El destino de Anjara (Los Ecos y las Cenizas 1) CAPÍTULO 13 LA FORJA COTIDIANA
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CAPÍTULO 13 LA FORJA COTIDIANA

La Academia Arcana no intentó convertir a Anjara en otra persona de un día para otro.

Hizo algo peor.

Le dio tiempo.

Tiempo para descubrir cada error.

Tiempo para repetirlo.

Tiempo para comprobar que sobrevivir a una prueba extraordinaria resultaba mucho más sencillo que despertarse cada mañana y enfrentarse otra vez a aquello que todavía no sabía hacer.

La primera campana sonaba antes del amanecer.

La segunda advertía.

La tercera pertenecía a Borin.

Roric descubrió la diferencia durante la segunda semana.

Apareció en el Crisol cuando los demás llevaban varios minutos calentando.

Cabello revuelto.

Una bota mal atada.

Un trozo de pan entre los dientes.

Borin lo contempló aproximarse.

Roric tragó deprisa.

—Llegas tarde.

—Dos minutos.

—Tarde.

—La campana y yo tenemos opiniones distintas sobre cuánto dura un minuto.

Borin señaló el perímetro del patio.

—Diez vueltas.

Roric abrió los ojos.

—¿Diez?

—Doce.

—Solo preguntaba.

—Catorce.

Roric empezó a correr.

—Excelente conversación. Muy enriquecedora.

Geal lo vio alejarse.

—Tiene un talento extraordinario.

Anjara estiró un hombro.

—¿Para correr?

—Para empeorar cualquier situación en menos de treinta segundos.

Kaelen ajustó las vendas de sus manos.

—La práctica da resultados.

Roric pasó junto a ellos en la primera vuelta.

—¡Os oigo!

Kaelen ni siquiera levantó la cabeza.

—Corre más deprisa.

Las mañanas pertenecían a Borin.

No había magia.

Aquello sorprendió a Anjara al principio.

Había llegado a una Academia Arcana esperando runas, luces, lenguas antiguas y secretos olvidados.

Borin le entregó una cuerda.

Después la obligó a subir por ella hasta que los antebrazos dejaron de responder.

Carreras.

Escalada.

Equilibrio.

Combate sin armas.

Carga de peso.

Caídas.

Cómo recibir un golpe sin ofrecer otro peor.

Cómo moverse sobre hielo.

Cómo levantarse deprisa.

Cómo no levantarse cuando hacerlo permitía que alguien te atravesara.

Y escaleras.

Muchas escaleras.

Anjara llegó a convencerse de que Borin mantenía algún conflicto personal con la arquitectura de la Academia y utilizaba a los alumnos para resolverlo.

—Otra vez.

Siempre otra vez.

Durante los primeros días aquellas palabras le parecieron una amenaza.

Después empezaron a convertirse en una medida.

Una vuelta más.

Un intento más.

Un error menos.

Su cuerpo no cambió de repente.

No se volvió más grande.

Ni mucho más fuerte.

Pero aprendió a desperdiciar menos.

El bosque ya le había dado equilibrio.

Kael le había enseñado a caminar sin pelearse con el terreno.

Borin convirtió aquellos instintos en algo consciente.

—Los pies.

Anjara mantuvo la guardia.

—¿Qué tienen ahora?

La vara de Borin golpeó ligeramente su tobillo.

Anjara perdió la base y cayó sentada.

—Piensan más despacio que tus manos.

Ella lo miró desde el suelo.

—Mis pies no piensan.

—Ese es el problema.

Anjara se levantó.

—Otra vez.

Borin inclinó apenas la cabeza.

—Eso iba a decir yo.

Con Kaelen ocurría lo contrario.

La guerrera del Gran Desierto ya sabía colocar el cuerpo.

Esperar.

Medir.

Dejar que un adversario se equivocara antes de comprometer su propia posición.

Borin apenas corregía su guardia.

La obligaba a acelerar.

—Otra vez.

Kaelen ejecutaba la secuencia.

—Más rápido.

La repetía.

—Otra vez.

Roric, en cambio, tenía velocidad de sobra.

Le faltaba casi todo lo que debía ocurrir antes y después de utilizarla.

—No puedes escapar de todos los golpes —le dijo Borin.

Roric esquivó una vara.

—Hasta ahora mi experiencia indica lo contrario.

La segunda vara lo alcanzó por detrás de las rodillas.

Cayó.

—Tu experiencia acaba de actualizarse.

Anjara tuvo que mirar hacia otro lado para que Borin no viera la sonrisa.

Geal...

Geal sobrevivía.

Algunas mañanas aquello ya era bastante admirable.

El Drakthar dejó pronto de intentar competir físicamente con los otros.

No podía.

Su respiración empeoraba antes.

Después de ciertas sesiones, las piernas le temblaban al bajar las escaleras.

Borin jamás permitió que utilizara aquella limitación como excusa.

Tampoco cometió el error de fingir que no existía.

Una mañana colocó a Geal frente a él con una vara de madera.

—Si no puedes vencer fuerza con fuerza, deja de intentarlo.

Geal alzó las cejas.

—Por fin alguien razonable.

Borin atacó.

Geal apenas consiguió apartarse.

—Retiro lo dicho.

Cayó cuatro veces.

A la quinta dejó de bloquear el golpe.

Lo evitó.

A la sexta utilizó una columna para obligar a Borin a cambiar el ángulo.

A la séptima vio el hombro del maestro antes de que la vara se moviera.

Se apartó.

La madera pasó junto a su rostro.

Geal sonrió.

—Interesante.

Borin atacó de nuevo.

La sonrisa desapareció.

Anjara entendió el propósito.

Geal observaba.

Calculaba.

Medía.

Nunca iba a ganar una lucha por tener mejores brazos.

Podía sobrevivir de otras maneras.

Kaelen empezó a ayudarlo algunas tardes.

No era delicada.

—Otra vez.

Geal se levantaba.

—Estoy empezando a sospechar que toda la Academia comparte cuatro palabras.

Kaelen atacaba.

Geal esquivaba.

Tarde.

Caía.

—Otra vez.

—Confirmado.

Roric solía sentarse sobre alguna caja cuando terminaba su propio entrenamiento.

—Esta vez ha sido una caída mucho más elegante.

Geal permanecía boca arriba.

—Me has visto golpearme contra una columna.

—Pero has girado al final. Ha añadido dramatismo.

Kaelen le ofrecía una mano.

—Levántate.

Geal la aceptaba.

—Echo de menos la mina.

—Mentira —decía Anjara.

—Muchísimo.

Las tardes pertenecían a Vitor.

Aquello era diferente.

Borin construía el cuerpo.

Vitor buscaba grietas.

No solo en la postura.

En las decisiones.

El primer día que Anjara llevó el cuchillo de Kael, él no se lo pidió.

Simplemente dejó una espada de madera sobre una mesa y señaló el arma en su cinturón.

—Úsalo.

Anjara apoyó la mano sobre la empuñadura.

—Creía que querías enseñarme espada.

—Quiero ver cómo luchas cuando dejas de fingir que la espada es tu arma.

Aquello le molestó porque era cierto.

Desenvainó el cuchillo.

El mango encajó en su mano como algo recordado.

Vitor se colocó delante con una espada de entrenamiento.

—Cuando quieras.

Anjara atacó.

Duró más que la primera vez.

No mucho.

Vitor la derribó.

—Otra vez.

Anjara se levantó.

Atacó distinto.

Perdió de otra manera.

—Otra vez.

Al cuarto intento consiguió acercarse lo suficiente para obligarlo a cambiar el pie de apoyo.

Vitor la desarmó inmediatamente después.

El cuchillo cayó.

Anjara lo recogió.

—Has movido el pie.

—Sí.

—Entonces he mejorado.

—Has perdido.

—Las dos cosas pueden ser verdad.

Vitor la observó durante un instante.

—Geal está siendo una mala influencia.

—Le hará ilusión saberlo.

—No se lo digas.

Anjara sonrió.

—Ahora tengo que hacerlo.

Aquel fue uno de los primeros momentos en que comprendió algo importante sobre Vitor.

No era inexpresivo.

Era cuidadoso.

Había pequeñas reacciones.

Una respiración retenida.

Una comisura que casi se movía.

Una pausa demasiado corta.

Había que prestar atención para encontrarlas.

Y Anjara llevaba toda la vida aprendiendo a prestar atención.

Eso no significaba que resultara menos irritante.

—Estás mirando el arma.

Anjara bloqueó tarde.

La espada de madera golpeó su hombro.

—Porque vas a golpearme con ella.

—La espada no decide hacerlo.

Vitor amagó arriba.

Anjara reaccionó.

Él cambió el golpe.

La punta tocó sus costillas.

—Muerta.

—Eso sería una herida.

Vitor atacó la pierna.

Ella saltó.

La hoja pasó.

El segundo movimiento llegó desde el lado contrario.

—Ahora muerta.

—Eres muy optimista.

—Tú eres quien sigue muriendo.

Anjara levantó la guardia.

Vitor la observó.

—Ahí está.

—¿Qué?

—La cara.

—¿Qué cara?

Él atacó.

Anjara bloqueó con demasiada fuerza.

Vitor giró la muñeca.

La espada salió despedida.

—Esa.

Anjara miró el arma en el suelo.

—Empiezo a odiarte.

—Eso tampoco es una estrategia.

—Todavía.

Vitor señaló la espada.

—Recógela.

Durante las primeras semanas podía desarmarla cuando quería.

Anjara llegó a detestar el sonido de la madera golpeando las losas.

Había siempre un fallo.

Guardia demasiado alta.

Paso demasiado largo.

Un hombro anunciando el golpe.

La mirada clavada en el objetivo.

Pero había algo que Vitor encontraba con más facilidad que todo lo demás.

La rabia.

Anjara podía ocultarla a Roric.

A veces a Geal.

Nunca a él durante un combate.

—Estás enfadada.

—No.

Vitor la golpeó en el costado.

—Ahora sí.

—Eso ha dolido.

—Lo sé.

—Eres insoportable.

—También lo sé.

El problema era que cada vez que Anjara se enfadaba, Vitor tenía razón.

Golpeaba más fuerte.

Pensaba menos.

Abría la guardia.

Y perdía.

Al principio utilizó a Liam para levantarse.

No lo decidió.

Simplemente ocurría.

Cuando las piernas no respondían, recordaba la pira.

Cuando Borin pedía otra vuelta, veía el bosque.

Cuando Vitor la derribaba, pensaba en el Espectro.

Más fuerte.

Otra vez.

No puede volver a pasar.

Funcionaba.

También la estaba destruyendo.

Cada entrenamiento terminaba contaminado por la misma idea.

Si hubiera sido más fuerte, Liam estaría vivo.

Si aprendía suficiente, quizá nadie volvería a morir.

Si soportaba un poco más...

Una tarde Kaelen la encontró golpeando un saco cuando el resto del patio estaba vacío.

El sol ya había desaparecido detrás de las torres.

Anjara tenía las vendas húmedas de sangre.

Golpeó.

Otra vez.

El saco se balanceó.

Kaelen se apoyó contra una columna.

—Eso no te ha hecho nada.

Anjara golpeó de nuevo.

—Ya lo sé.

—Entonces ¿por qué lo castigas?

—No lo castigo.

Kaelen miró sus manos.

Anjara siguió el gesto.

La tela estaba manchada.

—Necesito mejorar.

—No así.

Anjara se giró.

—¿No?

—No.

Kaelen se acercó al saco.

—Estás cansada.

—Puedo seguir.

—No he dicho que no puedas.

Anjara frunció el ceño.

—Entonces ¿qué quieres?

Kaelen tocó el saco para detener su movimiento.

—Que dejes de confundir agotarte con aprender.

Aquello molestó más de lo que debía.

—No sabes lo que necesito.

—No.

La respuesta desarmó parte de la discusión.

Kaelen sostuvo su mirada.

—Pero conozco la rabia.

Anjara guardó silencio.

—En mi tierra, cuando llega una tormenta de arena, nadie sale a golpearla hasta que se cansa.

—No estamos en tu tierra.

—No.

Kaelen miró el saco.

Después a ella.