El destino de Anjara (Los Ecos y las Cenizas 1) CAPÍTULO 9 EL PESO DEL JURAMENTO
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CAPÍTULO 9 EL PESO DEL JURAMENTO

Caminar con Geal resultó ser muy distinto a caminar con Liam.

Liam hablaba.

Geal pensaba en voz alta.

La diferencia parecía pequeña durante los primeros cinco minutos.

Después de varias horas se volvía considerable.

—La inclinación de estos estratos indica que toda esta región estuvo sometida a una presión subterránea extraordinaria —dijo Geal mientras avanzaban entre dos lomas de piedra gris—. Probablemente relacionada con los ciclos sísmicos de Lirionis. Si observas las vetas inferiores...

Anjara siguió caminando.

—Ajá.

—...verás que algunas fueron empujadas desde una profundidad considerable antes de...

—Ajá.

Geal se detuvo.

Anjara dio otros tres pasos antes de volverse.

—¿Qué?

—No estás escuchando.

—Sí.

—¿Qué acabo de decir?

Anjara contempló las rocas.

Después a él.

—Que son muy interesantes.

Geal pareció personalmente ofendido.

—No he dicho eso.

—Lo has dicho con muchas más palabras.

El Drakthar abrió la boca.

La cerró.

Anjara señaló con la barbilla.

—Estás aprendiendo.

—Empiezo a comprender por qué preferías viajar sola.

La sonrisa desapareció antes de que pudiera evitarlo.

Geal lo vio.

—No me refería...

—Lo sé.

Anjara reanudó la marcha.

Él no terminó la frase.

Aquello, más que cualquier disculpa, hizo que Anjara empezara a apreciarlo.

Geal sabía demasiadas cosas.

También sabía cuándo callarse.

Al menos algunas veces.

Los primeros días establecieron una rutina sin decidirla.

Anjara despertaba antes del amanecer.

Comprobaba el viento, revisaba los alrededores y buscaba rastros antes de desmontar el campamento. La costumbre de Kael regresaba cada mañana con una precisión que a veces agradecía y otras veces detestaba.

Geal solía abrir los ojos cuando ella ya había guardado media mochila.

Después comenzaba el ritual de los frascos.

Cristal transparente.

Cristal verdoso.

Tapones de corcho.

Cierres de metal.

Polvos.

Minerales.

Raíces maceradas.

Líquidos de colores que Anjara prefería no identificar.

El tercer amanecer lo observó colocar un vial dentro de una funda acolchada, sacar otro, comprobarlo contra la luz, devolverlo y empezar con un tercero.

—¿Necesitas tantos?

—Sí.

—No has utilizado ni la mitad.

—Precisamente por eso siguen llenos.

Anjara se quedó mirándolo.

—Esa explicación no mejora nada.

Geal ajustó dos correas de su mochila.

—El conocimiento tiene un precio.

—En tu caso, dolor de espalda.

—Ese sería el coste logístico.

—Lo llamas «coste logístico» porque te da vergüenza admitir que cargas piedras.

Geal alzó un pequeño fragmento de mineral azul.

—Esto no es una piedra.

—Tiene aspecto de piedra.

—También tú tienes aspecto de alguien razonable a cierta distancia.

Anjara lo miró.

Geal guardó el mineral.

—He pasado demasiado tiempo contigo.

—Llevamos tres días.

—Exactamente.

Después caminaban.

Anjara encontraba raíces comestibles, huellas de animales y los mejores lugares para descansar sin ser vistos desde el camino.

Geal evitaba que ambos murieran envenenados por cosas aparentemente inocentes.

La primera vez ocurrió junto a un arroyo.

El agua era clara.

Corría con fuerza sobre un lecho de guijarros y pequeñas piedras rojizas.

Anjara dejó la mochila y estaba a punto de agacharse cuando el bastón de Geal apareció delante de ella.

—No.

Anjara miró el bastón.

Luego a él.

—Hay agua.

—He notado.

—Entonces aparta eso.

Geal señaló el fondo.

Entre los guijarros brillaba una veta cobriza.

—Dracopirita.

—¿Y?

—En pequeñas cantidades, nada. Disuelta durante kilómetros en una corriente de este tamaño...

Anjara miró el agua.

—¿Me mata?

—Primero náuseas.

—Geal.

—Espasmos. Pérdida progresiva de sensibilidad. Posiblemente delirios.

—¿Y después?

Él inclinó ligeramente la cabeza.

—Dejaría de importarte.

Anjara se incorporó.

—Me alegra descubrir que no eres completamente inútil.

Geal sonrió.

—Empiezo a sospechar que esa es tu manera de expresar afecto.

—Entonces sospechas mal.

Encontraron otro manantial una hora después.

Geal lo inspeccionó durante tanto tiempo que Anjara acabó sentada sobre una roca.

—¿Ya?

—Un momento.

—Llevas tres.

—Los venenos suelen valorar poco la impaciencia.

—Eso no tiene sentido.

—Perfecto. Entonces estamos equilibrados.

Aquella agua sí era segura.

Por las noches, Geal insistía en que practicara.

No magia.

Todavía no quería llamarla así.

Control.

La primera vez Anjara se sentó frente al fuego con las piernas cruzadas y la expresión de alguien sometido a una humillación personal.

—Cierra los ojos.

—No.

—Anjara.

—Cada vez que empiezas así termina doliéndome la cabeza.

—Porque cada vez intentas hacer demasiado.

—La última vez encendí una luz del tamaño de una luciérnaga.

—Y sangraste por la nariz.

Anjara cerró los ojos.

—Estoy empezando a echar de menos cuando solo hablabas de piedras.

—Respira.

—Llevo dieciocho años haciéndolo.

—La experiencia prolongada no garantiza competencia.

Anjara abrió un ojo.

—¿Acabas de insultar mi forma de respirar?

—Estoy intentando salvarte de ti misma.

—Objetivo ambicioso.

—Respira.

Ella obedeció.

La Gema descansaba bajo su ropa.

La pequeña bolsa de cuero con las cenizas de Liam estaba junto a ella.

Nunca demasiado lejos.

Al principio había intentado apartarla antes de practicar.

Después dejó de hacerlo.

Liam estaba muerto.

Ocultar las cenizas detrás de una mochila no modificaba aquel hecho.

—No busques la luz —dijo Geal.

—Eso resulta poco práctico cuando intentamos hacer luz.

—Busca lo que ocurre antes.

Anjara inspiró despacio.

El fuego calentaba un lado de su rostro.

El viento enfriaba el otro.

—¿Qué notas?

—Tu voz.

—Dentro.

—También tu voz.

Geal guardó silencio.

Anjara sonrió sin abrir los ojos.

—Eso ha sido más efectivo.

—Concéntrate.

Ella buscó.

No la explosión del bosque.

No aquella oleada que había atravesado dos Espectros y dejado algo vacío dentro de ella.

Buscó lo anterior.

El calor.

A veces aparecía como una presión vaga detrás del esternón.

Otras veces no encontraba nada.

Cuando surgía, Geal le había enseñado a no tirar de ella.

Solo seguirla.

Pecho.

Hombro.

Brazo.

Palma.

Una noche apareció un punto blanco sobre su mano.

Tan pequeño que apenas iluminó los dedos.

Duró dos latidos.

Después desapareció.

Anjara abrió los ojos.

—Eso ha sido ridículo.

Geal le acercó un paño.

—¿Para qué?

—Tu nariz.

Anjara se tocó.

Nada.

Miró sus dedos.

Limpios.

Geal guardó el paño.

—Por eso ha sido mejor.

Anjara volvió a mirar la palma.

—No parecía mejor.

—El control rara vez impresiona tanto como perder el conocimiento.

—Qué decepción.

—Te acostumbrarás.

No estaba segura.

Una parte de ella continuaba queriendo la fuerza del bosque.

Aquella brutalidad capaz de borrar Espectros.

La parte que recordaba lo ocurrido después sabía exactamente lo que costaba.

Cuando Liam necesitó la luz, Anjara ya había vaciado casi todo lo que tenía.

Nunca olvidaría eso.

La bolsa de cuero golpeaba suavemente contra su costado al caminar.

A veces la detestaba.

No a Liam.

El peso.

La certeza física de que algo tan pequeño podía contener todo lo que quedaba de un niño que había ocupado una casa entera con su voz.

Había momentos en los que quería enterrarla.

Otros en los que la tocaba cada pocos minutos para comprobar que seguía allí.

Geal nunca preguntó qué contenía.

Anjara sabía que lo sospechaba.

Aquello bastaba.

Dos días después de abandonar las tierras mineras, encontraron el primer asentamiento importante.

Una tabla torcida junto al camino anunciaba el nombre:

PASO DE LA VIUDA

La lluvia había borrado parte de las letras.

Anjara observó el pueblo desde lo alto de una loma.

No se parecía a Lumenvalle.

Las casas eran de piedra oscura, con tejados de pizarra y ventanas pequeñas. Se agrupaban a ambos lados de un camino embarrado que descendía hasta una plaza. Una muralla baja protegía tres de sus lados.

No detendría un ejército.

Pero no estaba construida para eso.

—¿Por qué una muralla? —preguntó.

Geal observó las empalizadas.

—Ladrones. Lobos. Invierno. En este paso, una mala nevada puede ser más eficaz que cualquier asedio.

Anjara vio movimiento junto a la entrada.

Dos jinetes.

Sobrevestas grises.

Ambos llevaban bordado un grifo.

Geal los vio al mismo tiempo.

Su expresión se endureció.

—Legión del Grifo.

—¿Soldados del rey?

—Sobre el papel.

Anjara lo miró.

—Esa frase nunca anuncia nada bueno.

—En la práctica obedecen a Lord Malakor.

—¿Quién?

Geal giró lentamente la cabeza.

—¿De verdad?

—He vivido toda mi vida en un valle donde el acontecimiento político más importante del último invierno fue una disputa por una cabra.

—Eso explica varias cosas.

—No abuses.

Geal apoyó ambas manos sobre el bastón.

—Lord Malakor es el comandante de la Legión del Grifo. Consejero de la Corona. Dirige buena parte de las fuerzas de Lirionis y tiene influencia sobre las rutas comerciales, fortalezas y guarniciones.

—Mucho poder para un consejero.

—Sí.

—¿El rey está de acuerdo?

—Supongo que esa es una pregunta cuya respuesta depende de quién esté escuchando.

Anjara volvió a mirar a los soldados.

Uno hablaba con un hombre junto a la puerta.

El otro examinaba un carro.

—¿Y qué tiene eso que ver conmigo?

Geal señaló discretamente su pecho.

La Gema estaba escondida.

—Llevas un artefacto mágico antiguo al cuello.

—Nadie sabe qué es.

—Procura que siga así.

Entraron.

Las conversaciones no se detuvieron cuando cruzaron la puerta.

Solo bajaron de volumen.

Anjara lo notó.

Miradas hacia Geal.

Sus ojos ámbar.

El bastón.

Los frascos.

Después hacia ella.

Dos forasteros.

Una mujer apartó a su hija pequeña del camino.

Un mercader cerró la tapa de un cofre al verlos pasar.

Un herrero siguió a Geal con la mirada hasta que doblaron la esquina.

—Acogedor —murmuró Anjara.

—He visitado lugares peores.

—Eso tampoco consigue tranquilizarme.

Llegaron a la plaza.

Allí comprendió parte del motivo.

Un pergamino enorme había sido clavado sobre un poste.

No era un anuncio de mercado.

El sello de la Corona colgaba de la parte inferior.

Varias personas pasaban sin mirarlo directamente.

Anjara se acercó.

Las primeras palabras podían leerse desde lejos.

DECRETO DE PUREZA MÁGICA

La palabra pureza le resultó desagradable incluso antes de leer el resto.