CAPÍTULO 11 EL BAUTISMO DE FUEGO #3
—Te habría hecho menos eficaz.
—Empiezo a pensar que no te preocupa demasiado mi bienestar.
—Empiezas despacio.
Anjara soltó una risa.
Roric se incorporó.
—Gracias por el apoyo.
—No era para ti.
—Peor todavía.
Vitor señaló.
—Anjara.
Después:
—Geal.
El Drakthar cerró los ojos.
—Era inevitable.
Entraron en el círculo.
Anjara sostuvo la espada.
Geal hizo lo mismo.
Parecía estar sujetando una herramienta cuyo manual no había terminado de leer.
—No quiero hacerte daño —dijo él.
—Entonces perderás.
Geal la miró.
Anjara levantó la espada.
—No te he dicho que me guste.
Algo cambió en su expresión.
Asintió.
Vitor habló desde fuera:
—Empezad.
Geal atacó primero.
Anjara lo esperaba.
Bloqueó.
Madera contra madera.
El impacto le recorrió el brazo.
Geal retrocedió.
Ella avanzó.
Él no tenía fuerza.
Tampoco técnica suficiente.
Pero pensaba.
Siempre pensaba.
Anjara amagó a la derecha.
Geal no mordió.
Atacó abajo.
Ella retiró la pierna.
—Mejor.
—Gracias.
—No era un elogio.
—Lo conservaré igualmente.
Anjara atacó.
Primer golpe.
Geal bloqueó.
Segundo.
Volvió a bloquear.
El tercero atravesó su defensa y golpeó el hombro.
Geal perdió un paso.
Anjara vio la abertura.
Cuello.
Podía detener la hoja antes de tocarlo.
Lo sabía.
Era madera.
Un ejercicio.
Levantó el arma.
Y durante una fracción de segundo vio otra cosa.
Una mano negra atravesando el pecho de Liam.
La piel de su hermano perdiendo color.
El frío.
Estoy cansado.
El movimiento se detuvo.
Solo un instante.
Geal lo vio.
Vitor también.
—Alto.
Anjara bajó la espada.
Se volvió.
Vitor estaba entrando en el círculo.
—¿Qué?
—Has dudado.
—Es Geal.
—Lo sé.
—No voy a golpearle en la cabeza porque tú quieras demostrar algo.
—Podías controlar el golpe.
—También podía no darlo.
Vitor se detuvo frente a ella.
—En una pelea real acabas de morir.
—Esto no es una pelea real.
—Por eso deberías haber podido hacerlo.
Anjara apretó la empuñadura.
—No necesito que me enseñes a herir a mis amigos.
Vitor la estudió.
—No.
Su tono cambió.
Menos provocación.
Más atención.
—Necesitas aprender a decidir.
Anjara frunció el ceño.
—Ya he decidido.
—Has dejado que un recuerdo decidiera por ti.
Aquello llegó demasiado cerca.
Geal dio un paso.
—Vitor.
Vitor ni siquiera lo miró.
—Cuando levantaste la espada no estabas viendo a Geal.
Anjara quedó inmóvil.
No podía saber exactamente qué había visto.
Pero podía reconocerlo.
Eso era peor.
—No sabes lo que estaba viendo.
—No.
Vitor sostuvo su mirada.
—Solo sé que dejaste de estar aquí.
El patio pareció encogerse.
Anjara bajó ligeramente la espada.
Vitor señaló su pecho.
No la Gema.
Ella.
—Eso puede matarte.
—Ya he sobrevivido a cosas peores que una distracción.
—Entonces deberías saber que sobrevivir una vez no convierte un error en una virtud.
Anjara apretó los dientes.
—¿Has terminado?
—No.
Vitor tomó una espada de madera de manos de Borin.
Se colocó frente a ella.
—Atácame.
Anjara lo miró.
—¿Para qué?
—Porque ahora estás enfadada.
—Observador.
—Quiero ver qué haces con ello.
—Podría marcharme.
—También sería una respuesta.
Aquello consiguió irritarla todavía más.
Roric murmuró desde fuera:
—No sé quién de los dos está tomando una decisión peor.
Kaelen lo hizo callar con una mirada.
Anjara levantó la espada.
—Bien.
Vitor adoptó una guardia sencilla.
—Cuando quieras.
Anjara atacó.
Primer golpe.
Vitor lo desvió.
Segundo.
Bloqueó.
Ella cambió el ángulo.
Vitor retrocedió medio paso.
Anjara atacó de nuevo.
Más rápido.
La madera chocó.
Otra vez.
Vitor seguía delante.
Sin prisa.
Sin perder el equilibrio.
La frustración empezó a crecer.
Anjara golpeó más fuerte.
Error.
Vitor apartó la hoja y tocó su costado con la punta.
—Muerta.
Anjara retrocedió.
—Otra vez.
Atacó.
Vitor esquivó.
Golpeó su muslo.
—Muerta.
—Deja de decir eso.
—Deja de ofrecerme lugares donde matarte.
Anjara fue a por él.
La técnica empezó a desaparecer.
Kael habría visto cada error.
El hombro demasiado alto.
La cadera girando antes del golpe.
La mirada clavada donde quería atacar.
Vitor los veía también.
Bloqueó.
Desvió.
Esperó.
Anjara intentó alcanzar su cuello.
Él atrapó la hoja contra la suya.
Giró.
La espada salió de las manos de Anjara.
Cayó a varios pasos.
Vitor bajó el arma.
—Eso.
Anjara respiraba con dificultad.
—¿Eso qué?
—Es lo que ocurre cuando dejas de elegir.
Ella miró la espada en el suelo.
—No necesito una lección sobre la rabia.
—Entonces deja de demostrar lo contrario.
La frase golpeó.
Anjara avanzó.
Sin espada.
Vitor tuvo el tiempo justo de levantar un brazo.
Ella entró dentro de su guardia.
Codo hacia las costillas.
Vitor bloqueó.
Rodilla.
Él giró la cadera.
Anjara intentó barrerle una pierna.
Vitor perdió por primera vez parte del equilibrio.
Muy poco.
Pero ocurrió.
Algo parecido a sorpresa cruzó su rostro.
Anjara aprovechó.
Empujó.
Vitor retrocedió.
Ella volvió a entrar.
Esta vez él estaba preparado.
Agarró su muñeca.
Giró.
Utilizó el propio impulso de Anjara.
El suelo apareció demasiado deprisa.
Cayó de espaldas.
El aire salió de sus pulmones.
Vitor inmovilizó su brazo.
No apoyó el antebrazo contra su garganta.
No necesitó hacerlo.
Anjara intentó soltarse.
La presión aumentó sobre su muñeca.
—Suficiente.
—Suéltame.
—Cuando dejes de intentar golpearme.
—Entonces tenemos un problema.
Anjara trató de girar.
Vitor cambió el peso.
Imposible.
—Anjara.
No gritó.
Eso la alcanzó más que un grito.
Había autoridad en la voz.
Pero también algo más.
No burla.
No satisfacción.
Control.
El mismo que ella acababa de perder.
Anjara dejó de forcejear.
Vitor esperó un instante.
La soltó.
Ella se incorporó.
Tenía polvo en el cabello.
El costado ardía por la descarga.
Los brazos temblaban.
Vitor recogió la espada de madera.
—Tu rabia no es el problema.
Anjara se limpió la boca con el dorso de la mano.
—Qué alivio.
—El problema es que crees que sentirla te da derecho a obedecerla.
La frase hizo que Geal levantara la mirada.
Anjara también lo oyó.
No porque fuera nueva.
Porque se parecía demasiado a algo que ella misma empezaba a sospechar.
—No sabes nada de mí.
—Sé que has llegado a una fortaleza en mitad de las montañas llevando cenizas contra el pecho.
Anjara quedó completamente inmóvil.
Roric dejó de sonreír.
Kaelen miró a Vitor.
Geal avanzó un paso.
—Eso no es asunto tuyo.
Vitor lo miró por primera vez.
—Aquí lo será si condiciona cómo combate.
Anjara se puso en pie.
—No vuelvas a hablar de ellas.
Vitor sostuvo su mirada.
—De acuerdo.
La respuesta inmediata la desarmó más que otra provocación.
Esperaba una pelea.
No se la dio.
Vitor señaló la espada caída.
—Pero tampoco voy a fingir que no existen.
Anjara no dijo nada.
—Lo que lleves contigo puede darte un motivo para levantarte —continuó—. También puede arrastrarte al suelo si permites que otra persona decida cuándo debes recordarlo.
El silencio alrededor del círculo se hizo incómodo.
Anjara pensó en Geal junto al fuego.
No conviertas su muerte en una orden que él nunca te dio.
Dos hombres distintos.
La misma herida vista desde ángulos diferentes.
Eso la irritó de una manera especialmente eficaz.
—¿Entonces estoy fuera?
Vitor la observó.
—No.
—He perdido.
—Sí.
—He ignorado una orden.
—También.
—He intentado golpearte sin arma.
Roric levantó un dedo.
—Eso último me pareció bastante convincente.
Kaelen le bajó la mano.
Vitor ignoró a ambos.
—Sigues dentro.
—¿Por qué?
—Porque cuando has dejado de utilizar la espada como te habían enseñado has intentado resolver el problema de otra manera.
Anjara frunció el ceño.
—Acabas de tirarme al suelo.
—No he dicho que la otra manera fuera buena.
Roric volvió a intervenir:
—Eso se parece más a él.
Vitor giró la cabeza.
Roric examinó de pronto una torre.
Vitor volvió a Anjara.
—Tienes instinto. Observas. Te adaptas. Y cuando te enfadas abandonas casi todo lo anterior.
Le tendió la espada.
—Eso se puede corregir.
Anjara la aceptó.
—Hablas como si estuvieras seguro.
—Lo estoy.
—Qué cualidad tan agradable.
—No necesito agradarte.
—Eso también lo haces bastante bien.
Por primera vez, la boca de Vitor se movió apenas.
No llegó a sonrisa.
Pero estuvo cerca.
—Y tú necesitas mejorar tus derribos.
Anjara parpadeó.
—Casi te tiro.
—Casi.
—Has perdido el equilibrio.
—Durante menos de un segundo.
—Lo recordaré con cariño.
—Hazlo. Es posible que no vuelva a ocurrir.
Anjara decidió que lo detestaba.
Todavía no estaba segura de cuánto.
Vitor se apartó.
Borin observaba desde fuera del círculo.
Su expresión resultaba difícil de interpretar.
—Kaelthar —dijo.
Vitor se volvió.
Anjara reconoció la palabra.
Las runas angulares.
La armadura.
Geal también reaccionó.
Vitor debió de notarlo.
—Sí.
Anjara lo miró.
—¿Qué significa?
Vitor tardó un momento en responder.
—Lo que soy.
—Eso sigue sin significar nada para mí.
—Kaelthar —repitió Geal—. Uno de los antiguos linajes guerreros de Lirionis.
Vitor lo miró.
—Una descripción cómoda.
—No he dicho que fuera completa.
—No lo es.
Anjara observó las runas de su armadura.
—¿Y por eso luchas así?
—En parte.
—¿Qué otra parte?
—Años de entrenamiento.
—Respuesta decepcionante.
—La mayoría de las respuestas verdaderas lo son.
Geal se acercó un poco.
—Creía que quedaban muy pocos.
La expresión de Vitor cambió.
No mucho.
Pero Anjara empezaba a descubrir que con él las cosas importantes rara vez producían grandes movimientos.
—Quedamos suficientes.
—No era una ofensa.
—No la he tomado como tal.
Geal no pareció convencido.
Vitor miró de nuevo a Anjara.
—Hay quienes creen que los Kaelthar servimos mejor como arma que como escudo.
—¿Y tienen razón?
—A veces.
La respuesta llegó sin orgullo.
Tampoco vergüenza.
—Una espada puede matar a quien tienes delante —añadió—. También puede impedir que llegue hasta quien está detrás.
Anjara pensó en Kael.
El nombre.
Las marcas oscuras de su pecho.
La vieja runa tallada en el medallón que había terminado ardiendo con Liam.
Kael.
Kaelthar.
El parecido era demasiado evidente para ignorarlo.
Y demasiado pequeño para convertirlo en una respuesta.
No dijo nada.
Todavía.
Vitor se volvió hacia los cuatro.
—Anjara. Geal. Kaelen. Roric.
Roric levantó una mano.