo que la mantuvo despierta.

Fue la espera.

La Academia nunca estaba completamente en silencio. Incluso de madrugada había guardias recorriendo las galerías, puertas que se cerraban en niveles lejanos, tuberías que gemían dentro de los muros y algún estudiante que descubría demasiado tarde que una lámpara encendida no sustituía al sueño.

Anjara escuchó todos aquellos sonidos.

Entre uno y otro esperaba algo diferente.

Un gruñido.

Un arañazo bajo la piedra.

Cualquier cosa que demostrara que la Caverna de los Ecos existía realmente bajo sus pies.

No llegó nada.

Se incorporó.

Kaelen ocupaba el catre de enfrente, inmóvil bajo la manta.

Anjara metió una mano bajo la camisa y rodeó la esmeralda con los dedos.

Tibia.

—Podrías intentar ser un poco más concreta.

La Gema no respondió.

—Muy útil.

—Hablar con joyas suele ser mala señal.

Anjara giró la cabeza.

Kaelen tenía los ojos abiertos.

—Creía que dormías.

—Creías mal.

—Eso empieza a ocurrirme demasiado aquí.

Kaelen se incorporó y apoyó la espalda contra la pared.

Anjara miró hacia la ventana.

—¿Tienes miedo?

La respuesta tardó.

—Sí.

Anjara volvió la cabeza.

Kaelen se encogió apenas de hombros.

—Solo un idiota entra sin miedo en un lugar desconocido lleno de cosas que pueden matarlo.

—Roric estaría encantado de saber que ha superado esa prueba.

—Roric teme suficientes cosas como para llegar a viejo.

Anjara sonrió.

El silencio regresó.

Esta vez resultó más cómodo.

—¿En el Gran Desierto había lugares así? —preguntó.

Kaelen pasó un pulgar por una pequeña cicatriz de su muñeca.

—Había lugares a los que nos enseñaban a no entrar.

—Eso no responde.

—Sí responde. Nosotros hacíamos caso.

Anjara soltó aire por la nariz.

—Qué pueblo tan sensato.

—A veces.

Kaelen volvió a tumbarse.

—Duerme.

—Lo intentaré.

—No.

Cerró los ojos.

—Hazlo.

Anjara habría discutido.

Cinco minutos después estaba dormida.

La primera campana llegó demasiado pronto.

Cuando alcanzaron el Crisol, Vitor ya los esperaba.

Por un instante Anjara sospechó que el hombre no dormía, sino que se guardaba de pie en algún armario entre entrenamiento y entrenamiento.

Roric apareció bostezando.

Kaelen llevaba el equipo ajustado y el cabello recogido.

Geal cargaba una bolsa de cuero cruzada sobre el pecho.

Anjara la señaló.

—¿Qué llevas?

—Cosas útiles.

Roric se acercó.

—¿Comida?

—No.

—Entonces discrepamos sobre la definición de útil.

Geal protegió la bolsa con un brazo.

—Reactivos.

—¿Alguno se come?

—No deberías ingerir prácticamente nada de lo que llevo.

Roric entrecerró los ojos.

—¿Prácticamente?

Geal consideró la pregunta.

—Retiro esa palabra.

Vitor echó a andar.

—Seguidme.

Descendieron.

Primero dos galerías.

Después una escalera.

Luego otra.

Y otra.

Anjara empezó a comprender que la Academia visible era solo una parte de la fortaleza.

Había niveles donde dormían.

Otros destinados a las aulas.

Forjas.

Almacenes.

Cisternas.

Corredores de servicio por los que aquella mañana dos cocineros subían sacos mientras insultaban a quien hubiera decidido construir una escuela en una montaña.

Más abajo desaparecieron los alumnos.

Después los sirvientes.

Encontraron dos guardias junto a una reja. Vitor les mostró la llave de hierro y uno abrió sin preguntar.

A partir de allí, las antorchas fueron menos frecuentes.

El olor cambió.

Desapareció el humo de las forjas.

Después el aceite.

Luego incluso el frío seco de las plantas superiores.

Quedaron humedad y piedra.

Anjara respiró otra vez.

Había algo más.

Ceniza.

La Gema se enfrió.

De golpe.

Anjara se detuvo.

Geal casi chocó con ella.

—¿Qué ocurre?

Vitor se volvió.

Anjara sostuvo la esmeralda a través de la camisa.

—La Gema.

—¿Qué hace?

—Hasta ahora estaba caliente.

—¿Y ahora?

—Está fría.

Algo cambió en los ojos de Vitor.

Solo un instante.

Anjara lo vio.

—Sabes algo.

—Sé que debemos continuar.

—No es lo que he preguntado.

—Lo sé.

Roric murmuró:

—Definitivamente sabe algo.

Vitor comenzó a andar.

—Y también sigo oyendo.

Roric cerró la boca.

Geal esperó a que Vitor se adelantara.

—Algún día descubriré cómo hace eso.

Anjara siguió caminando.

—Ojalá sea antes de que te oiga decirlo.

Llegaron a una última escalera.

La puerta estaba al final.

Hierro ennegrecido.

Sin decoración.

Tenía óxido alrededor de los remaches, golpes en la superficie y arañazos cerca de la base.

Algunos eran demasiado profundos para pertenecer a unas uñas humanas.

Runas rojizas rodeaban el marco.

Geal se acercó.

—Contención.

Vitor asintió.

—Sí.

—¿Qué contienen?

Vitor miró la puerta.

—Lo que hay detrás.

Roric suspiró.

—Cada día aprendo más.

Anjara examinó los surcos.

—¿Qué hay dentro exactamente?

—Túneles. Agua. Desniveles. Galerías inestables.

—Criaturas —añadió Geal.

Vitor lo miró.

—Sí.

—¿Qué clase?

—Varias.

—¿Corruptas?

La pausa fue breve.

Demasiado para pasar inadvertida.

—Algunas.

Anjara señaló la puerta.

—¿Las habéis metido vosotros?

—Algunas.

—¿Y las corruptas?

Vitor sostuvo su mirada.

—No todas.

Nadie bromeó esta vez.

Vitor introdujo la llave.

Varios mecanismos despertaron dentro del muro.

El metal cedió lentamente.

El aire de la caverna salió a recibirlos.

Hongos.

Agua estancada.

Piedra.

Animal.

Y aquella misma ceniza que Anjara llevaba oliendo desde las escaleras.

Vitor cogió cuatro espadas de fresno apoyadas junto al muro.

Entregó una a cada uno.

Roric miró la suya.

—¿Madera?

—Sí.

—Las criaturas son reales.

—También.

—Veo una incompatibilidad.

Vitor puso la última espada en manos de Anjara.

—Si vuestra primera respuesta ante cualquier peligro es matar, estas semanas han servido de poco.

Kaelen comprobó el equilibrio de la suya.

—Objetivo.

—Llegar a la salida.

—¿Dónde está?

—Al otro lado.

Roric abrió la boca.

Kaelen lo miró.

Roric decidió ahorrarse el comentario.

Vitor abrió completamente la puerta.

—No tendréis mapas. Ni ayuda. La prueba termina cuando salgáis los cuatro.

Anjara apretó la empuñadura.

—¿Y si alguien no puede continuar?

—Decidís qué hacer.

—¿No intervendrás?

—No mientras podáis resolverlo vosotros.

Geal frunció el ceño.

—Eso deja bastante margen de interpretación.

—Es intencionado.

Anjara comprendió entonces que aquella no era una prueba sobre encontrar una puerta.

Vitor llevaba semanas enseñándoles a decidir.

Ahora iba a dejar de decidir por ellos.

Kaelen cruzó primero.

Roric la siguió.

Después Geal.

Anjara fue la última.

La puerta empezó a cerrarse.

Vitor permaneció al otro lado.

—Una cosa más.

Los cuatro se volvieron.

—Aquí dentro no sois cuatro alumnos.

El espacio de luz se estrechó.

—Sois una unidad.

La mirada de Vitor recorrió el grupo.

—Recordadlo antes de obligar a los demás a pagar por vuestro miedo.

El hierro encajó.

Oscuridad.

Roric respiró.

—Lo odio.

—Lo sabemos —dijo Kaelen.

—Necesitaba reafirmarlo.

Anjara no veía ni sus manos.

Respiró.

No buscó a Liam.

No convirtió el miedo en rabia.

Pensó en Eldrin.

Intención.

Control.

No necesitaba iluminar una habitación.

Solo necesitaban ver.

Extendió la palma.

—Fáenor.

El Ichor respondió.

Una esfera blanca nació sobre su mano.

Pequeña.

Tembló.

Anjara sintió el impulso de alimentarla.

No lo hizo.

Respiró.

La luz se estabilizó.

Geal la observó.

—Bien.

—Espera cinco minutos antes de felicitarme.

Roric contempló la esfera.

—¿No podría ser un poco mayor?

Anjara lo miró.

—Sí.

—¿Entonces?

—También podría explotar.

Roric reconsideró la petición.

—Tiene el tamaño perfecto.

Kaelen tomó la delantera.

—Formación.

Esta vez nadie discutió.

Kaelen delante.

Geal en el centro.

Roric cubriendo un lateral.

Anjara atrás, con la luz.

Avanzaron.

La caverna era más antigua que la Academia.

Anjara lo comprendió sin que nadie tuviera que explicárselo.

Los muros superiores habían sido cortados por manos humanas.

Allí abajo el agua había trabajado durante siglos.

La luz de Fáenor apenas alcanzaba unos metros.

Musgo sobre la roca.

Raíces finas atravesando grietas.

Setas azuladas que emitían un resplandor propio.

Roric se inclinó hacia una.

—¿Esto se come?

Geal se volvió con verdadero horror.

—No.

—Solo preguntaba.

—Ese es precisamente el problema.

Roric se incorporó.

—Algún día haré una pregunta importante.

—Ese día pediré que toquen las campanas.

Anjara pasó junto a los hongos.

Otra vez aquel olor.

Ceniza.

Geal también lo percibió.

Sacó un pequeño frasco.

—¿Qué haces?

—Comprobar algo.

Acercó el cristal a uno de los hongos sin tocarlo.

El líquido transparente se enturbió.

Gris.

Anjara bajó la voz.

—¿Corrupción?

Geal observó la reacción.

—No exactamente.

—¿Qué significa eso?

—Que el hongo no está corrompido, pero ha estado expuesto a algo que sí.

Kaelen miró hacia el túnel.

—¿Hace cuánto?

—No puedo saberlo.

Geal guardó el vial.

—Y esa parte me preocupa.

Siguieron.

El agua cubrió sus botas.

Después los tobillos.

Geal se detenía cada vez que una veta mineral le parecía interesante.

A la tercera, Kaelen empezó a agarrarlo de la túnica.

—Eso era importante.

—También lo será salir.

—Era cuarzo con inclusiones ferrosas.

Kaelen tiró de él.

—Camina.

Roric sonrió.

—Creo que le gustas.

Geal tropezó.

—Roric.

—¿Sí?

—Algún día Kaelen no estará entre tú y yo.

Kaelen volvió la cabeza.

—No me utilices como amenaza.

—Mis disculpas.

Un chasquido los detuvo.

Kaelen levantó un puño.

Todos quedaron inmóviles.

Roric tenía un pie adelantado.

Una grieta acababa de aparecer bajo la bota.

Su expresión cambió.

—No me gusta esto.

Anjara se acercó despacio.

—No te muevas.

—Era mi plan.

Geal se agachó sin pisar la zona.

Golpeó la roca con los nudillos.

El sonido fue hueco.

—Hay una cavidad.

Roric tragó.

—¿Dónde?

Geal levantó los ojos.

—Debajo de ti.

—Podrías haber elegido otra forma de empezar.

Kaelen estudió el suelo.

—Necesitamos saber dónde termina.

Anjara recogió una piedra.

La lanzó.

Nada.

Otra.

La tercera cayó cerca de la pared.

El suelo desapareció.

No se agrietó poco a poco.

Cedió.

Una sección completa se precipitó en la oscuridad.

Esperaron.

El primer golpe tardó demasiado en llegar.

Roric miró el agujero.

—No voy a saltar.

Geal arqueó una ceja.

—Acabas de recuperar parte de mi confianza.

—¿Parte?

—No abuses.