CAPÍTULO 10 LA PUERTA DEL SACRIFICIO #2
El dolor no necesitaba ocupar cada segundo para demostrar que era real.
Guardó aquella idea sin saber todavía qué hacer con ella.
Al tercer día de ascenso desde el puente, Geal se detuvo.
Anjara avanzó varios pasos antes de darse cuenta.
—¿Qué pasa?
Él no contestó.
Miraba hacia la pared opuesta de un pequeño barranco.
Anjara siguió la dirección.
Al principio solo vio granito.
Luego distinguió una mancha oscura en una grieta.
Una planta.
Crecer allí ya parecía una provocación a la lógica.
Sus hojas eran de un verde tan profundo que casi parecían negras. Finas venas plateadas las atravesaban.
En el centro se abría una única flor.
Los pétalos eran translúcidos.
La luz gris del cielo se descomponía al atravesarlos.
Geal dejó caer la mochila.
Sacó el cuaderno.
Pasó páginas con manos que empezaban a temblarle.
—No puede ser.
—¿Qué?
No respondió.
Encontró el dibujo.
Lo comparó con la planta.
—Una Lágrima de Escarcha.
Anjara volvió a mirar la flor.
—Nunca he oído hablar de ella.
—Casi nadie ha visto una.
—Eso explicaría bastante.
Geal apenas la escuchaba.
—Los tratados más antiguos sitúan su crecimiento por encima de cierta altitud, en lugares donde las oscilaciones térmicas...
—Geal.
Él levantó la vista.
—¿Para qué sirve?
El silencio posterior cambió el tono de la conversación.
—Sus pétalos pueden funcionar como catalizador.
Anjara esperó.
—Eso no me dice nada.
Geal cerró lentamente el cuaderno.
—Podrían estabilizar una purga.
—¿De qué?
Los ojos ámbar encontraron los suyos.
—De corrupción del Vacío.
Anjara dejó de sentir el viento durante un instante.
—¿En una persona?
—Los textos describen la posibilidad de extraer parte de la contaminación sin destruir al huésped.
Lyra.
No pronunció el nombre.
No era necesario.
La esperanza que apareció en el rostro de Geal era demasiado desnuda.
No la alegría de haber encontrado una planta rara.
Algo mucho más peligroso.
La posibilidad de que existiera una respuesta que había llegado años tarde.
Geal se acercó al borde.
Anjara lo agarró por la túnica.
—Tú no.
—Puedo llegar.
—Perdiste un bastón cruzando un puente.
—Fue el viento.
—Sigues describiendo el problema.
El barranco no era especialmente ancho.
Tres metros, quizá algo más.
Debajo solo había niebla.
La planta crecía sobre una cornisa estrecha de la pared opuesta.
Anjara estudió la roca.
Grietas.
Salientes.
Zonas firmes.
Un descenso diagonal podía llevarla hasta allí.
Difícil.
No imposible.
—Voy yo.
Geal negó.
—No.
—Tú sabes qué hacer con la flor.
—Eso no significa que...
—Y yo sé escalar.
—Anjara.
—Geal.
Él la observó.
—No tienes que hacer esto por mí.
—Claro que sí.
—No.
La seriedad de su voz la hizo callar.
—No me debes nada.
Anjara tocó involuntariamente la bolsa de cuero oculta bajo la ropa.
—Sé lo que significa encontrar una respuesta demasiado tarde.
Geal bajó los ojos.
—Si esa flor sirve para que otra persona no termine como Liam o como Lyra, no pienso dejarla ahí porque dé miedo bajar seis metros.
—Son más de seis.
—No ayudes.
Geal permaneció inmóvil.
Finalmente abrió el cuaderno.
—Entonces escucha.
Anjara empezó a quitarse la mochila.
—Eso siempre termina bien.
—No toques los pétalos con la piel.
Se detuvo.
—¿Por qué?
—Absorben calor.
—Perfecto.
—Las hojas son peores.
—Por supuesto.
—Segregan un aceite paralizante.
Anjara miró la planta.
—Una criatura encantadora.
—Y no cortes la raíz.
—¿También explota?
Geal la miró.
—No. Puede tardar décadas en volver a florecer si la dañamos.
Anjara dejó de bromear.
Aquello sí lo entendía.
Elara nunca arrancaba una planta completa cuando podía recoger una hoja, una flor o parte de la raíz sin matarla.
No destruyas aquello que puede volver a darte.
—Solo la corola.
—Sí.
—Un corte limpio.
—Exactamente.
Anjara sacó el cuchillo de Kael.
Envolvió parte de su mano con cuero grueso.
Geal le entregó un pequeño recipiente acolchado.
—No aplastes los pétalos.
—¿Algo más?
Geal abrió la boca.
Anjara levantó una mano.
—No. Retiro la pregunta.
Se aseguró la cuerda.
Respiró.
—Fácil.
Geal la miró.
—Estás mintiendo.
—Muchísimo.
Empezó a descender.
El primer apoyo resistió.
El segundo también.
La piedra estaba tan fría que los dedos dolían incluso bajo los guantes.
Anjara mantuvo el cuerpo cerca de la pared.
Mano.
Pie.
Peso.
Comprobar.
Mover.
El viento tiraba de su ropa.
Esperaba cuando las ráfagas eran demasiado fuertes.
Seguía cuando cedían.
No miró abajo.
Llegó hasta la cornisa.
Era más estrecha de lo que había calculado.
Solo podía apoyar ambos pies de lado.
La flor estaba a menos de un brazo.
De cerca resultaba todavía más extraña.
Pequeñas líneas de luz parecían suspendidas dentro de los pétalos transparentes.
El aire a su alrededor era más frío.
No por la altura.
La planta absorbía calor.
Anjara sacó el cuchillo.
—Estoy aquí.
La voz de Geal llegó desde arriba.
—¡Las hojas!
—¡Es difícil olvidarlas!
Protegió bien la mano.
Acercó la hoja de acero al tallo justo debajo de la corola.
Un corte.
Limpio.
La flor cayó sobre el cuero.
—La tengo.
El viento golpeó.
Anjara perdió el equilibrio.
El hombro chocó contra la roca.
Su antebrazo rozó una hoja.
El dolor fue inmediato.
No ardor.
Primero un pinchazo.
Después nada.
La ausencia de sensación empezó a subirle por el brazo.
—Mierda.
—¡Anjara!
Guardó la flor.
El brazo derecho perdía fuerza.
No podía quedarse allí.
Introdujo la mano izquierda en una grieta.
Tiró.
Un pie.
Después el otro.
Subió.
La derecha empezó a fallar.
Anjara la utilizó solo para estabilizarse.
El peso recaía casi por completo en la izquierda.
—Respira.
No sabía si se lo decía Kael en su memoria o ella misma.
Una piedra se soltó bajo su bota.
El pie quedó suspendido.
Anjara pegó el cuerpo a la pared.
La roca cayó.
Desapareció en la niebla.
No esperó el sonido.
Encontró otro apoyo.
Siguió.
Geal apareció sobre el borde.
Se tumbó y extendió la mano.
—¡Dámela!
—¡La derecha no!
—¡La otra!
Anjara levantó el brazo izquierdo.
Geal la agarró por la muñeca.
No tenía fuerza para levantarla.
Eso no importaba.
Le dio un punto fijo.
Anjara encontró una grieta con el pie.
Empujó.
Geal tiró.
Ambos terminaron cayendo hacia atrás sobre la piedra.
Anjara quedó boca arriba.
Respiró.
El cielo gris parecía moverse.
Geal estaba a su lado.
—No vuelvas a hacer eso.
Anjara giró la cabeza.
—La flor.
—Tu brazo.
—Geal.
—Anjara.
Ella se incorporó.
—La flor.
El Drakthar la miró como si estuviera valorando golpearla con el bastón que ya no tenía.
Cedió.
Anjara sacó el recipiente.
La Lágrima de Escarcha seguía intacta.
Geal se puso los guantes antes de tocarla.
Durante unos segundos simplemente la contempló.
La esperanza regresó a sus ojos.
—La tenemos.
Anjara apoyó otra vez la cabeza contra la roca.
—Fantástico. Ahora evita que se me caiga el brazo.
Geal reaccionó.
Le apartó la manga.
Una línea roja recorría el lugar donde la hoja había rozado la piel. La zona alrededor empezaba a adquirir un tono blanquecino.
—¿Cuánto notas?
Anjara intentó cerrar los dedos.
Dos respondieron.
Los demás apenas.
—Poco.
Geal abrió la mochila.
Sacó un mortero diminuto, una raíz, semillas y un polvo rojizo.
Anjara lo observó trabajar.
—¿Qué es eso?
—Jengibre.
—¿Y aquello?
—Clavo.
—¿El gran alquimista va a salvarme con especias?
—Si sobrevives, tendrás permiso para burlarte.
—Eso pienso hacer igualmente.
Geal extendió la mezcla sobre la piel.
El ardor llegó de golpe.
Anjara siseó.
—Eso duele.
—Buena señal.
—Empiezo a odiar vuestra definición de «buena».
El calor regresó lentamente.
Primero al hombro.
Después bajó hacia el codo.
El antebrazo empezó a hormiguear.
Los dedos respondieron.
Uno.
Dos.
Tres.
Cuatro.
Cinco.
Anjara los abrió.
—Siguen todos.
Geal soltó el aire.
Solo entonces Anjara comprendió que había estado asustado.
—Eso suele considerarse un resultado satisfactorio.
Ella miró la flor.
—Guárdala antes de que tenga que bajar a por otra.
Geal cerró el recipiente como si estuviera encerrando una joya.
Aquella tarde encontraron una pequeña cueva orientada al sur.
El viento apenas entraba.
Anjara encendió el fuego mientras Geal organizaba el espacio de trabajo.
No hubo que discutir quién hacía qué.
Ella preparó agua y comida.
Él colocó instrumentos de plata sobre una tela limpia.
Una rutina.
Aquella palabra habría parecido imposible unas semanas atrás.
Geal pasó horas trabajando con la Lágrima de Escarcha.
Separó cuidadosamente los pétalos.
Registró el color.
La reacción al metal.
La temperatura.
Guardó cada fragmento en un vial distinto.
Anjara lo observó desde el otro lado del fuego mientras reparaba una costura de la mochila.
—¿Puedes hacer una cura?
—No.
—Entonces llevas tres horas mirando una flor porque...
—Porque ahora tengo que estudiar cómo se comporta.
—Claro.
Geal no levantó la vista.
—Necesito conocer proporciones. Estabilidad. Compatibilidades. Saber si los pétalos pueden conservar sus propiedades secos, triturados o en suspensión.
—Siempre hay otro paso.
—Siempre.
Alzó uno de los frascos.
Por primera vez desde que Anjara lo conocía sonrió sin ironía.
No mucho.
Pero de verdad.
—Ahora existe una posibilidad.
Anjara dejó la aguja.
Miró el vial.
—Eso ya es algo.
Geal bajó el frasco.
—Gracias.
—No empieces.
—Arriesgaste la vida.
—Tú me has impedido beber veneno dos veces.
—No es equivalente.
—Para mí sí.
Geal permaneció callado.
Anjara volvió a la costura.
—Además, no lo hice solo por Lyra.
Él esperó.
—Si consigues que eso sirva para frenar la corrupción...
Pensó en el zorro.
El ciervo.
Las ramas enfermas.
Los Espectros.
El cuerpo frío de Liam.
—...puede salvar a alguien.
—Sí.
—Entonces valía la pena.
Geal guardó el vial.
El fuego crepitó.
—Tu madre estaría orgullosa.
La aguja se detuvo entre los dedos de Anjara.
Geal lo vio.
—No debería haber dicho...
—No.
Anjara mantuvo los ojos en la costura.
—No la conociste.
—Tienes razón.
—No sabes qué pensaría.
—No.
La voz de Anjara se debilitó.
—Pero me gustaría creer que sí.
Geal no respondió.
Y fue exactamente lo correcto.
El ascenso continuó.
Una semana.
Después varios días más.
La montaña acabó engullendo casi todo lo demás.
Primero desaparecieron los árboles.