CAPÍTULO 12 EL SABER SILENCIOSO #3
Eldrin dibujó una runa sobre la primera piedra.
—Kenaz.
Anjara observó la forma.
—Representa luz en este ejercicio.
—¿Solo aquí? —preguntó Geal.
—El significado de una runa cambia según la estructura donde se coloca.
Geal escribió aquello con evidente felicidad.
Roric lo observó.
—Tú estás disfrutando.
—Muchísimo.
—Me alegro por alguien.
Eldrin levantó la aguja.
—El ejercicio recibe el nombre de Sanguis Lux.
—Luz de Sangre —tradujo Geal.
—Correcto.
Anjara miró la sangre necesaria.
—¿Por qué sangre?
—Porque no estáis aprendiendo a producir un efecto grande. Quiero que notéis la relación entre vuestro cuerpo y aquello que pedís al Ichor.
Eldrin señaló la piedra.
—Una gota. Una runa. Una intención.
—¿Y una palabra? —preguntó Kaelen.
—Fáenor.
Anjara repitió el sonido mentalmente.
Había algo extraño en él.
No mágico por sí mismo.
Pero construido para conducir una idea.
Luz.
—Geal.
El Drakthar se levantó inmediatamente.
Roric suspiró.
—Naturalmente.
Geal trazó la runa.
Perfecta.
Demasiado perfecta.
Anjara miró la suya futura y decidió odiarlo preventivamente.
Geal se pinchó un dedo.
Una gota cayó sobre la piedra.
—Fáenor.
Una chispa azul apareció.
Duró un instante.
Se apagó.
Geal inclinó la cabeza.
—Interesante.
Roric lo miró.
—Ha fallado.
—Ha respondido.
—Y después ha muerto.
—Eso sigue siendo información.
—Tú conseguirías entusiasmarte con una puerta que no abre si chirría de manera nueva.
Geal sonrió.
—Exacto.
Kaelen fue después.
Su runa no era tan perfecta.
La trazó sin preocuparse.
Gota.
—Fáenor.
Una luz amarilla apareció.
Pequeña.
Estable.
Dos latidos.
Tres.
Desapareció.
Kaelen la observó.
—Mejorable.
Roric abrió los ojos.
—¿Nada más?
—No.
—¿No vas a celebrar que has sido mejor que Geal?
Kaelen miró al Drakthar.
—No necesito que él sea peor para mejorar yo.
Roric se quedó callado.
Geal asintió.
—Respuesta excelente.
—No te he preguntado.
Roric fue tercero.
Su runa parecía ligeramente borracha.
—Eso está torcido —dijo Geal.
—La intención es lo importante.
—Hasta cierto punto.
—Ahora entiendo cómo se siente Anjara.
Ella sonrió.
Roric se pinchó.
—Fáenor.
Una chispa roja.
Parpadeó.
Desapareció.
Roric miró a Geal.
—Ni una palabra.
Geal levantó ambas manos.
—No he dicho nada.
—Lo estabas pensando.
—Muchísimo.
Anjara quedó última.
Eldrin acercó la piedra.
Tomó la herramienta.
Copió la runa.
Se apartó.
La observó.
Roric inclinó la cabeza.
—Está un poco torcida.
Anjara lo miró.
—¿Quieres hacerla tú?
—Es bellísima.
Tomó la aguja.
Pinchazo.
La sangre apareció en el pulgar.
Durante un segundo pensó en Liam.
No en las cenizas.
En el niño cortándose un dedo mientras intentaba tallar una espada demasiado grande.
No se lo digas a Anjara.
Había acabado diciéndoselo él mismo cinco minutos después.
Anjara dejó caer la gota.
Siseó al tocar la runa.
Eldrin se tensó.
Ella lo vio.
—¿Qué?
—Continúa.
Anjara miró la piedra.
No empujar.
Seguir.
Intención.
¿Qué era la luz?
El bosque ofreció una respuesta.
La explosión.
Los Espectros desapareciendo.
No.
Eso era un arma.
Buscó otra cosa.
La lámpara de Elara encendida de madrugada.
Una vela junto a Liam mientras juraba que no tenía sueño.
El fuego en la ventana de casa cuando regresaban tarde.
La luz no como algo que destruía la oscuridad.
Como algo que permitía ver dentro de ella.
Anjara respiró.
—Fáenor.
La piedra estalló.
Geal retrocedió.
Roric soltó una maldición.
Kaelen levantó un brazo.
Una esfera blanca apareció sobre la mesa.
No una chispa.
Una masa de luz del tamaño de la cabeza de Anjara.
Brillante.
Demasiado.
—No la alimentes —ordenó Eldrin.
Anjara ya lo sabía.
Podía sentir el Ichor escapando.
No como agua.
Como fuerza arrancada directamente de músculos y huesos.
Su primer impulso fue cerrarlo todo de golpe.
Recordó el bosque.
Recordó lo que ocurría cuando forzaba.
Respiró.
—Despacio —dijo Eldrin.
Anjara no luchó contra la corriente.
La redujo.
La esfera tembló.
El brillo disminuyó.
Un poco.
Después más.
Hasta desaparecer.
Anjara apoyó las manos en la mesa.
Las piernas le temblaban.
Calor bajo la nariz.
Sangre.
Geal apareció a su lado con un paño.
—Otra vez.
Anjara lo cogió.
—Estoy bien.
Roric la miró.
Kaelen también.
Geal esperó.
Anjara cerró los ojos.
—Sí. Ya sé.
Se limpió.
—No suelo estar bien cuando digo que estoy bien.
Roric asintió.
—Aprende rápido.
Eldrin no participó.
Observaba los fragmentos de piedra.
—Tu capacidad es alta.
Anjara levantó la vista.
—¿Eso es bueno?
—No necesariamente.
Eldrin recogió un fragmento.
—Ignivar podría convertir un bosque entero en ceniza.
Anjara pensó en el mosaico.
—Eso no significa que cualquier incendio sea Ignivar.
Dejó la piedra.
—La cantidad de poder no determina su calidad.
Anjara miró sus manos.
—Entonces ¿qué determina la calidad?
—Control.
Geal sonrió.
—No.
El Drakthar se volvió hacia ella.
—No he dicho nada.
—Lo ibas a hacer.
Eldrin continuó:
—Control, conocimiento y decisión.
Las tres palabras quedaron sobre la mesa.
Anjara recordó a Geal.
A Vitor.
A Zara.
Todos enseñaban la misma idea desde lugares distintos.
—Entonces enséñeme.
Eldrin asintió.
—Eso estamos haciendo.
Anjara metió una mano en la mochila.
Sacó el diario de Elara.
Lo dejó sobre la mesa.
El cambio en Eldrin fue inmediato.
No grande.
Pero absoluto.
Sus manos dejaron de moverse.
—Ahora quiero respuestas.
El anciano miró la cubierta.
No la tocó.
—¿Dónde lo encontraste?
—En casa.
—¿Has leído todo?
—No.
—¿Por qué?
—Porque mi madre escribió como alguien convencido de que otra persona podía encontrar cada página.
Eldrin contempló el diario.
—Lo estaba.
La respuesta llegó tan limpia que Anjara tardó un segundo en reaccionar.
—¿Quién?
Eldrin levantó los ojos.
—No puedo darte esa respuesta completa.
La rabia subió.
—Otra vez.
—Sí.
Anjara apoyó ambas manos sobre la mesa.
—He cruzado medio continente.
—Lo sé.
—Mi hermano murió.
—Lo sé.
—He llegado al lugar que ella escribió.
—Sí.
—Y todos aquí parecéis pensar que eso significa que debo esperar con paciencia mientras decidís qué partes de mi vida merezco conocer.
Nadie habló.
Anjara se sorprendió al descubrir que no gritaba.
La rabia estaba allí.
Pero ya no llevaba la espada.
—No he venido para que vuelva a protegerme gente que sabe más que yo.
Eldrin recibió la acusación sin moverse.
—Bien.
Anjara parpadeó.
—¿Bien?
—Sí.
Se acercó al diario.
—Porque esa frase significa que empiezas a comprender por qué Elara tomó decisiones que ahora detestas.
—No la convierta en una lección.
—No lo hago.
Eldrin apoyó un dedo junto al libro.
—Tu madre llevaba secretos que podían matar a personas.
Anjara sintió un escalofrío.
—¿A quién?
—A ella. A ti. A Liam. A cualquiera que estuviera cerca si determinadas personas comprendían lo que sabía.
La mención de Liam tensó todo su cuerpo.
Eldrin lo vio.
—No estoy justificándola.
Anjara respiró.
—Entonces dígame por qué.
—No lo sé por completo.
Aquello sí la sorprendió.
—¿Usted?
—Elara también me ocultó cosas.
Un silencio distinto cayó sobre la habitación.
Anjara había construido una imagen de Eldrin como uno de los hombres que conocían todos los secretos de su madre.
Resultaba que también había sido excluido.
—¿Qué sí sabe?
Eldrin cerró el diario y lo empujó suavemente hacia ella.
—Que tu madre no abandonó la Academia porque temiera su magia.
Anjara esperó.
—La abandonó porque temía una guerra.
Geal dejó la pluma.
Kaelen se irguió.
Roric ya no miraba las vitrinas.
—¿Qué guerra? —preguntó Anjara.
Eldrin negó.
—La que llevaba años intentando evitar.
—Eso tampoco responde.
—No.
Anjara apretó el diario.
—¿Malakor?
Por primera vez, Eldrin no contestó de inmediato.
Aquella pausa fue suficiente.
—¿Lo conocía?
—Sí.
—¿Eran enemigos?
—La historia es más complicada.
—Estoy empezando a odiar esa frase.
—Con razón.
Anjara se inclinó.
—¿Malakor sabe quién soy?
Eldrin la observó.
—No lo sé.
—¿Sabe lo de la Gema?
Otra pausa.
—Sabe que existen artefactos que desearía poseer o destruir.
—Eso no es lo mismo.
—No.
Anjara pensó en los soldados.
El Decreto de Pureza.
La curandera.
La marca de hierro.
—¿Y el Sello?
Eldrin quedó inmóvil.
Una palabra.
La del diario.
La de Malakor, aunque Anjara no había escuchado aquella conversación.
La palabra que aparecía siempre junto al miedo de Elara.
—¿Qué es?
Eldrin miró a Geal, Kaelen y Roric.
Después a Anjara.
—Algo que tu madre ayudó a mantener.
—¿Dónde?
—No puedo decírtelo hoy.
Anjara cerró los ojos.
Respiró.
Control.
Conocimiento.
Decisión.
Cuando volvió a abrirlos habló más bajo.
—Entonces dígame algo que pueda usar.
Eldrin la estudió.
Eso pareció convencerlo más que la exigencia.
—Elara creía que esconderte era la única forma de darte una infancia.
Anjara pensó en Lumenvalle.
Liam.
La gallina de la cinta roja.
El huerto.
Una ventana que Kael nunca reparó.
—La tuvo —dijo Eldrin—. Durante un tiempo.
—¿Y ahora?
El anciano miró la Gema.
—Ahora la guerra que ella intentó dejar atrás está empezando a encontrar su camino hacia ti.
La frase dejó frío el scriptorium.
Anjara apretó el diario.
—¿Porque soy Anjanu?
—En parte.
—¿Por la Gema?
—En parte.
—¿Qué falta?
Eldrin sostuvo sus ojos.
—Eso es exactamente lo que necesitamos descubrir antes que quienes te buscan.
La campana de la Academia sonó.
Una vez.
Dos.
Tres.
Eldrin miró hacia arriba.
—Por hoy basta.
Anjara no se movió.
—Para usted.
—Para tu cuerpo.
Señaló la sangre seca bajo su nariz.
—Llevas semanas exigiéndole más de lo que sabe dar.
—No tengo semanas para aprender despacio.
—Esa idea mata a más alumnos que cualquier criatura de los bosques.
Anjara guardó el diario.
—¿Cuál es la lección?
Eldrin señaló la piedra que había roto.
—Tener más poder que los demás no significa estar más preparada que ellos.
Miró los pequeños restos.
—A veces significa exactamente lo contrario.
Geal permaneció en silencio durante los primeros tres corredores.
Anjara empezó a sospechar que estaba enfermo.
Finalmente:
—Has visto a Vizkyr.
Ella cerró los ojos.
—Sabía que volveríamos a esto.
Geal caminó delante de ella.
—Al Guardián de Espíritu y Cosmos.
—Sí.
—En persona.
—Sí.
—Y no lo mencionaste.
—Tenía otras cosas.
Geal abrió ambas manos.