El destino de Anjara (Los Ecos y las Cenizas 1) CAPÍTULO 13 LA FORJA COTIDIANA #3
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CAPÍTULO 13 LA FORJA COTIDIANA #3

—Eso no explica...

Kaelen le lanzó un trozo de tela a la cara.

—Déjala.

Roric se quitó la tela.

—Aquí nadie aprecia mi curiosidad.

Geal escribió algo.

—Porque con frecuencia precede a un delito.

Anjara sonrió.

Y se quedó.

La Academia también empezó a revelarse fuera de las clases.

No era solo piedra, armas y magia.

Había un patio de lavandería con túnicas tendidas entre dos torres.

Una enfermería donde tres sanadores parecían no dormir nunca.

Cocinas en las que entrar sin permiso equivalía a recibir un trabajo.

Una despensa cuyo encargado conocía por nombre a todos los alumnos que robaban fruta.

Roric ocupaba un lugar destacado en la lista.

Y había un pequeño jardín protegido por dos muros interiores.

Anjara lo descubrió por accidente.

Fue el primer lugar de toda la Academia que olió a algo parecido a casa.

Tierra húmeda.

Hojas.

Plantas secándose.

Se quedó en la entrada.

Durante unos segundos no hubo montaña.

No hubo obsidiana.

Había hierbas.

Muchas no las conocía.

Flores que permanecían cerradas pese a la claridad.

Hojas azuladas.

Un arbusto que replegó sus ramas cuando Anjara intentó tocarlo.

Y una muchacha discutiendo con una planta carnívora.

—Devuélvemelo.

La planta mantenía un guante atrapado entre dos hojas gruesas.

Anjara se apoyó contra una mesa.

—No parece impresionada por tu autoridad.

La joven se volvió.

—Llevo diez minutos negociando.

—Estás negociando con una planta.

—No está funcionando.

—Eso ya lo veo.

Anjara se acercó.

Estudió el tallo.

Las hojas.

El modo en que la planta tensaba los pequeños filamentos de la superficie.

—No tires.

—¿Por qué?

—Porque reaccionará como si la presa intentara escapar.

La muchacha miró el guante.

—¿Mi guante es una presa?

—Ahora sí.

Anjara tomó una varilla.

Rozó una hoja secundaria.

La planta reaccionó al nuevo estímulo.

Aflojó la otra.

El guante cayó.

La joven lo recogió.

—Gracias.

—De nada.

La muchacha la observó.

—Tú eres Anjara.

La tranquilidad desapareció.

—¿Nos conocemos?

—No.

—Entonces ¿cómo sabes mi nombre?

—Todo el mundo sabe quién eres.

Anjara no disfrutó de aquella respuesta.

—¿Por qué?

—Lo del scriptorium.

—Fue un accidente.

—Dicen que partiste una piedra.

—La piedra tenía mala actitud.

La muchacha sonrió.

—Mara.

—Anjara.

Mara levantó el guante.

—Esa parte ya la sabía.

Se marchó.

Anjara se quedó mirando las plantas.

En Lumenvalle, después de Torvin, algunas personas habían empezado a apartarse.

En la Academia ocurría lo contrario.

La miraban.

Preguntaban.

Querían saber qué podía hacer.

No estaba segura de que aquello fuera mejor.

Solo era otra clase de peligro.

Empezó a pasar tiempo en el jardín.

No porque nadie se lo asignara.

Porque sabía qué hacer allí.

Podía identificar una infección en una raíz sin saber nada de Ichor.

Podía preparar un vendaje.

Podía distinguir fiebre de agotamiento.

Una tarde, una aprendiz llegó con un corte en la palma después de romper un frasco.

Anjara la sentó.

Limpió la herida.

Separó los bordes.

Vendó.

Sin luz.

Sin Gema.

Sin magia.

Solo sus manos.

Al terminar, la muchacha las observó.

—Pensaba que utilizarías Ichor.

Anjara hizo el último nudo.

—No hacía falta.

Aquella respuesta se quedó con ella.

No hacía falta.

Elara habría aprobado.

Los corredores estaban llenos de pequeños nichos.

Anjara había pasado junto a ellos durante días sin prestar atención.

Una tarde vio una moneda.

En otro, un trozo de pan.

Más adelante, hojas secas atadas con un hilo.

Un cordel con siete nudos.

Preguntó a Kaelen.

—¿Qué son?

Kaelen examinó el nicho.

—Ofrendas.

—¿A los Guardianes?

—A veces.

—Muy concreto.

Kaelen señaló la moneda.

—Los viajeros de Igvaris dejan metal antes de ciertas pruebas.

Después la ramita.

—Algunos procedentes de Syltherion dejan hojas o semillas.

Anjara vio un pequeño cuenco vacío.

—¿Tú?

—Arena.

—¿Has traído arena desde el Gran Desierto?

Kaelen la miró como si la pregunta fuera absurda.

—Sí.

—¿Por qué?

—Porque allí estaba cuando la recogí.

Anjara decidió que aquella conversación había llegado a su final natural.

Esa noche sacó una de las cuatro piedras de Liam.

La sostuvo durante largo rato.

Una piedra pequeña.

Gris.

Sin ninguna característica especial.

La había recogido él.

Eso bastaba.

La dejó dentro de un nicho cerca del scriptorium.

No sabía a quién estaba dirigida.

Ni qué esperaba conseguir.

Solo la puso allí.

Regresó a su habitación.

Durmió mal.

A la mañana siguiente volvió.

La piedra seguía exactamente donde la había dejado.

Anjara se quedó delante del nicho.

Después la recuperó.

Volvió a guardarla con las otras tres.

No estaba preparada para dejarla.

Todavía no.

Vitor observaba.

Anjara empezó a darse cuenta porque ya sabía cómo buscarlo.

No siempre dirigía los entrenamientos.

A veces era Borin.

O Zara.

O algún instructor cuyo nombre Anjara todavía confundía.

Pero Vitor aparecía.

En una galería.

Sobre el Crisol.

Junto a las almenas.

Hablando con Borin.

Corrigiendo a otro grupo.

Entrenando solo.

No giraba alrededor de Anjara.

Aquello habría resultado más sencillo.

Tenía una vida allí.

Personas que lo buscaban.

Órdenes que recibía.

Órdenes que daba.

Una tarde Anjara lo vio discutir con una instructora pelirroja junto a las escaleras del ala oriental.

No escuchó todo.

Solo el final.

—No voy a mandar a los de tercero al paso norte con este tiempo —dijo Vitor.

—La orden viene del Consejo.

—Entonces el Consejo puede bajar y recogerlos si hay un desprendimiento.

La mujer lo miró durante varios segundos.

—Voy a fingir que no has dicho eso.

—Eso te permitirá transmitir mi negativa sin tener que citarme.

Ella soltó una risa.

—Eres imposible.

—Me lo dicen.

Anjara siguió caminando antes de que la vieran.

Aquello le hizo comprender algo.

Vitor no existía solo cuando ella entraba en un patio.

Parece una obviedad.

No lo era.

Días después consiguió bloquear uno de sus golpes.

Uno.

La madera chocó.

Vitor se detuvo.

Anjara también.

Habían pasado semanas desde que él podía desarmarla en segundos.

Vitor retrocedió.

—Otra vez.

Atacó desde otro ángulo.

Anjara no miró la espada.

Miró el hombro.

Esperó.

Esquivó.

Vitor cambió de dirección y utilizó la pierna para derribarla.

Anjara quedó boca arriba.

—Eso ha sido trampa.

—No existen las trampas cuando alguien intenta matarte.

—Qué norma tan conveniente para quien acaba de hacerla.

Vitor extendió una mano.

Anjara la miró.

Después la aceptó.

Él tiró.

La levantó.

—Has empezado a pensar antes de moverte.

Y se marchó.

Geal apareció inmediatamente.

—Eso ha sido un elogio.

Anjara recogió su arma.

—No.

—Sí.

Roric se acercó.

—Con Vitor eso equivale aproximadamente a una declaración de amor.

Kaelen le dio un golpe en la nuca.

—Cállate.

Roric se llevó una mano atrás.

—¿Por qué siempre me golpeas tú?

—Porque sigues poniéndote cerca.

Anjara rio.

De verdad.

Cuando terminó, Vitor estaba al otro lado del patio hablando con Borin.

Durante un segundo su mirada pasó por el grupo.

Nada más.

Anjara volvió a guardar la espada.

La frase de Roric no significaba nada.

Y estaba bien que no significara nada.

Todavía había demasiadas cosas que aprender antes de convertir una mirada en una historia.

Aquella noche encontró a Vitor solo en el patio interior.

Estaba sentado en un banco bajo una galería cubierta.

Limpiaba una espada.

No una de entrenamiento.

Acero real.

Anjara podría haber seguido andando.

No lo hizo.

—¿Siempre estás aquí?

Vitor no levantó la cabeza.

—No.

—Parece que sí.

—Entonces todavía observas mal.

Anjara frunció el ceño.

—¿Todo tiene que convertirse en una lección?

—No.

—Eso ha parecido otra.

Vitor pasó el paño por el filo.

Anjara se sentó en el extremo opuesto del banco.

No demasiado cerca.

El patio estaba casi vacío.

La nieve caía más allá de los arcos.

Durante un rato ninguno habló.

No resultó incómodo.

Eso le molestó un poco.

—¿Por qué me dejaste entrar?

Vitor detuvo el paño.

—No lo hice.

—Superé tu evaluación.

—Eso hiciste tú.

—Podías expulsarme.

—Sí.

Anjara esperó.

Él continuó limpiando.

—Entonces ¿por qué sigo aquí?

Vitor levantó los ojos.

—Porque podías aprender.

—Eso es muy generoso.

—No lo era.

—Ya.

Vitor bajó de nuevo la mirada.

—Tenías malas decisiones, poco control, técnica incompleta y una tendencia preocupante a convertir cualquier emoción intensa en combustible.

Anjara lo observó.

—Te arrepientes de aquel primer «puedes aprender», ¿verdad?

—A menudo.

Ella sonrió.

—¿Y ahora?

—Ahora cometes errores distintos.

Anjara parpadeó.

—¿Eso es bueno?

—Mucho.

—Otra felicitación.

—No exageres.

Anjara miró la espada.

El filo tenía pequeñas marcas.

Uso real.

No ceremonial.

—¿Siempre fuiste bueno?

Vitor arqueó una ceja.

—¿Yo?

—Tú.

Una sombra cruzó su rostro.

—No.

—Eso ha sonado casi humano.

—No te acostumbres.

Anjara sonrió.

—Geal dice algo parecido.

—El alquimista tiene razón al menos una vez al día.

—Va a emocionarse muchísimo cuando se lo cuente.

Vitor levantó la mirada.

—No lo hagas.

—Ahora tengo que hacerlo.

Guardó el paño.

Anjara observó las runas angulares cerca de la guarda de la espada.

—¿Por qué me hablaste de los Kaelthar?

Vitor tardó.

—Porque acababas de descubrir que eras Anjanu y parecías dispuesta a permitir que un nombre respondiera por ti.

—Eldrin dice algo parecido.

—Eldrin lleva más años diciendo cosas sensatas de los que yo llevo vivo.

—Eso tampoco responde.

Vitor guardó la espada.

—Aprende a hacer preguntas mejores.

—Todos hacéis eso.

—¿Qué?

—Responder sin responder.

Vitor se puso en pie.

—A veces la pregunta correcta no es «¿qué eres?».

Anjara lo miró.

—¿Entonces?

—«¿Qué eliges hacer con ello?».

Se alejó dos pasos.

Anjara habló antes de que pudiera marcharse.

—Mi padre tenía marcas.

Vitor se detuvo.

Ella no había planeado decirlo.

La cicatriz de su propia memoria apareció.

Kael cambiándose la camisa junto al fuego.

Las líneas oscuras en su pecho.

Vitor se volvió lentamente.

—¿Qué clase de marcas?

—No lo sé.

—Descríbelas.

Anjara dudó.

—Oscuras. Retorcidas. Parecían quemaduras.

La cara de Vitor dejó de ser neutral.

—¿Dónde?

—En el pecho.

Silencio.

—¿Qué?

—Podrían ser muchas cosas.

—No pongas esa cara y después me digas eso.

—¿Qué cara?

Anjara lo señaló.

—Esa.