CAPÍTULO 10 LA PUERTA DEL SACRIFICIO #4
El joven observó primero al Drakthar.
Después a Anjara.
Sus ojos bajaron hasta la sangre bajo su nariz.
Luego a las runas verdes que todavía recorrían la puerta.
—Curioso.
Anjara apretó el mango del cuchillo.
—¿Esa es vuestra forma habitual de recibir viajeros?
La mirada regresó a ella.
No hubo sonrisa.
—Los viajeros suelen utilizar caminos.
Miró hacia la tormenta que acababan de atravesar.
—Y entradas que se abren desde dentro.
Geal se apoyó en el bastón.
—La vuestra no tenía llamador.
—Precisamente.
Anjara dio un paso.
—Buscamos la Academia Arcana.
El desconocido inclinó apenas la cabeza.
—Entonces habéis acertado bastante.
—Me tranquiliza saberlo después de dos semanas subiendo una montaña.
Sus ojos se detuvieron en ella un segundo más.
No fue interés.
Evaluación.
Como Kael observando una huella antes de decidir si pertenecía a algo peligroso.
Anjara no decidió si aquello le molestaba.
—¿Quién eres? —preguntó.
Hubo una pausa.
—Vitor.
Esperó.
Nada más.
—¿Solo Vitor?
Algo cruzó su expresión.
Tan leve que podría haberlo imaginado.
—De momento debería bastar.
Anjara miró a Geal.
El Drakthar estudió deliberadamente una pared.
Cobarde.
—Necesitamos hablar con un maestro —dijo ella.
—Todos los que consiguen llegar hasta aquí necesitan algo.
—Yo necesito a Eldrin.
La reacción fue inmediata.
No grande.
Pero real.
La postura de Vitor cambió apenas.
—¿Quién te ha dado ese nombre?
Anjara dudó.
—Mi madre.
—¿Cómo se llamaba?
—Elara.
El corredor pareció quedar más silencioso.
Vitor permaneció inmóvil.
Solo un instante.
Después su mirada descendió.
No al cuchillo.
Al lugar donde Anjara había ocultado la Gema.
Ella lo vio.
Y todo el cansancio desapareció de golpe.
—Sabes qué llevo.
Vitor volvió a mirarla a los ojos.
—He dicho que entréis.
—No he preguntado eso.
Geal murmuró:
—Anjara...
Ella no se movió.
Vitor tampoco.
Durante unos segundos ninguno cedió.
Finalmente él habló.
—Si quisiera quitártelo, esta conversación sería distinta.
La mano de Anjara siguió cerca del cuchillo.
—Eso no me tranquiliza.
—No pretendía hacerlo.
Geal exhaló por la nariz.
—Estoy empezando a creer que aquí todos hablan así.
Vitor miró al Drakthar.
—Aquí la gente suele aprender pronto a decir solo lo necesario.
Geal alzó una ceja.
—Entonces vas muy adelantado.
Aquella vez Anjara vio con claridad una sombra de diversión en el rostro de Vitor.
Desapareció enseguida.
—Entrad.
Se volvió.
Anjara no lo siguió aún.
—¿Eso es todo?
Vitor miró por encima del hombro.
—No.
La puerta permanecía abierta detrás de él.
—Eso solo os ha permitido cruzar el umbral.
La observó.
—Ahora veremos por qué habéis llegado.
Geal suspiró.
—Sabía que lo de dormir una semana era demasiado optimista.
Vitor empezó a caminar.
—Dormir aquí es fácil.
Geal pareció sorprendido.
Vitor añadió:
—Encontrar tiempo para hacerlo es otra cosa.
Geal miró a Anjara.
—Me cae mal.
—Llevamos menos de un minuto.
—Ha sido productivo.
Desde varios metros más adelante, Vitor dijo:
—Os sigo oyendo.
Geal cerró los ojos.
Anjara no pudo evitar la sonrisa.
—A mí empieza a caerme mejor.
—Traición.
Cruzaron el umbral.
El interior olía a piedra caliente, metal, aceite de armas y algo que Anjara no supo reconocer.
Había gente.
Mucha más de la que esperaba.
Dos muchachos transportaban cajas.
Una mujer con túnica azul discutía con un hombre cubierto de hollín.
Al fondo, tres estudiantes arrastraban un maniquí de entrenamiento al que le faltaba un brazo.
Otro pasó corriendo con varios pergaminos contra el pecho.
—¡No corras por el corredor! —gritó alguien.
El muchacho redujo el paso durante cuatro segundos.
Después volvió a correr.
Anjara observó todo.
La Academia estaba viva.
No era un templo silencioso.
Era un lugar donde la gente trabajaba.
Comía.
Discutía.
Llegaba tarde.
Sangraba.
El descubrimiento la tranquilizó y la inquietó al mismo tiempo.
La puerta empezó a cerrarse a su espalda.
Anjara se volvió.
Durante unos segundos todavía pudo ver la meseta.
La nieve.
El camino recorrido.
Más allá, invisible, quedaban Paso de la Viuda, el Bosque del Crepúsculo y Lumenvalle.
Una casa cerrada.
Un viejo roble.
Una piedra bajo un santuario.
Una pira cuyo fuego ya se habría convertido en tierra fría.
El hierro bloqueó la vista.
El golpe recorrió la fortaleza.
Anjara permaneció inmóvil.
No podía volver atrás y convertir el viaje en algo distinto.
Delante, Vitor se había detenido.
Esperaba.
No parecía impaciente.
Eso resultaba casi peor.
Geal pasó junto a ella.
—¿Vienes?
Anjara tocó la Gema.
Después las cenizas.
—Sí.
Siguió caminando.
Había llegado hasta la Academia buscando respuestas.
Control.
Una manera de impedir que la próxima vez la luz llegara demasiado tarde.
Mientras avanzaba por aquellos corredores comprendió algo que el mapa de Elara nunca había mostrado.
Llegar hasta allí no era el final del camino.
Era el momento en que dejaban de protegerla la distancia, la ignorancia y la esperanza de que alguien más supiera qué hacer.
Por primera vez, las respuestas estaban al alcance de su mano.
Y Anjara todavía no sabía cuál sería el precio de obtenerlas.