CAPÍTULO 13 LA FORJA COTIDIANA #2
—Pero sigues siendo más pequeña que una tormenta.
Anjara soltó una risa.
Le salió antes de decidir si quería hacerlo.
—Eso ha sido horrible.
—Y lo has entendido.
Kaelen se apartó.
—Véndate las manos.
—¿Es una orden?
—No.
—Parecía una.
—Entonces tienes buen oído.
Anjara acabó haciéndolo.
Empezó a descubrir cosas sobre Kaelen.
No porque ella las contara.
Precisamente porque casi nunca lo hacía.
Rezaba antes de comer.
Una frase breve.
En voz tan baja que Anjara tardó varios días en darse cuenta.
Dormía siempre con un arma al alcance.
Incluso cuando la Academia reasignó los dormitorios del Cadre Umbra y Kaelen terminó compartiendo habitación con Anjara.
Detestaba la humedad.
No «le molestaba».
La detestaba.
La primera vez que una tubería de calefacción dejó condensación sobre su cama, Kaelen se quedó observando la gota durante tanto tiempo que Anjara empezó a preocuparse por la pared.
—¿Vas a matarla?
Kaelen miró el agua.
—Estoy considerándolo.
—Avísame antes. Duermo cerca.
Cada noche, antes de acostarse, Kaelen se sentaba con la espalda recta y respiraba durante varios minutos.
Anjara la observó durante días.
Finalmente intentó imitarla.
—¿Así?
Kaelen abrió un ojo.
—No.
Anjara enderezó más la espalda.
—¿Así?
—Peor.
—Eres una maestra horrible.
—No soy tu maestra.
—Gracias a los Guardianes.
Kaelen cerró otra vez el ojo.
—Respira.
Anjara lo hizo.
Al principio contó.
Después dejó de hacerlo.
El silencio de la habitación no se parecía al de Lumenvalle.
Había pasos fuera.
Viento golpeando la ventana.
Algún alumno regresando tarde.
Metal resonando a lo lejos.
Kaelen respirando frente a ella.
No era hogar.
Empezaba a dejar de parecer un lugar completamente extraño.
Eso era distinto.
Zara era otra clase de tormento.
El Cadre Umbra regresaba al Sanctum Speculum varias veces por semana.
Las ilusiones nunca se repetían exactamente.
Una mañana el suelo pareció inclinarse hasta convertirse en una pared.
Otra, Anjara vio a Vitor atravesar una puerta que sabía que no existía.
En otra sesión, el suelo apareció cubierto de sangre.
No retrocedió.
Zara empezó a mezclarlas.
Una voz verdadera dentro de una escena falsa.
Una puerta real rodeada de paredes inexistentes.
Dolor ilusorio.
Frío auténtico.
—¿Cómo sabes qué parte creer? —preguntó Anjara.
—No lo sabes.
—Muy útil.
—Compruebas.
Zara señaló la sala.
—Respiras. Observas. Buscas contradicciones. Preguntas qué sabe esa voz que no debería saber. Qué deseas que sea cierto. Qué temes que lo sea.
Una mañana Elara llamó a Anjara desde detrás de uno de los espejos.
—Anjara.
Su madre.
No una aproximación.
No un recuerdo borroso.
Su voz.
—Abre.
Anjara permaneció frente al cristal.
Las manos le temblaban.
—Cariño.
Aquel modo de llamarla.
Elara lo hacía cuando Anjara estaba enferma.
O asustada.
O fingía no estar ninguna de las dos cosas.
—Estoy aquí.
Anjara lloró.
No abrió.
La voz siguió durante varios minutos.
Cuando desapareció, Zara estaba detrás.
—¿Cómo sabías que no era ella?
Anjara se secó la cara.
—No lo sabía.
—Entonces podía serlo.
—Sí.
Zara esperó.
Anjara miró el espejo.
—Pero mi madre está muerta.
Pronunciarlo todavía dolía.
—Y si existe alguna forma de que una muerta pueda hablar conmigo, quiero entender cómo funciona antes de obedecer a algo simplemente porque tiene su voz.
Zara asintió.
—Mejor.
Nunca decía «bien».
Siempre «mejor».
Anjara empezó a comprender que quizá aquello fuera más útil.
Roric tardó más.
Las paredes regresaban.
Habitaciones.
Sótanos.
Callejones.
Celdas.
Espacios cada vez más estrechos.
Las primeras veces intentaba escapar.
Golpeaba.
Empujaba.
Buscaba huecos.
Cada vez la ilusión ganaba.
Hasta una tarde.
Roric apareció dentro de una habitación sin ventanas.
Las paredes empezaron a cerrarse.
Anjara lo observaba desde fuera.
Él respiraba cada vez peor.
La piedra se acercó.
Roric se sentó.
Anjara frunció el ceño.
Las paredes siguieron.
—No existen —dijo él.
Se acercaron hasta quedar a poco más de un brazo.
Roric cerró los ojos.
—No existen.
La piedra casi tocó sus hombros.
Las manos le temblaban.
—No existen.
Desaparecieron.
Roric cayó de espaldas sobre el suelo verdadero.
Estaba blanco.
Kaelen le llevó agua.
Él bebió.
—No digáis nada.
Geal levantó una ceja.
—Pensaba felicitarte.
Roric lo miró.
—Eso sí.
Anjara sonrió.
Geal tardó todavía más con Lyra.
Nadie veía exactamente qué ocurría dentro de su ilusión.
Zara no permitía que los demás entraran.
No hacía falta.
Escuchaban el nombre.
—Lyra.
Una y otra vez.
—Lo siento.
—No entres.
—Lyra...
Semanas.
Hasta que una tarde la respuesta cambió.
—Sí.
Anjara levantó la cabeza.
Geal estaba inmóvil frente al espejo.
Las manos le temblaban.
—Sí, lo hice.
Silencio.
—Fue culpa mía.
Anjara dejó de respirar.
—Y no puedo cambiarlo.
Algo frente a él respondió.
Geal cerró los ojos.
—No.
Otra respuesta.
—He buscado una cura porque no pude salvarte.
Su voz se quebró.
—Pero no voy a matarme intentando volver atrás.
La ilusión desapareció.
Geal cayó sentado.
Nadie se acercó inmediatamente.
Zara permaneció frente a él.
—Ahora empezamos.
Geal la miró desde el suelo.
—Creía que llevábamos semanas.
—Llevabais semanas aprendiendo a entrar.
Roric murmuró:
—Cada día la odio de una manera nueva.
Zara lo escuchó.
—Eso demuestra capacidad de aprendizaje.
Roric decidió callarse.
Eldrin era diferente.
Sus clases no solían dejar moratones.
Aquello no significaba que fueran fáciles.
Esferian.
Runas.
Ichor.
Logos.
Historia.
Estructuras.
Lenguas.
Geal habría vivido feliz en el scriptorium.
Anjara empezó a sospechar que, si algún día desaparecía, bastaría con seguir un rastro de tinta.
La primera semana ella rompió tres piedras.
La segunda, una lámpara.
La tercera no consiguió romper nada.
Aquello fue lo que más la enfadó.
—Fáenor.
Nada.
Volvió a respirar.
—Fáenor.
Una chispa apareció.
Murió.
Anjara cerró la mano.
—Otra vez.
—No —dijo Eldrin.
Ella se volvió.
—¿No?
—Veinte intentos.
—El siguiente puede funcionar.
—También puedes utilizar los veinte anteriores para aprender por qué no lo hicieron.
—Sé qué hago mal.
Eldrin la miró.
—No.
Anjara apretó los labios.
El anciano señaló la piedra.
—La primera semana querías producir luz.
—Sigo queriendo producir luz.
—No.
Eldrin apoyó la espalda en la silla.
—Ahora quieres demostrar que puedes hacerlo.
Aquello dolió porque era cierto.
Anjara dejó caer la mano.
—¿Entonces qué hago?
—Nada.
—Eso no parece una lección.
—Lo será si consigues soportarlo.
Eldrin le entregó un paño.
—Limpia las estanterías.
Roric soltó una carcajada.
Eldrin le entregó otro.
—¿Yo qué he hecho?
—Reírte.
—Esa norma no existía.
—Ahora sí.
Geal intentó ocultar la sonrisa detrás del cuaderno.
Eldrin le puso un tercer paño delante.
Geal dejó de sonreír.
Kaelen tomó el cuarto antes de que le ofrecieran nada.
Anjara empezó a quitar polvo.
—Esto sí parece una escuela.
Roric pasó el paño por una estantería.
—Una terrible.
Aprendieron poco Esferian.
Muchísimo menos de lo que Geal deseaba.
Eldrin se negaba a convertirlo en una colección de fórmulas.
—Una palabra no es una llave que sirve para cualquier cerradura.
Geal levantó la mano.
—¿Entonces dos personas pueden pronunciar el mismo término y producir efectos diferentes?
—Sí.
—¿Por la reserva de Ichor?
—Entre otras cosas.
—¿Por la precisión del Logos?
—También.
—¿Por la estructura rúnica?
—También.
Geal ya escribía.
—¿Y por el contexto fonético? Porque si consideramos que...
—Geal.
El Drakthar se detuvo.
—¿Sí?
—Respira.
Roric se rio.
Anjara señaló a Geal.
—Bienvenido.
El Drakthar no le concedió el gusto de responder.
Fáenor se convirtió en una obsesión pequeña.
Pequeña era precisamente la palabra importante.
Una luz del tamaño de una nuez.
Nada más.
Mantenerla.
No hacerla crecer.
No demostrar nada.
Cuatro latidos.
Seis.
Ocho.
Una noche llegó a nueve.
Después explotó.
Roric se tiró debajo de la mesa.
La luz desapareció.
Anjara miró sus manos.
—Ha sido un accidente.
Geal levantó la cabeza del libro.
—Técnicamente es progreso.
—¿Cómo puede una explosión ser progreso?
—La anterior ocurrió antes.
Kaelen soltó una carcajada.
Roric seguía bajo la mesa.
—¿Habéis terminado?
Anjara golpeó suavemente una pata con la bota.
—Puedes salir.
—Quiero garantías.
—Cobarde.
—Superviviente.
Aquella mesa terminó convirtiéndose en su sitio.
Nadie lo decidió.
No pertenecía oficialmente al Cadre Umbra.
Simplemente empezaron a reunirse allí después de las clases.
Geal estudiaba.
Kaelen reparaba equipo o hacía sus ejercicios de respiración.
Roric fingía estudiar.
Anjara practicaba runas.
Una noche descubrió que Roric llevaba casi media hora con un libro abierto al revés.
—Roric.
Él levantó los ojos.
—¿Sí?
—El libro.
—¿Qué pasa?
—Está al revés.
Roric lo miró.
Lo giró.
—Estaba comprobando si alguien prestaba atención.
Geal no apartó la vista de sus notas.
—Mentira.
—No puedes demostrarlo.
Kaelen observó la cubierta.
—Además está escrito en Thal'nael.
Roric quedó inmóvil.
—Eso explica muchísimo.
Anjara se echó a reír.
Geal también.
Kaelen terminó sonriendo.
Durante unos minutos nadie sangró.
Nadie utilizó Ichor.
Nadie habló del Vacío.
Ni de Malakor.
Ni de Guardianes.
Ni de muertos.
Cuatro jóvenes alrededor de una mesa.
Nada más.
Anjara los miró.
Y se asustó.
No de ellos.
De la tranquilidad.
Porque su primer pensamiento fue:
Puedo perderlos.
La idea cayó con demasiada facilidad.
Geal inclinando la cabeza mientras discutía consigo mismo.
Roric mordiendo una manzana que, con toda seguridad, no había pagado.
Kaelen afilando una cimitarra.
Nombres.
Voces.
Rutinas.
Otra gente a la que podía amar lo suficiente para sufrir.
Anjara se levantó.
—Me voy.
Geal dejó la pluma.
—¿Ocurre algo?
—Estoy cansada.
No era mentira.
Tampoco era toda la verdad.
Llegó hasta la puerta.
Se detuvo.
Liam habría dicho algo.
Probablemente una tontería.
Que un héroe no podía abandonar a su grupo porque empezara a gustarle.
O que, si pensaba huir, al menos debía robar primero una provisión como Roric.
Anjara cerró los ojos.
Regresó.
Se sentó.
Roric levantó una ceja.
—¿No te ibas?
—He cambiado de opinión.
—¿Por qué?
Anjara cogió un libro.
—Hablas demasiado.