El destino de Anjara (Los Ecos y las Cenizas 1) CAPÍTULO 8 EL ALQUIMISTA #3
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CAPÍTULO 8 EL ALQUIMISTA #3

Salieron de la mina antes de que oscureciera.

El viento golpeó el rostro de Anjara.

Tras horas bajo piedra, el cielo resultaba demasiado grande.

Geal tenía una mochila esperándolo en una de las chozas.

Y otra bolsa.

Y el bastón.

Y una cantidad de frascos que Anjara consideró incompatible con viajar a pie.

Lo observó distribuirlos.

—¿Necesitas llevarte la mina?

—Solo las partes interesantes.

—Son piedras.

Geal se quedó inmóvil.

La miró como si acabara de insultar a un miembro de su familia.

—Retiro cualquier impresión favorable que hubiese empezado a formarme sobre ti.

—Sobreviviré.

Geal terminó de ajustar las correas.

—Eso parece.

Pasaron la noche en el campamento.

Anjara escogió una construcción con el techo aparentemente entero.

Geal inspeccionó las paredes antes de entrar.

—¿Qué haces?

—Compruebo que no vayamos a morir aplastados mientras dormimos.

Anjara miró hacia la mina.

—Podrías haberlo hecho antes de meternos bajo una montaña.

Geal se quedó quieto.

—Es una crítica válida.

Encendieron fuego.

Anjara utilizó el último trozo de carne seca y varias raíces que había recogido aquella mañana.

Geal observó la olla.

—¿Eso se come?

—Sí.

—¿Seguro?

Anjara lo miró.

—He llegado viva hasta aquí.

—También has intentado utilizar magia sin saber cómo y has sangrado por la nariz. Tu criterio presenta irregularidades.

La mano de Anjara se detuvo.

—¿Cómo sabes eso?

Geal señaló su manga.

Había una mancha seca.

Después sus ojos.

—Capilares irritados.

—Podría haberme golpeado.

—También.

—Entonces no sabes qué ocurrió.

—Sé que el reactivo de la mina respondió a ti.

Anjara volvió a remover la comida.

—No significa nada.

—Probablemente significa algo. Esa suele ser la parte molesta de las pruebas.

Geal se sentó.

—¿Qué hiciste?

—Nada.

—Tu nariz discrepa.

—Mi nariz no tiene opinión.

—Parece muy expresiva.

Anjara dejó la cuchara de madera.

—Intenté hacer luz.

Geal perdió cualquier rastro de ironía.

—¿Cómo?

—Con la mano.

—Eso no era lo que preguntaba.

—Pues pregunta mejor.

—¿Usaste una runa?

—No.

—¿Una fórmula?

—No.

—¿Un catalizador?

—No sé qué es.

Geal cerró los ojos.

—Extraordinario.

—Deja de poner esa cara.

—Estoy decidiendo si eres poderosa o suicida.

—Ninguna.

—Has intentado canalizar energía sin una estructura que puedas identificar.

—Funcionó.

—Sangraste.

—También.

Geal tomó una rama.

—Imagina que esto es tu cuerpo.

—Es una rama.

—Tu imaginación afrontará desafíos mayores.

Anjara suspiró.

—Continúa.

Acercó la madera al fuego.

—La magia no es una fuerza que puedas exigir indefinidamente solo porque la quieres.

La punta de la rama empezó a ennegrecerse.

—La energía atraviesa algo. Un cuerpo. Un objeto. Una estructura. Si no sabes cuánto intentas mover, por dónde debe pasar o cuándo detenerte...

La rama prendió.

Geal la soltó sobre las llamas.

—El conducto paga.

Anjara miró el fuego.

Recordó el dolor en la cabeza.

—¿Por eso sangré?

—Es posible.

—Cuando luché contra los Espectros no me sangró la nariz.

—No demuestra que no hubiera un precio.

La respuesta la dejó inmóvil.

Volvió al claro.

Sus piernas dejando de responder.

El vacío dentro de ella.

Las manos sobre Liam.

Nada.

—Lo gasté todo.

Geal la observó.

—¿Qué ocurrió?

Anjara tardó.

—Después de la luz intenté curar a Liam.

Geal comprendió antes de que terminara.

—Y no pudiste.

—No quedaba nada.

El Drakthar miró las llamas.

No afirmó que hubiese sido culpa de la magia.

No dijo que, de haber conservado energía, Liam habría vivido.

Anjara agradeció aquella precisión más de lo que él podía saber.

—Quiero aprender a controlarlo.

—Necesitas un maestro.

—Voy hacia uno.

—Si llegas.

Anjara levantó la cabeza.

—Eres una fuente inagotable de ánimo.

—No es pesimismo. Es observación.

—Lo llamas observación para poder ser desagradable con rigor.

Geal pareció considerar la frase.

—Es posible.

Anjara extendió la mano.

—Enséñame.

—¿Qué?

—A no volver a hacer lo del riachuelo.

—No soy maestro de tu magia.

—Sabes más que yo.

—Eso establece un listón alarmantemente bajo.

—Geal.

Él suspiró.

—Puedo explicarte principios.

—Bien.

—No hechizos.

—Principios.

—Y si te digo que pares, paras.

Anjara levantó una ceja.

—No abuses de esta situación.

—Entonces puedes continuar sangrando sola.

—De acuerdo.

Geal indicó su mano.

—Palma arriba.

Anjara obedeció.

—No busques luz.

—Quiero hacer luz.

—Por eso no debes buscarla.

—Ya empiezas mal.

—Cierra los ojos.

—No me gusta cerrar los ojos delante de desconocidos.

—Tienes el cuchillo junto a la pierna y yo estoy cargado con veintisiete frascos de vidrio. Creo que conservas la ventaja.

—¿Veintisiete?

—Veintinueve.

—Eso es peor.

—Cierra los ojos.

Anjara obedeció.

—Respira.

—Sé respirar.

—Tu historial reciente es irregular.

Abrió un ojo.

—No sé si me caes bien.

—Podemos sobrevivir a esa incertidumbre. Ojos cerrados.

Anjara los cerró.

El fuego crujía.

El viento golpeaba la pared.

Notó la tierra bajo las piernas.

El cuchillo contra el muslo.

La Gema sobre el esternón.

Las cenizas bajo la ropa.

—¿Algo? —preguntó Geal.

—Tengo hambre.

—Fascinante.

—Y me duele el pie.

—Anjara.

—Estoy intentándolo.

Respiró de nuevo.

Esperó.

Entonces apareció calor.

No en la Gema.

Dentro.

Detrás del esternón.

Pequeño.

Anjara se tensó.

—Ahí.

—No tires.

—¿Cómo sabes que iba a...?

—Has contenido la respiración.

Soltó el aire.

El calor disminuyó.

—Se está yendo.

—Déjalo.

—Pero...

—Déjalo.

Anjara obedeció.

La sensación casi desapareció.

Después regresó por sí misma.

Un hilo.

Algo parecido al primer instante frente a Torvin.

—No lo conviertas en nada —dijo Geal.

—Eso parece una pérdida de tiempo.

—Precisamente ahora necesitas aprender que no todo lo que encuentras dentro de ti debe convertirse inmediatamente en una explosión.

Anjara no respondió.

El calor se desplazó.

Hombro.

Brazo.

No lo empujó.

Solo atendió.

La palma empezó a hormiguear.

Abrió los ojos.

Un punto blanco brillaba sobre su piel.

Más pequeño que una luciérnaga.

Duró un latido.

Se apagó.

Anjara contempló la mano.

—Eso ha sido casi nada.

Geal sonrió apenas.

—Exacto.

—No entiendo por qué estás satisfecho.

—Porque «casi nada» no te ha hecho sangrar.

Anjara miró la olla.

—Y tampoco ha destruido nuestra cena.

—Un avance considerable.

—Si quemas la comida explicándome por qué, retiro la alianza que todavía no tenemos.

Geal alzó las manos.

—Lección terminada.

Comieron.

Geal hablaba demasiado cuando encontraba un tema interesante.

Anjara aprendió que podía ignorarlo durante periodos extraordinariamente largos.

Él aprendió que ella cocinaba bastante mejor.

Tras probar las raíces, Geal levantó la cuchara.

—Esto es alquimia.

—Es cena.

—Has transformado materiales de propiedades desagradables en una sustancia comestible mediante calor y combinación.

—Cena.

—Técnicamente...

Anjara lo miró.

—Geal.

—Cena.

Siguieron comiendo.

Un recuerdo apareció sin aviso.

Liam discutiendo exactamente así solo para obligarla a repetir una palabra.

La punzada llegó.

Anjara dejó de masticar.

Pero el dolor no la derribó aquella vez.

Permaneció.

Eso fue todo.

Tocó la bolsa de cenizas.

Geal vio el gesto.

No preguntó.

A la mañana siguiente abandonaron el campamento minero.

Geal llevaba una cantidad absurda de peso.

Anjara, el mapa.

El camino ascendía entre lomas pedregosas.

A la media hora, Geal empezó a quedarse atrás.

Anjara redujo la marcha.

Él siguió avanzando apoyado en el bastón.

—No necesito descansar.

—No he dicho nada.

—Lo estabas pensando.

—Estaba pensando que avanzaremos más deprisa si no te desplomas.

—Tu preocupación me conmueve.

—Es logística.

—Mucho más emotivo.

Anjara miró las montañas.

—¿Cuánto falta?

Geal se colocó junto a ella.

—Depende de la ruta.

Anjara desplegó el mapa de Elara.

Él lo estudió sin intentar cogerlo.

—Es antiguo.

—Era de mi madre.

Geal señaló un paso dibujado entre dos elevaciones, manteniendo el dedo sobre el aire.

—La mayor parte de la ruta sigue siendo útil. Esto no.

—¿Por qué?

—El paso se derrumbó hace años.

Anjara levantó la vista.

—¿Estás seguro?

—Crucé esta región hace tres meses.

—Entonces rodeamos.

—Añadirá aproximadamente dos días.

Anjara dobló el mapa.

—Dos días son dos días.

Geal la observó.

—¿Sigues empeñada en llegar?

Anjara miró las Montañas del Lamento.

Pensó en Elara.

En el diario.

En Vizkyr.

En la Gema.

En los Espectros.

En un niño de diez años que había muerto preguntando por un lugar que nunca conocería.

—Sí.

—¿Por respuestas?

Anjara echó a andar.

—Por respuestas.

Geal avanzó detrás.

—Yo también.

Después de unos metros volvió a detenerse.

Extendió una mano.

Anjara miró la palma.

—¿Qué haces?

—Proponer una alianza.

—Nos conocemos desde ayer.

—Por eso he dicho alianza.

—¿Y qué propones exactamente?

Geal señaló el camino con el bastón.

—Tú sabes moverte por ahí fuera mejor que yo.

—Eso no es difícil.

—Intento ser amable.

—Te falta práctica.

—Y yo puedo reconocer algunas de las cosas que intenten matarnos antes de que tú decidas tocarlas.

—Algunas.

—La precisión exige modestia.

Anjara miró su mano.

—¿Hasta la Academia?

—Hasta la Academia.

La idea de volver a acostumbrarse a unos pasos junto a los suyos produjo un miedo distinto.

Liam había desaparecido.

Elara.

Kael.

Las personas podían irse.

Y cuanto más espacio les permitías ocupar, más dejaban vacío después.

Anjara podría seguir sola.

Quizá hasta preferirlo.

Pero estar sola no iba a devolverle a ninguno.

Y tampoco la convertía en más fuerte.

Estrechó la mano de Geal.

—Hasta la Academia.

Él asintió.

—Hasta la Academia.

Se soltaron.

Geal empezó a caminar.

Anjara permaneció un instante donde estaba.

Dentro de un bolsillo, cuatro pequeñas piedras chocaron entre sí cuando ajustó la mochila.

La cuchara de Liam seguía allí.

También el fragmento de su espada.

El silbato de Garth.

Y las cenizas descansaban junto a su corazón.

Anjara alzó los ojos hacia las montañas.

Después echó a andar.

Por primera vez desde la muerte de su hermano, escuchó otros pasos acompañando los suyos.

No llenaban el vacío.

Nada podía hacerlo.

Lo importante era que Geal tampoco parecía intentar ocuparlo.