El destino de Anjara (Los Ecos y las Cenizas 1) CAPÍTULO 10 LA PUERTA DEL SACRIFICIO
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CAPÍTULO 10 LA PUERTA DEL SACRIFICIO

El camino terminó al borde de un precipicio.

Anjara se detuvo tan deprisa que Geal casi chocó contra ella.

El Drakthar necesitó unos segundos para recuperar el aliento antes de mirar más allá de sus botas.

Delante de ellos, la montaña estaba partida en dos.

No parecía una grieta.

Parecía una herida.

Dos paredes de granito descendían casi en vertical hasta desaparecer bajo una neblina gris. En algún lugar del fondo rugía un río que no podían ver. El sonido subía deformado por la profundidad, convertido en un bramido constante.

El viento ascendía por la garganta con suficiente fuerza para tirar de las capas y hacer silbar las correas de las mochilas.

Anjara buscó una continuación del sendero.

No había ninguna.

—Dime que el mapa señala otra ruta.

Sacó el pergamino de Elara.

La línea dibujada por su madre llegaba exactamente hasta aquel lugar.

Anjara la siguió con el dedo.

Continuaba al otro lado.

—Claro.

Geal se asomó lo mínimo imprescindible.

—¿Claro qué?

—Que mi madre decidió que esto era un camino.

—Empiezo a cuestionar su definición de algunas palabras.

Anjara levantó la vista.

Entonces vio el puente.

Estaba unos cien pasos al norte.

Un arco estrecho de piedra oscura unía las dos paredes del cañón.

Sin barandilla.

Sin cuerdas.

Sin postes.

Nada separaba a quien lo cruzara de varios centenares de metros de vacío.

—Ahí.

Geal lo contempló.

Su entusiasmo fue inexistente.

—Esperaba algo menos mortal.

—Vamos hacia un lugar oculto en las Montañas del Lamento.

—Sigue pareciéndome una oportunidad perdida para poner una barandilla.

Anjara guardó el mapa.

—Puedes escribir una queja cuando lleguemos.

—Ya tengo varias.

—Me consta.

Se aproximaron.

Una piedra vertical se alzaba junto al arranque del puente.

Las inscripciones habían resistido siglos de viento, aunque parte de los símbolos apenas se distinguían bajo el hielo acumulado en las grietas.

Geal se inclinó.

—Eldoriano antiguo.

—¿Puedes leerlo?

—Sí.

Aquello sorprendió a Anjara lo suficiente para que lo mirara.

Geal lo notó.

—Sé hacer más cosas además de cargar piedras.

—Todavía estoy esperando pruebas concluyentes.

Él recorrió las letras.

—«Puente del Silencio».

Anjara miró la garganta.

El río invisible rugía debajo.

El viento gemía contra la piedra.

—Alguien tenía un concepto extraño del silencio.

Geal señaló una segunda inscripción, mucho más erosionada.

—Hay algo debajo.

—¿Qué?

Entrecerró los ojos.

—«Quien cruce...»

El resto estaba perdido.

—Muy tranquilizador.

Una ráfaga atravesó el puente y obligó a ambos a afirmarse.

Geal se quedó mirándolo.

Anjara ajustó las correas de su mochila.

El cuchillo de Kael.

El diario.

La Gema.

El silbato de Garth.

La bolsa con las cenizas de Liam.

Todo seguía en su sitio.

—Voy delante.

—No esperaba otra cosa.

Anjara puso un pie sobre el puente.

La piedra estaba cubierta por una película de hielo.

Avanzó despacio.

El primer tramo resultó sencillo.

Después llegó el viento.

Una ráfaga lateral la empujó hacia el borde.

Anjara bajó el centro de gravedad y abrió ligeramente los brazos.

Esperó.

La piedra tendría algo más de dos pasos de anchura.

Suficiente para caminar.

No suficiente para cometer demasiados errores.

Kael le había enseñado a trepar cuando era niña.

No mires dónde puedes caer.

Mira dónde vas a poner el siguiente pie.

Anjara fijó los ojos en la piedra que tenía delante.

Un paso.

Otro.

Detrás escuchaba el bastón improvisado de Geal.

Tac.

Tac.

Tac.

El ritmo la tranquilizó.

Hasta que desapareció.

Anjara se detuvo.

—Geal.

Nada.

Se volvió con cuidado.

El Drakthar estaba varios metros atrás.

Inmóvil.

Había clavado el bastón contra la piedra con ambas manos.

Su rostro, ya de por sí pálido, había perdido casi todo el color.

—No mires abajo.

—No estoy mirando abajo.

Anjara siguió la dirección de sus ojos.

—Estás mirando abajo.

—Ya he identificado el error.

—Entonces corrígelo.

Geal levantó lentamente la cabeza.

—Excelente consejo.

—Funciona.

—Mi estómago discrepa.

Anjara volvió sobre sus pasos.

—¿Qué haces?

—Ahorrarnos una hora.

—Puedo cruzar.

Otra ráfaga golpeó.

Geal perdió el equilibrio.

Todo ocurrió demasiado deprisa.

El bastón resbaló.

Su cuerpo se inclinó.

Anjara lo agarró por la parte delantera de la túnica.

El bastón golpeó la piedra.

Una vez.

Rodó hacia el borde.

Desapareció.

Ambos miraron el lugar por donde había caído.

Esperaron el impacto.

No llegó ningún sonido.

Geal tragó saliva.

—Era un buen bastón.

Anjara tiró de él hasta centrarlo de nuevo.

—Ha demostrado mejor juicio que tú.

—Me reconforta tu compasión.

—Todavía estás vivo.

—Un argumento difícil de discutir.

Anjara soltó aire.

Sacó una de las cuerdas.

Pasó un extremo alrededor de la cintura de Geal y aseguró el otro a la suya.

Él miró el nudo.

—Si caigo, te arrastraré conmigo.

—Entonces tienes un incentivo adicional para no hacerlo.

—Tu lógica es brutal.

—Camina.

Lo hicieron juntos.

Despacio.

Cuando el viento golpeaba, se detenían.

Cuando disminuía, avanzaban.

Geal dejó de mirar al vacío.

Anjara no le recordó que había tardado demasiado en obedecer aquel consejo.

Al alcanzar el otro lado, Geal cayó sentado sobre la primera roca que encontró.

—Necesito otro bastón.

Anjara flexionó los dedos doloridos.

—Necesitas otras piernas.

—Eso requeriría un alquimista bastante mejor que yo.

Anjara miró hacia atrás.

El Puente del Silencio parecía aún más estrecho desde aquel lado.

Al sur quedaban las últimas colinas.

Paso de la Viuda.

Los caminos que llevaban a pueblos.

Lumenvalle, ya demasiado lejos para distinguirlo incluso en el mapa sin buscarlo.

Delante solo había montaña.

Ni aldeas.

Ni humo.

Ni caminos evidentes.

La garganta no era únicamente un accidente geográfico.

Era una frontera.

Hasta allí siempre había existido la posibilidad de volver.

A partir de ese momento, regresar empezaba a exigir tanto como continuar.

Anjara abrió el mapa.

La línea de Elara ascendía.

Siempre hacia arriba.

—¿Preparado?

Geal miró la pendiente.

—No.

—Perfecto.

Guardó el pergamino.

Empezaron a subir.

Las Montañas del Lamento no permitían avanzar deprisa.

Durante los primeros días, la ruta fue una sucesión de cornisas, pendientes de piedra suelta y pasos tan estrechos que tenían que cruzarlos de uno en uno.

El viento era casi constante.

En algunos lugares podían hablar.

En otros, abrir la boca servía únicamente para tragarse aire helado.

Anjara tuvo que aprender de nuevo a leer el terreno.

El bosque había tenido un lenguaje.

Huellas.

Ramas.

Musgo.

Heces.

Nidos.

Pelo atrapado en una corteza.

La montaña hablaba de otro modo.

Una piedra desplazada podía señalar el paso de una cabra.

O un desprendimiento.

La nieve podía conservar una huella durante horas o borrarla en minutos.

La sombra de una pared decía más sobre dónde acampar que cualquier árbol.

Aprendió.

Porque allí los errores no daban segundas oportunidades.

Geal también resultó útil.

Demasiado, según Anjara.

Aquello empezaba a darle argumentos.

Una mañana encontraron agua descendiendo entre piedras claras.

Anjara dejó la mochila.

Geal la agarró del brazo.

—No.

Ella ni siquiera se volvió.

—No me digas dracopirita.

—Dracopirita.

Anjara cerró los ojos.

—Empiezo a odiar esa palabra.

Geal señaló el fondo.

Las vetas cobrizas eran más gruesas que las del arroyo anterior.

—Esta concentración es bastante alta.

—¿Me mata?

—Podría afectar seriamente a los nervios motores.

—Eso significa que sí.

—Desde una perspectiva poco rigurosa...

Anjara ya se había levantado.

—Sí.

Geal pareció considerar corregirla.

Decidió conservar la vida.

Encontraron nieve limpia más arriba y la fundieron en el cazo.

La cuchara de Liam estaba dentro de la mochila.

Anjara la encontró cuando buscó la sal.

Sus dedos se detuvieron sobre el mango.

Durante un segundo regresó una voz.

Por si comemos sopa.

La cerró dentro del equipaje.

Geal había visto el gesto.

No dijo nada.

Aquella clase de silencios eran una de las razones por las que Anjara seguía permitiéndole caminar a su lado.

Más tarde encontraron un nido.

Estaba en una repisa unos metros por encima de ellos.

Dos huevos enormes descansaban dentro.

Anjara calculó la subida.

—Voy a por ellos.

—Espera.

—¿Ahora qué?

Geal señaló una mancha violeta junto a una grieta.

Parecía un liquen.

—Lithosomnus.

—Voy a arrepentirme de preguntar.

—Libera esporas cuando detecta vibraciones.

—Veneno.

—Sueño profundo.

Anjara miró el liquen.

Después el vacío bajo la pared que tendría que escalar.

—¿Y si me duermo ahí arriba?

—Probablemente te conviertas en alimento de algo con mejor equilibrio.

Anjara lo miró.

—Podrías haber dicho «te caerías».

—Habrías hecho más preguntas.

Renunciaron a los huevos.

Cenaron raíces.

Anjara memorizó el nombre de la planta.

Lithosomnus.

No porque tuviera intención alguna de convertirse en botánica.

Porque se negaba a morir por algo que parecía moho.

Los días se acumularon.

El frío empeoró.

Las botas empezaron a resquebrajarse en los laterales.

Anjara reparó una costura con aguja e hilo y reforzó la suela con una tira de cuero.

Los nudillos volvieron a abrirse.

Se los trató por las noches.

El dolor no desaparecía.

Se administraba.

Eso también se lo había enseñado Elara.

Geal sufría más.

No se quejaba.

Precisamente por eso Anjara empezó a vigilarlo.

Su respiración empeoraba en las pendientes.

Por las mañanas tardaba demasiado en levantarse.

Una noche se quedó dormido mientras comía.

Anjara le quitó el cuenco antes de que lo derramara.

Cinco minutos después Geal abrió los ojos.

Miró su mano vacía.

Después a ella.

—¿Cuánto?

—Cinco minutos.

—No dormía.

—Roncas.

Geal pareció profundamente insultado.

—Los Drakthar no roncamos.

—Tú acabas de iniciar una tradición.

—Difamación.

A Anjara se le escapó una sonrisa.

Llegó antes de que pudiera impedirlo.

Después apareció la culpa.

No con la misma fuerza.

Eso la sorprendió.

Al principio, reír después de la muerte de Liam había parecido una traición.

Cada momento agradable llevaba detrás una voz que le preguntaba cómo podía permitírselo.

La respuesta empezaba a cambiar.

Reír no hacía desaparecer a Liam.

No reducía el amor.

No convertía las cenizas en algo menos terrible.