El destino de Anjara (Los Ecos y las Cenizas 1) CAPÍTULO 13 LA FORJA COTIDIANA #4
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CAPÍTULO 13 LA FORJA COTIDIANA #4

Por primera vez fue Vitor quien recibió la acusación.

Algo en sus ojos casi pareció reconocer la justicia.

—Algunos Kaelthar llevan marcas de Ichor.

El corazón de Anjara aceleró.

—¿Así?

—A veces.

—Mi padre se llamaba Kael.

—Lo sé.

—Y tenía un cuchillo que reconociste.

—Sí.

—Entonces dime que es una coincidencia.

Vitor mantuvo su mirada.

—No puedo.

La respuesta cayó entre ambos.

Anjara se quedó inmóvil.

—¿Era Kaelthar?

—No lo sé.

—Pero podría haberlo sido.

—Sí.

Por primera vez Vitor no intentó reducir la importancia de la posibilidad.

Eso hizo que pesara más.

—¿Cómo lo averiguo?

—Las marcas. El arma. Registros de linaje. Técnicas. Juramentos si conocía alguno.

Anjara pensó en las enseñanzas de Kael.

No matar sin necesidad.

Observar.

Esperar.

Rastrear.

Nada que le permitiera señalar una tradición concreta.

—Nunca me habló de los Kaelthar.

Vitor miró la nieve.

—Quizá tenía motivos.

—Todo el mundo en mi familia tenía motivos.

Había más amargura de la que pretendía.

Vitor no respondió.

Anjara tocó la Gema.

—Elara escondió que era Anjanu. Kael pudo esconder que era Kaelthar.

—Pudo.

—Qué hogar tan sencillo.

Vitor la miró.

—Quizá intentaban darte uno.

La frase la golpeó de una forma inesperada.

Eldrin había dicho algo parecido.

Una infancia.

Lumenvalle.

Liam.

—Les salió durante un tiempo.

Vitor no preguntó qué había ocurrido después.

No hacía falta.

Anjara se levantó.

—Mañana volverás a derribarme.

—Probablemente.

—Algún día voy a devolvértelo.

—Eso espero.

Ella entrecerró los ojos.

—¿Eso era otro elogio?

Vitor empezó a alejarse.

—Buenas noches, Anjara.

—Cobarde.

No se volvió.

Pero Anjara creyó ver cómo inclinaba un poco la cabeza.

Los progresos fueron pequeños.

Por eso fueron reales.

Geal aprendió a utilizar el terreno.

Roric dejó de tratar cada movimiento como una apuesta.

Kaelen empezó a enfrentarse a estilos que el Gran Desierto no le había enseñado.

Anjara aprendió algo mucho más difícil que golpear.

Detenerse.

Cuando aparecía la rabia, respiraba.

Cuando quería atacar, observaba.

Cuando el Ichor subía demasiado deprisa, no lo liberaba solo porque podía hacerlo.

Fallaba.

Muchas veces.

Pero no siempre.

Una tarde se quedó practicando después de que la sesión terminara.

Vitor cruzó el patio.

—El entrenamiento ha acabado.

Anjara tomó posición.

—El vuestro.

Vitor se detuvo.

—¿Por qué sigues?

La respuesta antigua apareció.

Porque Liam murió.

Porque fallé.

Porque quiero matar a lo que lo hizo.

Anjara la dejó pasar.

—Porque todavía no soy suficientemente buena.

Vitor permaneció inmóvil.

Después señaló el centro del patio.

—Empieza.

Anjara practicó sola.

Él no intervino.

Cinco minutos.

Diez.

Hasta que repitió el mismo error por tercera vez.

—Pie izquierdo.

Anjara miró abajo.

Corrigió.

Repitió la secuencia.

—Mejor.

Una palabra.

Nada más.

Fue suficiente.

Otro día atravesaban el patio de las cocinas cuando un aprendiz dejó caer un saco.

La costura cedió.

El trigo se extendió por las losas.

El cocinero salió con las manos cubiertas de harina.

—¡Por las barbas de Terragon! ¡Eso cuesta dinero!

El muchacho se arrodilló a toda prisa.

Roric fue el primero en agacharse.

Kaelen lo siguió.

Geal se inclinó con un pequeño gemido.

Anjara los miró.

—¿Qué hacéis?

Roric recogía puñados de grano.

—Si nos quedamos mirando, alguien terminará convirtiéndolo en un ejercicio físico.

Buen argumento.

Anjara se arrodilló.

Durante varios minutos no ocurrió nada importante.

Nadie los atacó.

Ninguna runa se iluminó.

Ningún maestro apareció con una lección secreta.

Cuatro jóvenes y un aprendiz recogieron trigo del suelo.

Eso fue todo.

Cuando terminaron, el cocinero los observó.

—Esperad.

Entró.

Regresó con cinco panes pequeños.

Todavía calientes.

Entregó uno a cada uno.

—Para que no digáis que aquí nadie alimenta a los condenados.

Roric mordió el suyo inmediatamente.

—¿Esto forma parte del entrenamiento?

—Sí.

—¿Qué aprendemos?

El cocinero lo miró.

—A no desperdiciar comida.

Kaelen rio.

Geal también.

Anjara sostuvo el pan entre las manos.

Caliente.

Crujiente.

Olía a levadura.

A harina.

A algo insoportablemente parecido a una cocina de verdad.

Por unos minutos la Academia dejó de parecer una fortaleza.

Y aquello era peligroso.

Porque Anjara empezaba a pensar que quizá pudiera pertenecer allí.

Muy lejos de las Montañas del Lamento ardía otro fuego.

No calentaba la habitación.

Una llama negra permanecía suspendida sobre un cuenco de metal.

Pequeña.

Inmóvil.

Lord Malakor la observaba desde el otro lado de una mesa cubierta de informes.

Animales encontrados sin sangre.

Árboles ennegrecidos.

Personas desaparecidas.

Casas abandonadas.

Avistamientos de formas que los funcionarios locales seguían clasificando como superstición porque la alternativa resultaba menos cómoda.

Y un nombre.

Lumenvalle.

Un oficial esperaba a varios pasos.

—Los exploradores han confirmado la dirección.

Malakor no apartó la vista de los documentos.

—Norte.

—Sí, mi señor.

—¿Sola?

—Durante parte del trayecto. Después viajó con un Drakthar.

La mano de Malakor se detuvo.

—Nombre.

—Geal.

El dedo de Malakor avanzó por el mapa.

Paso de la Viuda.

Las estribaciones.

Las Montañas del Lamento.

No necesitó que el oficial terminara.

—La Academia Arcana.

—Es la posibilidad más probable.

—No es una posibilidad.

Malakor levantó los ojos.

—Está allí.

El oficial esperó.