El destino de Anjara (Los Ecos y las Cenizas 1) CAPÍTULO 8 EL ALQUIMISTA #2
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CAPÍTULO 8 EL ALQUIMISTA #2

La misma pisada repetida varias veces.

El lado derecho se hundía más.

Y junto a las marcas había otra impresión estrecha y alargada.

Un bastón.

Una persona.

Caminaba cargando peso o con alguna dificultad.

Clang.

Anjara entró.

El aire cambió inmediatamente.

Frío.

Humedad.

Piedra.

Un olor metálico se le pegó al paladar.

La luz exterior desapareció tras los primeros metros.

Anjara se detuvo hasta acostumbrar la vista.

Había lámparas más adelante.

Pequeñas.

Azuladas.

Así que el desconocido quería ver.

Eso no significaba que quisiera compañía.

Avanzó.

Las vigas que sostenían el túnel eran viejas. Algunas estaban partidas. Otras crujían bajo un peso que Anjara prefería no imaginar.

No sabía nada de minas.

Le gustaba todavía menos que el desconocido.

Clang.

Más cerca.

Luego otro sonido.

Vidrio.

El tintineo leve de varios recipientes.

Llegó a una bifurcación.

La luz procedía del ramal izquierdo.

Anjara redujo el paso.

Y lo vio.

Un hombre estaba arrodillado junto a la pared.

Había extendido una tela sobre el suelo. Encima descansaban frascos, pequeños instrumentos de metal, polvos de distintos colores y varios fragmentos minerales etiquetados.

El desconocido era alto y delgado.

Muy pálido.

Llevaba el cabello castaño oscuro recogido atrás, con algunos reflejos cobrizos bajo la lámpara. La túnica era oscura, práctica, y pequeños bordados recorrían los puños y el cuello.

Un cinturón cargado de viales rodeaba su cintura.

A su lado descansaba un bastón pesado.

No sostenía un arma.

Raspaba la pared con una herramienta.

Clang.

Un fragmento negro se desprendió.

Lo recogió con unas pinzas.

Lo introdujo en un frasco.

Anjara retrocedió medio paso.

La suela crujió sobre una piedrecilla.

El hombre dejó de moverse.

Anjara levantó el cuchillo.

Él giró lentamente la cabeza.

Ojos ámbar.

La miraron sin una sorpresa visible.

Aquello hizo que Anjara desconfiara más.

—No tengo intención de atacarte —dijo.

Su voz era tranquila.

—Entonces no te muevas.

Dejó las pinzas.

Levantó las manos.

—Puedo cumplir esa parte.

—¿Quién eres?

—Geal.

Anjara esperó.

El hombre también.

—¿Solo Geal?

Una insinuación de sonrisa apareció en su rostro.

—Me ha servido hasta ahora.

Anjara alzó un poco el cuchillo.

—A mí no.

La sonrisa desapareció.

—Geal. Alquimista. Drakthar.

Aquella palabra sí la conocía.

Drakthar.

Elara había hablado alguna vez de ellos.

Estudiosos.

Alquimistas.

Gente capaz, según ella, de dedicar veinte años a responder una pregunta que una persona sensata habría dejado de hacerse al segundo.

Anjara nunca había conocido a uno.

—¿Qué haces aquí?

Geal miró los frascos.

—Lo que parece.

—No sé qué parece.

—Estudio roca.

Anjara contempló la pared.

—Eso suena aburrido.

—Lo es.

La respuesta la pilló desprevenida.

Geal bajó la vista hacia el cuchillo.

—Sobre todo cuando alguien lo supervisa apuntando a mis órganos.

—Acostúmbrate.

—Lo anotaré como variable del experimento.

Anjara estuvo a punto de sonreír.

No lo hizo.

—¿Por qué esta roca?

Geal indicó la pared.

—Acércate.

—No.

—Respuesta razonable. Mira desde ahí.

Cogió la lámpara y la aproximó a la veta.

Anjara las vio.

Manchas negras.

Pequeñas.

Hundidas entre el mineral.

El mismo negro de los árboles.

De la tierra.

Del agua.

La misma sensación de algo que estaba donde no debía.

—Corrupción.

Geal se volvió.

Ahora sí mostró sorpresa.

—Conoces el término.

—Lo suficiente.

—Eso puede significar muchas cosas.

—Significa que la he visto.

La mirada de Geal permaneció sobre ella un instante demasiado largo.

Bajó hacia su pecho.

Anjara endureció el gesto.

—Mis ojos están más arriba.

—No miraba tu pecho.

—Magnífico. Eso mejora mucho la situación.

Geal entrecerró los ojos.

—Hay algo alrededor de ti.

Anjara levantó el cuchillo.

—Vas empeorando cada respuesta.

Él tomó uno de sus frascos.

El líquido interior era transparente.

—Mira.

Lo acercó.

El líquido adquirió un tono grisáceo.

Geal lo alejó.

Volvió a aclararse.

Otra vez.

Gris.

—¿Qué demonios es eso?

—Un reactivo.

—Esa parte la había deducido.

—Responde a determinados residuos de entropía.

Anjara se quedó quieta.

Geal guardó el frasco.

—Has estado cerca de una concentración importante de corrupción.

La bolsa de Liam parecía haberse vuelto más pesada contra su pecho.

—No sabes nada de mí.

—No he dicho que lo sepa.

—Entonces deja de hablar como si lo supieras.

Geal la observó.

—De acuerdo.

Se volvió a la roca.

Anjara esperó.

—¿Ya está?

—Me has pedido que pare.

—La mayoría discutiría.

—La mayoría no lleva un cuchillo a tres pasos de mi hígado.

Anjara miró el arma.

—Puedo apuntar más arriba.

Geal levantó una ceja.

—Mi corazón te agradecería que no lo hicieras.

Ella bajó apenas la hoja.

—¿Has visto Espectros?

La herramienta de Geal quedó suspendida.

El tono cambió.

—Sí.

Anjara olvidó el cansancio.

—¿Dónde?

—En más de un lugar.

—¿Qué son?

Geal tardó.

—No estoy seguro.

—Mala respuesta.

—Es la única que puedo darte sin inventar.

Anjara apretó los dedos sobre el mango.

Geal señaló la corrupción de la pared.

—No son animales. Tampoco organismos vivos en el sentido en que entendemos la vida. Tienden a aparecer donde esto alcanza determinadas concentraciones.

—¿Aparecer?

—O atravesar.

—¿Desde dónde?

—Eso intento averiguar.

Anjara pensó en el diario.

El Sello.

Las páginas de Elara.

—Mi madre los conocía.

Geal levantó la mirada.

—¿Tu madre?

Anjara se arrepintió.

—Olvídalo.

—Complicado.

—Esfuérzate.

Los ojos de Geal se desviaron hacia el diario que sobresalía de la mochila.

No preguntó.

Anjara se lo reconoció en silencio.

—Yo los vi —dijo.

Geal dejó la herramienta.

—Lo suponía.

—Eran tres.

Él se giró completamente.

—¿Tres?

Anjara asintió.

—A la vez.

Geal la examinó.

—¿Y sobreviviste?

La pregunta entró donde no debía.

Anjara miró al Drakthar.

—Yo sí.

Geal dejó de mirarla como un problema interesante.

Sus ojos bajaron apenas.

No podía ver la bolsa bajo la ropa.

Pero comprendió.

—Lo siento.

—No.

Geal guardó silencio.

—No digas eso.

—De acuerdo.

No hubo insistencia.

Anjara agradeció que fuera capaz de obedecer cuando importaba.

Odiaba aquellas dos palabras.

Lo siento.

La gente las ofrecía cuando no había nada más que pudiera ofrecer.

No servían.

Geal regresó a la pared.

Anjara no se marchó.

—¿Puedes detener esto?

—No.

La rapidez de la respuesta la sorprendió.

—Entonces ¿qué haces aquí?

—Intento conseguir que algún día la respuesta sea distinta.

Geal tomó otro fragmento de roca.

—Primero debo saber qué es. Cómo se propaga. Qué la alimenta. Qué la debilita. Qué conserva su estructura después de exponerse.

Anjara recordó la hierba verde del claro.

No dijo nada.

—Una enfermedad deja rastros —continuó Geal—. También un veneno. Incluso una maldición necesita algún mecanismo para producir un efecto.

—¿Y esto?

Geal contempló las vetas negras.

—Esto se comporta como si quisiera que las reglas dejasen de aplicarse.

Anjara recordó una palabra del diario.

—¿El Vacío?

Los ojos ámbar se clavaron en ella.

—¿Dónde has leído eso?

Anjara no contestó.

Geal no insistió.

—Algunos textos antiguos usan ese término. Otros hablan de entropía. Otros, de ausencia.

—¿Y tú?

Sostuvo la roca con las pinzas.

—Yo prefiero no bautizar lo que todavía no entiendo.

—Debes de conocer pocas cosas.

—Muchas menos de las que me gustaría.

Una sonrisa escapó de Anjara.

Duró un instante.

La culpa llegó enseguida.

Liam llevaba una semana muerto.

Una semana.

¿Cómo podía haber sonreído?

Apartó la mirada.

Geal lo vio.

No hizo ningún comentario.

Aquello le hizo ganar más terreno que todas sus explicaciones.

Anjara se sentó contra la pared.

Estaba agotada.

Geal continuó trabajando.

Durante un rato solo sonaron las herramientas.

Metal.

Piedra.

Vidrio.

Anjara observó sus movimientos.

No eran rápidos.

Sí precisos.

Cada muestra iba a un recipiente distinto.

Cada frasco recibía una marca.

No tocaba la corrupción directamente.

—¿Por qué buscas una cura? —preguntó.

Geal no se volvió.

—Porque la necesito.

—No es una respuesta.

—Empiezas a comprender lo irritante que resulta hablar contigo.

—Contesta.

El Drakthar dejó el frasco.

Observó sus manos.

—Mi hermana se llamaba Lyra.

Anjara guardó silencio.

—Era menor que yo.

Algo había cambiado en su voz.

Poco.

Suficiente.

—Hace unos años yo trabajaba con formas de transmutación que comprendía bastante menos de lo que entonces estaba dispuesto a admitir.

Anjara conocía aquella clase de frase.

—Intenté aislar energía corrupta —continuó Geal—. Si conseguía separarla de la materia afectada, podría estudiarla sin exponernos directamente a ella.

—No funcionó.

—No.

Geal mantuvo la vista en la pared.

—Hubo un accidente.

Anjara no preguntó cuál.

—Lyra estaba conmigo.

La mina pareció enfriarse.

—Intenté salvarla.

El Drakthar soltó una exhalación que casi fue una risa.

No tenía humor.

—Tenía antídotos para diecisiete venenos. Sales neutralizadoras. Compuestos para quemaduras alquímicas. Sabía estabilizar una hemorragia y mantener respirando a alguien con un pulmón perforado.

Sus dedos se cerraron sobre el vidrio.

—Nada de aquello servía.

Anjara volvió al claro.

El pecho de Liam bajo sus manos.

El frío.

La ausencia.

—Murió contigo.

Geal la miró.

No preguntó cómo lo sabía.

—Sí.

Anjara bajó los ojos.

—Mi hermano también.

El silencio posterior no fue incómodo.

Tampoco consolador.

No intentaba ser nada.

Dos personas bajo una montaña.

Dos nombres que ya no podían responder.

Liam.

Lyra.

Geal fue el primero en hablar.

—¿Adónde vas?

—Norte.

—Eso ya lo había deducido.

—Entonces ha sido una pregunta excelente.

—Montañas del Lamento.

Anjara lo observó.

—Sí.

—¿Qué buscas allí?

Dudó.

El diario seguía dentro de su mochila.

La Gema bajo la ropa.

Pero ya había revelado demasiado para fingir que aquello era un paseo.

—La Academia Arcana.

Geal se quedó quieto.

—Curioso.

Anjara volvió a tensarse.

—¿Por qué?

—También voy allí.

El cuchillo subió.

Geal miró la hoja.

—Pensaba que habíamos progresado.

—¿Por qué quieres llegar a la Academia?

—Sus archivos.

—¿Qué buscas?

—Conocimiento que no tengo.

—Eso debe de ser duro.

Geal inclinó la cabeza.

—Terriblemente.

Esta vez Anjara casi sonrió.

Y dejó que el casi permaneciera.