CAPÍTULO 9 EL PESO DEL JURAMENTO #4
No hizo falta explicar más.
Ambos conocían aquel instante.
La última respiración.
Después la espera.
Ese momento absurdo en el que el mundo debería detenerse por pura lógica y, sin embargo, algo seguía crujiendo en el fuego.
—¿Por eso buscas una cura? —preguntó Anjara.
—En parte.
—¿Qué más?
Geal tardó.
—Quiero saber qué hice.
—Acabas de explicarlo.
—Te he explicado el procedimiento.
Negó.
—Sé qué mezclé. Sé las temperaturas. El orden. La reacción que esperaba obtener.
Levantó la cabeza.
—No sé qué respondió.
La Gema se calentó ligeramente bajo la ropa.
Anjara no hizo movimiento alguno.
—¿Crees que la corrupción está viva?
—No lo sé.
—¿Consciente?
—Tampoco.
—¿Entonces?
Geal observó sus frascos.
—Sé reconocer cuándo una sustancia reacciona a otra. Aquello no reaccionó.
Sus dedos se cerraron.
—Fue como si algo hubiera notado que estábamos mirando.
El viento pasó entre las piedras.
Anjara recordó el bosque.
Los cuerpos vacíos.
Los Espectros.
Vizkyr diciendo que aquello era una herida.
—Por eso vas a la Academia.
—Si existe algún archivo en Eldoria capaz de contener estudios antiguos sobre estos fenómenos, será allí.
—¿Y si no?
—Seguiré buscando.
—¿Hasta cuándo?
Geal sonrió sin humor.
—Hasta que encuentre una respuesta.
Anjara sostuvo su mirada.
—O hasta que te mate.
—También existe esa posibilidad.
—No es gracioso.
—No era un chiste.
Anjara apretó la bolsa de cenizas.
—Yo también quiero respuestas.
—Sobre Elara.
—Sobre todo.
Su madre.
La Gema.
El Sello.
Vizkyr.
Los Espectros.
Ahora Malakor.
Y algo que aún no tenía nombre.
—Pero quiero otra cosa.
Geal esperó.
—Cuando lleguemos a la Academia quiero aprender a luchar.
—Ya sabes usar un cuchillo.
—No me refiero a eso.
—¿Contra Espectros?
—Contra lo que venga.
Geal la observó durante varios segundos.
—Eso incluye muchas cosas.
—Mejor.
—No necesariamente.
Anjara lo miró.
—No quiero volver a quedarme delante de algo sin saber qué hacer.
—Eso lo entiendo.
—Entonces ¿cuál es el problema?
Geal miró la bolsa que llevaba junto al pecho.
—El motivo.
Anjara endureció la expresión.
—Liam es un motivo excelente.
—No he dicho que no lo sea.
—Pues dilo claramente.
Geal apoyó los antebrazos sobre las rodillas.
—Ten cuidado con el juramento que estás construyendo.
Anjara no contestó.
—Un juramento puede mantenerte caminando cuando no queda nada más.
Las brasas se movieron.
—También puede convertir cada camino en una sola dirección.
—Quiero detener a quienes hicieron esto.
—¿A los Espectros?
—Sí.
—¿A la corrupción?
—También.
—¿A Malakor si resulta estar implicado?
Anjara pensó en la curandera arrodillada.
En el hierro.
—Si hace falta.
Geal asintió lentamente.
—Ahí está el problema.
—No veo ninguno.
—Porque todavía estás dentro de él.
Anjara apretó la mandíbula.
Geal señaló sus manos.
—Hoy viste cinco soldados y una familia. Tu primer impulso fue bajar con un cuchillo.
—Y el segundo funcionó.
—Porque permitiste que hubiera un segundo.
Aquello la hizo callar.
—No te estoy diciendo que olvides a Liam —continuó—. Ni que perdones.
Miró el fuego.
—Te estoy diciendo que no conviertas su muerte en una orden que él nunca te dio.
Anjara lo miró.
La frase dolió.
Mucho.
—No sabes lo que él habría querido.
—No.
Geal sostuvo su mirada.
—Tú tampoco.
Anjara apartó la vista.
Durante unos segundos quiso levantarse.
Marcharse.
Dormir en otro lugar.
Cualquier cosa antes que reconocer que aquellas palabras habían encontrado algo real.
—Entonces aprenderé a cargar con ello —dijo.
Geal no respondió.
Anjara tocó las cenizas.
El peso seguía allí.
Pero ahora ya no parecía únicamente un juramento.
También una advertencia.
Durmieron.
Anjara soñó con Lumenvalle.
No había Espectros.
Ni fuego.
Ni tumbas.
Estaba sentada bajo el viejo roble.
Liam se encontraba al otro lado del tronco, ordenando piedras sobre la tierra.
Anjara sabía que soñaba.
No porque hubiera nada imposible.
Precisamente porque todo estaba demasiado bien.
Liam tenía las rodillas manchadas.
El medallón de haya al cuello.
La espada entera.
—¿Cuántas tienes? —preguntó Anjara.
—No sé.
—Claro que sabes.
Liam siguió colocándolas.
—Tú siempre cuentas.
—Alguien tiene que hacerlo.
Anjara se sentó a su lado.
Había seis piedras.
Las mismas seis que había llevado al salir de casa.
La del santuario.
La que había colocado en la pira.
Todas.
Un recuerdo equivocado.
Un sueño haciendo lo que los sueños hacían.
—Tenemos que irnos —dijo Anjara.
Liam no levantó la cabeza.
—Tú.
—Los dos.
—Yo estoy bien.
Aquello la enfureció.
—No puedes estar bien.
Liam la miró entonces.
No estaba pálido.
No tenía frío.
Sonreía como cuando encontraba algo que ella no había visto.
—Te estás quedando atrás.
Anjara intentó agarrarlo.
El viejo roble ya no estaba.
Tampoco Liam.
Solo las piedras.
Despertó.
La noche seguía sobre el campamento.
Geal dormía al otro lado de las brasas, envuelto en su capa y con un brazo alrededor de la mochila de frascos.
Anjara permaneció tumbada.
El corazón le latía deprisa.
Tocó la bolsa.
Seguía allí.
Cuatro piedras en la mochila.
Las cenizas.
La Gema.
Nada había cambiado.
El sueño no era un mensaje.
No permitiría convertir cada recuerdo de Liam en una profecía solo porque necesitara oírlo.
Se sentó.
El cielo estaba despejado.
Buscó entre las estrellas aquellos reflejos imposibles que había visto en los ojos de Vizkyr.
No encontró al Guardián.
Solo noche.
—Estoy caminando —susurró.
No sabía si hablaba con Liam.
Quizá consigo misma.
—No tengo ni idea de si lo hago bien.
Las brasas se movieron con el viento.
Anjara acarició la bolsa con el pulgar.
—Pero sigo.
La Gema dio un pulso cálido.
Ella la sintió.
No preguntó qué significaba.
A la mañana siguiente continuaron hacia las Montañas del Lamento.
El camino se volvió más empinado.
Las lomas dieron paso a piedra desnuda.
La nieve empezaba a dibujar líneas blancas sobre los picos más altos.
Geal caminaba a su lado.
No detrás.
Había reorganizado parte de la mochila y, por primera vez, parecía haber aceptado que quizá no necesitaba transportar cada mineral descubierto desde el nacimiento del mundo.
Anjara miró las correas.
—¿Has dejado frascos?
—Dos.
—Estoy orgullosa.
—Estaban vacíos.
—No estropees el momento.
Geal resopló.
Siguieron.
En algún lugar entre aquellas montañas estaba la Academia Arcana.
Anjara había dejado de imaginarla como una respuesta.
Mucho menos como una salvación.
Ningún lugar podía devolverle a Liam.
Ningún maestro podía corregir lo ocurrido en el bosque.
Quería otra cosa.
Conocimiento.
Control.
La capacidad de mirar una amenaza y comprender qué tenía delante antes de que fuera demasiado tarde.
Quería aprender a sanar aquello que pudiera sanarse.
A luchar cuando no quedara otra elección.
Y, quizá más difícil que ambas cosas, a reconocer la diferencia.
Las cenizas de Liam siguieron pesando contra su cuerpo.
Anjara no intentó ignorarlas.
Pero aquella mañana comprendió que no podía caminar únicamente hacia la muerte de quienes lo habían matado.
Había visto a dos niños escapar de un hierro al rojo.
Había visto una curandera correr con ellos.
Y por primera vez desde la muerte de su hermano entendió que honrarlo podía significar algo más que vengarlo.
También podía significar conseguir que el siguiente niño tuviera la oportunidad de volver a casa.
Anjara levantó la vista hacia las montañas.
Y siguió caminando.