CAPÍTULO 12 EL SABER SILENCIOSO #2
Varias vitrinas guardaban objetos.
Una máscara de metal sin aberturas.
Una piedra partida por la mitad con algo brillante en el interior.
Un pequeño frasco lleno de arena negra.
Una pieza de hueso tallada con runas angulares.
Geal redujo el paso.
—No.
Roric lo miró.
—¿Qué?
—No puedo mirar todo esto y después irme.
—Podemos dejarte aquí.
—No estaba pidiendo permiso.
En el centro de la sala había una gran mesa.
Y detrás de ella, Eldrin.
Parecía más pequeño de lo que Anjara había imaginado.
Muy viejo.
Cabello blanco.
Rostro recorrido por arrugas.
Las manos descansaban sobre un libro abierto.
No había fragilidad en sus ojos.
Eso fue lo primero que Anjara entendió.
El anciano miró a Roric.
A Kaelen.
A Geal.
Cuando llegó a ella, se detuvo.
Sus ojos descendieron hasta el lugar donde la Gema permanecía oculta.
—Acércate.
Anjara no obedeció.
—¿Usted es Eldrin?
—Sí.
—¿Conoció a Elara?
El anciano cerró los ojos un instante.
Cuando volvió a abrirlos había algo nuevo en ellos.
Cansancio.
No.
Dolor viejo.
—Enséñame lo que llevas al cuello.
—Eso no responde.
—No.
Anjara lo miró.
Vitor.
Zara.
Ahora Eldrin.
Parecía que la Academia hubiera hecho un juramento colectivo contra las respuestas directas.
Sacó la Gema.
La esmeralda quedó sobre su pecho.
La luz recorrió el engarce de plata oscurecida.
Eldrin soltó el aire lentamente.
—Así que ha vuelto.
Anjara cerró la mano alrededor de la piedra.
—¿Qué es?
El anciano se aproximó.
No intentó tocarla.
—La Gema del Guardián.
Las palabras produjeron algo que ninguna explicación anterior había conseguido.
Un nombre.
Una certeza.
—¿Era de mi madre?
—La portó.
—Eso no es lo que he preguntado.
Eldrin levantó la vista.
—No.
Anjara permaneció inmóvil.
—Existía antes de Elara. Mucho antes.
—¿Cuánto?
—Lo suficiente para que medirlo en vidas humanas resulte poco útil.
Roric dejó de mirar una vitrina.
Incluso él entendió que aquella conversación había cambiado.
—Vizkyr me dijo que era una promesa.
Eldrin se quedó completamente quieto.
Geal giró la cabeza hacia Anjara.
—¿Vizkyr?
Demasiado tarde.
Anjara cerró los ojos un instante.
—Sí.
Eldrin no parecía sorprendido.
Eso la inquietó.
—¿Lo has visto?
—En el Bosque del Crepúsculo.
Geal abrió la boca.
Anjara levantó una mano.
—Luego.
—Has conocido personalmente...
—Geal.
Él cerró la boca.
Con esfuerzo visible.
Eldrin observó la Gema.
—Vizkyr no utiliza esa palabra a la ligera.
—Tampoco explicó qué quería decir.
—Eso sí parece más propio de él.
Anjara recordó al lobo.
Eso limita considerablemente nuestra conversación.
Por extraño que resultara, casi pudo oír la voz.
—¿Qué promete?
—No lo sé todo.
Anjara lo miró con incredulidad.
—¿Usted tampoco?
—Desconfía de quien te diga que comprende por completo algo que sobrevivió a las civilizaciones que intentaron comprenderlo primero.
Aquello sí era una respuesta que podía aceptar.
A regañadientes.
—¿Qué sabe?
Eldrin señaló la Gema.
—Que responde al Ichor Anjanu. Que puede amplificarlo, canalizarlo y, en determinadas circunstancias, hacer algo más peligroso: recordarlo.
—¿Recordarlo?
—La magia también tiene memoria.
Geal ya estaba sacando el cuaderno.
Roric lo miró.
—¿En serio?
—Absolutamente.
Eldrin volvió a Anjara.
—Elara llevó esa Gema.
—¿Aquí?
—Sí.
El corazón de Anjara dio un golpe.
—¿Cuándo?
—Hace años.
—¿Cuántos?
Eldrin tardó.
—Antes de que pudieras recordarlo.
—¿Por qué vino?
—A aprender.
—¿Lo mismo que yo?
El silencio del anciano respondió antes que él.
—No exactamente.
Anjara apretó la Gema.
—¿Qué era mi madre?
Eldrin miró a los otros tres.
Roric entendió primero.
—Podemos salir.
—No —dijo Anjara.
Geal la observó.
—¿Seguro?
Ella miró a Kaelen.
Después a Roric.
Había visto sus miedos.
Ellos habían visto parte del suyo.
No sabía si aquello era confianza.
Pero era un comienzo.
—Quedaos.
Eldrin aceptó la decisión.
—Elara pertenecía a una tradición antigua.
Una palabra salió de Anjara antes de pensarlo.
—Anjanu.
Eldrin asintió.
Algo dentro de ella cambió.
La palabra había estado escrita en el diario.
En notas incompletas.
En páginas tachadas.
Ahora era real.
—¿Y yo?
Eldrin la miró directamente.
—Tú también eres Anjanu.
Anjara esperó sentir algo.
Orgullo.
Miedo.
Reconocimiento.
Nada.
Solo confusión.
—¿Qué significa?
—Hoy, para ti, muy poco.
Roric levantó las cejas.
Anjara no apartó los ojos.
—¿Muy poco?
—Un nombre no te concede conocimiento. Tampoco control. Ni te convierte en aquello que otras personas esperen que seas.
Vitor había dicho algo parecido sobre los Kaelthar.
Eldrin continuó:
—Si te digo que tu sangre pertenece a una tradición antigua y mañana te lanzas desde una torre creyendo que eso te enseñará a volar, seguirás estrellándote.
Roric asintió.
—Esta es probablemente la explicación más clara que hemos recibido desde que llegamos.
Anjara lo ignoró.
—Entonces enséñeme qué significa.
—Eso pretendo.
Eldrin hizo un gesto hacia la mesa.
—Sentaos.
Había cinco símbolos tallados en la superficie.
Anjara los reconoció por los mosaicos del corredor.
Una montaña.
Una llama.
Una espiral.
Tres ondas.
Un círculo rodeado de puntos.
Eldrin colocó la mano sobre el primero.
—Antes de hablar de vosotros, necesitáis comprender una idea sencilla.
Geal preparó la pluma.
—Los Anjanu no crearon a los Guardianes.
Eldrin señaló la montaña.
—Terragon. Tierra.
La llama.
—Ignivar. Fuego. Su culto fue especialmente importante en Igvaris.
La espiral.
—Zephyron. Aire.
Las ondas.
—Aquilon. Agua.
Finalmente el círculo.
—Vizkyr. Espíritu y Cosmos.
Anjara miró el último símbolo.
—¿Culto?
—Adoración, pactos, filosofía, superstición. Ha significado cosas distintas en lugares distintos.
Kaelen habló:
—En mi pueblo nadie adora a Ignivar.
Eldrin la miró.
—¿No?
—Le dejan sal en las hogueras durante las tormentas de arena.
Roric sonrió.
—Eso se parece bastante.
Kaelen sostuvo su mirada.
—Díselo a mi abuela.
—Retiro mi comentario.
Eldrin continuó:
—Los Guardianes no son dioses en el sentido en que muchas religiones utilizan esa palabra. Tampoco son simples criaturas elementales.
Geal escribía.
—Entonces ¿qué son?
—Una pregunta que lleva milenios provocando guerras entre personas mucho más inteligentes que nosotros.
Geal dejó la pluma suspendida.
—Eso es frustrante.
—Acostúmbrate.
Eldrin señaló los cinco símbolos.
—Lo importante es que el mundo no los recuerda únicamente en libros. Los recuerda en costumbres. Juramentos. Canciones. Maldiciones.
Roric levantó un dedo.
—«Por las barbas de Terragon».
Eldrin lo miró.
—Exactamente.
—Mi tío lo decía.
—Y probablemente no sabía por qué.
—Mi tío sabía muy poco de casi todo.
—Eso también es una tradición antigua.
Anjara sonrió.
Eldrin la vio.
—Elara conocía estas historias.
—Me las contaba como cuentos.
—Era una manera segura de enseñar algo sin enseñar todavía demasiado.
La sonrisa murió.
—Siempre «todavía».
Eldrin no respondió.
Anjara pasó los dedos cerca del símbolo de Vizkyr.
—¿Y qué tienen que ver con los Anjanu?
—Los Anjanu aprendieron a escuchar ciertas corrientes del mundo. A trabajar con ellas. En algunos periodos actuaron junto a los Guardianes.
—¿Servían a los Guardianes?
—Algunos sí. Otros habrían considerado esa idea un insulto.
Roric miró a Anjara.
—Me gusta más esa versión.
Ella no contestó.
—No necesitas decidir hoy qué significa ser Anjanu —dijo Eldrin—. Primero necesitas aprender a no desmayarte cada vez que utilizas tu propia energía.
Anjara le dedicó una mirada.
—Eso ha ocurrido pocas veces.
Geal dejó de escribir.
Kaelen se cruzó de brazos.
Roric miró al techo.
Anjara los vio.
—No necesito vuestra opinión.
—Bien —dijo Eldrin—. Primera lección aprendida. Sabes reconocer cuándo nadie te cree.
Eldrin colocó una pequeña piedra negra sobre la mesa.
—La magia comienza antes de las palabras.
Alzó una mano.
Una luz blanca apareció sobre sus dedos.
No hubo esfuerzo visible.
Solo ocurrió.
—Aquello que sentís dentro de vosotros recibe muchos nombres según la tradición.
Geal adelantó la cabeza.
—¿Ichor?
Eldrin asintió.
—Ese es el término que utilizamos aquí.
Anjara recordó las páginas de Elara.
La palabra estaba allí.
Ichor.
Vitor.
Kaelthar.
Una conexión que todavía no comprendía.
—Energía vital —continuó Eldrin—. Potencial. Capacidad de alterar.
La luz creció.
—Pero el Ichor no posee intención propia.
Cerró la mano.
La claridad desapareció.
—Es fuerza.
Señaló la mesa.
—Para darle dirección utilizamos el Logos.
Runas verdes aparecieron alrededor de sus dedos.
Círculos.
Trazos orbitales.
Esferian.
Anjara reconoció la estructura inmediatamente.
—La Palabra —dijo Eldrin—. No necesariamente una palabra pronunciada. Logos es relación entre intención, forma y energía.
Geal escribía tan rápido que la pluma chirriaba.
—¿Entonces el Esferian es Logos?
—No.
Geal se detuvo.
—Es un lenguaje capaz de expresarlo.
—¿El idioma de los Anjanu? —preguntó Anjara.
—Utilizado por ellos.
Una corrección pequeña.
Pero importante.
—No confundas una lengua con quienes la hablan. El Esferian existió en muchas escuelas y tradiciones distintas.
Anjara observó las runas.
—¿Entonces aprender palabras permite hacer magia?
—No.
—Claro.
Eldrin hizo desaparecer los símbolos.
—Pronunciar sonidos que no comprendes es ruido.
Roric se reclinó.
—Eso elimina gran parte de mi repertorio.
Kaelen cerró los ojos.
Geal sonrió.
Eldrin tomó una tablilla.
Trazó una runa sencilla.
—El Logos requiere intención.
Anjara pensó en lo que Geal le había enseñado en el camino.
No empujar.
Seguir el cauce.
—¿Dirigir el Ichor?
—Sí.
Geal levantó ligeramente la barbilla.
Anjara lo vio.
—No pongas esa cara.
—¿Qué cara?
—La de llevar días esperando que alguien confirme que tenías razón.
—No esperaba.
Anjara lo miró.
—Mentira.
—Esperaba con moderación.
Eldrin golpeó dos veces la mesa.
Callaron.
—Esto es precisamente lo que quiero evitar.
Anjara frunció el ceño.
—¿Qué?
—Creer que una explicación convierte algo en sencillo.
Sacó cuatro pequeñas piedras.
Después una aguja de plata.
Roric miró la aguja.
—No.
—Todavía no he explicado nada.
—La aguja ha explicado bastante.
—Una gota de sangre funcionará como catalizador.
—Lo sabía.