El destino de Anjara (Los Ecos y las Cenizas 1) CAPÍTULO 11 EL BAUTISMO DE FUEGO
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CAPÍTULO 11 EL BAUTISMO DE FUEGO

La campana sonó antes del amanecer.

El bronce atravesó los muros de la Academia y arrancó a Anjara del sueño con la violencia de una caída.

Se incorporó.

Durante unos segundos no supo dónde estaba.

Piedra.

Una cama estrecha.

Una manta áspera.

Una franja de luz rojiza bajo la puerta.

Después regresó todo.

Las Montañas del Lamento.

La puerta de hierro.

Las runas.

Vitor.

La Academia Arcana.

Anjara se llevó una mano al pecho.

La Gema seguía allí.

También la pequeña bolsa con las cenizas de Liam.

Cerró los dedos alrededor de ella.

—Bien.

No sabía a quién intentaba convencer.

Había dormido vestida.

No por comodidad.

La habitación que le habían asignado la noche anterior tenía una cama, un arcón vacío, una jofaina, una mesa de piedra y una ventana tan estrecha que apenas podía considerarse tal cosa.

No era exactamente una celda.

Pero alguien había trabajado mucho para que se pareciera.

Un golpe sonó al otro lado de la pared.

Después una maldición.

Anjara reconoció la voz.

—Geal.

—Estoy bien —respondió él desde la habitación contigua.

—No he preguntado.

Hubo un silencio.

—Entonces retiro la información.

Anjara sonrió.

Solo un poco.

Se puso las botas.

El cuerpo protestó.

Las piernas seguían castigadas por el ascenso. Los hombros le dolían bajo las correas que había cargado durante semanas y una presión sorda permanecía detrás de los ojos, recuerdo de la energía que había entregado a la puerta la noche anterior.

Se echó agua fría en la cara.

El reflejo de la jofaina le devolvió unos ojos cansados y un rostro que parecía haber envejecido más durante el camino que en los dieciocho años anteriores.

Pensó en Liam diciéndole que fruncía demasiado el ceño.

Apartó la mirada.

Tres golpes sonaron en la puerta.

Esta se abrió antes de que respondiera.

Un acólito vestido de gris apareció en el umbral.

—Fuera.

Anjara miró la ventana.

Todavía era de noche.

—Me alegra comprobar que la hospitalidad mejora con el descanso.

El hombre no reaccionó.

Anjara se colocó el cuchillo de Kael en el cinturón.

—El arma se queda.

Su mano se detuvo.

—No.

—El arma se queda.

—Es mía.

—Y seguirá siéndolo cuando regreses.

Anjara sostuvo su mirada.

El acólito parecía llevar años teniendo aquella misma discusión con personas igual de testarudas.

No tenía aspecto de haber perdido muchas.

—¿Y si no regreso?

—Entonces tendrás problemas mayores que recuperar un cuchillo.

Anjara no encontró una respuesta suficientemente buena.

Eso la irritó todavía más.

Se quitó el arma y la dejó sobre la mesa.

—Como le pase algo...

El acólito miró el cuchillo.

—Amenazar a un edificio suele producir resultados limitados.

Se marchó.

Anjara lo siguió.

Geal salía de la habitación contigua.

Tenía el cabello aplastado por un lado y levantado por el otro.

Anjara lo observó.

—No.

—No he dicho nada.

—Estabas a punto.

—Estaba admirando el fenómeno.

Geal intentó alisarse el pelo.

Lo empeoró.

—Odio este lugar.

—Llevamos una noche.

—Ha sido una noche muy productiva.

El corredor comenzó a llenarse.

Puertas que se abrían.

Botas sobre piedra.

Voces todavía dormidas.

Una docena de jóvenes salieron de habitaciones semejantes a las suyas.

Algunos parecían recién llegados.

Otros llevaban ropa de viaje demasiado buena para haber dormido muchas veces al raso.

Un muchacho rubio, de hombros anchos, llevaba bordado en la túnica el emblema de alguna casa que Anjara no reconoció. Dos sirvientes habían dejado la noche anterior un arcón delante de su habitación.

Aquella mañana el arcón ya no estaba.

El muchacho parecía profundamente ofendido por ello.

—¿Dónde están mis cosas? —exigió a un acólito.

—Guardadas.

—¿Sabes quién es mi padre?

El acólito siguió caminando.

Anjara miró a Geal.

—Parece que no.

—O lo sabe y no le impresiona.

—Eso sería mejor.

Más adelante, una mujer esperaba apoyada contra la pared.

No parecía recién despertada.

Alta.

Cuerpo firme.

Cabello oscuro recogido lejos del rostro.

Su piel tenía el tono tostado de quien había crecido bajo un sol mucho más duro que el de Lirionis.

Dos cimitarras cortas permanecían enfundadas a su espalda.

Anjara miró las armas.

Después su mesa vacía.

—A ella no se las han quitado.

Geal siguió su mirada.

—Pregúntale.

—Hazlo tú.

—Tengo proyectos a largo plazo.

La mujer giró la cabeza.

—Buena decisión.

Geal cerró la boca.

Anjara levantó una ceja.

—Anjara.

La desconocida la estudió.

No de manera hostil.

Tampoco amistosa.

—Kaelen.

—¿De dónde vienes?

—Del Gran Desierto.

Anjara asintió hacia las cimitarras.

—¿Y por qué tú puedes llevarlas?

Kaelen miró las empuñaduras.

—Porque no soy aspirante.

Aquello explicaba algo.

—¿Entonces qué haces aquí?

—Esperar.

—¿A qué?

Kaelen miró hacia el final del corredor.

—A descubrir si alguno de vosotros merece que siga esperando.

Geal murmuró:

—Empiezo a echar de menos la montaña.

—La montaña intentó matarnos —dijo Anjara.

—Pero no juzgaba.

Kaelen echó a andar.

—Eso no lo sabes.

Anjara la siguió con la mirada.

—Me cae bien.

—Eso dices de personas preocupantes.

—Tú me caes bien.

Geal se quedó pensativo.

—Retiro la observación.

Continuaron.

El siguiente que llamó la atención de Anjara fue un muchacho delgado apoyado junto a una columna.

No porque destacara.

Precisamente porque parecía esforzarse por no hacerlo.

Ropa sencilla.

Botas usadas.

Cabello castaño.

Un tatuaje de serpiente asomaba bajo la manga izquierda y desapareció cuando notó que Anjara lo había visto.

Pero ella no estaba mirando el tatuaje.

Llevaba un rato observando otra cosa.

La puerta por la que habían llegado.

La escalera.

Las manos de los acólitos.

Las ventanas.

Otra puerta.

No miraba la Academia.

Miraba las salidas.

Kael le había enseñado aquello.

Quien entra en un lugar observando dónde puede escapar ha aprendido alguna vez que quedarse atrapado sale caro.

El muchacho la descubrió mirándolo.

—¿Qué?

—Nada.

—Eso no era nada.

—Estaba contando.

Su expresión cambió.

—¿Qué?

—Cuántas salidas has comprobado desde que hemos salido de las habitaciones.

El muchacho quedó inmóvil.

Después sonrió.

No era una sonrisa avergonzada.

Era la de alguien que acababa de descubrir que habían hecho trampas en el mismo juego.

—Roric.

—Anjara.

—Miras demasiado.

—Tú también.

—Yo tengo motivos.

—Yo también.

Roric ladeó la cabeza.

—¿Ladrona?

—Sanadora.

Él la examinó.

—Eso no era una de mis opciones.

Kaelen pasó entre ambos.

—Hablad menos.

Roric la siguió con los ojos.

—¿Siempre es así?

Geal respondió:

—La conocemos desde hace aproximadamente dos minutos.

Kaelen no se volvió.

—Y ya estáis abusando.

Roric sonrió.

—Definitivamente siempre es así.

El corredor desembocó en una explanada interior.

El frío golpeó a Anjara en la cara.

Se detuvo.

La Academia era todavía más grande desde dentro.

No era una única fortaleza, sino un conjunto de torres, patios y galerías levantados a diferentes alturas dentro de la montaña.

Puentes de piedra conectaban edificios separados por barrancos interiores. Algunas galerías estaban excavadas directamente en la roca. Chimeneas enormes expulsaban humo de las forjas y conductos menores llevaban calor hacia los niveles habitados.

Y había gente por todas partes.

Alumnos corriendo escaleras arriba.

Aprendices cargando cubos.

Un hombre con delantal de cuero discutía con dos jóvenes sobre una pieza de armadura.

Una mujer vendaba la ceja de un muchacho sentado en un banco mientras lo insultaba por haberse quitado el casco.

Más arriba, alguien sacudía mantas desde una galería.

En otro patio, media docena de personas entrenaba con lanzas bajo la vigilancia de un instructor.

Olía a carbón, gachas, hierro caliente, sudor y nieve.

La Academia Arcana estaba despierta.

No.

Anjara corrigió la idea.

La Academia probablemente nunca se dormía del todo.

En el centro del patio esperaba Vitor.

Veinte años.

Solo dos más que ella.

Anjara todavía encontraba difícil reconciliar aquella edad con la manera en que los demás parecían reaccionar a su presencia.

No llevaba capa.

La armadura oscura se ajustaba a un cuerpo más delgado de lo que uno habría esperado en un guerrero. No había en él la corpulencia del herrero de Lumenvalle ni la fuerza evidente de los hombres que descargaban carros.

Todo parecía construido para otra clase de combate.

Velocidad.

Precisión.

Economía.

Las runas angulares de su armadura apenas reflejaban los braseros.

A su lado esperaba un hombre de más edad y hombros enormes.

Borin.

Esta vez alguien pronunció su nombre detrás de Anjara.

El maestro sostenía una vara de entrenamiento que parecía suficientemente pesada para servir de viga en una casa pequeña.

Los aspirantes formaron una línea.

Kaelen no.

Se quedó a un lado, junto a una columna.

Roric la miró.

—¿Ella no participa?

—No —respondió Vitor.

Roric se tensó.

—¿Nos oyes siempre?

—Cuando habláis así de alto, sí.

—Tendré que trabajar eso.

—Hazlo.

Vitor recorrió la fila.

Doce aspirantes.

—Llegasteis hasta aquí.

Silencio.

—Algunos habéis cruzado medio continente. Otros habéis pagado guías, comprado mapas o utilizado apellidos para atravesar territorios que habrían detenido a otros.

Sus ojos pasaron por el joven noble.

Después por Anjara.

—No me importa.

El muchacho rubio endureció el gesto.

Vitor continuó:

—Haber cruzado la puerta no os convierte en miembros de la Academia. Tampoco vuestra sangre. Ni un apellido. Ni el dinero que haya costado llegar.

Una pausa.

—Ni lo que llevéis alrededor del cuello.

Los ojos de Vitor encontraron los de Anjara.

Solo un instante.

La mano de ella quiso ir hacia la Gema.

No lo permitió.

Borin avanzó.

Golpeó la piedra con la vara.

El sonido recorrió el patio.

—Aquí importa lo que queda cuando os quitan aquello en lo que confiabais antes de llegar.

Anjara pensó en su cuchillo, encerrado en una habitación.

Vitor señaló el extremo del patio.

—Por eso os lo hemos quitado.

Anjara siguió su mano.

Entonces vio el circuito.

Muros de obsidiana.

Rampas.

Cuerdas.

Fosos cubiertos por una bruma gris.

Un puente de cristal suspendido sobre un desnivel que no parecía diseñado para tranquilizar a nadie.

Y, al final, seis esferas de energía flotaban sobre una plataforma.