CAPÍTULO 11 EL BAUTISMO DE FUEGO #5
—Eso no siempre ha sido tranquilizador.
Anjara siguió andando.
El acólito se detuvo frente a dos puertas de piedra negra.
No tenían manijas.
Cuatro símbolos estaban grabados en el centro.
Uno por cada hoja.
El hombre se volvió.
—A partir de hoy comeréis juntos, entrenaréis juntos y seréis evaluados como unidad cuando la instrucción lo requiera.
Roric miró a Kaelen.
—Esto empieza a parecer un matrimonio muy mal organizado.
—No —dijo Kaelen.
—Ni siquiera he terminado.
—No.
Geal se frotó la frente.
El acólito continuó sin reaccionar:
—El fracaso individual puede comprometer al cadre. El fracaso del cadre puede comprometer a cada uno de vosotros.
Anjara miró las puertas.
—¿Y quién ha decidido juntarnos?
—Vuestros instructores.
—¿Vitor?
—Entre otros.
—¿Por qué?
—Preguntádselo.
Roric suspiró.
—Por supuesto.
Las puertas empezaron a abrirse.
No hubo engranajes.
La piedra simplemente se deslizó hacia los laterales.
La habitación del otro lado era circular.
No había armas.
Ni fosos.
Ni esferas eléctricas.
Solo cuatro espejos altos.
Uno frente a cada punto cardinal.
Anjara dejó de caminar.
Los espejos eran demasiado antiguos para aquella sala.
Marcos de plata oscurecida.
Símbolos grabados alrededor.
Algunos se parecían a los de la Gema.
En el centro esperaba una mujer.
Cabello oscuro.
Rostro sereno.
Manos vacías.
No llevaba armadura.
Aquello preocupó a Anjara más que si hubiera sostenido una espada.
La mujer los observó entrar.
—Kaelen.
—Maestra Zara.
Así que ya se conocían.
Zara miró a los demás.
—Geal.
El Drakthar inclinó ligeramente la cabeza.
—Roric.
La sonrisa del muchacho perdió fuerza.
Finalmente:
—Anjara.
Los ojos de Zara permanecieron sobre ella.
No en la Gema.
En su rostro.
—Soy Zara.
Roric miró los espejos.
—¿Esta prueba también tiene un nombre tranquilizador?
La mujer sonrió.
—Sanctum Speculum.
Geal murmuró:
—Sala de los Espejos.
—Exacto.
Zara caminó hasta el espejo del norte.
Rozó la superficie con dos dedos.
El reflejo desapareció.
El cristal se volvió negro.
Anjara notó un escalofrío.
—Esta mañana os han hecho correr, escalar y luchar —dijo Zara—. Habéis aprendido algunas cosas sobre vuestro cuerpo.
Miró a Roric.
—Cuándo huye.
A Geal.
—Cuándo calcula.
A Kaelen.
—Cuándo espera.
Finalmente a Anjara.
—Y cuándo ataca.
Anjara sostuvo su mirada.
Zara apartó la mano del espejo.
—Todo eso es sencillo.
Roric miró el cristal negro.
—Tenemos definiciones muy distintas de «sencillo».
—Lo descubrirás.
Los otros tres espejos se oscurecieron.
La temperatura de la sala pareció bajar.
Anjara escuchó su propia respiración.
Zara regresó al centro.
—Un enemigo no siempre necesita superar vuestra guardia.
Su voz era tranquila.
—A veces basta con conocer la puerta que vosotros mismos dejáis abierta.
Anjara pensó en Vitor.
Has dejado de estar aquí.
No le gustó la coincidencia.
Zara miró a los cuatro.
—El miedo no es una debilidad.
Caminó entre ellos.
—Tampoco la rabia. Ni el dolor. Ni la culpa.
Se detuvo.
—La debilidad empieza cuando os negáis a reconocer qué pueden hacer con vosotros.
Anjara cerró los dedos.
El recuerdo llegó sin permiso.
Liam tendido entre sus brazos.
Frío.
La Gema inútil entre sus manos.
La próxima será mejor.
Sintió la bolsa de cenizas contra el cuerpo.
Zara la miró directamente.
—Vitor ha probado qué hacéis cuando el peligro está delante.
El espejo más próximo a Anjara vibró.
Una imagen apareció en su superficie.
No completa.
Solo color.
Verde.
Después árboles.
Anjara dejó de respirar.
El Bosque del Crepúsculo.
—Ahora —continuó Zara— veremos qué ocurre cuando aquello de lo que intentáis defenderos ya está dentro.
La imagen se aclaró.
Una mochila pequeña apareció sobre la tierra.
Manchada de zarzamoras.
Anjara retrocedió.
—No.
Zara no se movió.
—Todavía puedes salir.
Anjara la miró.
Aquello no era lo que esperaba.
—¿Qué?
—La puerta está detrás de ti.
Anjara se volvió.
Seguía abierta.
—¿Y si salgo?
—Seguirás formando parte del cadre hasta que tus instructores decidan lo contrario.
—¿No suspendo?
—No.
Roric frunció el ceño.
—Entonces ¿qué clase de prueba es esta?
Zara lo miró.
—La clase que solo sirve si quien entra decide hacerlo.
Anjara volvió al espejo.
La mochila de Liam seguía allí.
Después apareció una cuchara.
La garganta se le cerró.
Podía marcharse.
Nadie la obligaría.
Eso lo hacía peor.
Había sobrevivido a Espectros.
A semanas de camino.
A la montaña.
A la prueba de Vitor.
Todo aquello había tenido una dirección clara.
Sobrevivir.
Avanzar.
Llegar.
Esto no.
Aquí no había nada que derrotar.
Solo algo que mirar.
Anjara pensó en el juramento que se había hecho frente a la pira.
No volver a enfrentarse a algo sin comprender qué tenía delante.
Tal vez aquello también la incluía a ella.
Se quitó la mano de la puerta.
Zara lo vio.
—Bien.
Anjara la miró.
—No he dicho que esté preparada.
—Nadie lo está.
—Eso es una respuesta sorprendentemente inútil para una maestra.
Zara sonrió apenas.
—Te acostumbrarás.
Anjara volvió hacia el espejo.
La imagen cambió.
Una mano pequeña apareció junto a la cuchara.
Después una manga.
Cabello castaño.
Anjara cerró los ojos.
El frío regresó.
No el de las Montañas del Lamento.
Otro.
El que había quedado en la piel de Liam después de que el Espectro retirara la mano de su pecho.
A su lado, alguien respiró con dificultad.
Geal.
Anjara abrió los ojos.
Su espejo también había empezado a mostrar algo.
Una habitación.
Frascos rotos.
Una silueta femenina al fondo.
Lyra.
Roric ya no sonreía.
Kaelen mantenía las manos a los costados, pero tenía los dedos cerrados con tanta fuerza que las uñas se clavaban en las palmas.
Por primera vez desde que se habían conocido, ninguno hizo un comentario.
Zara se apartó.
—Bienvenidos al Cadre Umbra.
Los cuatro espejos despertaron.
Y Anjara comprendió que el verdadero bautismo de la Academia no había sido el dolor del circuito ni la espada de Vitor.
Había sido llegar hasta allí creyendo que aprender a luchar significaba descubrir cómo enfrentarse a aquello que quería destruirla.
La Academia acababa de mostrarle otra posibilidad.
Antes tendría que aprender a no destruirse ella.