El destino de Anjara (Los Ecos y las Cenizas 1) CAPÍTULO 10 LA PUERTA DEL SACRIFICIO #3
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CAPÍTULO 10 LA PUERTA DEL SACRIFICIO #3

Después los arbustos.

Luego hasta la vegetación baja empezó a escasear.

Solo quedaron piedra, nieve e hielo.

El aire se hizo más fino.

Las conversaciones, más cortas.

Geal tenía que detenerse con frecuencia.

Anjara ya no se burlaba.

No siempre.

Las provisiones disminuyeron.

Comían poco.

Dormían en grietas, cavidades o al abrigo de grandes bloques.

Derretían nieve para beber.

Una tarde encontraron unas huellas pequeñas cruzando la ladera.

Anjara preparó una trampa.

Por la mañana la cuerda seguía intacta.

También el cebo.

Las huellas habían desaparecido.

No se desviaban.

No regresaban.

Terminaban.

Anjara se agachó.

—Eso no es normal.

Geal observó el rastro.

—Quizá el viento...

—No.

La Gema se calentó.

Anjara se incorporó inmediatamente.

—Nos vamos.

Geal no preguntó.

Había aprendido a reconocer aquel tono.

Aquella noche los sueños regresaron.

Primero hubo estrellas.

Demasiadas.

Anjara flotaba en un lugar sin suelo.

No era cielo.

Tampoco oscuridad.

Las constelaciones giraban lentamente alrededor de ella.

Una presencia se movía detrás.

No podía verla.

Entonces apareció una voz.

No sonó en sus oídos.

Existió dentro de ella.

La sangre despierta.

Anjara intentó moverse.

No pudo.

La Gema ardía sobre su pecho.

Otra frase llegó.

La ceniza conserva lo que la carne no puede guardar.

El miedo la atravesó.

—¿Quién eres?

No escuchó su propia voz.

Las estrellas se deformaron.

Algo enorme caminó entre ellas.

Pelaje blanco.

Luz de luna.

Ojos que contenían galaxias.

—Vizkyr.

El Guardián se detuvo.

Anjara quiso acercarse.

No pudo.

—¿Qué significa eso?

Vizkyr no respondió.

Más allá apareció una figura pequeña.

De espaldas.

Anjara dejó de pensar.

—Liam.

El niño empezó a alejarse.

—¡Liam!

Intentó correr.

Vizkyr se interpuso.

—Aparta.

El lobo permaneció inmóvil.

—Es mi hermano.

Liam siguió andando.

Anjara golpeó algo invisible.

—¡Vizkyr!

Los ojos cósmicos se fijaron en ella.

No hubo palabras.

Solo una tristeza tan antigua que durante un instante Anjara dejó de forcejear.

Liam desapareció entre las estrellas.

—No.

Vizkyr dio un paso.

El espacio tembló.

Anjara despertó.

Estaba sentada sobre la nieve.

Respiraba demasiado rápido.

Las brasas apenas sobrevivían.

Geal dormía al otro lado.

Anjara agarró la Gema.

Ardía.

No como cuando utilizaba la luz.

De otra manera.

Más profunda.

Miró las estrellas reales.

Normales.

Vacías de lobos.

—¿Qué quieres de mí?

No hubo respuesta.

Tocó la bolsa de cenizas.

La frase del sueño regresó.

La ceniza conserva lo que la carne no puede guardar.

No sabía qué significaba.

No iba a fingir que sí.

Recordó demasiado bien las palabras de Geal.

No convertir cada sueño en una profecía solo porque necesitaba respuestas.

Podría despertarlo.

Contarle todo.

A Vizkyr.

La voz.

Liam.

No lo hizo.

Todavía.

Elara había llevado demasiados secretos.

Anjara no quería repetir su error.

Pero tampoco estaba preparada para entregar todas las partes de sí misma a un hombre en quien apenas empezaba a confiar.

Había una diferencia entre el silencio y el tiempo.

Esperaba estar eligiendo el segundo.

Se tumbó.

No volvió a dormir.

Casi dos semanas después de adentrarse en las primeras estribaciones, la tormenta terminó.

No gradualmente.

Durante un paso caminaban dentro de una cortina blanca.

En el siguiente salieron de ella.

Anjara se detuvo.

Una meseta de granito negro se extendía delante.

El viento la barría de un extremo al otro.

Y al otro lado se alzaba algo que, durante un instante, confundió con otra parte de la montaña.

Geal llegó hasta ella.

Tampoco habló.

La Academia Arcana.

Anjara había imaginado torres.

Las había imaginado muchas veces durante el camino porque Liam había preguntado por ellas.

Ninguna de aquellas imágenes se parecía a eso.

La fortaleza parecía construida dentro de la propia montaña y después arrancada a golpes de la roca.

Muros de granito oscuro surgían directamente del suelo.

Torres de obsidiana ascendían hacia las nubes.

Contrafuertes enormes reforzaban los extremos.

Puentes interiores unían partes de la construcción a diferentes alturas.

No había jardines visibles.

Ni tejados brillantes.

Ni estatuas de magos.

Era un lugar hecho para resistir.

Banderas negras azotaban las almenas.

Algunas estaban rasgadas por el viento.

Anjara sacó el mapa.

La meseta.

La montaña.

La pequeña marca de Elara.

Academia Arcana.

Las manos le temblaron.

—Es aquí.

Geal contemplaba la fortaleza.

—Después de todo esto esperaba sentir algo.

—¿Alivio?

—Sí.

Anjara dobló el mapa.

—Yo también.

No lo sentía.

La distancia había sido una forma de protección.

Mientras la Academia estuviera semanas por delante, podía seguir creyendo que allí habría respuestas.

Ahora las respuestas estaban detrás de aquellos muros.

Y podían no gustarle.

Empezaron a atravesar la meseta.

Había huellas.

Muchas.

Botas.

Carros.

Animales herrados.

Aquello tranquilizó a Anjara más de lo que esperaba.

La Academia no era una ruina.

Había vida dentro.

Cuando se acercaron lo suficiente, distinguió humo saliendo de varias chimeneas.

Una silueta cruzó una almena.

Luego otra.

Geal se apoyaba en un bastón nuevo que había tallado varios días atrás.

—Cuando entremos pienso dormir una semana.

—Dos.

—Eso no es una competición.

—Ahora sí.

Geal la miró.

—Tres.

Anjara soltó una risa.

Fue breve.

La puerta apareció.

La risa se desvaneció.

Un monolito de hierro negro ocupaba la entrada.

Enorme.

Encajado directamente en la piedra.

No tenía pomo.

Ni cerradura.

Ni llamador.

Ni guardias visibles.

Anjara se acercó.

—¿Cómo se supone que entramos?

Geal examinó los laterales.

—Debe de haber un mecanismo.

Buscaron.

No encontraron ninguno.

Anjara golpeó con los nudillos.

El sonido fue ridículo.

Esperó.

Nada.

Golpeó otra vez.

—¡Hola!

Geal la miró.

—¿Ese era tu plan?

—¿Tienes otro?

—Estoy trabajando en ello.

—Trabaja más deprisa. Me estoy congelando.

Anjara apoyó una mano sobre el hierro.

La Gema se calentó.

Se quedó inmóvil.

Un pulso.

Otro.

—Geal.

Él levantó la cabeza.

Anjara sacó la esmeralda.

La piedra emitía una luz tenue.

Geal miró la puerta.

—No estoy convencido de que debas...

—Yo tampoco.

Anjara se acercó.

La sensación era extraña.

No era que la Gema tirara físicamente de ella.

Era reconocimiento.

La misma impresión que había tenido en el bosque cuando algo antiguo parecía conocerla antes de que ella supiera conocerlo a él.

Acercó la esmeralda al hierro.

No ocurrió nada.

Anjara cerró los ojos.

—Vamos.

—Eso no suele mejorar los mecanismos antiguos.

—Geal.

—Callado.

Respiró.

Recordó sus prácticas.

No empujar.

No arrancar.

Buscar la corriente.

Encontró la calidez detrás del esternón.

La siguió.

Pecho.

Hombro.

Brazo.

Palma.

Gema.

Dejó pasar una cantidad mínima.

El hierro vibró.

Anjara abrió los ojos.

—Geal.

—Lo veo.

Una línea verde apareció bajo la esmeralda.

Se extendió.

Luego otra.

Y otra.

Símbolos despertaron sobre el metal.

Círculos.

Curvas.

Trazos orbitales.

Esferian.

La misma escritura que recorría el engarce de la Gema.

Las runas subieron por la puerta.

Anjara continuó alimentándolas.

Muy poco.

El esfuerzo aumentó.

Una presión empezó a formarse detrás de sus ojos.

—Basta —dijo Geal.

—Aún no.

—Te sangra la nariz.

Anjara notó humedad sobre el labio.

No apartó la mano.

—Un poco más.

La última runa se iluminó.

Algo retumbó dentro de la montaña.

Profundo.

Geal retrocedió.

—Eso ha sonado caro.

Anjara habría contestado si hubiese tenido aire.

Mecanismos enormes empezaron a moverse detrás del hierro.

Piedra contra piedra.

Engranajes.

Cadenas.

La puerta se separó por el centro.

Anjara retiró la mano.

Las piernas cedieron.

Geal la sostuvo.

—Ya está.

Ella se limpió la sangre.

—Te dije que funcionaría.

—No dijiste nada parecido.

—Lo pensé con mucha convicción.

La abertura se ensanchó.

Detrás apareció un corredor.

Antorchas.

Piedra negra.

Voces.

Personas moviéndose.

Calor.

Anjara guardó la Gema.

La bolsa con las cenizas de Liam rozó su cuerpo.

Habían llegado.

Él no.

La idea apareció sin permiso.

¿Habrá comida?

¿Otros niños?

¿Dragones?

Anjara tocó la bolsa.

—Llegamos, pequeño.

Geal la miró.

No preguntó.

Una figura apareció dentro de la fortaleza.

Anjara llevó la mano al cuchillo.

El desconocido avanzó hasta quedar bajo la luz de las antorchas.

Era joven.

Más de lo que Anjara esperaba de alguien que se movía por aquel lugar como si le perteneciera.

Veinte años, quizá.

Alto.

De complexión delgada pero endurecida por el entrenamiento, sin volumen innecesario. Cada movimiento parecía contenido, preciso.

Cabello oscuro.

Rostro anguloso.

Varias cicatrices pequeñas.

Una más visible junto a la ceja izquierda.

Vestía una armadura oscura ajustada sobre ropa de entrenamiento. Runas angulares recorrían algunas placas.

Anjara no reconoció aquella escritura.

Geal sí.

Su atención se detuvo un instante en ellas.