CAPÍTULO 12 EL SABER SILENCIOSO
Zara no levantó la voz.
No le hacía falta.
—El miedo es una herramienta.
Los cuatro espejos permanecían negros.
Anjara seguía frente al suyo.
La imagen de Liam había desaparecido, pero la sensación no.
El frío.
La acusación.
Aquella voz usando palabras que su hermano jamás habría pronunciado.
Zara caminó despacio entre ellos.
—Puede manteneros vivos. Hace que retiréis la mano del fuego, que corráis cuando una pared cae, que reconozcáis cuándo una batalla está perdida antes de convertiros en parte del suelo.
Se detuvo cerca de Roric.
Él ya no sonreía.
—También puede convertiros en esclavos.
Roric sostuvo su mirada.
Zara continuó.
—El Vacío no siempre necesita atravesar una armadura para derrotaros. Hay formas de corrupción capaces de alterar la percepción. Recuerdos. Sensaciones. Deseos. Puede tomar algo verdadero y modificar únicamente la parte necesaria para que dejéis de confiar en vosotros mismos.
La Gema se calentó bajo la ropa de Anjara.
Muy poco.
—Una persona amada puede parecer un enemigo. Una esperanza puede parecer una certeza. Una mentira puede utilizar una verdad como disfraz.
Geal observó los espejos.
—¿Lo que hemos visto era una ilusión?
—Sí.
—¿Creada por estos espejos?
—Sí.
Geal esperó algo más.
No llegó.
—Eso ha sido sorprendentemente sencillo.
Zara lo miró.
—¿Preferías otra respuesta?
—Empiezo a desconfiar de las respuestas sencillas en este sitio.
—Haces bien.
Roric levantó una mano.
Kaelen cerró los ojos.
—Claro.
Roric la miró.
—Todavía no he preguntado.
—No necesito escucharla para lamentarla.
Zara esperó.
—Si sabemos que algo es una ilusión —dijo Roric—, ¿no deja de funcionar?
Zara sonrió.
—¿Sabes que una pesadilla no es real mientras la estás soñando?
Roric bajó la mano.
—Bien.
—¿He respondido?
—Demasiado bien.
Zara se volvió hacia Anjara.
—Tú hiciste algo distinto.
Anjara se tensó.
—No especialmente.
—Aceptaste una parte.
La maestra señaló el espejo.
—No negaste la culpa.
Geal la miró.
Anjara desvió los ojos.
—Porque existe.
—Exactamente.
Zara se acercó.
—Lo que viste intentó obligarte a elegir entre dos errores: creerlo todo o negarlo todo.
Anjara recordó el rostro de Liam.
Fue culpa tuya.
—Había cosas ciertas.
—Sí.
—Lo llevé conmigo.
—Sí.
—Le prometí que estaría con él.
—Sí.
Zara no suavizó ninguna respuesta.
Anjara agradeció aquello más de lo esperado.
—Y murió.
—También.
Anjara tragó saliva.
—Entonces ¿qué parte era mentira?
Zara señaló su pecho.
—La que pretendía decidir qué significaban esas verdades.
Silencio.
—Tu dolor es real. Tu culpa puede serlo. Tu hermano está muerto.
Anjara apretó los dientes.
—Pero esa figura quería convertir su muerte en una orden.
La maestra se inclinó ligeramente hacia ella.
—Quería que tuvieras más confianza en tu sufrimiento que en el recuerdo verdadero de Liam.
La frase entró despacio.
Anjara recordó al niño discutiendo por una cuchara.
Saltando raíces.
Negociando piedras.
Prometiendo luchar contra dragones.
No aquella criatura fría que había usado su rostro para pedirle que se hundiera con él.
—Nunca me habría hablado así.
—Eso fue lo que te salvó.
Anjara miró el espejo.
—No me ha parecido que me salvara.
—No confundas sobrevivir con salir indemne.
Aquello sí sonaba a la Academia.
Roric se dejó caer sentado contra la pared.
—Magnífico. Otro lema para bordar en una almohada.
Kaelen lo miró.
—¿Tienes muchas almohadas con amenazas?
—Si sobrevivo aquí, voy a empezar una colección.
Por primera vez Zara pareció divertirse de verdad.
Duró poco.
—Volveréis.
Roric levantó la cabeza.
—Sabía que decir algo iba a empeorarlo.
—Todos.
Kaelen asintió.
Geal todavía estaba pálido.
Anjara miró a Zara.
—Yo he cruzado.
—Una vez.
—Y he reconocido la ilusión.
—Una vez.
Anjara entrecerró los ojos.
—Empiezo a sospechar que Vitor y tú os reunís por las noches para decidir cómo resultar insoportables.
—No.
Zara caminó hacia la puerta.
—Vitor necesita menos preparación.
Roric soltó una risa.
Anjara tuvo que admitir que aquella le había gustado.
Salieron del Sanctum Speculum en silencio.
El ruido de la Academia regresó poco a poco.
Primero pasos.
Después voces lejanas.
El golpe de un martillo en algún nivel inferior.
La respiración de cuatro personas intentando fingir que lo ocurrido dentro de aquella sala no seguía acompañándolas.
Roric fue el primero en rendirse.
—No quiero saber qué habéis visto.
Kaelen caminaba delante.
—Bien.
—Eso no significa que, si algún día quieres contarlo...
—No.
—Perfecto.
Roric miró a Geal.
El Drakthar seguía con los ojos bajos.
—Tampoco tú.
Geal alzó la cabeza.
—No pensaba hacerlo.
—Excelente. Estamos construyendo una amistad basada en no contarnos nada.
Kaelen siguió andando.
—La mejor que vas a conseguir.
Roric parecía dispuesto a responder.
No lo hizo.
Anjara se acercó a Geal.
—Era Lyra.
Él tardó unos segundos.
—Sí.
—No era ella.
Geal se quedó quieto.
Después la miró.
—Lo sé.
Anjara sostuvo sus ojos.
—Pero eso no hace que verla duela menos.
—No.
—Ni escucharla.
—No.
Geal tragó saliva.
—Me dijo que no entrara.
Anjara recordó el laboratorio que jamás había visto y, aun así, podía imaginar demasiado bien.
—Lo siento.
Geal se pasó una mano por la cara.
—No.
Ella frunció el ceño.
—¿No?
—No quiero que me lo digas.
Anjara esperó.
—No porque me moleste —añadió—. Porque si cada vez que hablamos de Lyra terminas intentando aliviarme, voy a acabar permitiéndolo.
—¿Y eso sería malo?
Geal pensó la respuesta.
—No lo sé.
Aquello era muy de él.
Anjara asintió.
—Entonces no te aliviaré.
—Gracias.
—Pero sigues teniendo una cara horrible.
Geal la miró.
—Eso ha sido rápido.
—He dicho que no te aliviaría.
Algo parecido a una sonrisa apareció.
Suficiente.
Al doblar la siguiente galería encontraron un acólito esperando.
—El Maestro Eldrin solicita vuestra presencia.
Anjara se detuvo.
Toda la ligereza desapareció.
Eldrin.
El nombre que Elara había dejado escondido entre páginas.
El hombre por quien había cruzado Lirionis.
El anciano que la había observado durante el desayuno y después se había marchado.
—¿Ahora?
—Ahora.
El acólito se volvió.
Anjara lo siguió antes de que nadie más pudiera hablar.
El camino hacia el scriptorium ascendía.
Dejaron atrás los patios.
Las forjas.
Los dormitorios.
La zona de entrenamiento donde Borin gritaba a un grupo de alumnos que ninguna de sus madres pensaba venir a corregirles la postura.
Roric miró hacia allí.
—No sabe nada de mi madre.
Kaelen no redujo el paso.
—Y aun así probablemente tiene razón.
Atravesaron un corredor cubierto por mosaicos.
Anjara se frenó.
No por el arte.
Por una figura.
Un lobo blanco ocupaba parte de una pared.
No era idéntico.
El hocico demasiado estrecho.
Las patas más cortas.
Los ojos representados con pequeñas piezas de cristal oscuro en las que alguien había colocado diminutas motas de plata.
Pero era él.
Vizkyr.
—¿Qué pasa? —preguntó Roric.
Anjara señaló.
—Ese lobo.
Geal se acercó al mosaico.
Debajo había una inscripción desgastada.
—Vizkyr.
Anjara lo miró.
—¿Lo conoces?
—El nombre.
—¿De dónde?
Geal pareció sorprendido.
—De prácticamente cualquier tratado elemental serio.
Roric observó el lobo.
—Eso explica por qué yo no.
Kaelen señaló las otras paredes.
Anjara las vio entonces.
Cinco grandes mosaicos ocupaban la galería.
En uno, un dragón colosal parecía levantarse desde una cordillera.
Terragon.
En otro, una figura inmensa de fuego se erguía entre volcanes.
Ignivar.
El tercero mostraba un ser alado sobre un cielo quebrado por tormentas.
Zephyron.
El cuarto era una forma casi humana construida de agua, ríos y oleaje.
Aquilon.
Y el último era Vizkyr.
Espíritu y cosmos.
Anjara se acercó.
—¿Guardianes?
—Los cinco —dijo Geal.
El acólito, que ya se había alejado varios pasos, se volvió.
—Si queréis llegar este siglo...
Anjara continuó andando.
Pero miró atrás.
Vizkyr.
Un cuento convertido en mosaico.
Una criatura que ella había visto con sus propios ojos.
Algo de aquello cambió la escala de lo ocurrido en el bosque.
Geal se acercó.
—¿Por qué te ha interesado?
Anjara tardó demasiado en responder.
Él lo notó.
—Anjara.
—Mi madre contaba historias.
—Muchos padres lo hacen.
—Sobre Guardianes.
Geal esperó.
Anjara siguió andando.
No era exactamente una mentira.
Tampoco estaba preparada para entregar la verdad.
Kaelen, que caminaba delante, habló sin volverse.
—En el Gran Desierto todavía se cuentan.
Roric la miró.
—¿Sobre todos?
—Principalmente Ignivar.
—Fuego. Desierto. Muy coherente.
Kaelen lo ignoró.
—Mi abuela decía que cuando una hoguera se niega a prender no debes maldecir tres veces seguidas.
Roric sonrió.
—¿Por qué?
—Porque a la cuarta Ignivar escucha y decide si mereces pasar frío.
Roric pareció pensarlo seriamente.
—Eso habría sido útil durante mi infancia.
Geal negó.
—No es una creencia histórica.
Kaelen se volvió.
—No he dicho que lo sea.
—Pero...
—Geal —dijo Anjara.
Él la miró.
—Déjale una superstición a la humanidad.
Roric señaló a Anjara.
—Estoy con ella.
Geal pareció herido.
—Eso es intelectualmente irresponsable.
Kaelen continuó.
—Y aun así seguimos vivos.
El acólito carraspeó desde arriba.
Los cuatro aceleraron.
La Academia empezaba a tener capas.
No solo maestros y pruebas.
Historias que la gente había llevado consigo desde lugares distintos.
Supersticiones.
Refranes.
Guardianes convertidos en mosaicos, juramentos o advertencias de abuelas.
Anjara volvió a pensar en Lumenvalle.
En cuántas cosas Elara había contado como si fueran cuentos.
Quizá nunca lo habían sido.
La puerta del scriptorium era de serbal.
Anjara reconoció la madera inmediatamente.
El arcón de Elara también lo había sido.
El descubrimiento le dejó una incomodidad pequeña y persistente.
Alrededor del marco había runas.
Círculos.
Curvas.
Formas que parecían girar unas alrededor de otras.
Esferian.
El acólito abrió.
—Entrad.
El olor llegó primero.
Papel viejo.
Tinta.
Madera.
Polvo.
Metal.
Después los libros.
Miles.
Las paredes circulares estaban cubiertas de estanterías que ascendían hasta un segundo nivel. Había escaleras móviles. Pergaminos atados con cintas de diferentes colores. Mapas colgados en bastidores.