El destino de Anjara (Los Ecos y las Cenizas 1) CAPÍTULO 13 LA FORJA COTIDIANA #5
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CAPÍTULO 13 LA FORJA COTIDIANA #5

—Podemos enviar aviso a las patrullas de montaña.

—No.

—Si queremos interceptarla antes de que...

—No.

La palabra no necesitó volumen.

El oficial inclinó la cabeza.

—Sí, mi señor.

Malakor observó la llama negra.

Durante un instante el fuego adoptó otra forma.

Una mujer bajo la lluvia.

Cabello pegado al rostro.

Luz esmeralda sobre una mano.

Una voz perteneciente a muchos años atrás.

La imagen desapareció.

—Elara fue mejor escondiendo cosas de lo que esperaba.

El oficial dudó.

—¿Conoció a la madre?

Malakor lo miró.

La pregunta murió sin necesidad de respuesta.

—Dejad que la muchacha aprenda.

—¿Mi señor?

—La ignorancia la hacía errática.

Sus dedos regresaron al mapa.

—La Academia le dará palabras. Control. Objetivos.

Una sonrisa apenas visible.

—Los objetivos crean rutas.

El oficial contempló las montañas.

—Entonces esperamos.

—Observamos.

—¿Hasta cuándo?

Malakor volvió la mirada hacia la llama.

—Hasta que sepamos qué despertó realmente en Lumenvalle.

El fuego negro se extinguió.

A la mañana siguiente Vitor esperaba al Cadre Umbra en el Crisol.

Anjara supo inmediatamente que algo había cambiado.

No llevaba espada de entrenamiento.

Tampoco armadura completa.

Solo una espada real al costado.

Y una pequeña llave de hierro entre los dedos.

Roric la vio.

—No me gusta esa llave.

Kaelen lo miró.

—Ni siquiera sabes qué abre.

—Precisamente.

Geal cerró el cuaderno.

—Podría abrir un almacén.

Roric se volvió hacia él.

—¿De verdad crees eso?

Geal observó a Vitor.

—No.

—Gracias.

Vitor esperó a que se colocaran frente a él.

—Lleváis varias semanas entrenando como individuos.

Anjara miró a los otros.

Semanas.

Resultaba extraño.

El tiempo había empezado a funcionar de otro modo.

Medido en campanas.

Comidas.

Heridas.

Clases.

No en kilómetros.

—Eso termina hoy.

Roric levantó una ceja.

—¿Nos graduamos?

—No.

—Tenía que comprobarlo.

Vitor dejó la llave sobre una mesa de piedra.

—Hasta ahora, cuando uno cometía un error, lo pagaba principalmente él.

Miró a Geal.

Roric.

Kaelen.

Anjara.

—Mañana no.

Anjara se tensó.

—¿Qué cambia?

—El error de uno será problema de todos.

Roric observó a sus compañeros.

—Eso me parece una cantidad poco razonable de responsabilidad.

Kaelen respondió:

—Entonces comete menos errores.

—Excelente solución.

Geal señaló la llave.

—¿Qué vamos a hacer?

Vitor la recogió.

—Salir.

Anjara miró hacia las grandes puertas.

Vitor negó.

—No por ahí.

Señaló las profundidades de la Academia.

Hacia abajo.

—La Caverna de los Ecos.

Nadie habló.

Anjara no conocía el nombre.

La Gema sí.

Un pulso caliente golpeó contra su pecho.

Después otro.

Vitor lo vio.

Sus ojos descendieron.

—¿Qué hay allí? —preguntó Anjara.

—Túneles.

Roric suspiró.

—Magnífico.

—Desniveles. Corrientes de agua. Zonas inestables.

Geal frunció el ceño.

—¿Algo vivo?

Vitor hizo una pausa.

—Sí.

Kaelen preguntó:

—¿Hostil?

—Si no lo fuera, Borin os mandaría a recoger setas.

Roric miró a Anjara.

—A estas alturas prefiero las setas.

—Hay algunas que te duermen mientras escalas —dijo ella.

Roric lo pensó.

—Retiro la preferencia.

Anjara volvió a mirar la llave.

—¿Cuál es el objetivo?

Vitor respondió sin vacilar.

—Entrar juntos.

Guardó la llave.

—Salir juntos.

—¿Eso es todo?

Vitor la miró.

—Si os parece poco, no estáis preparados.

La campana sonó.

Una vez.

Vitor empezó a alejarse.

—Dormid.

Roric soltó una risa incrédula.

—¿Eso ha sido una broma?

Vitor siguió andando.

—Mañana necesitaréis estar despiertos.

Geal miró a Anjara.

—Ahora estoy seguro de que nos odia.

Kaelen empezó hacia los dormitorios.

—No.

Roric la siguió.

—¿No?

—Si nos odiara, sería más rápido.

Geal reflexionó.

—No me gusta que eso tenga sentido.

Anjara no los siguió inmediatamente.

La Gema seguía caliente.

Demasiado.

Metió una mano bajo la túnica.

La esmeralda pulsó contra los dedos.

La había sentido responder ante Vizkyr.

Ante los Espectros.

Ante la puerta de la Academia.

Ahora respondía a algo que estaba debajo.

En las entrañas de la montaña.

Anjara miró a sus compañeros.

Roric discutía con Geal.

Kaelen caminaba unos pasos por delante.

Tres personas que unas semanas atrás no significaban nada para ella.

Ahora un error suyo podía herirlas.

Un error de ellos podía matarla.

La idea debería haberle dado miedo.

Lo hizo.

Pero no solo miedo.

Responsabilidad.

Liam apareció en su memoria.

No muerto.

Corriendo por el bosque con una espada de madera.

Riéndose.

Entonces estamos ganando.

Anjara cerró la mano alrededor de la Gema.

Esta vez no convirtió el recuerdo en una orden.

Lo dejó ser únicamente eso.

Liam.

Una persona amada.

No una herida que tuviera que manejarla.

Geal se volvió desde el corredor.

—¿Vienes?

Anjara soltó la Gema.

—Sí.

Fue tras ellos.

Muy por debajo de la Academia, donde ninguna ventana recibía el amanecer y las runas de contención teñían la roca con una luz rojiza, algo abrió los ojos.

Después otra cosa.

Y otra.

Cinco pares de pupilas pálidas contemplaron la oscuridad.

No gruñeron.

No aullaron.

Esperaron.

Y aquella noche, por primera vez desde que Anjara había llegado a las Montañas del Lamento, la Gema del Guardián no volvió a enfriarse.