CAPÍTULO 9 EL PESO DEL JURAMENTO #2
Geal se colocó a su lado.
El decreto prohibía cualquier práctica mágica no reconocida oficialmente por la Corona.
Obligaba a informar de personas, objetos, rituales o manifestaciones consideradas sospechosas.
Prometía una recompensa por información que condujera a una detención.
Y castigos para quien ocultara a un practicante no autorizado.
Abajo aparecían dos nombres.
El rey Theron IV.
Y Lord Malakor.
La tinta bajo el segundo parecía más reciente.
Anjara leyó otra vez.
—¿Desde cuándo existe esto?
—Las restricciones mágicas tienen años. Esta redacción no.
—¿Y qué significa «pureza»?
Geal contempló el pergamino.
—Lo que decida el hombre que sostenga la espada.
Anjara levantó la mirada.
—Eso sí ha sido tranquilizador.
—No pretendía serlo.
Leyó la parte de las recompensas.
Aquello la incomodó más que las amenazas.
No bastaba con prohibir.
Querían que la gente vigilara a sus vecinos.
Que una familia pudiera recibir monedas a cambio de señalar a otra.
Pensó en Lumenvalle.
En Fendrel.
En las miradas después de curar a Torvin.
En lo rápido que el agradecimiento podía convivir con el miedo.
¿Qué habría ocurrido si aquel pergamino hubiese estado clavado junto al pozo antes de su partida?
No quiso imaginarlo.
—¿Todo uso de magia necesita permiso?
—Según esto.
—Yo no tengo ninguno.
—Lo había deducido.
—¿La Academia?
Geal tardó.
—La Academia Arcana existía mucho antes que esta legislación.
Anjara esperó.
—Eso no contesta.
—Porque no conozco la respuesta actual.
Anjara lo miró.
Geal sonrió apenas.
—Ocurre de vez en cuando.
Un niño pasó junto a ellos.
Miraba fijamente a Geal.
Su madre lo agarró del hombro.
—No mires.
—¿Por qué?
—He dicho que no.
Se lo llevó.
Geal siguió al pequeño con los ojos.
Anjara lo observó.
—¿Te molesta?
—¿Qué?
—Eso.
El Drakthar se tomó demasiado tiempo.
—Estoy acostumbrado.
—No te he preguntado eso.
Geal bajó la mirada.
—Sí.
Anjara no insistió.
Ella llevaba unos días conociendo aquella clase de mirada.
Geal quizá llevaba una vida entera.
Entraron en la taberna.
El olor llegó antes que el ruido.
Humo.
Cerveza.
Grasa.
Ropa húmeda.
Una olla que llevaba tantas horas sobre el fuego que ya no era posible adivinar su contenido original.
Una docena de personas miró hacia la puerta.
Anjara consideró marcharse.
Geal ya estaba frente al tabernero.
—Dos panes. Queso. Carne seca. Sal.
El hombre examinó sus ojos.
Después el bastón.
—Pago por adelantado.
Geal puso una moneda de plata sobre la barra.
La desconfianza del tabernero perdió parte de su firmeza.
—¿Habitación?
—No.
—Tengo sitio en el establo.
Geal miró a Anjara.
Ella negó.
—Solo comida.
El hombre guardó la moneda.
—No quiero problemas.
—Nunca los causamos —dijo Geal.
Anjara giró la cabeza hacia él.
—No mientas al hombre.
El tabernero dudó entre reír o preocuparse.
Eligió preocuparse.
Se sentaron al fondo.
Anjara escogió el asiento con la pared a la espalda.
Desde allí veía la puerta, las ventanas y la escalera.
Kael lo habría aprobado.
Aquello le dolió menos que otros recuerdos.
Geal repartió el pan.
—Come.
—No tengo hambre.
—Ayer tampoco.
—Ayer comí.
—La mitad de lo que necesitabas.
Anjara lo miró.
—¿También eres sanador?
—No.
—Entonces deja de diagnosticarme.
—No es un diagnóstico. Llevas días comiendo poco.
—El duelo no me da hambre.
—El duelo tampoco elimina las necesidades fisiológicas.
Anjara dejó el pan.
—Geal.
Él vio su expresión.
—Si vuelves a hablar de Liam como si mi dolor fuera una reacción química que puedas medir en uno de tus frascos, voy a introducirte este pan por la nariz.
Geal se quedó inmóvil.
—Entendido.
Anjara arrancó un trozo.
—Gracias.
—No sé si sentirme amenazado o satisfecho.
—Puedes administrar ambos por separado. Eres alquimista.
Él soltó aire por la nariz.
Comieron.
Una conversación cercana terminó llamando la atención de Anjara.
—...se llevaron a otro en Saren —decía un hombre de barba gris.
—¿Por magia?
—Eso dicen.
—¿Y era mago?
El primero se encogió de hombros.
—Curaba ganado.
Una mujer que bebía junto a ellos intervino:
—Eso no es magia.
—Ahora parece que sí.
—Mi hermana vive cerca de la frontera. Dice que registran casas.
Otro hombre gruñó:
—Mejor eso que lo que ocurrió en las ciudades del este.
—No sabemos quién provocó aquello.
—Malakor dice que fueron practicantes.
La mujer bajó la voz.
—Malakor dice muchas cosas.
El silencio cayó sobre la mesa.
Uno de los hombres miró alrededor.
—Habla más bajo.
La conversación murió.
Anjara observó a Geal.
Él también había escuchado.
—¿Qué pasó en el este?
—Depende de quién lo cuente.
—Cuéntame tu versión.
Geal bebió antes de responder.
—Brotes de corrupción. Muertes. Desapariciones. Hay informes de criaturas semejantes a los Espectros en algunos lugares.
El pan se volvió desagradable en la boca de Anjara.
—¿Y culpan a los magos?
—A los no regulados.
—Qué conveniente.
—El miedo suele serlo para quien sabe dirigirlo.
Anjara miró hacia la ventana.
Desde allí podía ver parte del pergamino en la plaza.
Entonces la Gema se calentó.
Un latido.
Pequeño.
Anjara se quedó quieta.
Geal lo notó.
—¿Qué ocurre?
—La Gema.
Él bajó la voz.
—¿Qué hace?
—Se ha calentado.
—No la saques.
Anjara se inclinó sobre la mesa.
Sacó solo una parte.
Geal cerró los ojos.
—Acabo de decir...
—Lo he oído.
La esmeralda quedó oculta entre sus manos y el borde de la mesa.
—Mírala.
—Este lugar está lleno de personas que recibirían dinero por denunciarnos.
—Entonces sé rápido.
Geal se acercó.
La luz que entraba por la ventana cayó sobre el engarce de plata envejecida.
Su expresión cambió.
—Espera.
—¿Qué?
—Nunca había visto esas marcas con esta claridad.
—Estaban en la mina.
—Había poca luz y estabas bastante ocupada sobreviviendo.
Anjara observó la plata.
Pequeños trazos recorrían el engarce.
Círculos.
Curvas.
Líneas que parecían organizarse alrededor de puntos centrales.
—Las he visto en el diario.
Geal acercó el rostro.
No tocó la joya.
—Esferian.
Anjara se quedó inmóvil.
—¿Seguro?
—Bastante.
—¿Puedes leerlo?
—Parte.
—Hazlo.
—No funciona así.
—Contigo nada funciona así.
Geal señaló uno de los signos.
—El Esferian antiguo no siempre representa sonidos. Algunas formas expresan relaciones o conceptos completos.
—Geal.
—Estoy siendo breve.
—Temo conocer tu versión larga.
Él ignoró el comentario.
—Esta raíz la reconozco.
—¿Qué significa?
—Luz.
Anjara miró el símbolo.
Geal señaló otro.
—Este podría estar relacionado con sombra. No estoy completamente seguro.
Otro.
Tardó más.
—Equilibrio.
—Luz. Sombra. Equilibrio.
—Sí.
—¿Y juntas?
Geal estudió las marcas.
—No puedo traducirlo con precisión.
—Inténtalo.
—Algo parecido a... luz dentro de la sombra. O frente a ella. Y después una relación de equilibrio.
Anjara frunció el ceño.
—Eso es tremendamente inútil.
—Mi Esferian tiene varios siglos de polvo.
—Pensaba que los alquimistas sabíais de todo.
—Eso es propaganda alquímica.
Anjara estuvo a punto de sonreír.
Volvió a mirar la Gema.
—¿Qué es?
Geal negó.
—No lo sé.
—Empiezo a coleccionar esa respuesta.
—Pero puedo decirte lo que no es.
Anjara esperó.
—No es una joya corriente. Y esas runas no son ornamentales. El trabajo del metal es antiguo. Mucho más antiguo que cualquier pieza que haya estudiado en persona.
Anjara ocultó la Gema otra vez.
—¿Malakor sabría reconocerla?
—No tengo forma de saberlo.
—Si pudiera.
Geal miró hacia la plaza.
—Si el hombre que firma decretos para registrar casas por supuestos símbolos mágicos descubriera que llevas un artefacto Esferian capaz de reaccionar y liberar energía...
No terminó.
No hacía falta.
—No la verá.
—Recomendación extraordinariamente sensata.
Salieron de Paso de la Viuda antes del mediodía.
Compraron algunas provisiones y nada más.
Anjara no miró hacia atrás al cruzar la puerta.
Sin embargo, siguió notando las ventanas.
Las voces bajas.
El grifo sobre las sobrevestas de los soldados.
Hasta entonces, casi todos sus problemas habían sido cosas que podía señalar.
Un bosque enfermo.
Un Espectro.
La Gema.
Una herida.
Ahora aparecía algo menos sencillo.
Leyes.
Poder.
Vecinos cobrando por vigilar a vecinos.
Y un nombre.
Malakor.
Caminaron durante horas.
El terreno ascendía.
La vegetación se volvió más baja y el viento más frío.
Geal empezó a quedarse atrás en las pendientes.
Al principio Anjara redujo el ritmo sin comentar nada.
La tercera vez se detuvo arriba.
Geal llegó varios segundos después apoyándose con fuerza en el bastón.
—No necesitas esperarme.
—Si te pierdes, tendré que cargar con tus frascos.
—Me reconforta conocer tus prioridades.
—Son muy estables.
Geal respiró hondo.
Demasiado hondo.
Su rostro estaba más pálido de lo habitual.
Anjara dejó de bromear.
—¿Estás enfermo?
—No.
—Has contestado demasiado rápido.
—Mi resistencia física no es especialmente notable.
—Eso es una manera muy elegante de decir que no sabes subir una cuesta.
—Sé subirla.
—Llevas respirando como un caballo viejo desde hace media hora.
Geal la miró.
—Has pasado demasiado tiempo con niños.
El silencio cayó entre ellos.
Anjara no pudo evitarlo.
La frase encontró a Liam antes que ella.
Geal cerró los ojos.
—Lo siento.
Anjara miró hacia las montañas.
—No pasa nada.
Era mentira.
Pero no era culpa suya.
—Descansamos cinco minutos —dijo.
—No necesito...
Anjara dejó la mochila en el suelo.
—No era una pregunta.
Geal se sentó.
—Kael estaría orgulloso de tu capacidad para dar órdenes.
Anjara lo miró.
—No conociste a mi padre.
—No. Pero empiezo a entender de dónde podrías haberlo aprendido.
Aquello no dolió tanto.
Descansaron.
Después continuaron.
A media tarde escucharon un grito.
Una mujer.
Lejano.
Anjara se detuvo.
Geal estuvo a punto de chocar contra ella.
—¿Qué...?
Ella levantó una mano.
Esperaron.
El viento descendió entre las piedras.
Entonces:
—¡Por favor!
Una voz masculina respondió.
—¡Cállate!
Anjara ya se estaba moviendo.
Se agachó y siguió el sonido entre dos formaciones de roca.
Geal la acompañó.
Llegaron a una cornisa desde la que se veía un valle pequeño.
Abajo había una casa de piedra.
Un corral.
Cinco caballos.
Cinco soldados.
Grifos grises sobre el pecho.