El destino de Anjara (Los Ecos y las Cenizas 1) CAPÍTULO 12 EL SABER SILENCIOSO #4
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CAPÍTULO 12 EL SABER SILENCIOSO #4

—¿Qué cosas pueden desplazar a Vizkyr en una conversación?

Anjara se quedó quieta.

Él comprendió.

Liam.

La muerte.

El viaje.

Toda la emoción desapareció de su rostro.

—Lo siento.

—No.

Geal esperó.

—No tienes que dejar de estar fascinado porque Liam haya muerto.

Él la miró.

Anjara continuó caminando.

—Yo estoy intentando aprender lo mismo.

Geal se colocó a su lado.

—¿Cómo era?

—Grande.

—Eso es impreciso.

—Mucho.

—Anjara.

—Parecía un lobo.

—Lo sé.

—Entonces ¿para qué preguntas?

Geal cerró los ojos.

Roric se unió por el otro lado.

—Yo quiero saber si tenía dientes.

—Era un lobo.

—Eso no responde a la escala.

Kaelen caminaba delante.

—Probablemente suficientes.

Anjara sonrió.

—Sí. Suficientes.

—¿Y habló? —preguntó Geal.

—En mi cabeza.

Geal dejó de caminar.

Anjara continuó.

—No hagas eso.

—¿Qué?

—Convertirte en una estatua cada vez que digo algo.

—Vizkyr habló dentro de tu mente.

—Sí.

Geal la alcanzó.

—Necesito un cuaderno nuevo.

—Eso es lo que has sacado de todo esto.

—El actual se está acabando.

Roric le dio una palmada en el hombro.

—Nunca cambies.

Kaelen habló sin girarse:

—Debería cambiar varias cosas.

—Era una frase afectuosa.

—Era incorrecta.

Llegaron al Gran Comedor.

Esta vez nadie los obligó a sentarse juntos.

Lo hicieron de todas formas.

Anjara se dio cuenta cuando ya tenía delante el cuenco.

Aquello empezaba a ocurrir con demasiada facilidad.

Roric robó un trozo de pan de la cesta central.

Kaelen le golpeó los dedos.

—Había más.

—Ese estaba más cerca.

—Era mío.

—Eso no estaba indicado.

Kaelen recuperó el pan.

Roric buscó otro.

Geal abrió el cuaderno mientras comía.

Anjara se lo cerró.

Él la miró horrorizado.

—Comes.

—Puedo hacer ambas cosas.

—No.

—¿Desde cuándo decides tú?

Anjara cogió la cuchara.

—Desde que he descubierto que los Drakthar pueden quedarse dormidos con la cara dentro de un cuenco.

Roric levantó la cabeza.

—¿Eso ocurrió?

—No —dijo Geal.

—Ronca —añadió Anjara.

Roric miró a Kaelen.

—Esto mejora mucho.

—No ronco.

—No necesito haberlo oído para creerla.

Geal miró a Anjara con traición profunda.

Ella comió.

La vida alrededor continuaba.

Un grupo regresaba de entrenamiento cubierto de barro.

Una muchacha llevaba el brazo en cabestrillo y discutía con su instructor porque insistía en acudir a una clase de runas.

Dos alumnos intercambiaban monedas por algo escondido debajo de la mesa hasta que una mujer mayor apareció detrás y les confiscó ambas cosas sin dejar de caminar.

En otra mesa alguien cantaba una canción sobre Aquilon.

Anjara no comprendió toda la letra.

Solo un estribillo sobre marineros que prometían no insultar al Guardián hasta llegar a puerto.

—¿Es tradicional? —preguntó.

Kaelen siguió su mirada.

—Muy antigua.

Roric negó.

—Muy mala.

Desde la otra mesa alguien gritó:

—¡Te hemos oído!

Roric levantó el cuenco.

—¡Y aun así tengo razón!

Varias personas rieron.

Anjara también.

Esta vez la culpa llegó tarde.

Y encontró menos espacio.

Se permitió terminar la risa.

Aquella tarde, mientras los otros tres acudían a recoger equipo para el Cadre Umbra, Anjara volvió sola a su habitación.

Recuperó el cuchillo de Kael.

Estaba exactamente donde lo había dejado.

Pasó el pulgar sobre la empuñadura de hueso.

Después abrió la mochila.

Cuatro piedras.

La cuchara de Liam.

La mitad de su espada.

La cuerda.

Objetos absurdamente pequeños.

Sacó la cuchara.

La sostuvo.

La Academia tenía cientos.

Liam habría estado encantado de comprobarlo.

—Tenías razón.

Se sentó en la cama.

—Había sopa.

El silencio no contestó.

No esperaba que lo hiciera.

Eso era nuevo.

Tocó la bolsa con las cenizas.

Después dejó la cuchara junto a ella.

No habló más.

Permaneció un rato sentada.

Hasta que alguien golpeó el marco.

Vitor.

Sin armadura completa.

Solo una camisa oscura, protectores en los antebrazos y una espada al cinto.

Anjara lo miró.

—¿Aquí no enseñan a esperar respuesta antes de entrar?

—La puerta estaba abierta.

—Eso no es permiso.

Vitor permaneció en el umbral.

—¿Puedo entrar?

Anjara entrecerró los ojos.

—Ahora parece una trampa.

—Puedo marcharme.

—No he dicho eso.

Vitor entró solo cuando ella hizo un gesto.

Sus ojos recorrieron la habitación.

No con curiosidad.

Por costumbre.

Salidas.

Ventana.

Arma.

Anjara lo reconoció.

—Haces lo mismo que Roric.

—¿Qué?

—Buscas salidas.

Vitor la miró.

—Roric busca por dónde escapar.

—¿Y tú?

—Por dónde puede entrar alguien.

La diferencia decía demasiado.

Anjara guardó la cuchara.

Vitor lo vio.

No preguntó.

—Eldrin me ha dicho que el Cadre Umbra queda confirmado.

—¿No lo estaba ya?

—Hasta esta mañana era provisional.

—Qué considerados al decírnoslo.

—Habría cambiado algo?

Anjara pensó.

—No.

—Entonces era información innecesaria.

—Odio esa lógica.

—Lo sé.

Ella lo miró.

—¿Por qué nosotros?

Vitor tardó un momento.

—Geal piensa antes de moverse.

—Hasta que ve una biblioteca.

—Eso es otro problema.

Anjara casi sonrió.

—Roric ve rutas que otros no ven.

—Porque está pensando cómo huir.

—Seguir vivo es una habilidad infravalorada.

—Kaelen.

—Disciplina. Experiencia. Conoce la Academia y no necesita demostrar cada cosa que sabe.

—¿Y yo?

Vitor la estudió.

Aquella manera suya de observar empezaba a irritarla de una forma muy concreta.

—Tú ves a las personas.

Anjara no esperaba aquello.

—¿Eso es una habilidad de combate?

—Puede serlo.

—Esperaba «poder incontrolable».

—También.

—Mucho mejor.

Vitor apoyó una mano sobre el pomo de la espada.

—Durante el circuito te detuviste por Geal.

—Estaba en el suelo.

—Durante el combate dejaste una abertura porque pensaste en lo que podías hacerle.

—Era mi compañero.

—Y hoy has elegido que los otros tres permanecieran cuando Eldrin habló de Elara.

Anjara frunció el ceño.

—¿Cómo sabes eso?

—Eldrin me lo ha dicho.

—¿Os contáis todo?

—No.

La respuesta fue demasiado rápida para ser una broma.

Anjara guardó aquello.

—Entonces ¿por qué ese grupo?

—Porque un cadre formado por cuatro personas idénticas suele morir de la misma manera.

Anjara se apoyó contra la mesa.

—Inspirador.

—No era la parte inspiradora.

—¿Había una?

—Todavía no.

Silencio.

Vitor miró el cuchillo.

—Kaelthar.

Anjara levantó la cabeza.

—¿Qué?

Él señaló el arma.

—La forma de la guarda.

Anjara bajó la mirada.

El cuchillo de Kael.

—Era de mi padre.

Vitor no se movió.

—¿Cómo se llamaba?

Anjara dudó.

—Kael.

Algo cambió.

Muy poco.

Pero aquella vez lo vio.

La mano de Vitor se tensó sobre el pomo.

—¿Qué?

—Nada.

—Eso no ha sido nada.

Vitor levantó la mirada.

—Kael es un nombre antiguo.

—También es el nombre de mi padre.

—Lo he entendido.

Anjara dio un paso.

—¿Lo conocías?

—No.

Respuesta firme.

Demasiado limpia para contener una mentira evidente.

Pero había algo.

—¿Entonces?

Vitor observó el cuchillo otra vez.

—Kaelthar utiliza nombres derivados de raíces antiguas. Kael es una de ellas.

El medallón.

Las marcas del pecho.

La runa.

Anjara sintió la primera pieza moverse.

No encajar.

Solo moverse.

—¿Podría haber sido Kaelthar?

Vitor no respondió enseguida.

—Podría haber sido muchas cosas.

—Eso es evasivo.

—Porque no sé la respuesta.

Anjara lo miró.

—¿Cómo sabría reconocerlo?

Vitor dudó.

—Marcas.

El pecho de Kael apareció con una claridad brutal.

Líneas oscuras.

Retorcidas.

Como quemaduras.

—¿Qué clase?

Vitor la observó.

Anjara comprendió que su cara había cambiado.

—¿Tenía alguna?

Ella no contestó.

No todavía.

—Anjara.

—No sé lo que eran.

Vitor bajó la voz.

—Descríbelas.

Anjara pensó en Elara cambiando de tema.

Kael saliendo de la habitación.

No hubo una cuarta pregunta.

—No.

Vitor guardó silencio.

—Acabas de pedirme que confíe en tres personas que conozco desde ayer —dijo ella—. No significa que vaya a entregarte cada secreto de mi familia porque has reconocido un cuchillo.

Una pausa.

Vitor asintió.

—Bien.

Anjara parpadeó.

—¿Bien?

—Sí.

—Eres desesperante.

—Eso también lo sé.

Se dirigió hacia la puerta.

—Mañana, antes del amanecer. Patio occidental.

—¿Para qué?

—Entrenamiento.

—¿Con Borin?

—Conmigo.

Anjara pensó en el suelo del día anterior.

—Qué suerte.

Vitor abrió la puerta.

—Trae el cuchillo.

Ella se quedó inmóvil.

—Pensaba que aquí queríais quitarnos aquello en lo que confiábamos.

Vitor miró por encima del hombro.

—Primero necesitaba saber qué hacías sin él.

—¿Y?

—Mañana descubriré qué haces con él.

Se marchó.

Anjara permaneció mirando la puerta.

Después el cuchillo.

Kael.

Kaelthar.

Una coincidencia no era una respuesta.

Un nombre tampoco.

Eldrin acababa de enseñárselo.

Pero cuando Anjara se acostó aquella noche, las preguntas eran más numerosas que la víspera.

Elara había sido Anjanu.

Había portado la Gema.

Había conocido a Eldrin.

Había huido de una guerra.

Vizkyr era uno de los cinco Guardianes que el mundo todavía recordaba en historias y supersticiones.

Y quizá su padre hubiera pertenecido a algo que Anjara acababa de descubrir que existía.

Apoyó el cuchillo de Kael sobre la mesa.

La bolsa con las cenizas de Liam quedó junto a su pecho.

La Academia no estaba resolviendo el misterio de su familia.

Lo estaba volviendo más grande.

Anjara cerró los ojos.

En algún lugar de la fortaleza sonó una campana menor.

Después otra.

Pasos por el corredor.

Alguien rio en el piso superior.

La vida continuó alrededor.

Y, por primera vez desde Lumenvalle, Anjara comprendió que podía permanecer en un lugar lleno de secretos sin que todo lo que ocurriera en él tuviera que pertenecer a su historia.

Había alumnos enamorándose.

Otros suspendiendo.

Maestros discutiendo.

Gente robando pan.

Heridos esperando su turno en la enfermería.

Canciones malas sobre Aquilon.

Supersticiones de Ignivar.

Roric buscando salidas.

Geal llenando cuadernos.

Kaelen fingiendo que nada conseguía sorprenderla.

Vitor reconociendo un cuchillo que no debería significar nada.

Y ella.

Una sanadora de Lumenvalle que acababa de descubrir que su sangre tenía un nombre antiguo.

Anjara abrió los ojos.

Miró la oscuridad.

No sabía todavía qué significaba ser Anjanu.

Quizá aquella fuera la primera verdad útil que había aprendido en la Academia.

Un nombre podía abrir una puerta.

Pero nunca decía qué había al otro lado.