CAPÍTULO 9 EL PESO DEL JURAMENTO #3
Anjara se tumbó para no destacar contra el horizonte.
Geal hizo lo mismo.
Una mujer estaba de rodillas frente a la casa.
Dos niños se aferraban a ella.
Uno tendría aproximadamente la edad de Liam.
Quizá menos.
Un hombre yacía en el suelo con sangre en la boca.
Uno de los legionarios volcó una bolsa.
Cayeron vendas.
Frascos.
Hierbas secas.
Anjara reconoció varias desde arriba.
Sauce.
Milenrama.
Raíces.
Medicinas.
—¿Qué es esto? —preguntó un soldado.
La mujer tenía el rostro hinchado.
—Soy curandera.
—No te he preguntado qué eres.
Sacó una tira de tela de la bolsa.
Había símbolos bordados.
—Runas.
—Son marcas de mi familia.
—Eso lo decidirá la Corona.
Pisó las hierbas.
Anjara llevó una mano hacia el cuchillo.
—Voy a bajar.
Geal le agarró la muñeca.
—No.
Anjara se volvió.
—Suéltame.
—Son cinco.
—Sé contar.
—Soldados entrenados.
—Hay niños.
—Los veo.
La mujer abrazó a los pequeños.
Anjara no vio a Liam.
No realmente.
Pero lo encontró igualmente.
Diez años.
Miedo.
Una persona intentando ponerse entre él y algo que no podía detener.
—No pienso quedarme mirando.
Geal apretó su muñeca.
—Si bajas con ese cuchillo, probablemente te maten antes de llegar a la casa.
—Entonces haz algo.
—Estoy pensando.
Abajo, el sargento hizo una señal.
Otro legionario se acercó a unas brasas.
Sacó un hierro.
Rojo.
Al extremo tenía la forma de un grifo.
Anjara dejó de respirar.
—Van a marcarla.
—Sí.
—Geal.
Él estudiaba el terreno.
—Dos arcos. Tres espadas. Los caballos detrás. Si provocamos ruido por el flanco oeste quizá...
Anjara miró el hierro.
Metal.
Calor.
El grifo al rojo.
Recordó la pequeña luz sobre su mano.
Control.
No empujar.
Seguir la corriente.
Una cosa.
Un objetivo.
—Anjara.
Cerró los ojos.
—¿Qué haces?
Inspiró.
El ruido del valle se alejó.
Buscó el calor.
Apareció.
Pequeño.
Pecho.
Hombro.
Brazo.
Palma.
No intentó aumentarlo.
Imaginó el hierro.
No a los soldados.
No a la mujer.
Solo el metal.
—No sé si puedes hacer eso —susurró Geal.
—Yo tampoco.
—Gran estrategia.
—Cállate.
Una punzada apareció detrás de sus ojos.
Abajo, el sargento tomó el hierro.
Se acercó a la mujer.
Uno de los niños empezó a llorar.
Anjara mantuvo la respiración.
No una explosión.
No el bosque.
No matar.
El metal.
La Gema pulsó.
El hierro se dobló.
Al principio muy poco.
El sargento frunció el ceño.
—¿Qué...?
La cabeza del grifo se deformó hacia dentro.
El metal incandescente se retorció sobre sí mismo.
El mango saltó de las manos del soldado.
—¡Ah!
El hierro cayó.
—¡Brujería!
Los hombres miraron alrededor.
La mujer reaccionó primero.
Agarró a ambos niños.
—¡Corred!
El hombre herido se incorporó como pudo.
Uno de los legionarios intentó detenerlo.
Otro señaló hacia las colinas.
Un caballo se encabritó cuando el hierro cayó cerca.
Durante unos segundos nadie supo dónde estaba el enemigo.
La familia aprovechó cada uno.
Corrieron hacia los matorrales.
—¡Detenedlos!
Dos legionarios fueron detrás.
Uno tropezó con el hierro.
El segundo trató de montar mientras el caballo aún estaba alterado.
La familia desapareció entre las rocas.
Anjara abrió los ojos.
El valle giró.
Geal la sujetó por los hombros.
—Idiota.
Algo caliente cayó sobre el labio de Anjara.
Se lo limpió.
Sangre.
—Ha funcionado.
—Te está sangrando la nariz.
—Pero ha funcionado.
—Tu escala para medir el éxito necesita revisión.
Abajo empezaron a dar órdenes.
Geal la arrastró hacia atrás.
—Ahora sí: nos vamos.
Retrocedieron sin ponerse en pie hasta quedar fuera de la vista.
Después corrieron.
Anjara lo hizo.
Geal realizó algo que, con generosidad, podía definirse del mismo modo.
—Más rápido.
—Estoy... corriendo.
—Eso es discutible.
—Mi cuerpo... discrepa contigo.
Anjara agarró una correa de su mochila y tiró.
—Guarda aire para las piernas.
—No funcionan... con el mismo sistema.
—Pues invéntalo.
Abandonaron el sendero.
Anjara eligió zonas pedregosas para reducir las huellas. Atravesaron un cauce poco profundo y subieron por la vertiente contraria.
Solo se detuvieron cuando el sol estaba ya cerca de las montañas.
Anjara cayó sentada junto a una roca.
La cabeza le latía.
Geal llegó después.
Se dejó caer con mucha menos dignidad.
Le ofreció un paño.
—Toma.
Anjara se limpió la nariz.
—No me mires así.
—No me gusta.
—A mí tampoco me entusiasma sangrar.
—No deberías haber utilizado energía a esa distancia.
Anjara levantó la mirada.
—La iban a marcar.
—Lo sé.
—Había niños.
—También.
—Entonces ¿qué querías que hiciera?
Geal se sentó frente a ella.
—Pensar antes de actuar.
—Pensé.
—Durante unos tres segundos.
—Fueron unos tres segundos excelentes.
Geal negó lentamente.
Anjara observó el paño.
La sangre disminuía.
—Tenías razón.
Él levantó una ceja.
—Necesito saber exactamente sobre qué para recordar la fecha.
—No podía enfrentarme a cinco soldados.
—No.
—Pero tampoco tenía que hacerlo.
Geal la miró.
—Eso sí es importante.
Anjara observó sus manos.
No temblaban.
La magia no le producía orgullo.
Tampoco miedo.
Era algo más parecido a lo que sentía cuando sujetaba el cuchillo de Kael.
Respeto.
Una herramienta podía salvar una vida.
También terminarla.
El objeto no decidía.
La mano sí.
—No quiero volver a ser débil.
Geal guardó silencio.
Anjara levantó la vista.
—Nunca.
—Entonces aprende.
—Eso estoy haciendo.
—No exactamente.
Ella frunció el ceño.
—¿Qué quieres decir?
—Quieres poder.
—¿Hay diferencia?
—Mucha.
Geal señaló hacia el valle.
—Podías haber intentado destruir a esos hombres.
Anjara no respondió.
—Tal vez incluso hubieras conseguido herirlos. Y probablemente habrías perdido el control antes de saber quién estaba dentro de tu propia luz.
Miró sus manos.
—Lo que hiciste fue suficiente para crear una salida.
Anjara pensó en el hierro retorcido.
Nadie había muerto.
La familia había escapado.
—El poder es la capacidad de destruir algo —dijo Geal—. La fuerza también consiste en saber cuándo no hacerlo.
Anjara pensó en los Espectros.
En la explosión.
En Liam.
Después en un hierro doblándose.
Asintió.
Aquella noche acamparon lejos del camino.
Esperaron casi una hora antes de encender fuego.
Nadie llegó.
Geal abrió la mochila y empezó a revisar frascos.
Anjara mordía un trozo de carne seca.
—¿Cuántos han muerto?
—Dos.
—¿Personas?
Geal levantó la mirada.
—Muestras.
—Entonces superarás el duelo.
—No todo el mundo amenaza al duelo con pan.
Anjara casi sonrió.
—¿Qué contenían?
—Una muestra mineral de las galerías inferiores y un catalizador de sal ferrosa.
—Piedras y líquido.
Geal cerró los ojos.
—Has reducido años de alquimia a «piedras y líquido».
—Me esfuerzo por hacer accesible tu disciplina.
—Es admirable.
Hubo algo familiar en aquella discusión.
Anjara lo notó.
Y el descubrimiento le dio miedo.
Una voz nueva empezaba a ocupar espacio en el camino.
Una parte de ella reaccionó como si aquello fuera una traición.
Liam debería estar allí.
No Geal.
Liam habría preguntado por qué los soldados tenían un grifo.
Habría querido saber si un Drakthar podía convertir piedras en oro.
Habría hecho veinte preguntas antes de que Geal terminara la primera respuesta.
Anjara tocó la bolsa de cenizas.
Geal dejó de ordenar los frascos.
No dijo nada.
Comieron en silencio.
Hasta que Anjara habló.
—En la mina mencionaste a tu hermana.
Geal quedó inmóvil.
—Lyra.
Sus ojos ámbar se levantaron.
—Recuerdas su nombre.
—Recuerdo nombres.
Anjara miró el fuego.
—Dijiste que murió por la corrupción.
Geal dejó la comida.
—Sí.
—No tienes que contármelo.
Él tomó una piedra pequeña y empezó a girarla entre los dedos.
—Yo provoqué el accidente.
La frase cayó sin aviso.
Anjara levantó la cabeza.
Geal seguía mirando la piedra.
—Estaba estudiando una muestra de esencia corrompida. Mucho más concentrada que las que encontraste conmigo.
—¿Qué pretendías hacer?
—Purificarla.
La respuesta llegó demasiado rápido.
Después añadió:
—O eso creía.
Geal acercó las manos al fuego.
—Mi hipótesis era que podía separar el componente energético de la materia afectada. Si comprendía qué parte de la corrupción era... contaminación y cuál era transformación, quizá podría revertir el proceso.
Anjara lo escuchó.
Aquella era la voz con la que Geal solía hablar de minerales.
Pero ahora faltaba algo.
La seguridad.
—¿Lyra trabajaba contigo?
—No.
La piedra dejó de girar.
—No debía estar allí.
Anjara ya sabía qué venía después.
No los detalles.
La forma.
—Entró en el laboratorio.
Geal tragó saliva.
—Yo estaba preparando la transmutación. El recipiente debía contener la reacción. Había comprobado las proporciones tres veces.
Miró el fuego.
—Algo respondió.
Anjara se quedó quieta.
—¿Respondió?
—La reacción no se comportó como una reacción química.
—¿Qué ocurrió?
—El recipiente se rompió.
Geal apretó la piedra.
—Yo estaba protegido detrás del círculo de trabajo. Lyra no.
El fuego crujió.
—No murió allí.
Anjara no supo si aquello debía ser mejor.
La expresión de Geal contestó.
—Tardó meses.
Su voz se volvió más baja.
—Primero fueron manchas en la piel. Después fiebre. Pérdida de sensibilidad. Episodios en los que no reconocía dónde estaba. Algunas noches juraba que escuchaba algo hablándole desde las paredes.
Anjara dejó la comida.
—¿Intentaste curarla?
Geal la miró.
No había reproche en aquellos ojos.
Solo una pregunta que dolía por lo innecesaria.
—Todo.
Volvió al fuego.
—Antídotos. Sangrías. Transmutaciones. Catalizadores. Minerales absorbentes. Preparados que nunca habría usado en una persona sana. Tratamientos que juré no probar jamás.
Su mandíbula se tensó.
—Cada vez que encontraba una variación pensaba que esa sería.
Anjara recordó sus propias manos sobre el pecho de Liam.
Vamos.
—Siempre tenía que existir una respuesta —continuó Geal.
Su voz se quebró apenas.
—Una proporción que no había calculado. Un compuesto. Algo.
Anjara bajó la mirada.
Elara habría entendido aquello.
Ella también.
Toda su infancia había aprendido que había que buscar la causa.
Una fiebre podía bajar.
Una herida cerrarse.
Un hueso colocarse.
Hasta que llegaba algo para lo que las manos no servían.
—Murió contigo.
Geal levantó los ojos.
—Sí.
Anjara tocó la bolsa de cuero.
—Liam también.