El destino de Anjara (Los Ecos y las Cenizas 1) CAPÍTULO 11 EL BAUTISMO DE FUEGO #4
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CAPÍTULO 11 EL BAUTISMO DE FUEGO #4

—Me alegra que por fin conozcas mi nombre.

—No abuses del momento.

Roric bajó la mano.

—Duró poco.

—Habéis superado la evaluación inicial.

Geal dejó escapar el aire.

—¿Eso significa que hemos entrado?

—Significa que todavía no os hemos echado.

Geal miró a Anjara.

—Tiene un talento especial para estropear las buenas noticias.

—Estoy empezando a admirar la constancia.

Vitor señaló hacia uno de los edificios.

—Comedor.

Roric se incorporó de inmediato.

—Por fin una prueba para la que estoy preparado.

—Después volveréis a vuestros aposentos.

La alegría disminuyó.

—Y con la siguiente campana empieza vuestro entrenamiento real.

Geal se quedó quieto.

—¿Esto no era el entrenamiento real?

Vitor lo miró.

—No.

Geal cerró los ojos.

—Necesito revisar muchas decisiones recientes.

Vitor se marchó.

Borin lo siguió.

Anjara permaneció unos segundos mirando su espalda.

Kaelthar.

Guardó la palabra.

Kaelen se acercó.

Le tendió una mano.

Anjara la aceptó.

La mujer tiró de ella.

—Te falta disciplina.

—Gracias.

—Y técnica.

—Tu capacidad para animar a la gente es extraordinaria.

Kaelen lo pensó.

—Atacas demasiado alto cuando te enfadas.

Anjara la miró.

—¿Eso era necesario?

—Sí.

Roric soltó una carcajada.

Kaelen continuaba completamente seria.

Aquello lo hacía peor.

O mejor.

Anjara todavía no lo había decidido.

Geal se acercó cojeando.

—¿Puedes caminar?

Anjara dio un paso.

El costado protestó.

—Sí.

Geal la observó.

—Puedes caminar mal.

—Sigue siendo caminar.

—Los estándares están cayendo deprisa.

Empezaron a cruzar el patio.

Roric se sujetaba las costillas.

Geal arrastraba ligeramente una pierna.

Anjara tenía medio cuerpo dolorido.

Kaelen parecía ser la única capaz de conservar alguna dignidad.

Roric la miró.

—¿Siempre eres así?

—¿Así cómo?

—Como si golpear a alguien tres veces antes del desayuno fuera una actividad normal.

—No fueron tres.

Roric se llevó una mano al costado.

—Mi cuerpo tiene otra versión.

—Tu cuerpo debería aprender a contar.

Anjara rio.

La culpa apareció.

Todavía lo hacía.

No con la violencia de los primeros días.

Pero estaba allí.

Liam estaba muerto.

Y ella se estaba riendo.

Durante un instante ambas cosas parecieron incompatibles.

Después recordó algo.

Su hermano se habría reído de Roric.

Muchísimo.

Probablemente habría pedido a Kaelen que repitiera el derribo.

La risa no desapareció.

Dolió.

Pero permaneció.

Anjara permitió que lo hiciera.

El Gran Comedor ocupaba una sala abovedada excavada en la montaña.

Había esperado solemnidad.

Encontró ruido.

Mesas largas.

Bancos.

Braseros.

Candelabros de hierro.

Centenares de conversaciones.

Un alumno dormía con la cabeza sobre un libro mientras la muchacha sentada a su lado utilizaba su espalda para apoyar un pergamino.

Dos jóvenes discutían por una jarra.

Alguien lanzó un trozo de pan.

Una mujer de unos cincuenta años lo atrapó al vuelo sin dejar de hablar con otro maestro y lo devolvió con tanta precisión que golpeó al culpable en la frente.

Nadie pareció sorprenderse.

Anjara se detuvo en la entrada.

Aquello era lo que el exterior de la fortaleza no mostraba.

Vida.

No soldados esperando una guerra.

Personas viviendo allí.

Roric inhaló.

—Comida.

Desapareció entre las mesas.

Kaelen lo siguió.

—Si roba algo, no lo conozco.

Geal miró a Anjara.

—¿Vienes?

Ella asintió.

Se sentaron juntos.

Nadie lo decidió.

Simplemente quedaron cuatro sitios ocupados en la misma mesa.

Pan oscuro.

Carne guisada.

Raíces.

Una bebida caliente con olor a especias.

Durante los primeros minutos apenas hablaron.

El hambre ganó.

Anjara levantó la cuchara.

Se detuvo.

Una cuchara.

Nada especial.

Madera gastada.

Una pequeña grieta cerca del mango.

Pero vio otra.

La que seguía guardada en su mochila.

Por si comemos sopa.

Bajó la mirada.

El comedor desapareció durante un instante.

Liam habría considerado aquella sala una victoria personal.

Había cientos de cucharas.

Geal lo vio.

No dijo nada.

Kaelen tampoco.

Roric sí.

—¿No te gusta?

Anjara parpadeó.

—¿Qué?

—El guiso.

—Sí.

Roric señaló el cuenco.

—Porque si no vas a...

Kaelen le quitó el pan de la mano.

—Come el tuyo.

—Estaba intentando ayudar.

—No.

—¿No qué?

—No estabas intentando ayudar.

Roric consideró la acusación.

—Pensaba intentarlo después.

Anjara soltó aire por la nariz.

Tomó una cucharada.

Caliente.

Salada.

Demasiado grasa.

Le supo mejor que casi cualquier cosa que hubiera comido durante el viaje.

—¿Cuánto llevas aquí? —preguntó a Kaelen.

—Cinco meses.

Anjara la miró.

—Dijiste que habías llegado ayer.

—No.

—Roric dijo que todos habíamos llegado ayer y no lo corregiste.

—No vi necesidad.

Roric dejó de masticar.

—Eso es engañoso.

—No preguntaste.

—Empiezo a comprender por qué te han puesto con nosotros.

Kaelen bebió.

—Todavía no me han puesto con nadie.

—¿Entonces qué hacías en la prueba?

—Evaluaros.

Geal levantó la cabeza.

—¿Para qué?

Kaelen miró hacia la mesa elevada del fondo.

Vitor hablaba allí con Borin y otros dos instructores.

—No lo sé todavía.

Roric siguió su mirada.

—Eso es inquietante.

—Para ti, probablemente.

—¿Por qué para mí?

—Has durado treinta segundos.

—Han sido treinta segundos de gran calidad.

Anjara miró a Kaelen.

—¿Y tú qué eres?

—Guerrera.

—Eso lo había deducido.

—Entonces la pregunta era innecesaria.

Anjara sonrió.

—Ahora entiendo por qué Vitor te soporta.

Kaelen levantó una ceja.

—Vitor no me soporta.

—¿No?

—Nos respetamos.

Roric intervino:

—Eso parece una forma muy cansada de llevarse bien.

Kaelen ignoró el comentario.

Geal estaba mirando hacia otra mesa.

Anjara siguió su vista.

Tres alumnos observaban al Drakthar.

Uno murmuró algo.

Otro rio.

Geal bajó los ojos hacia su comida.

Anjara conocía aquella reacción.

Paso de la Viuda.

La madre apartando al niño.

No mires.

—¿Qué han dicho? —preguntó.

—Nada importante.

—Eso no responde.

Geal tomó otra cucharada.

—Drakthar.

Anjara esperó.

—No todos aquí consideran que mi pueblo deba tener acceso a determinados conocimientos.

Kaelen miró a los otros alumnos.

—¿Nombres?

Geal levantó la cabeza.

—No.

—Puedo conseguirlos.

Roric sonrió.

—Ahora sí me cae bien.

Geal negó.

—No necesito que nadie pelee por mí.

Anjara volvió a mirar a los tres.

—No ha dicho pelear.

Kaelen tomó otro trozo de pan.

—Todavía.

Geal cerró los ojos.

—Sois agotadoras.

—Llevamos una mañana —dijo Anjara.

—Ha sido productiva.

La frase le resultó familiar.

Sonrió.

Al otro extremo del comedor, el muchacho noble que había sido eliminado estaba sentado solo.

Sin el emblema familiar.

Sin sirvientes.

Un alumno mayor se acercó y dejó un cuenco delante de él.

El noble no lo miró.

El otro se sentó.

No hablaron.

Anjara observó la escena.

La Academia expulsaba.

Golpeaba.

Juzgaba.

Pero alguien seguía poniendo comida delante del que había fracasado.

Aquello le interesó más que cualquier discurso de Vitor.

Un anciano de túnica gris pasó junto a su mesa.

Cabello completamente blanco.

Espalda recta.

No parecía físicamente imponente.

Sin embargo, varias conversaciones cercanas disminuyeron al verlo.

Sus ojos se detuvieron en Anjara.

Después en la cadena que desaparecía bajo su ropa.

No habló.

Siguió caminando.

Anjara lo siguió con la mirada.

—¿Quién era?

Geal negó.

—No lo sé.

Kaelen sí.

—Eldrin.

Anjara dejó la cuchara.

—¿Qué?

Kaelen la miró.

—Maestro Eldrin.

Anjara se puso en pie.

El anciano ya se alejaba.

—Espera.

Geal le agarró la muñeca.

—Anjara.

—He venido a buscarlo.

—Lo sé.

—Entonces suéltame.

—También acabas de sobrevivir a una prueba, tienes una quemadura en el costado y estás a mitad del desayuno.

—Nada de eso afecta a mis piernas.

—Hace diez minutos decías que caminar mal seguía siendo caminar.

—Sigue siéndolo.

Kaelen habló:

—No llegarás hasta él.

Anjara la miró.

—¿Por qué?

—Porque si Eldrin quisiera hablar contigo ahora, estaría sentado aquí.

Aquello la enfureció precisamente porque tenía sentido.

Anjara volvió a mirar al anciano.

Eldrin desapareció por una puerta lateral.

Había llegado hasta la Academia por aquel nombre.

Semanas de camino.

Liam.

La montaña.

Todo.

Y el hombre había pasado junto a ella sin decir una palabra.

—Me ha visto.

—Sí —dijo Kaelen.

—Ha visto la Gema.

—También.

—Entonces sabe quién soy.

Kaelen tomó la taza.

—Eso tendrás que preguntárselo a él.

Anjara se sentó.

—Todo el mundo aquí responde así.

Roric señaló a Kaelen.

—Llevo diciéndolo desde esta mañana.

Una campana sonó.

Geal dejó caer la cuchara dentro del cuenco.

—No.

Segundo toque.

Después un tercero.

A su alrededor, varios grupos comenzaron a levantarse.

Roric miró su comida.

—No he terminado.

Kaelen se puso en pie.

—Vitor dijo la próxima campana.

Anjara cerró los ojos.

—Odio cuando cumple su palabra.

Geal metió el último pedazo de pan en la boca.

—Yo odio casi todo desde que entramos.

Roric levantó su cuenco.

—El guiso no.

Geal terminó de masticar.

—El guiso no.

Un acólito esperaba en la salida.

Miró a los cuatro.

—Cadre Umbra.

Nadie reaccionó.

El hombre volvió a mirarlos.

—Vosotros.

Roric señaló su pecho.

—¿Tenemos nombre?

—Vuestro cadre.

Anjara frunció el ceño.

—¿Qué significa exactamente?

—Una unidad estable de formación.

Geal miró a Kaelen.

—Ella no es aspirante.

—No.

—Entonces...

—Kaelen forma parte del cadre.

Por primera vez, ella pareció recibir una información que tampoco esperaba.

Roric sonrió.

—Bienvenida.

Kaelen lo miró.

—No hagas que me arrepienta antes de empezar.

—Eso implica que tardarás un poco.

—No.

El acólito echó a andar.

—Seguidme.

Geal se acercó a Anjara.

—Umbra.

—Sombra.

—Sí.

Roric los oyó.

—¿Eso es bueno?

Geal pensó.

—En una fortaleza donde el primer ejercicio se llama Circuito del Dolor, prefiero no especular.

—Sabia decisión.

Descendieron.

No hacia los patios.

Hacia niveles inferiores.

Los pasillos cambiaron conforme bajaban.

La piedra se volvió más oscura.

Más antigua.

Las juntas entre bloques desaparecieron hasta que algunas paredes parecieron excavadas de una única masa de roca.

Las runas también cambiaron.

Anjara reconoció algunas formas circulares.

No las palabras.

Esferian.

La Gema se calentó.

Muy poco.

Pero lo suficiente.

Anjara se detuvo.

Geal lo notó.

—¿Otra vez?

Ella asintió.

—¿Mucho?

—No.